Brasil al sur
Ana Quiroga

Quise sacar el pie por el costado de la cama y así, boca abajo, quedarme todavía haciendo algo de fiaca mientras el sol me daba en el pelo, un sol suave de mañana de verano, pero no pude lograr que el pie se desenredara de cierta dureza de las sábanas y con el empeine adormecido fui abriendo los ojos para acordarme de que me había dormido en una cama de hotel, que la playa más allá de la ventana estaba aguardando para justificar mis vacaciones. No tuve que tantear el lado tibio de su ausencia para adivinar que se había ido muy temprano; seguramente me había dado un beso en la cabeza, un beso que debí confundir en medio de un sueño lleno de perturbaciones que venía atormentándome desde la primavera. Mi mano derecha se posó sobre mi vientre y sentí una caricia que yo misma estaba ensayando, una arcaica manera de averiguar si había engordado, si el ombligo conservaba su forma original.

Me incorporé con pereza, lamentando la luz a pesar de las cortinas, lamentando el exceso de equipaje a un costado de la cama, lamentando la distancia hasta el teléfono, lamentándolo todo porque él se había ido. Por aquel entonces, yo leía con entusiasmo Middlemarch por lo que mi mirada fue distorsionándose, como si cierto clima inglés completamente inadecuado para ese calor aplastante estuviera afectando las cosas.

Bajé a desayunar sin recordar hacerme un buen peinado y en los ojos de una mesa vecina me pareció advertir que se burlaban. Recién llegada, el portugués de Pântano do Sul era todavía una simbología indescifrable y el sueño y la nostalgia por que él me hubiera acompañado en ese desayuno primero hicieron que volcara un poco del café con demasiada azúcar. Quedaron los vasos de jugo postergados para otra vez y apenas comí un bocado de un postre pastoso de bananas cuando lo vi acercarse a mí, tan lleno de sus ojos vitales que me hizo traer a la memoria el vestido de novia mojado de champagne y su risa en la promesa de ese viaje y que, a fin de cuentas, nuestra luna de miel, pese a mi embarazo, podía convertirse en una fiesta.

-No sabés el lugarcito que encontré -y fue apoyándose sobre la silla sin dejar de mirarme- un sendero en medio del morro, tenemos que ir, va a estar buenísimo. No había terminado de girar el pedazo de fruta bajo mi lengua: su comentario me hizo atragantarme. Todavía no había aprendido a decirle que estaba cansada, cansadísima, que los hombros me llegaban a la altura de los pechos, que un miedo atroz a desequilibrarme me venía persiguiendo en las sombras del verano.



Después de sofocar el ahogo fuimos al cuarto a que yo me cambiara y dejé el vestido azul sobre una silla para salir después muy señora en pantalones cortos y zapatillas de plástico. Temía que volviera a llover, como en la tarde anterior, cuando el avión nos dejó en Florianópolis bajo un agua calurosa en bienvenida.

Las zapatillas daban toda la sensación de saber aferrarse a los morros por sí mismas como un molusco en trance de sopapa. Así y todo, a mitad de un camino de precipicio, los ojos se me fueron cayendo hacia el mar y tuve que sujetarme hacia arriba en una proeza que me dio mareo y fiebre; él, que venía tras de mí y que vio cómo casi caigo al agua, se compadeció del ser que llevaba dentro. Un hombre es padre mucho antes de tener a su criatura entre los brazos.

Pero yo no iba a desistir tan fácilmente, aunque estuviera agachada de miedo y doblada de pudores. Más que nunca debía demostrarle cuánto era capaz de demostrarme a mí, por el bien de mi raza y por el suyo propio.

Pasaron dos días hasta que el coraje despertó en mi pecho un tierno deseo de ir al mismo sendero acompañada por otro, que fue fácil hallarlo como cualquier mujer sabe (basta salir a caminar y mirar unas estrellas distintas bajo una luna alumbrando blancos cangrejos que aparece un pescador devenido pintor en su posada).

En mitad de la osadía, la cara de una desconocida nos sobresaltó: una francesa hablando un portuñol sin gracia, desbordada de gritos, apuntando con gestos lo que no sabía decirnos. Ni el pescador de tanto fruto marino ni yo pudimos entenderle, hasta que un novio latino bien bronceado, muy rulitos rubios y patillas de oro, muy me las sé todas, me comí una francesa, intervino: no le hagan caso a lo que dice.

Hay playas de difícil acceso donde unos hombres barbudos, acechando entre la maleza, son capaces de golpear a una europea que hace topless; hay hombres adormecidos como para defender el ultraje de una hembra en apuros: los hay quienes se ponen a pensar, entre otros temas, si estuvo bien que Telémaco saliera en pelea por su madre.

Yo estaba mirando las casitas que parecen caerse encima de las rocas cuando nos avisaron que habían degollado a un argentino. Desde esa tarde vimos la policía montada rodear unos barquitos esparcidos por la playa. También había una pescadería abierta: un hombrecito arrastraba unas redes y unas mujeres le pedían un sobrante de pesca en una ceremonia que parecía un carnaval.

Otra tarde nos fuimos por un camino ancho de tractores recientes; nos detuvo el ruido de una sierra eléctrica y la visión de una escena sangrante de cine de culto hizo que retrocediéramos. Arriba, como unos cuervos augurando un desenlace, un helicóptero estuvo rondando a los turistas. Era fácil de explicar: estaban buscando a unos narcos ladrones que habían violentado a unas muchachas. Y a partir de ahí luego él me dio la mano y ya nunca anduve sola, ni cuando sacábamos fotos a tan opuestos intereses.

A su debido tiempo nació una niña con rasgos de mulata, como si el pescador o el pintor, que eran el mismo, hubieran podido dejar huella.

Breve postergación

"Por caminos torcidos
había venido a caer en un destino de mujer,
con la sorpresa de caber en él
como si ella lo hubiera inventado"
1.

Clarice Lispector
Vas a ver, te va a encantar, le había dicho el amigo y ella había pensado que ninguna otra cosa iba a importarle más que ver crecer a su hijo, esos pies que ahora se paraban firmes sobre la alfombra del cuarto. Te va a encantar, es algo increíble, había dicho el amigo y había mirado de reojo las canas inocultables en el pelo de ella, un pelo que se había desmejorado muchísimo durante el largo embarazo y que era algo pendiente para ella, ocuparse de una lista infinita que le quitaría incontables minutos del niño que ahora estaba despertándose y reclamaba algo de alimento desde la cuna.



El marido fue a abrir la puerta y ella escuchó el ruido que hizo la mesa al tambalear; pensó en una bolsa de pañales, en bolsas de supermercado, en abrigos y platos todavía en la mesa y en ese paquete que acababan de traer y que acusaba la presencia de algo pesadísimo, tal vez algunos libros. Es increíble, un poeta increíble, no podés imaginártelo hasta que lo leas, porque no son solo sus poemas, y ella fue entonces y abrió la alacena y sacó un envase pequeño, la medida justa para una mamadera, y cortó el cartón de leche hasta los seis meses y volcó el contenido y le puso miel y Nestum cuatro cereales y las gotas de limón que convertían el líquido en un yogurt amarillento. Porque no son solo sus poemas, también está el diario que llevaba y las cartas escritas a las mujeres que amó y ella amaba tanto a su hijo y verlo avanzar por esta titubeante persecución hacia el futuro la enorgullecía de promesas que se había hecho para evitarle dolores y volverle la vida llena de felicidades. Las cartas que escribió a las mujeres amadas y a sus amigos, son cartas de no poder creerlas, como sus poemas, no, no, vas a ver cuando las leas, las recopilaron en un libro, yo te los voy a mandar, te voy a mandar todo a tu casa y tarde a la noche el portero se acordó de acercarles el paquete, un paquete pesado que fue a parar a la mesa de la cocina, detrás de los platos sucios y la bolsa de pañales sin abrir, la bolsa del supermercado con unos baberos manchados de manzana rallada y zapallitos. Los poemas, tenés que leer sus poemas, hay un poema a una mujer embarazada, no sirve que yo te lo cuente, tenés que leerlo, vas a ver qué increíble y esas cartas, no podés olvidarte de leer las cartas. El microondas hizo sonar dos veces el bip de ya está listo, la temperatura medida en la palma de la mano, muy al calor de la boca de un niño, tan apetecible para el estómago implorante. Le dijo al marido dale vos la leche que yo miro los libros, voy a tardar un minuto, enseguida vuelvo.

Los libros eran seis, tres de poemas, dos de cartas, uno del diario. Elisa abrió el primero al azar y leyó el poema "Natural de la casa". Pensó entonces que ese poema era único, era el mejor que nunca antes había leído y se inquietó porque hubiera más para leer y preguntándose si acaso los otros poemas fueran todavía mejores, detuvo sus ojos en las palabras nuevas, en las combinaciones que estaban agobiándola, que eran júbilo y vida, indagación y tragedia. Fue buscando un lugar donde sentarse sin dejar de leer en el libro y trató de acomodarse para continuar leyendo los sucesivos poemas que se desprendían para deslumbrarla en la intimidad de sus anhelos descubiertos, tentativas de frases que hubiera soñado haber escrito, imposibilidad de explicar cómo a medida que crecía la admiración más abrumada estaba, más ausente y más efímera. Sus ojos se demoraron en el poema presente y fue leyendo uno a uno antes de que se hiciera de día, una carrera por que el sol no saliera, antes de que la luz inundara la casa y las tareas del desayuno vinieran a distraerla, ella quiso consumirlo todo, poema tras poema, y luego aquellas cartas que la empobrecieron de anécdotas compartidas y la cubrieron de nostalgias incapaces de calmarle la sed. De las cartas a las mujeres amadas -a las que también quiso y abandonó en concordancia con él- a las cartas a los amigos por quienes una lágrima acabó de caerse muy lentamente por el pómulo, llegando a mojarle apenas el lado izquierdo de los labios. Cuando leyó el último párrafo del diario y sus notas, el ruido del portero barriendo la vereda la desconcertó con un silbido nunca antes escuchado y se asomó a la ventana y vio que la calle había cambiado de mano y ahora pasaban colectivos que no conocía.

Miró la hora, eran las seis menos cuarto. Fue a ver a su hijo pero no encontró la cuna. Su esposo, de lado, dormía mirando a la pared; vio la lenta espalda en un piyama nuevo. Abrió la puerta del cuarto contiguo y la silueta de un hombre que dormía la sobresaltó y en un paso hacia atrás arrojó una lámpara al piso:

-Mamá, sos vos. Qué susto, gracias por despertarme - dijo una voz grave debajo de las mismas cejas del padre.
Elisa no pudo responderle.

-Si llegaba a quedarme dormido hoy, me moría. Es el último examen, mamá, ¿te das cuenta? Y ya me recibo de abogado, justo como vos querías.

Hijo, ¿dónde estuve este tiempo? ¿Quién te tuvo en los brazos hasta que crecieras?, quiso preguntarle Elisa al hombre que se ponía de pie sobrepasándola en altura, pero la voz salió como un ronquido de mujer que ha pasado la noche despierta y que, sin desayunar, conserva aún un grueso quejido sofocado en la garganta.

© Ana Quiroga
Ilustraciones: Alberto Pez

1. "Por caminhos tortos, viera a cair num destino de mulher, com a surpresa de nele caber como se o tivesse inventado". Clarice Lispector.

Ana Quiroga. Nació en Rodeo, provincia de San Juan, en 1967. Colaboró en La Prensa, Planeta Urbano, Proa, La mujer de mi vida, Puro cuento. Es autora de Dormir juntos una noche y El poeta que sangra. Los cuentos que aquí se publican pertenecen a su último libro Breve postergación -Mención Premio Literario Casa de las Américas-, que fue presentado este año en la Feria del Libro de La Habana. www.anaquiroga.blogspot.com.

   
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