El almidón y las hormigas
Cintia Mannocchi


Las yemas de los dedos índices congeladas solo se atrevieron a remojarme los ojos con el agua escarchada e intimidante que cubría la mitad del balde. Mi hermano Ricardo por cierto contaba con mayor valentía -aunque no era necesariamente más limpio- y metió las manos por entero en el cubo para luego empaparse la cara de una helada vez.

Al ritmo del repiqueteo de los dientes, mamá peinaba a las más pequeñas. El último lugar en la fila me deparó dos trenzas desganadas y sueltas, casi tanto como los elásticos de las medias que llevaba puestas.

La escasez de tiempo apresuró los saludos, mi madre atravesó el portón corriendo y colocándose a tientas unos invisibles en el flequillo. Los vasos con restos de mate cocido esperarían a lavarse a nuestro regreso, el sol arrimando lento más tarde amedrentaría a las chapas cuando las zanjas ya no espiraran el vaho de niebla.

A falta de bolsillos en el guardapolvo, mantenía una mano escurrida bajo la axila y con la otra acurrucaba la de Beatriz, la más chica de los cuatro. Así emprendimos las seis cuadras por el barrio o, por la lluvia de la semana pasada, el barrial. Ricardo, flameando un maletín cargado con semillas de girasol, me obligaba a acelerar el paso; él debía llegar un poco antes y preparar los tonos húmedos que pintarían las paredes escolares. A pedido del director, los más revoltosos gastaban su energía en esas tareas poco didácticas y muy útiles.

-¡Esther! ¡Esther!

Cecilia, amiga, vecina y compañera de banco, me llamaba desde enfrente. En un segundo solté a Beatriz y se la encargué a mi hermano, que balbuceó lo habitual:

-Decile a doña Helena que ya tomaste la leche. y con torta.

¿¡Leche!? ¿¡Con torta!? Ricardo guardaba los engaños en el mismo lugar donde cobijaba tanto orgullo; sin embargo, refiriéndose al estómago, no me lo contagiaba.

Comí un pan azucarado con manteca y tomé un tazón de leche mientras el desayuno de Cecilia seguía indemne sobre la mesada.

-¡Hacé como ella y terminala bebida! -le imploraba la madre poniéndome de ejemplo, en tanto le recogía el cabello con devoción y le remarcaba, aún más, algunas de las muchas tablas del delantal, pulcra blancura matizada de celestes.

Hermoso. Por empezar, sí era de nena y no había cubierto diez cuerpos antes de llegar al suyo. En la espalda lo adornaba un moño perfecto con los lazos correctamente alineados. ¡Y los zapatos! Cada uno brillaba con estrella propia; con razón los Reyes Magos le dejaban esos regalos.

Luego de retocarle la trenza cosida a su caprichoso ángel, doña Helena también acomodó mi peinado de manera deferente, como lo hacen las madres corrigiendo el trabajo de otras:

-No es que esté mal, es para que te dure un poquito más -se excusaba. Si hasta me subía las medias eternamente bajas.



De camino a la escuela, le explico a Ceci la diferencia entre bahía y golfo. Ella conocía el mar; en cambio, yo solo tenía un almanaque con la imagen de Mar del Plata pegado en el ropero, que miraba en cada repaso de Geografía.

Fila, frío, el recuerdo de la definición de un fiordo, azul un ala, y al aula.

Un anuncio especial de la maestra forjó un silencio real, no silenciado:

-Uno de ustedes ganó el concurso de dibujo, organizado por el Banco Nación en torno al tema del ahorro.

Pensé en la réplica del billete de cincuenta pesos con un San Martín que parecía calcado, aunque su creador lo negara; recordé también la alcancía de chancho dibujada por la aplicada Lucía, sin pasar el color rosa por fuera de los bordes ni siquiera en el rulo de la cola.

Sin embargo, ellos no ganaron. El elegido fue un insulso dibujo con unos puntitos negros -hormigascargando otros puntitos verdes -hojas- encaminados a un gran manchón oscuro -el hormiguero-; una leyenda escrita con lápiz marrón sobre el cielo celeste rezaba: Ahorrando y ahorrando su casita van formando.

Ninguna musa posó los ojos en mí la tarde en que lo dibujé sobre una hoja número cinco sin más resistencias a los borrones, productos del intento vano por retratar un banco. A riesgo de producir un agujero en el papel y por eso de "Pintor pinta tu aldea", me decidí por la opción simple. Yo sabía mucho de hormigas y de casas a medio hacer.

Acto patrio mediante, al día siguiente se entregaría el premio sobre el escenario: la Biografía de Manuel Belgrano escrita por Mitre, en tres tomos gruesos. Realmente era una afortunada o al menos eso dijo la maestra, agregando al toque oxidado de la campana:

-¿Se va a venir aliñadita?, ¿eh?

Atenta a la lección sobre la Mesopotamia y Egipto que daríamos el jueves, Cecilia hablaba de pirámides y extraterrestres constructores, sin sospechar mis profundos anhelos de que me prestara su delantal.

El discurso de la homogeneidad en los uniformes escolares decayó sin remedio cuando me probé -como último recurso- el delantal de mi hermana, y terminé desistiendo ante el peligro de dejar tuerto de un botonazo a quien entregara el premio.

Lo mejor era faltar, total los libros ya eran míos y los aplausos no importaban.

Los diálogos de "Mi marciano favorito" se mezclaban en la siesta con los sistemáticos conteos de los dioses egipcios arrojados por el Manual del Alumno Bonaerense, en lo de Ceci.

Y por fin la misma tríada de Isis, Osiris y Horus bajaba ayudándome en manos de doña Helena que de la nada y por nada -del modo en que se dan los favores más grandes, los que no se piden- me felicita y me ofrece el guardapolvo de su hija.

La alegría provocada fue inmensamente corta, corto era el ruedo y larga era yo.

-No importa -mentí un poco.

-No, no importa -asintió Helena viendo todo en mis ojos.

Prosiguió suave:

-¿Querés un poquito de almidón? Así, el tuyo te va a quedar mejor.

No se me había ocurrido. ¡Claro!, almidón. A falta de buenos zapatos y ropa nueva, el apresto es buen placebo; mamá lo suplantaba a veces con una cucharada de harina sin dar iguales resultados.

En la bolsita de pana donde se guardaba la baraja española, mi amiga colocó un puñado.

-Andá, apurate que no se va a secar -aconsejó Helena al momento en el que yo ya me aseguraba la manija a la muñeca, y salía dando mil gracias.

El sol bajaría pronto y, de dejar el delantal colgado en la noche, el rocío matutino humedecería la humilde oportunidad con la que contaba. Llegué a casa y, apurada, abrí la bolsa sin encontrar nada, la di vuelta y nada. Un pequeño orificio en la esquina del forro había dejado escapar el polvo.

Un hilo de almidón imperceptible iba desde la casa de la vecina a la mía. Imperceptible a la vista humana, enorme y tangible para las hormigas que encima de su rastro ya caminaban.

Ilustración: Alberto Pez


Cintia Mannocchi es Profesora de Historia egresada de la Universidad de General Sarmiento. Se desempeña como docente en escuelas medias en el distrito de Hurlingham, Prov. de Buenos Aires.
   
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