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El libro de los pecados,
Ana María Shua
Orgullo en una leyenda guaraní
La flor del Irupé
Entre los jóvenes de la tribu, Pitá era el más valiente,
el más fuerte, el más audaz. Y el más enamorado. Todo
su coraje se rendía a los pies de la hermosa Morotí.
La muchacha estaba muy orgullosa del amor de Pitá
y del poder que tenía sobre él. Se jactaba de la pasión
que había inspirado, capaz de transformar al joven guerrero
en juguete de sus caprichos.
Cierto día paseaba con sus amigas por las orillas del
Paraná. Los vientos y las lluvias recientes habían provocado
una peligrosa crecida y las aguas del río bajaban
torrenciales. En ese momento Morotí vio que se acercaba
su fiel Pitá y quiso demostrar ante las otras muchachas
todo lo que el guerrero estaba dispuesto a hacer
por ella.
Sin pensarlo dos veces, Morotí se sacó el brazalete y
lo arrojó a las aguas enfurecidas y turbias.
-¡Pitá, mi brazalete! -dijo.
Y fue suficiente para que el muchacho se lanzara al río
detrás del objeto brillante. Pitá podría haber salido airoso
de la prueba. Como cualquier guerrero guaraní,
era un excelente nadador, conocía muy bien los riesgos
y las jugarretas del Paraná y sus aguas traicioneras. Pero
Ñandé Yará, el Gran Espíritu, había dispuesto castigar
la coquetería de Morotí. Por un momento se vio asomar
de las aguas la cabeza de Pitá y después, atrapado
por un remolino, volvió a desaparecer. Esta vez, para
siempre.
Morotí y sus amigas no podían creer lo que habían
visto con sus propios ojos. Recorrieron la orilla río abajo
y río arriba, convencidas de que Pitá les estaba haciendo
una broma. Gritaron su nombre con todas sus
fuerzas. Después gritaron con desesperación.
Pero no era un juego. Cayó la noche y Pitá no volvió
a la tribu.
Morotí estaba enloquecida de dolor. Por su capricho
y su tonto orgullo, Pitá había muerto ahogado.
Sin embargo, el chamán de la tribu consultó a los
dioses y obtuvo otra respuesta. Pitá no estaba muerto.
I Cuñá Payé, la hechicera de las aguas, lo retenía en su
palacio del fondo del río, envuelto en sus redes de amor
brujo.
Desesperada, arrepentida, Morotí se ató al cuello
una enorme piedra y llevando esa carga se arrojó al río
antes del amanecer, cuando nadie podía retenerla. Una
de sus amigas la había seguido y alcanzó a verla hundiéndose
en el agua revuelta del Paraná. A gritos pidió
ayuda.
Los hombres y mujeres del pueblo guaraní vieron entonces
salir de las aguas una enorme y extraña flor que
jamás habían visto antes. Era hermosa y su perfume,
delicioso. Los pétalos del centro eran blancos, como la
pureza de la linda Morotí, y los del borde eran rojos, como
la sangre bravía y enamorada de Pitá. El Gran Padre
Tupá había perdonado su locura de jóvenes y había
unido para siempre el alma de los dos enamorados en
la flor del irupé.
La leyenda de la flor del irupé es una variante de un motivo
que aparece en las culturas más diversas. Se trata del
juego entre el Valiente y la Bella, en que la Bella (a veces
su padre o su captor) impone condiciones al Valiente
para conquistar o retener su amor, o para salvarla de un
peligro mágico o real. Estas condiciones suelen dar lugar
a largas aventuras.
El Valiente es un personaje que aparece siempre igual
a sí mismo, sin grandes variantes. Siempre es joven, fuerte,
valeroso, esforzado y dispuesto a soportarlo todo. Es
casi el mismo personaje que pasa de un cuento al otro. En
cambio, de la Bella se puede esperar cualquier cosa. Hay
algunas francamente malvadas, como las que mandan a
cortar la cabeza de sus pretendientes si fracasan en pasar
ciertas pruebas. Otras permanecen a lo largo de la historia
dormidas o sentadas en su trono (tal vez un poco aburridas)
hasta que llega el momento de unirse al Valiente.
Pero también, en historias y leyendas de todos los pueblos
y de todas las épocas, hay Bellas tan aventureras como
los Valientes, que comparten los riesgos y las emociones.
Este es el caso de la Bella Morotí que, arrepentida de su
cruel exigencia, participa en la aventura para salvar a su
Valiente Pitá.
***
Egoísmo en una leyenda de la Isla de Pascua
Cómo cayeron las
estatuas de Rapa Nui
Las enormes estatuas de la Isla de Pascua, con la
intervención del hombre blanco, han vuelto a mirar
hoy hacia el mar. Pero durante tantos siglos estuvieron
abatidas en tierra que su caída forma parte de la leyenda,
tanto como su construcción.
Se cuenta que los primeros intentos de esculpir los
moai, las grandes estatuas de piedra, habían fracasado.
Solo un anciano escultor guardaba el secreto de la buena
escultura. Los jóvenes que intentaban trabajar en
los moai fueron a verlo.
Kave Heke, el anciano poseedor del secreto, les dijo
que para poder esculpir hermosas estatuas en la piedra
debían controlar su deseo sexual durante todo el
tiempo que tuvieran que dedicar al trabajo.
Así lograron por fin tener éxito y esculpieron muchas
y enormes y bellas estatuas de piedra.
La comida para los escultores de los moai estaba a
cargo de una vieja a la que nadie prestaba mucha atención,
a pesar de la importancia de su tarea. Preparaba
el típico curanto de la isla, que se cocina en un pozo cavado
en la tierra, protegiendo la comida en un envoltorio
de hojas y cubriéndola con brasas. Los trabajadores
eran muchos y día tras día la vieja cocinera trabajaba para
alimentarlos.
Un día la buena anciana no llegó a tiempo con su
gente para servir la comida. Los hombres abrieron el curanto,
que esta vez era de langostas y se lo comieron
todo, sin dejarle nada.
Cuando ella se acercó al pozo, vio que había sido
abierto y que no sobraba ni un pedacito de langosta.
Los hombres habían comido todo sin pensar en su
hambre, sin que les importara su esfuerzo de todos los
días.
Entonces, la furia le dio fuerzas mágicas. Lloró y
gritó hacia los moais:
-¡Muchachos, con todo su peso, caigan al suelo!
Y así cayeron las estatuas. Y así permanecieron en
tierra por los siglos de los siglos.
El misterio de las enormes estatuas de piedra de Rapa
Nui, en la Isla de Pascua, que la llegada del hombre blanco
encontró caídas en tierra, no ha sido resuelto todavía.
No fue sencillo, aun con los medios de los que se dispone
en la actualidad, levantar el peso de los gigantes de
piedra y lograr que se mantengan verticales, mirando el
mar. Nadie sabe exactamente cómo una cultura primitiva
y tan aislada como la de los polinesios que habitaban
y habitan la isla (hoy perteneciente a Chile) consiguió
en su momento levantar las estatuas o bien las enormes
piedras en las que fueron esculpidas. El secreto se perdió
con las sucesivas generaciones, y ya no se esculpieron
otras.
***
Gula en un cuento oriental
El más glotón
Un rico personaje, amigo del emperador, siempre intentaba
burlarse del sabio e ingenioso mullah Nasrudin
Afanti. Un día hizo traer desde la ciudad de Hami una
gran cantidad de exquisitos melones, dulces como la
miel. Y organizó un banquete con varios invitados importantes, entre los que incluyó a Nasrudin, haciéndolo
sentar a su lado.
El dueño de casa servía a los presentes y amenizaba
la charla con gran entusiasmo, proponiendo temas de
discusión interesantes para mantenerlos distraídos mientras,
con gran disimulo, iba colocando las cáscaras de su
melón cerca de Nasrudin.
Cuando terminaron el último melón, este hombre
presuntuoso quiso completar su broma a Nasrudin,
quien más de una vez lo había hecho quedar en ridículo
con sus observaciones, tan atinadas como irónicas.
-Miren, amigos, la cantidad de cáscaras de melón que
consiguió Afanti: ¡toda una colección! Para ser un sabio,
sí que tiene buen apetito, comió el doble que todos
nosotros. ¡Propongo nombrarlo de ahora en adelante el
Gran Sabio Tragón!
Todos los presentes lanzaron una carcajada a costa de
Afanti, que los miró y se sonrió con toda tranquilidad.
-Es cierto -dijo Afanti, compartiendo con una sonrisa
el buen humor general-. Yo comí mucho melón, pero
dejé de lado las cáscaras. En cambio, observen el lugar
donde se sienta el dueño de casa. Lo hemos visto
comer igual que todos nosotros y sin embargo no tiene
cerca de él ni una sola cáscara. No cualquiera se come
un melón con cáscara y todo. ¡Eso sí que es ser el
Emperador de los glotones!
El mullah Nasrudin Afanti es una suerte de derviche,
un sacerdote itinerante que recorre los caminos del Medio Oriente y se interna hasta zonas de Rusia y de la China,
llevando su peculiar sentido del humor, su defensa de
los débiles contra los poderosos, su sentido de la sabiduría.
Aunque sus historias se consideran enseñanzas de
hombre sabio, pertenecen a la misma estirpe que todos los
cuentos de pícaros del continente, y los que cruzaron los
mares. Es Hershele Ostropolier entre los judíos, y el bribón
de Till Eulenspiegel entre los alemanes; es Ma Zi, el
ingenioso campesino chino; el Hermano Conejo del sur
de los Estados Unidos, Anansi la Araña en África y
Jamaica; y Pedro Urdemales en América Latina.
El tema de esta historia no es la gula, sino la deshonestidad
y la inteligencia con que se la pone al descubierto.
Y sin embargo, la gula queda claramente en ridículo
en un acuerdo que incluye a los malos y buenos del
relato. Es, para todos, un vicio injustificable. El pecado
de los monjes en la tradición cristiana, y uno de los pecados
mortales, quizás el más duramente juzgado, quizás
el más inocente. Como siempre, es el desenfreno lo intolerable,
lo que la religión y la sociedad no están
dispuestas a soportar: controlar el deseo, de uno u otro
modo, es siempre el ideal humano.
***
La fe en un cuento popular de los mapuches,
pueblos originarios de Chile y Argentina.
La bolsa de plata
Este es el cuento de un hombre muy pobre. Su señora
trabajaba y se esforzaba mucho: lavaba, buscaba leña,
¡qué no hacía! El hombre pasaba la vida sentado, muy
tranquilo, sin hacer nada, ni el menor esfuerzo por ganarse
un peso.
-Ya estoy cansada de esto -le dijo un día su mujer.
-Qué le vamos a hacer -contestó el hombre-. Para
qué vamos a trabajar. Si Dios nos quiere dar, que nos
dé. Somos hijos de Dios y Él nos va a cuidar.
-¿Cómo nos va a dar sin trabajar? -dijo la señora.
-Eso no lo puede decir usted -dijo el hombre-. Si
Dios quiere darme, me va a dar.
Un día el hombre agarró el hacha y se fue a cortar
un chacay, un arbusto muy grande.
La mujer, muy contenta, pensó que él había estado
considerando lo que hablaron y se había decidido a
trabajar.
Cuando estaba por empezar a hachar, el hombre vio
una bolsa tirada al pie del árbol. Abrió la bolsa y se la encontró
llena de monedas de plata. Inmediatamente se volvió
a su casa y le contó a su mujer lo que había pasado.
-¿Y dónde está la bolsa? -preguntó ella-. La habrás
traído.
-No, cómo la voy a traer. Si Dios quiere que sea para
mí, que me la traiga acá -dijo el hombre, que era
muy creyente.
-Vamos, viejo, vamos ya mismo a buscarla. ¿Cómo
pretendes que te la traiga acá? Si no te animas, busco al
compadre para que me ayude a traerla.
Y dicho y hecho, se fue a buscar al compadre, arreglaron
dividir la plata entre los dos y se pusieron en camino.
Cuando llegaron al y(chacay), la bolsa estaba, pero
en vez de monedas de plata estaba llena de culebras.
-¡Qué porquería! Su marido es un mentiroso -dijo
el compadre-. Yo lo voy a fastidiar, para que aprenda.
Como pudo, arrastró la bolsa y a la noche fue y la puso
en la cabecera del hombre creyente, que dormía muy
tranquilo.
Cuando amaneció, el hombre se despertó, encontró
la bolsa, la abrió y estaba otra vez llena de plata.
-Te lo dije, mujer. Si Dios quiere, la va a traer -dijo el
hombre.
Y con esa bolsa de plata fueron ricos. Por eso, es
bueno creer en Dios y si Él nos quiere dar, dondequiera
que estemos lo hará.
Los araucanos o mapuches fueron temibles guerreros, los
últimos indígenas de América en ser controlados por el así
llamado hombre blanco, ya avanzado el siglo XX. Hoy están
confinados a ciertas zonas de la Patagonia, en
Argentina y Chile.
Esta historia, cuyo original fue tomado en 1992 de boca
de un narrador mapuche, expresa el sincretismo cultural
que combina elementos del cristianismo con un fatalismo
digno del Islam. Es posible que de mapuche solo le quede
el paisaje. Muchos cuentos de Las mil y una noches exhiben
esta forma de fe absoluta a la que el pensamiento
occidental suele llamar pereza, todo lo contrario del
"Ayúdate que Dios te ayudará".
Textos de El libro de los pecados, los vicios y las virtudes, Buenos Aires,
Alfaguara, 2004.
© Ana María Shua
Ilustraciones: María Paula Dufour
Ana María Shua. Nació en Buenos Aires en 1951. Autora de novelas:
Soy paciente, Los amores de Laurita, 1984, llevada al cine; libros de
cuentos: Viajando se conoce gente (1988); volúmenes de microrrelatos:
La sueñera (1984), Botánica del caos (2000); entre otros, además
de libros infantiles que recibieron premios nacionales e internacionales.
A su obra El libro de los pecados, los vicios y las virtudes (Editorial
Alfaguara, 2002), una compilación y reescritura de cuentos populares,
pertenecen los textos que aquí presentamos. |