Por amor al arte

Concebida por Benito Quinquela Martín y con Guillermo Roux como actual presidente honorario, la Escuela Museo de Bellas Artes General Urquiza constituye una experiencia pedagógica original y atractiva. Los chicos de esta primaria aprenden y articulan conocimientos rodeados de obras de arte, que inundan la vieja casona ubicada en el barrio porteño de Flores.

Judith Gociol
jgociol@me.gov.ar
Fotos: Luis Tenewicki

No se trata solo de la escuela más antigua de la Ciudad de Buenos Aires ni tampoco de un Museo fundado por el artista plástico Benito Quinquela Martín. Lo que distingue a la Escuela Museo de Bellas Artes General Urquiza es la conjunción armoniosa y cotidiana entre un proyecto pedagógico y una experiencia artística. Los alumnos y las alumnas de esta primaria estudian rodeados de cuadros, almuerzan al lado de la Casita de Tucumán pintada por Enrique Policastro y al cruzar el patio se topan con una réplica de la escultura de Alfonsina Storni que le rinde homenaje en Mar del Plata.

Actualmente ubicada en Yerbal 2370, a una cuadra de la Plaza Flores, fue fundada por el Cabildo en 1818, cuando la Capital Federal no existía. Era una de las llamadas "escuelas de campaña" que se sostenían con los impuestos a las cabezas de ganado que ingresaban a los mataderos. Cuando Juan Manuel de Rosas derivó esos tributos a la defensa de la zona, en tiempos del bloqueo anglofrancés, la institución dejó de funcionar. Se reabrió en 1853 y en 1895 inauguró la construcción donde funciona hasta ahora.

El edificio, declarado de interés histórico, es obra del arquitecto Alejandro Christophersen -el mismo que levantó el Palacio Anchorena, la Bolsa de Comercio, el Hospital de Niños y la fachada del Café Tortoni- y está emplazado en el solar que perteneció a Juan José Paso, secretario de la Primera Junta de Gobierno en 1810. Unas 330 obras -entre pinturas, esculturas y grabados- están ubicadas a lo largo, ancho y alto de esta vieja casona de dos plantas en las que estudian a diario unos 280 chicos.

La idea de la Escuela-Museo fue de un ex alumno, Carlos Sprovieri, quien le hizo al entonces director Cayetano Sciarrillo una propuesta inusual para estos establecimientos, que no solían lucir en sus aulas más que retratos de San Martín y de Belgrano. A fin de concretarla, convocaron a quien había gestado la única experiencia similar en el país: el artista plástico Benito Quinquela Martín, en La Boca. Para entonces, el pintor era ya una figura reconocida en la Argentina y en el exterior. Ese año terminaba las barcazas enormes que tiñen con sus reflejos coloridos el agua en Buques iluminados, uno de sus conocidos cuadros, y varias de sus obras eran exhibidas en el Jockey Club de Montevideo.

Hacía casi 30 años que Quinquela Martín había inaugurado la primera Escuela-Museo del país. Para lograrlo, debió vencer la oposición de las autoridades del entonces Consejo de Educación, quienes argumentaban que las paredes con pinturas distraían la atención de los estudiantes. "Los niños reciben instrucción en edificios no solo fríos desde el punto de vista físico sino, lo que es más importante, desde el punto de vista moral. Yo me proponía al presentar mi iniciativa a consideración del Consejo, abrir un horizonte nuevo al niño. ¿Qué mejor vehículo, para su imaginación e inteligencia, que rodearlo de un ambiente artístico?", argumentó el artista en un artículo publicado en el diario Crítica el 17 de agosto de 1933. También en la escuela de Flores hubo autoridades que quisieron sacar los cuadros, o ponerlos en otros lugares, altos, para que los chicos no los tocaran. Esas posturas no contemplaban la experiencia única de acercarse a una obra, descubrir las pinceladas, sus detalles y hasta los intentos fallidos o los errores del trazo.



"Lo que han hecho es un trabajo maravilloso, en las aulas y también en el patio, donde los chicos juegan y corren, hay cuadros y no le pasa nada a ninguno; no están manchados ni deteriorados. De modo que lo que salta a la vista es el respeto que les inculcan por el arte", señala con entusiasmo el reconocido pintor Guillermo Roux, actual presidente honorario del Museo.

La única obra que fue dañada alguna una vez es una en la que estaban pintadas una camiseta de Boca y otra de River. Ya tenía hecho un tajo hacía diez años, cuando se hizo cargo de la escuela su actual director, Alfredo Lamouret. Hincha de San Lorenzo -según delata su escritorio donde abundan los escuditos-, Lamouret mandó a restaurar el lienzo pero no lo volvió a exhibir, para evitar provocaciones.

"Las obras de arte son un recurso didáctico para la actividad escolar. Tiene sentido que estén colgados si despiertan una pregunta interesante del maestro que haga que los chicos vean lo que, de tanto estar allí, no ven. El objetivo no es que se formen como artistas sino que sepan apreciar el arte y logren disfrutarlo. Es una sensibilidad que les sirve para todo, en la vida".

Cada tanto el director les pregunta a algunos alumnos, al azar: "¿Cuál es el cuadro que te gusta?", "¿Por qué?". Es su modo de chequear la vigencia de sentido del proyecto. Se sorprende, más de una vez, porque algunos refieren cuadros casi perdidos en algún rincón de la escuela.

-¿Cuál es el cuadro que les gusta? -repite ahora la pregunta frente a los chicos de cuarto grado, en cuya aula está colgado el boceto que Guillermo Roux pintó el día en que lo invitaron a mostrar cómo trabajaba.

-A mí, La torre de la Catedral.
-No, Hora azul en La Boca.
-Atardecer en la Plaza San Juan -dijo un chico y salió corriendo a fijarse quién era el autor.
-A mí, el de Palermo, porque tiene muchos colores.
-Puente de Palermo, se llama.
-Yo digo El patio de las palmeras, que está en el pasillo.
-El del ángel me gusta a mí...
- Sí, ese en el que Roux pegó figuras. ¿Cómo se llama cuando a un dibujo le pegás cositas?

Con igual entusiasmo y atolondramiento mostraron los dibujos que ellos mismos habían realizado para una de las clases, tomando a los cuadros exhibidos en la Escuela como modelos.

Formas y temas reconocibles

Al fundar el Museo en Flores, Quinquela Martín mantuvo la misma cláusula que había fijado en La Boca: las piezas debían ser de autores argentinos figurativos. No podían ingresar a la entidad "obras abstractas o sus derivados, ni futurismos ni otros ismos". Por eso, lo que se ve son todas formas y temas reconocibles. El patrimonio expuesto tiene la impronta de los gustos del artista y también el criterio y calidad de obras que no fueron compradas sino recibidas en donación.

Una de las ideas de las autoridades es contar con una sala para exhibiciones temporarias que dé la posibilidad de ampliarse hacia otros espacios y tendencias del arte. No es fácil incorporar otros estilos, porque los viejos colaboradores se oponen a desoír el mandato fundacional.

"Lo figurativo es una gran limitación. Quinquela era muy parcial, no comparto su opinión: en la lucha entre tradición y modernidad, él ya había tomado partido. El Museo debería incorporar a artistas contemporáneos y abarcar absolutamente todas las tendencias. El mundo cambió y es errado negar lo que existe. Para mí lo de Quinquela está muy bien como punto de partida, porque fue quien puso todo en movimiento, pero sobre esa base habría que hacer crecer la colección hasta el presente", admite Roux.

Del actual presidente honorario hay dos cuadros: Retrato de Josefina -una cabeza figurativa que Quinquela le compró al joven Roux cuando tenía 20 años- y El ángel sobre Flores, un cuadro que llegó a la escuela sin título, donado por el autor para el bicentenario del barrio. Es un collage que hilvana retazos de los recuerdos de infancia de este artista, que nació en Flores y todavía añora lo que eran "las casaquintas, los jardines floridos y con frutales, las pequeñas fábricas de perfumes, la vida tranquila y silenciosa, el tranvía 99 y las bicicletas".



En la Escuela está también el boceto escenográfico de un mural de Roux, Homenaje a Buenos Aires -realizado por el coordinador del Museo, Roberto Barrani- que sirvió como base para una puesta actuada por alumnos y alumnas. Con ese telón de fondo, algunos de los personajes imaginados por Roux comenzaron a tomar vida. "Los chicos captan lo que uno quería hacer y no hizo -se admira el artista-, se meten en el espíritu de la cosa, reinventan la pintura con una compenetración extraordinaria: desde cómo desarrollan la composición hasta el uso de los colores, que es siempre maravilloso por la soltura, la libertad y el desprejuicio con que lo hacen. Viéndolos, me aparece una cantidad de ideas de lo que podría haber hecho y no hice; situaciones que a veces resuelven mejor que yo".

El Museo se inició con una remesa de 80 piezas. Quinquela Martín donó una de sus obras: Hora azul en La Boca. Es parte de una decena de cuadros que, si bien presentan el puerto como escenografía, difieren un poco del resto de su obra, porque no tienen el estallido de colores característico del estilo del pintor.

Quinquela regaló, además, piezas de su colección e instó a otros colegas a que lo imitaran. En la Escuela hay una sala que lleva su nombre; en ese espacio -que oficia de salón de actos, de comedor y de lugar de exposiciones- hay obras de todos sus amigos, acreedores de la Orden del Tornillo, una condecoración que se entregaba en una ceremonia presidida por Quinquela Martín a los artistas, genios locos a quienes -según sostenía esa Orden inventada- "les faltaba un tornillo".

Un sábado por mes, al mediodía, se organizaba en Flores una tallarinada, a la que asistían artistas e intelectuales. Hugo del Carril, Julio De Caro, Juan de Dios Filiberto, entre muchos otros, le dieron gran esplendor al barrio y transformaron a la Escuela en un polo cultural.

A la muerte de Quinquela Martín, el artista plástico Raúl Soldi lo reemplazó como presidente honorario entre 1977 y 1994. En el patio de la entrada hay una obra en cerámica: Santa Ana y la Virgen imaginando sus juegos -réplica de un óleo que se encuentra en el Vaticano-, que fue traída en partes a la Escuela y montada allí. "Tal vez hoy sea el día más feliz de mi vida", dejó escrito Soldi el 3 de mayo de 1978, el día en que compartió con los chicos varias actividades.

Vehículo pedagógico

Ser Escuela-Museo ha permitido a las autoridades implementar, para séptimo grado, el proyecto de alumnos- guías. "No se trata de que repitan de memoria las características de las pinturas -explica el director- sino de que cada uno se forme una opinión y una reflexión propias acerca de las obras; y luego pueda expresarlas oralmente, venciendo las inhibiciones". La entidad no cuenta con la infraestructura necesaria para abrir el Museo al público, de modo que los estudiantes conducen visitas institucionales u organizan recorridos para chicos de otros grados, amigos y familiares.

A partir de 2007, la Urquiza desarrolló una modalidad llamada "Intensificación en arte". La currícula sumó media hora de clase más por día, para que alumnas y alumnos de primero a quinto grado puedan hacer danza y teatro; y los de sexto y séptimo, teatro y medios audiovisuales.

"Los actos escolares no se arman ya a partir de lo que el maestro o la maestra les dice que tienen que hacer. Ahora los propios estudiantes crean los personajes y todo les sale más naturalmente, sin la presión de un guión impuesto desde afuera. 'Si fueras el general de la tropa, ¿qué harías?', sugiere la docente y entonces el chico empieza a caminar como cree que camina un general, sin que nadie le indique cómo camina un militar. De manera que el acto se transforma en un aprendizaje y no simplemente en cumplir una formalidad".

La intención es tratar de incluir pinturas, esculturas y grabados en la rutina pedagógica de la Escuela. Con algunas áreas, como Lengua o Ciencias Sociales, las vinculaciones surgieron con más naturalidad. Lo primero fueron ejercicios tales como pensar diálogos entre el personaje de una obra y otra, o redactar un texto tomando un cuadro como disparador; y después se fue avanzando en vinculaciones más completas y complejas.

Los cuadros han llegado a servir, incluso, para una clase de Educación Física en la que, a partir de una obra, los chicos pensaron qué deportes podían practicarse en un determinado paisaje o analizaron las posturas de los cuerpos dibujados. "Claro que tampoco es cuestión de forzar las conexiones -puntualiza el director- y de medir la superficie de un cuadro simplemente para decir que articulamos con matemáticas".

   
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