Héctor Tizón, escritor
"No concibo al escritor no comprometido"

Nacido por casualidad en Salta, Héctor Tizón pasó toda su infancia en Yala, un pequeño pueblo cercano a San Salvador de Jujuy. Y es también el lugar al que siempre regresa, y donde pasa los fines de semana mientras continúa con sus tareas como juez en el Tribunal Superior provincial. Aquí habla, entre otros temas, de la vinculación entre sus dos trabajos: el literario y el judicial.

Siempre que se habla de Héctor Tizón, suele enfatizarse la cuestión de la identidad. Es "el famoso escritor jujeño" cuya literatura refleja las particularidades únicas de una región, el noroeste argentino, tanto en lo paisajístico como en lo cultural e histórico. Sin embargo, Tizón no cree que ese sea un tema central.

"Realmente, si a mí me pidieran definir la identidad, no sabría qué decir. Una cosa que nos preocupa tanto a los argentinos y que, sin embargo, no les preocupa a los mexicanos porque nacen sabiendo qué es la identidad, o sabiendo que la tienen. O puede ser también que no les importe. Aquí, en cambio, es una especie de preocupación con grado de obstinación".

-¿Cree que es importante saber de dónde es un escritor antes de leer su obra?

-Yo creo que sí. Porque si no se sabe desde dónde está escribiendo, no se alcanza a comprender el sentido. Por ejemplo, leo Los versos satánicos, de Salman Rushdie, y quizás no lo termino de entender, hasta que más o menos me entero de qué sociedad proviene, y de dónde.

-¿Algún lugar del mundo le recuerda a Jujuy?

-Sí, Asturias, en España; y varios lugares en Italia, en la Toscana. Las montañas, los ríos de montaña, el tipo de vegetación.



-Usted ha cambiado en su modo de escribir: ya no sitúa tan claramente las acciones e historias en esta región.

-Sí, porque al cabo uno se da cuenta de que el hombre nace, crece y muere de la misma manera en todas partes, se llame como se llame. Que por otras razones sí puede tener importancia el medio, la clase, el clima, los antecedentes históricos, pero no en cuanto a las historias en sí. De modo que me pareció un poco ocioso ya. Mis personajes ni siquiera tienen nombre. Por ejemplo, la primera novela que escribí después del exilio es Un hombre que llegó a un pueblo, en 1988, y allí los personajes ya no tienen nombre.

-Pero tienen idiosincrasia. El modo en que es y actúa un jujeño es diferente al de un porteño, por ejemplo.

-Claro, pero eso surge del contexto. Aunque uno quiera borrar las huellas digitales, del contexto surge. La gente lee en el contexto, de dónde viene ese señor que escribe de esta manera o usa este tipo de lenguaje. Fíjese el caso de Graham Greene, que vivió y escribió en México, en Panamá, en Nigeria, pero nadie va a pensar que Greene puede ser un escritor nigeriano, mexicano o panameño. Él es un inglés, absolutamente.

-Usted ha declarado más de una vez que la literatura es más poesía que prosa. ¿En qué sentido?

-La poesía es lo conceptual. El mayor compromiso que un escritor puede tener con la literatura y con su oficio es en la poesía. No tanto en la prosa, porque de pronto uno se extiende, o no pasa nada si uno escribe veinte páginas más. En la poesía no se puede. Requiere más precisión conceptual. Y, fundamentalmente, existe un gran compromiso con la belleza del idioma. Por eso hay menos buenos poetas que buenos narradores, porque es un arte mucho más arduo, más complejo.

-¿Qué le pasa con las otras artes? ¿Qué le gusta?

-Los pintores que más me gustan son los francotiradores, como Paul Gauguin, Van Gogh, Chagall; no tanto los que han creado seguidores y escuelas. Me gusta también mucho Berni.

-¿Qué música escucha? -Me gustan sobre todo Mozart, Bach y, entre los instrumentos, me gusta mucho el violín. Ayer estaba escuchando un concierto; una de las partes era la muerte de amor de Tristán e Isolda, de Daniel Baremboim con la sinfónica que formó con árabes y judíos, que es una maravilla.

-¿Y el cine?

-Ah, toda mi vida he visto películas. Me traían de Yala, mi pueblo, a San Salvador, al cine y al circo. Me acuerdo de que al circo venía yo con mi padre, que no se olvidaba de la pistola como quien no se olvida del cepillo de dientes. Una vez alguien le preguntó por qué llevaba pistola, y él dijo: "¿Y si se escapa el león?". Absolutamente razonable, ¿no? La primera película que vi era una de dibujos, en sepia, que me impresionó sobremanera. Se llamaba La cigarra y la hormiga. Las hormigas me parecían todas idiotas, pero la cigarra era un personaje hermoso. De todo el cine de los 40 y los 50 creo que no hay una película que yo no haya visto.

-¿Cuál es el mejor texto para que jóvenes, niñas o niños empiecen a leer su obra?

-A mí siempre me ha preocupado la forma que tienen algunos profesores de literatura para enseñar en el colegio secundario. Empiezan por lo complicado, por lo que no tiene nada que ver con la personalidad del alumno. Por ejemplo, con el Poema del Mío Cid, que además está escrito en un castellano que ya no se usa. Y no acuden por ejemplo a lo que es realmente entretenido y estupenda literatura, como El Lazarillo de Tormes. En cuanto a lo mío, no sé si a un niño le interesaría mi literatura. Tal vez una selección de relatos cortos. Pero no habría que torturarlo con una novela.

-En 1988 usted publicó El viaje, un relato dirigido a jóvenes, y en ese libro dice que no acepta la diferenciación rígida entre la literatura para adultos y la infantil.

-La literatura infantil o juvenil tiene un grave defecto: el de creer que los niños son medio tontos. Y no es así. Los niños y las niñas tienen una particular forma de ser, de mirar, que es envidiable. Una vez, yo fui a la casa de un amigo que vive no lejos de aquí y que tenía una gran pajarera. Fui con el que es ahora el mayor de mis nietos. Y le dije: "Eso que hay ahí es un loro". Yo sospechaba que no había visto nunca un loro. Y él me dijo: "No, no es un loro". Y le pregunté: "¿Qué es?". "Una lechuga", me contestó. "¿Cómo una lechuga? Es un loro, ¿no ves que se mueve?". Y me dice: "Sí, se mueve porque está viva". Esa particular mirada que tienen los niños no es un absurdo. La mirada del niño es pura; el razonamiento es puro. Esa es la mirada y la forma de razonar que a uno se le debiera ocurrir cuando escribe para niños y para jóvenes.

-Usted es escritor y también abogado y juez. Si uno lee un fallo suyo, ¿se distingue de los fallos de otros jueces?

-Yo pienso que sí. No porque sean mejores, sino porque tendrán algún punto familiar con lo que se llama la narración de ficción. Esta pregunta me la han hecho varias veces, sobre todo afuera del país, donde la actividad laboral está más estratificada: el que es juez es juez y el escritor es escritor y el que es pescador pesca. Yo no creo que el discurso jurídico, el de las sentencias, sea muy distinto a la literatura.
 


-¿Cuáles son las similitudes?

-Un escritor de ficción trabaja con personajes. Y un juez, al elaborar su sentencia, con personas. ¿Y cómo se elabora una sentencia? Hay una parte que demanda a otra y se apoya en pruebas, y el que contesta hace lo mismo. Entonces, una vez que ha hecho el análisis de las dos historias, el juez dicta su sentencia, que tiene en común con la literatura la justeza del lenguaje. Un escritor, un buen escritor, no puede poner cualquier palabra.

-¿Y las diferencias? Alguna tiene que haber.

-Quizás el escritor tenga un poco más de libertad que el juez, porque puede hacer que llueva cuando se le dé la gana, mientras que el juez solo en algunas circunstancias tiene que ver la lluvia; por ejemplo, en un accidente de automóvil. Y hay cosas que un juez no puede usar en la prosa judicial, como el exceso de metáforas, el oxímoron. Pero en lo demás no son distintos.

-Habrá jueces que escriben más lindo que otros.

-Mientras más claro sea, es mejor siempre. Tiene que escribir para que la gente lo entienda. La precisión del lenguaje jurídico, cuando está bien escrito, es absolutamente igual al texto literario o narrativo. Fíjese por ejemplo en los sonetos de Quevedo -que son de una claridad pétrea, marmórea- y la definición de una figura jurídica. Por ejemplo, ¿qué es el hurto?: "Apropiarse total o parcialmente de una cosa ajena". Ahí usted no puede quitarle ni agregarle nada; ni una palabra ni una coma, porque va a destruir la norma. "Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra", dice Quevedo. Le quita usted o le cambia el orden de las palabras, y lo destruye. A eso me refiero con la justicia del idioma. Y no hay mucha diferencia entre el discurso narrativo de ficción y una sentencia. Por eso, en verdad, yo no me siento incómodo ejerciendo una cosa y la otra.

-¿Cómo trabaja usted esa cuestión de la búsqueda de la palabra exacta cuando escribe?

-Sale un poco de manera espontánea. Y si no, una vez que hago la segunda lectura busco de averiguar si están correctamente puestas en el contexto de lo que yo quiero decir. Entonces recurro al diccionario.

-¿Es muy respetuoso de las reglas del idioma?

-Sí, sí. Porque la puntuación tiene que ver con el biorritmo, con la respiración. No sé cómo respiraban Joyce o Proust, en realidad.

-¿Cómo le llegan las ideas?

-A veces han sido cosas simultáneas. Una de las novelas, por ejemplo, Extraño pálido fulgor se me ocurrió una vez que me invitaron a un congreso, en una ciudad, al buscar en los cajones de los hoteles. No había nada. Y de pronto pensé qué pasaría si alguien se hubiera olvidado una libreta con anotaciones, o una carta. Y ese fue el fogonazo que me sugirió la idea de la novela, que es la historia de un hombre al que le pasa esto. La última en el tiempo, por ejemplo, surgió una vez que tenía que quedarme unos días en Buenos Aires, y me acordé -raro en mí, porque yo no estoy pensando en esas cosas- que siendo estudiante vivía en un lugar al que no había vuelto nunca más. Así que tomé un taxi y, cuando me bajé, me acordé de que había una lechería: un negocio que creo que ya no existe en Buenos Aires, donde la gente tomaba leche, con mesas de mármol. Y de inmediato me acordé de que yo, en esa esquina, tenía una novia.

-¿En qué barrio era eso?

-Entre Almagro y Boedo. En la calle Urquiza. Y bueno, de repente resuelvo visitarlo. Y cuando estoy adentro me doy cuenta del disparate que estoy haciendo, pero ya no me podía ir, porque había una de esas cortinas que suenan. Y aparece una chica. ¡Era exactamente igual! Como si la vida hubiera pasado para mí pero no para ella. Yo no podía preguntarle si era la hija, porque no me iba a entender. Cuando me preguntó qué quería le dije lo primero que se le ocurre a uno en una farmacia, que es pedir una aspirina. Ese fue un poco el gatillo de la novela, que se llama La belleza del mundo. A veces sucede también que escucho conversaciones. Porque yo soy un poco el voyeur del oído. Son muy diversos los estímulos para sentarse a escribir.



-Usted suele sostener que los intelectuales, los escritores, deben comprometerse con la realidad, y a menudo expresa públicamente sus opiniones. Por otra parte, como juez, se supone que debería guardar cierta asepsia ideológica. ¿Cómo puede interpretarse eso? ¿Son dos caras de una misma moneda?

-Creo que uno no debe proponérselo, pero si en verdad es fiel a sus principios y al oficio de escritor, debe comprometerse con la realidad. No concibo al escritor no comprometido. Y como juez, creo que el que inventó la simbología de la justicia como una mujer con los ojos tapados, era un idiota. La justicia debe saber muy bien sobre qué está administrando justicia, respecto de quién.

-"La Iglesia es una institución antidemocrática", ha dicho más de una vez.

-Sí, cuando una institución lleva como sentido el orden, cae directamente en lo antidemocrático. Y la Iglesia además lo hace sobre la base de cuestiones improbables, porque Cristo jamás habló de una Iglesia, el que la menciona es el más grande de los líderes políticos cristianos, que fue Pablo. Él se dio cuenta, con una certeza extraordinaria, de que la Iglesia solo podía expandirse hacia la Magna Grecia, de lo contrario terminaría siendo una secta judaica e iba a morir. Porque decir que Jesús había nacido de una virgen, y que la virgen había sido engendrada por Dios, era un anatema; al que dijera esto lo crucificaban. En cambio, para los griegos no; porque era una cosa muy natural: los dioses venían, se robaban las doncellas, hacían cualquier clase de cosas, y a la gente le parecía muy natural. Entonces, para poder funcionar, la Iglesia se yuxtapuso con el Imperio Romano. Cuando el imperio se cristianizó, la Iglesia, de perseguido se convirtió en perseguidor. Y sobre esa base fue afianzando los cánones, los dogmas, que en cada concilio se hacían más expresos y menos dúctiles. Y han ideologizado todo, del Santo Oficio para acá. Y una de las cosas más ideologizadas de ahora, que tiene que ver con esto, es lo del aborto. El aborto, desde el punto de vista legal, no resiste la menor discusión.

-¿Usted está a favor de la despenalización?

-Por supuesto, claro. La mujer es dueña de su cuerpo y su destino.

-¿Y qué sucede con la fe religiosa?

-Yo creo que es un don, y no lo tengo. Si uno acepta que algo se prohíba -como el aborto, por ejemplo- solo por una cuestión de fe, vamos a justificar incluso la quema de gente y la Inquisición, porque combatía a los que ponían en duda la fe cristiana. Entonces quememos en la plaza pública y listo, o prohibamos tal y tal libro, los que se le cante al Santo Oficio. Y después de dos o tres siglos, pidamos perdón.

Gabriela Tijman
Fotos: Pablo Canedi





   
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