Estela
Pablo Banegas


A Eduardo, Enrique y Germán

Me dijeron que cuando la luna está en cuarto creciente y se apoya en la parte más pronunciada de su curvatura, el mar está tempestuoso. Y cada vez que la veo en esa posición pienso en el mar, aunque no lo conozca, aunque viva en este pueblo chato y de río tranquilo. Y digo esto de la luna porque aquella noche en la vereda del Club de Pelota, cuando esperaba que Mariano terminara de jugar a los dados, vi la luna apoyada en el piso imaginario del cielo y volví a pensar: "El mar está tempestuoso".

-¿Qué querés? -me preguntó Mariano-. Estoy perdiendo, no te puedo dar plata...

Recuerdo que le dije lo de Estela de una vez y que no me creyó. Insistí, le dije que era cierto, que mi hermana la había visto esa misma tarde cuando pasó frente a su casa. Mi hermana la conocía bien, era ella; miraba hacia la calle por la ventana de su pieza. Estaba muy cambiada, parecía enferma.

Mariano primero me mandó a la mierda. No, a "la puta madre que te parió", me mandó. Después dijo que sabía que yo era un jodido y con rabia largó lo que para mí fue una revelación:
-Nunca soportaste que me hubiera elegido a mí -y me enfrentó, seguramente esperando algo más que desconcierto en mi cara.

Volvió a entrar al club y salió con el sobretodo puesto.

-¡Vamos! -dijo.

Le pregunté adónde; eran las dos de la mañana.

-A la casa de Estela, a hablar con la madre; y después te voy a cagar bien a trompadas.

La casa de Estela quedaba a dos cuadras de la Plaza Belgrano y recordé que hubo una época en que, a la distancia entre las cosas, no la medíamos por el espacio que había entre ellas, sino por el que las separaba de Estela. Todo quedaba a tantas cuadras de Estela, a tantos metros de Estela, a tantos pasos de Estela...

Nos gustaba llegar a su casa y percibir la vibración en los vidrios esmerilados de la cancel cuando nos abría, el ¡tac! ¡tac! del reloj de péndulo del vestíbulo y acariciar a la pasada a Otelo, el perro lanudo que dormía sobre la alfombra. Nos gustaba la mesa del comedor con garras en las patas, que era igual a las mesas de todos los comedores, pero esa tenía encima los libros del colegio de Estela que le pedíamos solo para pasar las hojas y sentir su olor en nuestra cara.

-¡Cuando la madre abra, le repetís todo! -me dijo como si, a esa altura, yo tuviera alguna duda de para qué íbamos a su casa.

Doblamos en una esquina y al final de la calle vi la luna cada vez más recostada, y fue ahí cuando le pregunté eso de que Estela lo había elegido a él. Si hacía quince años que habíamos terminado el Nacional y Estela se había ido ese mismo verano...

-¿Cómo quince años? -preguntó.

No sé qué me ocurrió, pero por primera vez sentí lástima de Mariano. Saqué nuevamente las cuentas para demostrarle el paso del tiempo y descubrí que me había equivocado; habían pasado dieciséis.

-¿Y qué hicimos en estos años? -volvió a preguntar.

No le contesté, yo quería que hablara de Estela; todos sabíamos que ella era diferente, que estaba por sobre nosotros, por sobre el pueblo; incluso por sobre aquel Mariano impecable al que las chicas del Normal le gritaban enamoradas desde las rejas del colegio. Tan diferente al Mariano que caminaba por la calle junto a mí esa noche helada, que no había advertido el paso del tiempo, engañado por falsas imágenes del Nacional; que es lo mismo que decir imágenes de Estela. Porque Estela era la única mujer que iba al Nacional con nosotros: las chicas de su edad, las que iban al Normal, le parecían estúpidas. Siempre nos decía que ella no sería maestra, que no pensaba casarse ni tener hijos; ni siquiera morirse en este pueblo. Apenas terminara el colegio se instalaría en Buenos Aires, entraría en el Conservatorio Nacional y sería concertista de piano.

Y fue de golpe. Cruzábamos la plaza (y sin que yo volviera a pedírselo) cuando Mariano empezó aquel relato que terminó frente a la casa de Estela. Me contó acerca de algunos instantes en los que Estela se había pasado la mano por el pelo de manera diferente, entornado los párpados o hecho algún gesto que solo él había visto. También me contó sobre el último día que estuvieron juntos, en el Náutico, en el club viejo. Él sacaba una canoa para pasar la tarde remando en la laguna. "No quería hablar con nadie ni pensar en nada", contó. Y que apenas la vio (acalorada y con el pelo recogido) confirmó el significado de aquellos gestos casi imperceptibles. Apurada, Estela le dijo que lo había buscado para despedirse, que ya se iba; pero él la interrumpió y le pidió que se quedara, que no se fuera a Buenos Aires. Estela desvió sus ojos de los de Mariano, sonrió y se fue.

-Tal vez si la hubiera besado... -terminó diciendo con resignación.

La casa era igual a todas: zaguán, puerta de dos hojas con vidrios y ventanas a los costados. Al principio pensé que Mariano no iba a animarse a tocar timbre, pero lo hizo y no lo soltó hasta que se encendieron las luces. La cancel primero vibró y después la figura de la madre de Estela apareció envuelta en un desabiyé, y a pesar de que nos reconoció, abrió con desconfianza. Mariano avanzó por el zaguán y antes de traspasar la cancel, gritó:

-¡Estela!

Gritó como debió haber gritado aquella tarde en el Náutico, cuando Estela se iba entre las futuras maestras que buscaban marido tiradas al sol en la arena del club. Mariano gritó nuevamente y la madre trató de calmarlo, explicarle alguna cosa, pero no pudo, porque una figura apenas reconocible apareció desde el comedor. Era Estela. El pelo, antes suave y luminoso, se veía pajizo y cortado como con una tijera desafilada, y hasta que no escuchamos su voz (le preguntó a la madre qué pasaba), dudamos de que aquello fuera Estela.

-Nada, Estela, andá a dormir -le dijo su madre.

Ignoro si nos vio; lo que sí, estoy seguro de que no acusó recibo de nuestra presencia porque sin alterar la expresión que sombreaba su cara, se dio vuelta y se fue.

-¿Cuándo vino? -preguntó Mariano, aturdido.

Y la madre nos reveló lo que ya sabíamos: Estela nunca se había ido. Había decidido quedarse el mismo día de su partida, con las valijas hechas; y cuando faltaba una hora -una hora, dijo con asombrosa exactitud- había salido para despedirse de alguien y que cuando volvió, le escuchó decir lo que nunca hubiéramos esperado de ella. Y el plural usado esa noche por la madre no era exclusivamente para nosotros, en él incluía a todo el pueblo.

-A Estela no le pasa nada, ella está como siempre -agregó como para tranquilizarnos; en realidad para tranquilizar a Mariano.

En la vereda, cuando las luces de la casa todavía no se habían apagado, Mariano se subió el cuello del sobretodo, más por ocultar su cara que por protegerse del frío. Recuerdo que yo volví a mirar la luna: seguía echada sobre su parte más curva, pero más cerca de la tierra y de un color amarillo, como si se hubiera desgajado de ese cielo oscuro en el que había estado casi toda la noche; y en silencio, empezamos a caminar, en silencio.

Ilustraciones: Alberto Pez


Pablo Banegas nació en San Pedro en 1968. Se desempeña como preceptor del nivel Polimodal en la Escuela Normal Fray Rodríguez de la misma ciudad bonaerense. Ha escrito guiones cinematográficos y ha publicado en diversas antologías de cuentos. lmcnally@arnet.com.ar
   
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