Qué hay que saber hoy sobre Filosofía
Un ejercicio de pensamiento sobre el presente
Laura Agratti*

Preguntar qué es lo que hay que saber hoy sobre filosofía supone haber resuelto de alguna manera y previamente qué es la filosofía. Sin embargo, sabemos que no hay una única respuesta a esta pregunta. De las distintas maneras de responderla surgen enfoques diversos que constituyen e informan esa entidad compleja denominada "pensamiento filosófico". Con una tradición de más de veinticinco siglos, este saber -muchas veces con aspiraciones de ciencia y la más de ellas con veleidades prescriptivas respecto de otros saberes- se ocupa o se ha ocupado de diversos problemas apelando a distintas metodologías.

Quizás debamos buscar lo que atraviesa a toda esta diversidad de respuestas en un gesto común, en una forma. Así, encontramos el momento fundacional de ese gesto en la paradojal figura de Sócrates, quien nos muestra que el reconocimiento de la propia ignorancia lo hace el más sabio de los hombres. La conciencia del no saber mueve a Sócrates a la búsqueda, a un ejercicio de pensamiento. En este sentido, es que inaugura una relación con el saber signada por la insatisfacción desde la que se interpela lo que se cree saber porque en realidad no se sabe. Filósofo es quien en el reconocimiento de lo que ignora instala la pregunta.
 

Desde entonces, la filosofía es un saber que problematiza lo naturalizado, que cuestiona, que interpela los sentidos dados. La filosofía aparece allí donde se pierde la seguridad de lo sabido, de las respuestas, y surge la incertidumbre que promueven las preguntas. Es por esto que a pesar de ser múltiples, interesantes y fascinantes, las respuestas dadas por los filósofos no son más importantes que sus preguntas. Este preguntar, esta tensión a la que el pensamiento somete lo obvio y naturalizado, tiene lugar en un medio cultural, en un contexto. El filósofo no hace del preguntar un ejercicio vacío y sinsentido sino que se trata de un preguntar situado. Por otra parte, en la búsqueda de respuestas, el filósofo tampoco busca en el vacío sino que establece un diálogo con la tradición, con ese conjunto vasto de ideas que constituye la Historia de la Filosofía. Tiene lugar, entonces, una suerte de dialéctica entre el presente y la tradición mediada precisamente por el sentido que le imprime el indagar.

A grandes rasgos podríamos decir que, a través del tiempo, este preguntar ha tomado formas predominantes. Así, en la Antigüedad tuvo lugar fundamentalmente la pregunta por la realidad, por su constitución. En la Medievalidad, el ejercicio del pensar era animado por la urgencia de dar cuenta de las relaciones entre la razón y la fe. Invirtiendo el orden de prioridades de la Antigüedad, en la Modernidad la pregunta por el conocimiento y su posibilidad determina el resto de las cuestiones. En ese innovador reordenamiento se constituye el sujeto moderno como aquel que, a través de su racionalidad, determina y establece el campo del obrar humano, de la ciencia y del arte.

Finalmente creemos que una de las preguntas que le da sentido al filosofar hoy es, al decir de Michel Foucault, aquella que indaga por el sentido del propio filosofar en nuestra actualidad,"como acontecimiento filosófico al cual pertenece el filósofo que en él habla." De este modo, la actividad del filosofar cobra entidad en tanto interpela el sentido del presente en el que acontece.

Frente a los hechos de nuestra contemporaneidad, los filósofos han constatado y denunciado los límites de aquel sujeto ilustrado, dador de sentido, confiado en la objetividad y asepsia de la ciencia y en su capacidad en la resolución de las problemáticas humanas y concebido en el seno de una historia que a su propia vez se desplegaba siguiendo leyes racionales.

Lo que los autores de la Escuela de Frankfurt llamaron el triunfo de la razón instrumental al servicio de la consolidación de un orden social totalitario, sin oposición, sin dimensión crítica, las calamidades de las guerras mundiales y, fundamentalmente "la solución final" señalan inexorablemente la caída estrepitosa de las potencialidades de la razón y con ella de todo un ideario acuñado en la Modernidad, de toda una forma de concebir el mundo y de pensarnos en él. El acontecimiento Auschwitz establece el límite y el desafío para nuestra disciplina. Esta irrupción de lo irracional en el mundo nos pone ante la pregunta de "cómo hacer filosofía después de Auschwitz".

Podemos avanzar ahora en qué hay que saber hoy sobre filosofía sin traicionar este gesto de distanciamiento, esta dimensión "crítica" que nos permite el filosofar en este presente que nos toca pensar y en la que se enmarca nuestra actividad.

Llevar esta mirada de la actualidad de la filosofía a las aulas, nos impone la necesidad de introducir una serie de redefiniciones que recorren el espectro que va de los contenidos hasta la propia actividad docente. En primer lugar, nos encontramos con que para "diagnosticar el presente", cuestionarlo, interpelarlo, será necesario ampliar el campo de problemas a tratar, el conjunto de temas a poner en discusión y someter al análisis. De este modo podemos pensar en la incorporación de aquellas temáticas que son hoy el objeto de reflexión de la filosofía fuera de la escuela y que señaláramos más arriba. Abordar las cuestiones ligadas a la construcción de la memoria, el valor de verdad del testimonio así como las distintas formas en que cobra dimensión de lo "otro" de nuestra cultura, de nuestros valores pueden, sin duda, contribuir a construir y sumar voces a una actividad que, lejos de cerrar sentidos y constituirse en una imagen dogmática del pensamiento, aspire a desarrollar un ejercicio de apertura, una incomodidad que sostenga la tensión del pensar.

Asimismo, también podrían ser incorporadas nuevas miradas y reflexiones a las que tradicionalmente nos presenta la filosofía en la escuela, a quienes desde este mismo presente intentan llevar este ejercicio reflexivo adelante. Pensar después de Aushwitz es algo que nos hace pertenecer a un cierto nosotros del que forman parte no solo los pensadores de Frankfurt sino también autores como Agamben o Arendt que, sin ser transformados en contenidos tradicionales, bien podrían empezar a formar parte de nuestros textos actuales para llevar adelante la filosofía a las aulas.

Finalmente, asumir esta perspectiva de la filosofía nos impone un desafío para su enseñanza. El profesor de Filosofía tendrá la tarea de realizar un trabajo sobre sí mismo, sobre su formación -quizás en contra de ella-, de modo que pueda efectivamente llevar a la práctica con sus alumnos este ejercicio de pensamiento a través del cual se instala la distancia necesaria para poder pensar este presente del que forma parte. Solo de este modo será posible sostener aquel gesto filosófico,"crítico" propio de la disciplina.


*Profesora de Filosofía, Universidad Nacional de La Plata.

   
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