El ciclo Televisión por la Identidad
Divulgación masiva y riesgos de simplificación
Javier Trímboli*

"El otro día lo veía a Grondona felicitar a la mujer de Scilingo por su valentía y me preguntaba: ¿y a las mujeres de los desaparecidos, a sus hijos, a las abuelas que los criaron o a los hombres que estuvieron presos o sufrieron la desaparición de su mujer les llegará algún día un mínimo de reconocimiento por lo que padecieron?".

Estas palabras, dichas en julio de 1996 por un hijo de desaparecidos y recogidas en el libro Ni el flaco perdón de Dios, son útiles para darle dimensión al significado que encerró la proyección de los unitarios Televisión por la identidad.

Se trata de un proyecto de Abuelas de Plaza de Mayo, aceptado y producido por Telefé, que durante tres noches de 2007 llegó hasta miles de hogares de nuestro país, tantos o más que los que habían escuchado hace once años la felicitación de un periodista a la mujer de un represor confeso. Televisión por la identidad nace de ese anhelo "de reconocimiento" que encontró -sobre todo durante 2006- la oportunidad de plasmarse involucrando, con variada intensidad, a importantes sectores de la sociedad. En este sentido, en el que la masividad otorgada por la televisión es crucial, Montecristo fue el antecedente insoslayable de los unitarios que aquí nos ocupan.



Los tres relatos que integran Televisión por la identidad nos reintroducen en la escena de indudables visos trágicos, en la que hijos de desaparecidos durante la última dictadura militar alcanzan -no sin desgarramientos y con el sostén fundamental brindado por Abuelas de Plaza de Mayo- a recuperar la verdad de su origen, negada desde el momento en que fueron secuestrados o entregados en adopción. Al mismo tiempo, son estas representaciones -en las que vidas incipientes se mueven al ritmo de violencias, instituciones y política- las que pretenden explícitamente encauzar los esfuerzos de más de cuatrocientos jóvenes que, víctimas también del terrorismo de Estado, aún permanecen divorciados de su identidad. Al apuntalar una causa que está muy lejos de ser solo individual, Televisión por la identidad pasa a formar parte de un conjunto de iniciativas que, promovidas desde el Estado y desde la sociedad civil, buscan sostener un consenso social que haga posible la justicia.

Ahora bien, tal como advertía Nietzsche, cuando la historia se pone en manos de fuerzas de la vida, inevitablemente sufre. La imagen del pasado que estos unitarios producen -aun cuando dos de ellos se ciñen a la biografía de hijos recuperados mientras que el tercero es una ficción- ensombrece algunos de los rasgos que también lo caracterizaron. El más importante de ellos corresponde a la militancia en organizaciones revolucionarias que la mayoría de los desaparecidos habían hecho suya. Que este rasgo se difumine es en buena parte indicativo de que hay una forma de la política, la que no puede imaginar a lo social sino ligado a la lucha, que en Televisión por la identidad aparece por lo menos acallada. Eludiendo ese dato nada menor, el pasado reluce simplificado y también próximo a la mitificación.

¿Es la simplificación un costo a pagar si se busca alcanzar pisos altos de divulgación? ¿Es un costo inevitable si se pretende alcanzar ese "mínimo de reconocimiento" del dolor de tantos argentinos, cuyas vidas quedaron signadas por el terrorismo de Estado? Probablemente sea así. No obstante, la inquietud que quisiera compartir es otra. Walter Benjamin, a contramano de tanto intelectual celoso del valor de los bienes culturales, no lamentaba que la obra de arte perdiera su carácter único y ritual, porque tenía la convicción de que, al entrar en diálogo con las masas, el arte podía devenir difusor de una política finalmente emancipatoria. Si la estilización-simplificación del pasado es inevitable a la hora de alcanzar masividad, vale la pregunta acerca de qué política es la que justifica ese sufrimiento del pasado. Estas ambigüedades, presentes en Televisión por la identidad, responden tanto al nuevo clima político y cultural abierto después de 2001 con la presidencia de Kirchner, como a la marca - solo a primera vista imperceptible- que dejó la desaparición de Julio López.



* Profesor de Historia y coordinador del proyecto Entre el pasado y el futuro, del Ministerio de Educación de la Nación.


   
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