Enseñar en la Antártida

Hasta enero de 2008, Carina Franco y Marcelo Jacob son los maestros más australes del mundo. La escuela en la que trabajan es la Nº 38 y está ubicada en la Base Esperanza, en el territorio antártico argentino. Esta es la crónica de una experiencia única que el matrimonio y sus tres hijos empezaron a vivir en marzo de este año, cuando llegaron al continente blanco.

Ivan Schuliaquer y Eva Curci
/ ischuliaquer@me.gov.ar
Fotos: Flia. Jacob y habitantes Base Esperanza.


Lucila se apura a cerrarse el traje térmico y cruza la puerta de su casa, donde la esperan su hermano Facundo, su mamá y su papá. El viento saluda como todos los días, y el frío está en el nivel aceptable de 15º bajo cero. Mientras la nieve se acumula en las botas, Lucila sonríe al ver a los pingüinos con un paso que se le hace parecido al suyo. Llega a la escuela, que ya está calefaccionada, se saca el traje y se pone el guardapolvo, como su hermano. Tienen un año de diferencia pero comparten aula y docente. Su papá, Marcelo Jacob, aparece con el guardapolvo blanco e invita a Lucila y a Facundo a pasar al aula, junto con sus demás compañeros. Su mamá, Carina Franco -en guardapolvo también- se lleva a otro grupo de alumnas y alumnos en su doble rol de maestra y directora.



Además de vivir la experiencia de ser maestro y directora de sus propios hijos, Marcelo y Carina están viviendo este año la oportunidad de ser los docentes más australes del mundo. La N°38 está ubicada en la Base Esperanza y es la única escuela en la Antártida.

Verano

Carina Franco y Marcelo Jacob nacieron en María Grande, Entre Ríos. En 1993, recién casados, se fueron a buscar trabajo a la ciudad de Río Grande, en Tierra del Fuego; ella como maestra de grado y él como ingeniero agrónomo. Sus hijos son Facundo -de quinto grado-, Lucila -de sexto- y Sofía -que cursa el séptimo a distancia. "Quisimos venir a la Base Esperanza por charlas que tuvimos con docentes que trabajaron acá y nos contaron lo hermosa que había sido la experiencia", comenta Marcelo. Todos los años, el Ministerio de Educación de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur llama a concurso para cubrir, por un año, el puesto de director y docente en la Escuela N°38. Los requisitos eran: un matrimonio conformado por un maestro y un profesional o por dos maestros. Los Jacob se postularon todos los años, desde 2001. "A medida que pasaba el tiempo, creíamos que no íbamos a tener la oportunidad -recuerda Marcelo-. Pero, por otro lado, cada vez nos interiorizábamos más acerca de la vida que se llevaba en la Antártida, y nos daban más ganas".

El viaje para llegar a la Antártida tuvo varias escalas: de Río Grande fueron a Ushuaia, luego a Río Gallegos, Santa Cruz, de donde salieron en el avión Hércules que los trasladó a Base Marambio; de allí, un helicóptero los llevó hasta el rompehielos Irízar (ver recuadro), en el que viajaron tres días más hasta la Base Esperanza.

Esperanza es una de las trece bases argentinas que hay en la Antártida. La presencia nacional en el continente blanco ya lleva 100 años, y la escuela tiene una década. Con una gran particularidad: alumnos, alumnas y docentes solo estarán un año; así ha sido en años anteriores, así será en los próximos. Para Carina, su tarea "es un gran desafío desde el punto de vista personal y profesional, tenemos la responsabilidad de que los chicos vuelvan a su lugar de origen sin perder este año". A la vez, la presencia de la escuela permite que este sea el único lugar de la Antártida Argentina donde viven familias.

Los habitantes de la base son 62, la mayoría militares, pero también conviven los docentes, y los científicos que este año han tenido mucha más actividad de lo habitual debido a que 2007 es el Año Polar Internacional.



Otoño

El desembarco en Base Esperanza fue el 26 de marzo. Durante el viaje tuvieron la oportunidad de conocer a sus alumnos (los cuatro de Carina -de segundo, tercero y cuarto grado- y los seis de Marcelo -dos en quinto y cuatro en sexto, entre ellos dos de sus hijos-). Para él es su primera experiencia como maestro de grado, aunque se desempeña como profesor de educación técnica en escuelas medias y terciarios.

La preparación del comienzo de las clases vino acompañada de la mudanza a una nueva casa. "Nos trajimos todo el ropero. Lo que uno se olvidó, no lo consigue", rememora Carina. Si bien el aislamiento se hace sentir, el avance de las tecnologías mejora la situación. En su casa pueden ver cuatro canales de televisión, cuentan con internet y pueden hacer llamadas a bajo costo. Por otro lado, el lugar posee ciertas condiciones propias: el agua se obtiene luego de un proceso de desalinización, en la cocina de la base les preparan los almuerzos y las cenas de todos los días, y el ámbito les exige ser muy cuidadosos en el tratamiento de los residuos.

Para la directora, el diseño de su trabajo estuvo claro desde un principio: "Con los alumnos, la primera idea fue conocernos, saber qué habían hecho en sus vacaciones, cómo habían vivido este viaje; y una vez que logramos una amistad, comenzamos a trabajar". Y el maestro agrega: "No nos olvidamos del lugar en el que estamos y buscamos que los alumnos disfruten. Pero, como en cualquier escuela, partimos de un diagnóstico".

"En definitiva -completa Carina-, están los chicos, los bancos y está el pizarrón. No hay tanta diferencia".

Invierno

Las vacaciones de invierno trajeron una pésima noticia: el incendio de la escuela. El 28 de julio, un desperfecto en la calefacción inició el fuego. "Nunca me voy a olvidar de ese día. Por suerte, acondicionamos pronto una casa para que funcionara como escuela y no perdimos ni un día de clase", advierte Marcelo. "Los chicos lo vieron, no fue nada fácil -agrega Carina-. Duele el esfuerzo que había ahí adentro, pero por suerte fue todo material. Cuando uno lo analiza en frío, se da cuenta de que eran paredes. Los chicos están bien, y eso es lo importante".

En cuanto las condiciones climáticas lo permitieron, el Ministerio de Educación de la Nación envió el material para que pudieran continuar las clases sin inconvenientes. El accidente ocurrió en una época en la que la sensación térmica llegó a tocar los 90º bajo cero, con vientos que soplaban a 200 kilómetros por hora. Los días en los que hay temporal, los habitantes de la Base deben permanecer en sus casas por razones de seguridad y -claro- no van a la escuela. Pero, como relata Marcelo: "En esos casos, damos las clases por correo electrónico. De todos modos, los alumnos tienen tarea que les dejamos por las dudas".

Un día típico en la Escuela N°38 comienza a las 8.30 con el izamiento de la bandera. A la mañana -hasta las 12- tienen: Lengua, Matemática, Ciencias Sociales, Ciencias Naturales; y a la tarde -de 15 a 18-, talleres como plástica, música, además de salidas y paseos por la Base.

Primavera

"Si vinimos acá es por una cuestión de amor a este lugar", admite Marcelo. Ya comenzó la última estación del año, última etapa en la que él y Carina serán docentes en la Antártida. El hielo -que sabe que tiene su batalla ganada- cede parte de su terreno por unos meses. Como regalo, disfrutan la visita de 300 mil pingüinos que van a ocupar sus pingüineras en Esperanza. El clima, no exento de temporales, permite más momentos al aire libre con temperaturas que casi llegan a 10º sobre cero: caminatas hacia el glaciar, actividades relacionadas con la geografía y la fauna del lugar, y charlas con los científicos sobre el trabajo que realizan en la zona; entre otras tareas. La luz del sol se mantiene por más tiempo; y la noche comienza a acortarse, en su camino hacia lo que serán ciertos días del verano en los que no llegará a anochecer.

"Ser maestro de mis hijos Facundo y Lucila resulta algo muy especial -comenta Marcelo-, porque es una convivencia como padre y como docente. Es único porque compartimos lo que hacemos de manera distinta: yo los veo estudiando y ellos a mí trabajando".

La Escuela N°38 ocupa un lugar central en la vida de los 62 habitantes de la Base. Para Marcelo, "la escuela es el símbolo que distingue a la Base Esperanza de las demás. Por suerte, logramos que el resto de los habitantes de aquí sientan que les pertenece, que no es solo de alumnas, alumnos y docentes".



Otra vez verano

"Va a ser imposible olvidar lo que vivimos, este paisaje que cambia todos los días: el mar y sus distintos colores", asegura Carina y sonríe. Es que la vuelta se acerca para los habitantes de Base Esperanza.

Aún quedan unos meses de clase, pero la pregunta por el después comienza a aparecer: "La Antártida significa mucho para el mundo: una fauna, un paisaje, un reservorio de agua único; y nosotros queremos dejar un granito de arena para que nuestro país siga acá", afirma Marcelo.

En enero, cuando esté empezando 2008, Marcelo, Carina y sus hijos -al igual que las demás personas que hoy viven en la Base- dejarán sus casas a los próximos habitantes de Esperanza. ¿Cómo seguirán los alumnos que tuvieron? "Este año los va a marcar para siempre, no solo por la escuela sino también por haber vivido en un lugar así", dice Marcelo. ¿Y los docentes? "Como maestra, una sabe que siempre cambia de grupos, es una pregunta cada año. Pero va a ser difícil dejar un lugar en el que depositamos tantas cosas", confiesa Carina. "Fue una forma nueva de trabajar, de manera muy intensa, con alumnos de distintos años con necesidades diversas", concluye Marcelo.

Cuando les toque dejar la Base, las casas naranjas irán perdiendo nitidez ante el blanco antártico. "Todos hablan de la mística de este lugar: no hay tanto para contar y mucho para sentir", resume Carina. Pronto empezará la vuelta, y la primera escala será en la Base Marambio, donde los maestros podrán escuchar una frase que se repite como si la Antártida hablara: "Cuando llegaste, apenas me conocías. Cuando te vayas, me llevarás contigo".


El viaje en el Irízar
Como camarógrafa del Ministerio de Educación de la Nación, he vivido diversas experiencias que me han involucrado en todo tipo de historias y experiencias. En abril último viajé a la Antártida para grabar la cotidianidad de la gente que allí vive: sus actividades, su escuela, sus docentes. A la vuelta de la visita me tocó atravesar una experiencia única: sobrevivir al incendio y naufragio del Rompehielos Almirante Irízar.

Ya en la vuelta, con un material muy valioso registrado y a solo tres días de entrar al puerto de Buenos Aires -el viaje dura entre 8 y 9 días-, cerca de las 21 del martes 10 de abril, a la altura de Puerto Madryn, se detectó un incendio en uno de los motores del buque. En ese momento no se sabía de la gravedad del incendio. Pero fueron pasando los minutos y las cosas cambiaron. Sin luz, solo con las linternas y con la ropa puesta buscando a oscuras algo de abrigo; en el barco dejamos todo el equipo de grabación y el equipaje personal. Allí nos guiaron hacia la plataforma de vuelo, lugar en el que nos agruparon por balsa a aquellos que no estábamos involucrados en apagar el incendio.

Con cada minuto que pasaba, el fuego avanzaba sobre las expectativas de que se apagara el incendio. Había humo por todos lados y, debido a la gravedad, a los niños y a las mujeres nos cambiaron de balsa y pasamos a la número uno. En silencio, pero muy tensionados, nos encaminamos a la escalera para saltar. Era de noche, en el océano las olas eran de más de tres metros y aparecía el desafío de saltar sin ninguna experiencia. No sé por qué, pero sentía una fortaleza única. Nuestra balsa se alejó sola y mucho, estuvimos a la deriva más de tres horas.
Todos intentamos mantenernos calmos, hubo personas descompuestas, algunas con frío, pero nunca se perdió el buen ánimo entre los 19 que éramos. Nos rescató un buque petrolero.

Desde ese momento todo cambió, la adrenalina vivida se apagaba con la tristeza y angustia de ver al gigante naranja prendido fuego. El rompehielos encargado de abastecer a las bases antárticas argentinas, recolectar los residuos y trasladar al personal de recambio quedaba solitario en el mar. Después de un día en el buque, pasamos a un barco pesquero, porque las dimensiones del petrolero hacían imposible acercarse a la costa. Arribamos a Puerto Madryn a las tres de la mañana, allí nos esperaba un gran número de periodistas. Hasta ese momento no sabíamos si todos habían sobrevivido. Al enterarnos de que sí, volví a sentirme bien.

Una experiencia imborrable. Fue la segunda vez que visité la Antártida. Ahora, espero que mi tercer viaje al continente blanco llegue pronto.

Eva Curci



   
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