Las aventuras de “huevótico”, o cómo enseñar ciencias en zonas rurales
Por Oscar E. Donadio*


Una vez -viajando juntos en la lancha-, una periodista me preguntó por qué enseñaba ciencias en las Islas de San Fernando del Delta del Paraná. Le contesté:

-¿Ve la ventana de la lancha? Todos los días, mientras viajo, tengo la oportunidad de ver que allí afuera hay otras cosas, que no se mueven por las reglas del hombre administrativo.

Por esta razón, en 1997 asumí la responsabilidad de ejercer la docencia en la Escuela N°26 del río Carabelas. El primer día pregunté por el laboratorio y con la mirada me dijeron:“Pobre, no va a durar mucho”. Hoy hace once años que dicto clases en el Delta y desarrollé una capacidad que me permite ver a través de las ventanas.

La necesidad del laboratorio y de realizar experimentos me llevó a hacerme preguntas: ¿Qué tipo de pruebas puedo hacer sobre el escritorio del aula? ¿De dónde saco los materiales? ¿Cómo los trabajo? ¿A quién se los pido? ¿Cómo me divierto y hago divertir a los alumnos? Quizás copiando a Gardner diría que hay una inteligencia múltiple que surge de la capacidad de hacerse preguntas en forma continua y así mantener activa la mente para desarrollar al menos una alternativa práctica ante los problemas educativos.



Un desafío que sirvió de empujón inicial fueron las Olimpíadas de Química Jacarandá, organizadas por la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. El primer truco fue hacer que todos mis conocimientos como biólogo indujeran a los alumnos a generar capacidades para investigar acerca de las cosas que los rodeaban. Por ejemplo, después de muchas pruebas, nos dimos cuenta de que podíamos transformar el poliestireno (telgopor) que flota en los ríos, en una mezcla aglutinante combinada con materiales descartados de la cocina, tales como: cáscaras de huevo, de frutas, yerba, café. Así dimos nacimiento a una rica familia de materiales, en principio totalmente desconocidos para los alumnos. En el marco de un minicongreso en el aula, y después de una tormenta de ideas, la mezcla de nuestro aglutinante (solución base) con cáscara de huevo molida fue bautizada como “huevótico”, algo así como cáscara de huevo plástica. A partir de la mezcla aglutinante también surgió el Proyecto Borrador, que consistió en que los chicos pudieran fabricar en la escuela un objeto utilitario con cartones, solución base y trozos de alfombras. La idea era permitir el autoabastecimiento de la escuela, y luego donar los excedentes a otras escuelas.

De este modo, establecía conexiones entre los contenidos curriculares de la materia Ciencias Naturales del tercer ciclo, con las estrategias para enseñar y las capacidades de alumnas y alumnos para aprender. Así nació el juego de las “Tres S” que me solucionaba el problema de enseñar conceptos químicos como los de soluto, solvente y solución. Por otro lado, comenzaba a ser más claro que se iban sumando tecnologías amigables con las capacidades de los alumnos, y estos descubrían que desde la escuela se llevaban herramientas prácticas que podían aplicar en sus casas para solucionar problemas concretos. Empecé a pensar que Vigotsky tenía razón en su idea de “zona de desarrollo próximo” y que debía inventarme una ciencia escolar más amigable con los alumnos rurales, “negociando conceptos”. La prueba de que este camino de búsqueda me estaba dando frutos, la tuve cuando comenté la idea de hacer un bote con la solución base y uno de los chicos contó:“Acosta ya lo hizo”. Este ex alumno había reparado su piragua con la solución base y arpillera. En ese momento pensé que este era un excelente ejemplo de “conocimientos puestos en acción”, donde los conceptos aprendidos en la escuela eran directamente transferidos a solucionar un problema detectado por un alumno. Entonces pensé que la escuela debería enseñar ese tipo de contenidos.

En el interín armamos proyectos, participamos en los Torneos Juveniles Bonaerenses, en las Olimpíadas de Química, hasta ganamos una Mención de Honor en los Proyectos de Escuelas Solidarias de Presidencia de la Nación. Nos incluyeron en el Proyecto Equipa y con los premios ganados equipamos un aula, le instalamos agua y una mesada, y empezamos a llamarla laboratorio. De esta forma conseguimos que los alumnos reconocieran otro ámbito propio, distinto del aula común. En este nuevo lugar comenzamos a acumular partes de aparatos: licuadoras viejas, televisores; es decir, todo aquello que para otros era inútil. Así fundamos una nueva materia: la Desarmática. Empezamos a manejar la idea de que si los médicos hacían disecciones para comprender la anatomía de un cuerpo, podríamos hacer lo mismo con un aparato para aprender su funcionamiento y su posterior reparación. Y descubrimos que podíamos encontrar funciones secundarias a objetos que habían sido diseñados para un determinado uso y que si se rompían eran descartados. Así le dimos un enfoque distinto al reciclado: construimos objetos que no perdían su esencia original, pero tenían otro empleo.

En resumen, se podría decir que cuando “abunda” la falta de materiales pedagógicos y la infraestructura es monótona, la búsqueda de vías de comunicación alternativas puede abrir caminos creativos.

* Oscar E. Donadío. Lic. en Ciencias Biológicas (UBA) y Prof. de Biología (CEFIEC, UBA). Docente de enseñanza media en escuelas de las Islas del Delta del Paraná y de San Fernando.

   
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