Entrevista a Teresa Parodi
   
"Hacer canciones es una forma del amor"

A los nueve años anunció a sus padres que sería cantante. Recuerda de memoria más de 400 canciones. Tiene cuatro hijos, una hija y once nietos. Fue maestra rural. Su madre también fue docente y directora de escuela. De allí viene su vínculo con un oficio, el de enseñar, que ama con la misma intensidad que los escenarios y la poesía.

Sergio Kisielewsky
Fotos: Luis Tenewicki

-¿Cómo nació en usted su vínculo con la docencia?

-Fue en una escuelita del monte misionero. Yo tenía 19 años, había dejado la universidad en tercer año, estaba estudiando Literatura, era militante de la Juventud Peronista y tenía la ilusión de ejercer esa militancia desde el magisterio. Entonces elegí irme a esa escuelita misionera en el kilómetro 28, Picada Suiza, en El Dorado. Los caminos eran intrincados, de sierras, picadas, montes y en el medio de todo eso estaba una escuelita de dos aulas. Para mí fue una hazaña, una aventura maravillosa, increíble, un aprendizaje de vida. Yo creía que había ido a enseñar y fui a aprender.

 

-¿Por qué?

-Porque aprendí a mirar el país desde otro lugar. Y también aprendí lo que es el rol de un maestro en esos lugares tan marginales, la cantidad de cosas que uno tiene que contener más allá de la escuela. La escuela se convierte en un espacio de la comunidad, aunque la comunidad estaba dispersa. Los habitantes vivían a varios kilómetros, eran chacareros. Pero en ese espacio se discutían un montón de cosas. En especial, que los chicos no faltaran a clase. Muchos eran hijos de los mensúes, los peones que trabajaban por temporadas nomás, y otros que ya estaban radicados que hacían trabajar a los hijos por una necesidad económica. Allí conocí el país del que luego hablé en mis canciones, fui parte de él. La escuela cumplió un rol de campana.

-Que resuena en el otro...

-De contención de la desesperación de los padres, de la angustia porque no les pagaban a tiempo, de la relación del dueño de las pequeñas parcelas con el hijo del mensú. Lo que siento es que me paré, para siempre, en un lugar totalmente distinto al que yo tenía. Pues yo había nacido en una familia acomodada, de clase media, y había ido a una escuela modelo. En cambio, cuando enseñaba no tenía ni tiza y a veces escribíamos con lápices de color blanco en el pizarrón. Cuando nos quedábamos aislados por la lluvia, para ir al almacén caminábamos tres o cuatro kilómetros en el barro.

-Y como alumna, ¿qué maestros recuerda con más cariño?

-La primera maestra que recuerdo es mi madre. Maestra, directora de escuela y después profesora particular en mi casa: enseñaba a alumnos de primaria, secundaria y universidad. Mi madre era brillante en matemática, también trabajaba mucho la parte humanística, en literatura e historia.

Así que me crié en una casa que era una escuela, con las alumnas y los alumnos de mi mamá. Ella, cuando salía de la escuela, traía a la casa a los chicos que no podían pagar una maestra particular.

-Fueron sus primeros ejemplos de maestros...

-Sí. Mi abuelo creó una escuela en la cárcel. Vio la necesidad de una escuela para la población carcelaria. Mi abuelo aprendió el guaraní con los presos. Y mi abuela era profesora. Después estaba mi bisabuelo, que fundó la Academia de Bellas Artes en Corrientes. Era pintor. Hasta hoy su casa es uno de los museos que tiene la ciudad. Fue maestro de pintores.

-Se crió entre docentes.

-Mi hija jugaba a "la escuela"y hoy es docente. Cuando era chica repetía la historia de mis hermanas, "obligaba" a los vecinos y primos a jugar a que ellos eran los alumnos y ella les daba clases jugando. Nos criamos en eso. No me pude salir nunca de la escuela, por eso siempre acompañé la lucha de los docentes. Aun cuando nadie me conocía, cuando solo me conocían abajo, en el llano, caminando con ellos. Mi madre fue una gran defensora de la educación pública. Ella le hizo huelga -imaginate, en esa épocaal propio gobierno radical. Fue a abrir la escuela porque tenía la obligación como autoridad y no firmó. Porque consideraba que la defensa de la educación pública era lo primero en su vida. A mi madre había que llamarla el 11 de septiembre, vos podías no llamarla el día de su cumpleaños pero el 11 de septiembre. El día que dejó de enseñar, yo pensé: "Se va a morir". Y así fue.

-¿Y cuándo aparece la música?

-Mi padre era un gran melómano, tenía una discoteca fabulosa. Mi papá, mi hermana y yo teníamos sesiones por las tardes, cuando terminábamos las tareas. Papá nos hablaba siempre de música, nos hacía escuchar a Beethoven, Bach, Wagner.

-Alguna vez dijo que se crió en una biblioteca y en una sala de música.

-Era increíble la cantidad de discos que tenía mi padre; algo extraordinario, era socio del Club del Disco. En esa época recibía material de todas partes, lo último que se grababa. Cuando él vio que yo tenía una inclinación muy fuerte por la música popular, que me gustaba mucho el folclore, mi padre comenzó a fomentar en mí la vocación comprándome discos. Empezamos a tener una discoteca fabulosa de música de raíz folclórica y me mandaron a estudiar guitarra a los once años. Para mí fui muy natural elegir la música.

-Cuando se leen sus canciones, se encuentra el río, una suerte de llamado, ¿qué representó para usted?

-Yo nací a dos cuadras del río, de la hermosa costanera de Corrientes Capital. A veces, yo me iba a mirarlo pasar nada más. Porque para mí el agua tenía un sonido.

-Como para el poeta Juan L. Ortiz.

-Yo musicalicé a Juan L. Ortiz, a Olga Orozco, a Enrique Molina, a Francisco Madariaga. Toda poesía tiene música, por eso se diferencia de otras formas literarias. La poesía tiene tantas músicas como gente que la lea, para cada uno tiene una música diferente.

-En una de sus canciones, Pedro Canoero dice que "la esperanza no tiene orillas". ¿Cómo hizo para mantener ese compromiso en épocas difíciles?



-Me muero si no tengo esperanza. Al lado de la gente con la que viví, a la que miré de cerca levantarse todos los días con esperanza y tenían cuatro cosas, el catre y la pava. No soy digna si pierdo la esperanza. Es invicta para mí, la esperanza. Escribí canciones casi premonitorias en pleno menemismo, cuando por decreto se querían abolir las ideologías. En esa época escribí una canción que dice: "Los hombres y mujeres con ollas y cucharas y dolores".

-Anticipó el cacerolazo.

-Siempre confié en nosotros como pueblo, como país, como comunidad. Caminaremos hacia nuestro destino definitivamente, en el tiempo que podamos ir madurando nuestros ideales, nuestros sueños, nuestras capacidades, el reconocimiento de nuestras fuerzas. Iremos construyendo el país que nosotros queremos, a nuestra medida; que será el que va a decidir la mayoría. Creo que la utopía es una cosa que no hicimos todavía pero que vamos a hacer. Ese es el motor.

-¿Qué cantantes considera maestros, que marcaron su carrera?

-Alfredo Zitarrosa. Tuvimos una enorme amistad. Me grabó una de mis canciones: "María Pilar". Tuve una bellísima amistad con Alfredo. Él me llamó desde Piriápolis para decirme que le gustaba mi trabajo y que unos vecinos suyos se la pasaban escuchando un casete con mis canciones. No lo podía creer, pensé que era una broma porque mis amigos sabían que yo era fanática de Zitarrosa. Una vez fui a verlo a un recital con Enrique Llopis. Cuando él se enteró que yo estaba, me invitó y cantamos juntos "María Pilar". Fue inolvidable. Su voz expresaba la belleza de lo que tenía adentro, sabía cómo decir el dolor de la América Latina, la esperanza, la bronca. Él cantaba y contaba. La palabra de Zitarrosa no tiene parangón.

-¿Qué tiene que tener una poesía, una letra -tanto suya como de otros-, para que sienta la necesidad de musicalizarla?

-Que me parezca que es mía. Cuando siento que esas palabras, el único defecto que tienen es que no las escribí yo.

-¿Qué recital la conmovió más?

-Mi primer Luna Park. Y el recital que hice hace poco con las Madres por los treinta años de lucha, con la Orquesta Juan de Dios Filiberto, organizado por Hebe. Fue muy emocionante.

-¿Qué rol jugaron en su vida los libros?

-Mi casa era una biblioteca extraordinaria. Teníamos la colección completa de la Enciclopedia Espasa Calpe. Era consultada por alumnos, profesores. Nosotros leíamos con papá. Papá nos enseñó a leer. Leíamos toda la colección de libros de Emilio Salgari cuando éramos chicas, y por la noche teníamos que comentar en qué parte del libro estábamos, qué pensábamos de los personajes, qué nos gustaba. Escuchábamos en Radio Nacional el teatro leído de Las dos carátulas. Esa era la noche más linda para nosotros, porque nos acostábamos más tarde. Recuerdo que estábamos en la habitación de mi papá y escuchábamos esas voces maravillosas; podía imaginarme todo lo que pasaba.

-Esta relación entre enseñar y cantar tiene muchos puntos de contacto.

-La primera vez que hice las prácticas de la enseñanza, me tocó lo que en esa época era sexto grado. Me iban a observar mis compañeras y profesoras, y el día anterior preparé láminas y yo ya cantaba. Es la primera vez que cuento esta anécdota. Estaba muy nerviosa, era a las diez de la mañana. Entré y sentí que estaba en el escenario. Dije: "No se sienta nadie, lo único que les pido es que interactúen, trabajen, levanten la mano para participar, nada se aprende si uno no pregunta". Te juro que todo lo inventé ahí. Tuve que salir a convencer a la gente de que yo tenía algo para transmitir. En este caso era el conocimiento, en el escenario es transmitir la canción.

-Después de giras y conciertos por gran parte del mundo, ¿hay un sitio preferido para dar un recital?

-Me gustan mucho los lugares íntimos porque la canción tiene un trasfondo que va mucho más allá de lo festivo, que por suerte también tiene. La canción tiene una emoción profunda que solo se transmite cuando hay un vínculo que no se corta, que nada distrae. Cuando el silencio, la calidez del espacio llegan a un punto tan hermoso que no tiene comparación. El artista se contagia desde otro lugar; hasta la actitud del cuerpo es distinta; se emociona con la melodía, con la palabra, cuando la música lo empuja y lo invade todo. La música es provocadora. Y hasta el más tímido mueve el pie.

-Un poema suyo dice "el amor puede más que lo que pasa".

-Es un poema para mi hija Verónica. Hacer canciones es una forma del amor. Hago canciones que dan testimonio de lo social, de lo afectivo, del vínculo con los mayores, con tus hijos, con tu lugar. Igual que contar las situaciones diversas que vive una comunidad.

-¿Cómo ve el destino del canto en nuestro país?

-Felizmente, esperanzada. Hay una camada que no está en los circuitos comerciales, pero el Estado debería generar los espacios y luego tendría que sostenerlos. Es una camada extraordinaria, en todas las provincias argentinas. De compositores, autores, cantantes, de instrumentistas. La música del pueblo, el pueblo la va a hacer siempre de manera espontánea. Pero el artista toma eso, como hicieron Yupanqui, Manuel Castilla, Ariel Ramírez; toma esa música, la embellece y la devuelve al pueblo. El rol del artista no se puede perder de vista en una comunidad. Es el que lee el espíritu del otro. Pero hay que estudiar mucho. Somos eslabones de una cultura profunda. Una vez fui al Tantanacuy, allí vi pasar y tocar a los que bajaban de la montaña. Maravilloso, tocaban el charango, la quena. Pero cuando subió Jaime Torres, lo entendí todo. Ahí estaba el artista que traspasaba el corazón. Por eso es necesario el artista.



   
   
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