Emilce Moler, docente
"No soy sólo una sobreviviente"

A treinta y un años de la llamada "Noche de los lápices", una sobreviviente relata en esta entrevista su desgarradora historia de vida. Explica por qué decidió difundir entre los jóvenes lo que realmente sucedió en aquella trágica primavera de 1976 y polemiza con la versión cristalizada de los hechos, difundida por la literatura periodística y el cine a fines de la década del 80.

Inés Tenewicki e Inés Dussel
Fotos: Luis Tenewicki
 

Emilce Moler es una de los cuatro sobrevivientes del operativo llevado a cabo en La Plata entre el 9 y el 21 de septiembre de 1976, conocido como "La noche de los lápices". Esa noche una banda de encapuchados secuestró a un grupo de adolescentes, militantes de distintos colegios de esa ciudad. María Claudia Falcone, María Clara Ciochini, Horacio Húngaro, Claudio de Acha, Daniel Racero y Francisco Muntaner continúan desaparecidos. Pablo Díaz, Gustavo Calotti y Patricia Miranda son el resto de los sobrevivientes.

Emilce tenía 16 años, cursaba 5° año en el Bachillerato de Bellas Artes y era una estudiante aplicada cuando los gritos de la represión irrumpieron en su casa y la encontraron en piyama. Aunque se define como de un perfil muy bajo, militaba porque, según afirma: "En esos años era imposible no hacerlo, y yo tenía claro que quería trabajar para que no hubiera más pobres".

Hoy es profesora de Matemática, máster en Epistemología y doctora en Bioingeniería; se especializa en la enseñanza de la matemática y procesamiento de imágenes médicas y de antropología forense. También se desempeña en la Secretaría de Políticas Universitarias del Ministerio de Educación de la Nación. En su calidad de ex detenida desaparecida, trabaja en organismos de derechos humanos nacionales e internacionales, colaborando para llevar a la Justicia a los represores y para difundir entre los jóvenes la memoria de lo ocurrido durante la última dictadura militar. Aunque cree que en los últimos años hubo grandes avances, le preocupa que el ejercicio de la memoria y la condena social a los genocidas no sean vinculados con las condiciones que permitieron que aquello ocurriera ni ayuden a comprender de manera integral el presente.

Noche de los lápices

Emilce es bajita, locuaz, inquieta. En sus gestos se mezclan la fuerza y el dolor. Polemiza severamente con la versión cristalizada en el libro La noche de los lápices de María Seoane y Héctor Ruiz Nuñez, y luego en la película -de Héctor Olivera-, según la cual su secuestro y el de los otros chicos estuvo relacionado con la lucha por el boleto estudiantil. "Nos detuvieron porque éramos militantes de la UES, no fuimos 'víctimas inocentes'". En esa versión, ella no aparece dentro del grupo de chicos secuestrados. "Soy una doble desaparecida. ¿Por qué, si yo fui secuestrada esa noche con todos esos chicos, no aparezco en ese relato?". Esto la llevó gradualmente a protagonizar el relato de su vida. "Era parte de lo que yo viví. No podía correrme".

-¿Cuál es tu relación con el relato de La noche de los lápices?

-La Noche de los lápices como tal es una construcción que salió a la luz a fines de la década del 80. Fue difícil para mí encontrar ese relato porque yo no aparezco. De todos modos, nunca quise salir a decir: "Esto no es cierto", porque les daba pie a aquellos que pueden decir: "Al final, no era cierto lo de los desaparecidos". La discusión fue porque yo quería plantear mi militancia, quería leer los manuscritos y no hubo acuerdo con la autora. Entre otras cosas, porque nuestras detenciones no se debieron solo al boleto estudiantil. Pero resultó muy doloroso que no me integraran a una historia donde estuve.

-¿En qué momento tomaste la posta de tu relato?

-De a poco fui poniéndome a la cabeza y dije: "Mi vida la cuento yo". Muchas de las cosas que dije públicamente fueron para contrarrestar esta historia. Para que cuando mis hijos cuenten que su madre fue detenida- desaparecida, les crean. No sé cómo hubiera sido mi vida sin este episodio. Sería una ex detenida más, estaría dando testimonio, pero no hubiera sido mi eje, porque para mí es un esfuerzo. Tuve que aprender a hablar en público, a manejarme con los medios. Yo tengo otra vida. Hice todo para no ser solo sobreviviente.

Testimonio

Primero estuvo desaparecida en el llamado Pozo de Arana y en otros dos centros clandestinos; luego, desde enero de 1977 hasta abril de 1978, encarcelada en Villa Devoto a disposición del PEN, y un año más bajo libertad vigilada en Mar del Plata. Cuenta que durante los años de su detención convivían dentro de ella con igual intensidad la cotidianidad y el horror. Tanto, que mientras no podía tocarse el cuerpo por efecto de la tortura, la desvelaba quedarse libre por faltas en el colegio o no llegar a recibirse.

Su familia era antiperonista y pertenecía a la clase media de La Plata; su padre, comisario retirado; ella hizo la primaria en un colegio de monjas y "era re gorila". Sin embargo, cuando la detuvieron, pertenecía a la agrupación peronista Unión de Estudiantes Secundarios (UES), como sus primos mayores, sus compañeros de estudio, sus amigos.

-¿Cuándo comenzaste a notar el valor de tu testimonio?

-Si bien yo ya había testimoniado en el 86 contra Ramón Camps, el impacto de ser sobreviviente lo sentí con el equipo de Antropología Forense, ante las preguntas que me hacían: "¿Te acordás si tenía un pantalón de corderoy? Porque hay restos de ropa en las fosas". Y la única persona que vio que se había cambiado el pantalón a último momento era yo. Fue muy fuerte, primero tratar de conectarme con las personas y devolver los pedazos de relato que tenía; y segundo, contar el "adentro". Los ex detenidos tenemos esa responsabilidad social.

-¿Cómo contás tu vida? ¿Cómo contás lo que pasó?

-Yo me ubico como una militante de aquellos años. Yo empecé a militar en el 75. Estaba en cuarto año y tenía 16 años. Los mayores eran los que hablaban y llevaban las cosas adelante. Lo mío era muy chiquito, pero muy comprometido. Yo dejaba la vida. Y en el 75 decidí entrar en la UES. En julio del 76, empezaron a caer mis amigos. Y tuve que plantear la situación e irme de mi casa. Cuando estaba en la escuela, yo venía con toda la cuestión de lo religioso, hasta que me empezaron a explicar que sí era posible que no hubiera pobres. Fue la motivación más fuerte. Yo ya había estado escondida en muchas casas, ya estaba harta... Seguía yendo a la escuela; estudiar, no lo postergaba por nada. Mi viejo me explicó: "Mirá que te picanean", que era lo que le estaban contando a él. Eso me preparó para la detención y la tortura. Lo que viví después ahí adentro es inimaginable, te supera.

-¿Eras consciente del peligro que corrías?

-Para mí, esa noche era prácticamente una "crónica del secuestro anunciado"... Dentro de ese caos, yo sabía dónde estaba parada. Primero me llevaron al "Pozo de Arana", la primera semana con todos los chicos y todas las chicas. Cuando llegamos al lugar, nos desnudaron y nos empiezaron a hacer preguntas; ya en una situación de máxima vulnerabilidad. El que me interrogaba era una persona grandota, no le respondí lo que me preguntó y me pegó mucho. ¡Cuánto odio tiene que haber habido! Esto demuestra lo que representábamos más allá de las edades, de los cuerpos: éramos el enemigo. Las cosas empeoraron cuando se enteraron de que era hija de un policía, porque mi papá me estaba buscando. El 23 de septiembre, nos sacaron a todos en un camión y empezaron a bajar a Claudia, a María Clara, a Horacio, que eran los chicos que yo reconocía. Ahí se bifurcó la historia; yo seguí con Patricia. Y Gustavo. y otras personas más. Nos llevaron a la brigada de Quilmes y en diciembre nos comunicaron que estábamos a disposición del Poder Ejecutivo. Yo no sabía ni qué era eso. Nos trasladaron y después entré a Devoto en enero del 77, con 17 años. Salvaba la vida. Sin embargo, para mí ese fue uno de los peores momentos.
En el centro clandestino vivíamos atados al minuto a minuto. Tenés la mano atada y en lo único que pensás es en cómo podés hacer pis. En la celda, empecé a reconocer algunos lugares. Pensaba: "Sí, tengo la vida por delante, pero acá adentro".

-¿Qué proyectabas en esos días?

-Ya había calculado que me iba a quedar libre en la escuela y para mí era un drama. En Devoto estudiaba. Tenías que llenar las horas ahí adentro cuando te sacaban la lectura, te sacaban todo. Lo mío era el arte, pero cada cosa que aprendía era una batalla ganada. Era estar bien de la cabeza, resistir.

-¿Cómo seguían tus relaciones con el resto de la gente que estaba afuera? -Yo ya estaba de novia con el que es mi marido, eso fue muy importante. Una de las peores cosas que me pasó fue cuando mis amigos o gente conocida me marginaron. En el colegio, por ejemplo, mis compañeros festejaron la fiesta de la primavera. Cuando me enteré de eso, no puedo explicar lo que lloré.

-¿Ellos sabían lo que te estaba pasando?

-Se habían enterado porque fue un megaoperativo. ¡Se llevaron a la hija del comisario! Fue un escándalo en La Plata. Yo pensaba: los jubilados que viven al lado de la casa de mi familia, que nos conocen desde que nacimos ¿no podían llamar? ¿Cuánta fue la propaganda desde el golpe hasta mi detención? De marzo a septiembre. ¿En ese tiempo les cambiaron la cabeza? Que no me digan que era miedo, fueron conductas horribles. Lo recalco mucho porque tiene que ver con la transmisión de la historia, la construcción de la memoria, el lugar donde estuvo cada uno.

-¿Cómo siguió la historia?

-Mis viejos ya se habían ido de La Plata. Yo nunca podía volver a La Plata porque era "irrecuperable". Malvendieron todo y se fueron a un departamento que tenían en Mar del Plata. Y me dieron la libertad vigilada. No podía juntarme con más de cinco personas, ni salir de la ciudad.

-¿Cómo te sentías?

-Podía caminar por la playa y eso me hacía bien. Pero tenía mucha, mucha angustia por la gente que quedaba. Eso fue una cuestión que marcó toda mi vida. Ahora es por los que no están. Nunca más recuperás la integridad, la alegría. No quedó ninguno de mis amigos: de todos mis compañeros de los sábados, de las peñas y demás, muchos chicos platenses, amigos de inglés, de vóley... Tengo dos primos desaparecidos. Con toda esa historia, tenía motivos de sobra para ofrecer mi testimonio en un montón de casos.

-Vos decís: "No soy solo una sobreviviente". ¿Querés hablar más sobre esto?

-Cuando me dieron la libertad, el tema era cómo reconstruir. A mí me salvó el estudio. Porque el saber y el conocer era una cuestión de libertad y de poder para mí. Era un lugar donde no se podían meter ellos. Aunque nunca más pude recuperar el arte, fue otra pérdida muy grande. Pero además de ser docente e investigadora para mi es muy importante ser mamá.

-¿Por qué estudiaste matemática?

-Cuando quise inscribirme en la Universidad, todavía estaba bajo libertad vigilada. Cuando planteé estudiar una carrera, me contestaron que no. Yo les decía: "Pero ¿ninguna carrera?". Ahí surgió lo de la matemática. Debía buscar algo que no tuviera nada que ver con la realidad.



La transmisión

-¿Y cómo es la experiencia de dialogar con los alumnos en las escuelas?

-Desde 1985, voy a escuelas de todo el país a dar charlas. Y la recepción no es homogénea. Por ejemplo, fue terrible cuando se instaló el 16 de septiembre como fecha recordatoria en la Provincia de Buenos Aires. Nadie estaba preparado para saber qué decir. Entonces, con buena intención, me llamaban. Y yo, ¿qué soy? ¿la figurita de Billiken? Si no saben qué decir y me ponen a mí, no sirve. Ahora, trato de no ir a escuelas si no hay un trabajo previo y uno posterior. Para mí significa un desgaste muy grande ir a dar una charla.

-Claro, te hace revivir un montón de cosas...

-Me quiebro a veces emocionalmente cuando veo a las chicas y a los chicos, porque tomo conciencia de lo que era yo. Es una carga muy intensa y no la quiero perder, ni ponerme el casete. Aunque diga siempre lo mismo, quiero tener el corazón abierto para poder recibir también. Me he sentido muy mal en muchos lugares porque no saben nada. Allí no me necesitan a mí, necesitan a un profesor de Historia. Cuando ese proceso esté maduro, ahí sí. Es otra cosa cuando voy a lugares donde trabajaron el tema, las preguntas son distintas y entonces sí empieza a tener sentido mi presencia. Tampoco es menor el hecho de que una sea docente. No resulta fácil, porque para llegar a los chicos no basta con ser sobreviviente y contar. En mi caso, creo que se da porque soy docente y tengo hijos. Antes, cuando observaba a los chicos con un trabajo serio, yo salía muy reconfortada. Ahora noto la misma situación en algunos lugares; en otros, una sobresaturación de todo esto. No veo una comprensión en el hoy. Es decir: existe una condena social a la dictadura, lo cual no es menor. Pero no hay una vinculación con lo que se vive hoy. Por ejemplo, eso se ve en el rechazo a los piqueteros. En el 2003, los mismos chicos que me llamaban para una charla se indignaban: "¡Qué barbaridad!". Al rato se quejaban: "Mirá los negros con los palos". Observo que en algunos lugares hay una condena a la dictadura y a los genocidas, pero no ven esos atisbos de hoy en estas cuestiones que permitieron esa dictadura. Eso está faltando. Antes de las acciones de Kirchner, era predicar en el desierto. Ahora hay que ver qué se hace porque también existe una sobresaturación. Es necesario ponerle mucho más contenido, pero en el hoy, en la construcción de la ciudadanía, en los valores, la solidaridad.

-Cuestiones más complejas también...

-Muchas veces me pregunto: ¿por qué me llaman a mí? Porque soy docente, universitaria, rubiecita, doctora, no anduve con armas. De la cuestión armada no se habla todavía. Yo les caigo bien a todos. Después, con ese tonito digo lo que pienso, bajo línea. No es bueno eso, porque significa que no hubo aprendizaje. Me llaman porque fuimos "víctimas inocentes". Recién ahora, con estas políticas nacionales, se habla más. Pero nadie cuestiona "La noche de los lápices" desde ningún lugar. Porque éramos unos pobres chicos del secundario, reclamando por el boleto estudiantil y nos mataron. Primero, que no éramos eso; y segundo, que no alcanza para comprender el hoy.

-¿Cuál es el problema central para transmitir la historia reciente?

-La formación de los docentes. Cuando hablamos de la transmisión de la memoria, no va de los adultos a los jóvenes sino que es de los adultos a la generación de quienes hoy son docentes, los de treinta y pico. Si ellos no conocen la historia, mal pueden transmitirla. Yo tuve que leer mucho para poder dar respuestas, debo estar formada para poder transmitir. Haber vivido esta historia no me habilita para hacerlo automáticamente. El testimonio de una sobreviviente tendría que ser una cosa muy acotada, para testimoniar que sucedió así, para que no queden dudas. Pero no deberíamos ser nosotros quienes nos ocupamos de la pedagogía de la transmisión de la memoria. ¿Qué te preguntan? Sobre la tortura. Si no lo planteás, parece que no hubo. Si lo planteás, resulta morboso. Yo hago una especie de elipsis y le dejo al profesor que aborde el tema. Les explico: "Esto lo pueden leer. Ahora hay muchos libros, léanlo". Antes no había nada y te las tenías que arreglar. En el año 88, te preguntaban delante de todo el mundo: ¿y cómo torturaban? Si no contestabas, parecía que no era cierto. ¿Hay que contar, no hay que contar? Creo que no tiene que ser una la que cuente. Yo trabajo mucho estos temas. Y me gusta la película Metidos en algo para trabajar con los chicos desde la ficción.

Es necesario observar la relación con el hoy. Yo trabajo mucho con docentes, en grupos de estudio -sobre todo de Mar del Plata- vemos los materiales, los analizamos. Me encuentro en un doble rol como docente: sobreviviente y transmisora.

   
   
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