Qué hay que saber hoy sobre Música
Elogio de la señorita Aída
Sandra de la Fuente*

A la pregunta de qué hay que saber sobre música, el sentido común la respondería rápidamente con una invitación a recorrerla en su totalidad: ritmo, melodía, armonía, texturas, formas, timbres,modos de ataque, de intensidad; hacer y escuchar, analizar, conocer su historia. El tiempo de la clase de música -en la infancia y también en la adolescencia- debería ser infinito, junto con el tiempo para leer o para dibujar.

Sin embargo, con solo prestar un poco de atención a los encuentros -actos escolares, reuniones familiares -es fácil darse cuenta de que hemos perdido el hábito de cantar, que ya casi no compartimos un cancionero y que nuestras inhibiciones en esa materia son tales que se parecen mucho a traumas estructurales.

El peligroso mutismo exige una medida de emergencia: volver a poner el canto en la base de nuestra clase de música. Recuerdo mi infancia en los años 60, a la señorita Aída -mi maestra de música de la escuela, luchando contra la desatención de los 35 chicos y chicas que formaban el grado- haciéndonos repetir una y otra vez cada uno de los pequeños melismas que aparecen en "La canción de la bandera", esa aria que se despegó de la ópera Aurora para integrarse a nuestras fiestas patrióticas. Recuerdo el cuidado que ponía en explicarnos cómo tomar aire para sostener con claridad cada nota, en la afinación y velocidad justas, primero con una consonante por delante de cada vocal, luego, ligando todas ellas. Nos acompañaba algunas veces desde el piano y otras solo con sus manos, con las que realizaba un gesto que apuntaba a marcar -como una verdadera directora de coro- el lugar de cada nota y la intensidad con la que debía ser cantada.

Lo que la señorita Aída realizaba era una compleja práctica musical, condensada en las notas de una canción que todos los niños y todas las niñas del territorio nacional aprenden. Aunque, bien pensado, ese era un ensayo musical agotador para la pobre profesora, aburridísimo para la mayoría del alumnado, y aprovechable solo por aquellos que ya habíamos descubierto nuestro amor incondicional por la música a través del canto.

A la dedicada maestra también le tocaba enseñar las coreografías de las danzas tradicionales. Una chacarera, el cuándo y hasta la difícil zamba eran practicadas en la clase de música. Entender la forma, encontrar un sentido del tiempo a través del movimiento del cuerpo; también relacionarse con otro a través de ciertas reglas, exponerse juntos frente al público en un acto escolar. Es evidente que la suya, como la de tantos maestros de música de la escuela primaria en aquellos años, era una apuesta tal vez demasiado focalizada pero de ningún modo descabellada.

Un asunto tan vasto como la música no podía resolverse en la cuestión del repertorio patrio, ni siquiera en el ensayo de alguna canción coreografiada de nuestro amplio folclore, entonada a dos voces, con acompañamiento de guitarra, piano y algún instrumento de viento agregado.
Difícilmente ese repertorio encontrara una rápida resonancia en la mayoría de los alumnos. Era necesario encontrar la llave que abriera el compromiso afectivo de los niños con la música.

Los nuevos modelos creyeron encontrarla en la música que estaba al alcance de todos, que ya aparecía de manera machacona en la radio y en la televisión. Se trataba ahora de facilitar el vínculo de los chicos con la música, acercándoles un cancionero en el que pudieran reconocerse, incorporando los aparentemente sencillos instrumentos de la banda rítmica (triángulos, claves, xilófonos, etcétera), la flauta dulce, enseñándoles a fabricar sus propios instrumentos o acudiendo a los ruidos del entorno. Contrariando la idea de que el arte nos incomoda para acercarnos otros mundos, se imponía ahora que el cotidiano vivir constituyera el motor de la clase de música, con la esperanza de que esa experiencia fuera placentera en sí misma y que estableciera en un segundo momento un puente de comunicación con el arte.

Ese pensamiento se ha desarrollado de manera eficiente. Hoy resulta difícil encontrar algún punto que el diseño curricular haya olvidado en relación con la enseñanza de la música en las escuelas. Nada escapa a la grilla de objetivos, contenidos y materiales.

Sin embargo, el exhaustivo trabajo no observa -tal vez esa observación no sea de su pertinencia- una de las imposibilidades mayores para el desarrollo de esa tarea: dentro de la semana escolar, el presupuesto dedicado a equipar el salón de música tiende a cero y el tiempo dedicado de clase es de solo cuarenta minutos. Maestras y maestros han sabido leer bien el significado de esta mezquindad horaria y presupuestaria: la clase de Música no es mucho más que una pieza de relleno en nuestro sistema. Sin tiempo para crear un lazo afectivo entre la comunidad escolar y la música, no queda mucho más que ofrecer ese espacio como un lugar de entretenimiento variado. El programa expuesto con profesionalismo -que incluye, entre otros, la puesta en práctica del método Dalcroze, la práctica de diferentes instrumentos, audición de grabaciones y salidas a conciertos-, se convierte así en un soporte algo ilusorio, en una paleta a la que cada docente recurre sin conquistar su esencia.

Si aquella clase de música -organizada únicamente a partir del canto y de un repertorio que años de militarismo nos enseñaron a detestar- resultaba monótona, desatendía las motivaciones infantiles y apuntaba solo a pulir el canto o el baile para su exhibición en un sencillo acto escolar, el uso azaroso en la aplicación de las más nuevas metodologías dio resultados, en el mejor de los casos anodinos cuando no demagógicos. Y el canto, piedra fundacional de la música, liberador de las ahora famosas endorfinas -hormonas del bienestar- no parece haber sido reemplazado por ninguna otra tarea musical de igual espesor.

El coro escolar ha caducado y apenas subsisten algunos pianos desvencijados en algunas instituciones. Hoy me encuentro cantando Aurora, sobre un disco, a viva voz, en el patio de la escuela de mis hijos. Los alumnos no cantan, madres y padres no cantan; y profesores y profesoras, tampoco. Desde la grabación, la voz grave y deslucida de una cantante pop conduce la mía mientras un grupo de curiosos dan vuelta su cabeza para mirarme, para reconocer a la excéntrica cantante. No puedo evitar sentir cierta nostalgia al imaginar el momento en que esa aria difícil, de registro amplio, fue elegida para celebrar el comienzo de cada mañana escolar.

Junto con el repertorio patrio desechamos el civil y también el festivo: ni siquiera hay voces en los muy preparados actos de cierre que brindan las instituciones privadas. Luces, disfraces,movimientos y diálogos. Los chicos saben ajustarse a cada escena y, sin embargo, ya no se les exige que canten. Mudos, alumnos, docentes y padres han entregado el placer del canto al seguro y desangelado playback.


*Licenciada en Artes y crítica de Música.
Ilustración: Roberto Cubillas

   
Subir