Las leyendas
Leopoldo Brizuela

DESPUÉS. A los cuarenta días las aguas se retiraron, pero el mundo parecía contagiado de sus maneras. Todo huía en la tierra, todo fluía. Un paisaje ondulante y borroso como el fondo del mar: médanos que perseguían a otros médanos, nieblas a otras nieblas, aguas a otras aguas, y la luna y el sol, entre nubes de espuma, como grandes peces. El viento, el viento, el viento. Y de pronto, allá abajo, en la cumbre del más alto volcán -advirtió el Ángel-, un montón de hojas secas. -No son hojarasca -dijo el Creador, viéndolos bajar al valle inundado-, son los pocos que se salvaron del diluvio, en sus toldos de cuero. Los araucanos: las hojas casi secas de mi árbol de la vida.

SUEÑO. Entre los nómades, nada se aprecia más, nada merece mayor atención y reflexión que los sueños recurrentes. Ningún objeto, ningún espacio dura más que un instante en la vigilia. Cuídate de amar a lo que pasa, dice la canción araucana, oh tú que pasas. Pero un sueño que pareció igualmente pasajero puede abrirte una casa salvadora, pues si vuelve y te recuerda tu pasado, ha de brindarte la trabajosa noción de identidad. Por eso ningún nómade revela los que sueña: sería poner en manos del otro lo más inalienable, "lo más mío". Por eso cuando un indio araucano quiere demostrar amor, revela a la muchacha su sueño recurrente; ella lo escucha con los ojos cerrados, como si al fin admitiera la más íntima caricia, pero al abrirlos nuevamente el indio ha desaparecido, aterrado por lo irreversible de su propia entrega, reintegrado para siempre a la fugacidad de las cosas.

Desde siempre habíase contado mucha historia a este respecto sobre el gran cacique Calfucurá, Piedra Azul.
Entre sus súbditos se rumoreaba que había sido allá en el País-de-las-lluvias,* en su primerísima infancia, cuando Calfucurá empezó a tener el sueño que le confirió su gran poder: el poder de cruzar la cordillera y conquistar la pampa y luego también la Patagonia y por fin confederar todas sus tribus bajo el lema muerte al blanco. Entre los generales argentinos se sabía que el único deseo confeso del Cacique era el de echarse a dormir, y se aseguraba que era una treta para esconderse y revestir ante los enemigos el prestigio de lo invisible y aun de lo improbable. Pero los indios sabían que en verdad el cacique dormía días y días tan sólo para encontrarse con su sueño secreto cuya protección, por lo demás, lo obligaba a extrañísimas costumbres: durante esas siestas legendarias ni siquiera sus esposas podían permanecer a su lado, para evitar que escucharan las palabras delatoras que decimos en sueños; cuatro guardianes sordos custodiaban el toldo, para impedir que se acercasen los espías, y hasta se sabe que un día en que el viento hizo volar su toldo Calfucurá mandó asesinar a los cuatro guardaespaldas, temeroso de que, con el talento suplementario que Dios concede al sordo, hubieran podido "leer en los gestos" de su cuerpo dormido el signo que revelara una u otra estrategia de su plan.



Pero una noche, en la cumbre de su felicidad y poderío, Calfucurá cayó derrumbado en su cuero de puma, y sus cinco esposas preferidas corrieron a asistirlo. Tan pronto se inclinaron solícitas a alzarlo del suelo, tan pronto comprobaron que había cerrado los ojos y que empezaba a murmurar como murmura el río, las pobres mujeres se alejaron escandalizadas, con miedo de que las acusasen de haber escuchado algo indebido. Pero los veinticinco Príncipes, alertados por esas mismas mujeres que huían (y a las que no intentaban detener, porque en muchos casos eran sus propias madres y la ley ordenaba que las reinas murieran cuando muriera el marido), los veinticinco Príncipes digo empezaron a llegar uno a uno desde los frentes de combate y, con la excusa de reemplazarlas en la atención del "Gran Papá", que no se sabía si agonizaba o si dormía, empezaron a apostarse día y noche junto al toldo del viejo.

Disimulando, mirando con aire distraído el horizonte invariable, los hijos trataban vanamente de escuchar alguna palabra que les diera, como esos conjuros que en las leyendas consiguen dominar los elementos, el poder que el Cacique obtenía del sueño, el don misterioso que los ungiría sucesores. Al principio, y al igual que las esposas, sólo oyeron una voz inapresable como agua de torrente. Pero luego, poco a poco, sí, empezaron a entender palabras sueltas que, carajo, no hacían más que nombrar todo esto que veían: toldos, cardos, cielos, nubes, médanos, perros, polvaredas, y entre ellas, escalofriante siempre, el nombre de alguno de los hijos que escuchaban... y que huía despavorido, suponiendo que el viejo Zorro del Desierto estaba fingiéndose dormido para comprobar quién violaba su prohibición, y luego castigarlo. Y hasta se dice que uno de ellos, la princesa Catricurá, Alma de Piedra, habiendo quedado por fin sola con el viejo y al oír que éste la nombraba, empezó a verterle en la boca y la nariz puñaradas de arena... hasta que llegó Namuncurá, el hijo menor, al que todos daban por muerto: Namuncurá, Pie de Piedra, el que había sido enviado a defender las fronteras más lejanas, las de la Tierra del Fuego, y a quien la misma intimidad con el confín le otorgara el poder de imponer respeto... Y a Alma de Piedra no le quedó otro remedio que fingir piedad, y con la excusa de dejarlos a solas, se retiró a meditar amargamente, a decidir si, tras las huellas de su madre cautiva, también ella escapaba para siempre.

De Namuncurá, en cambio, se sabe muy bien cuál era el sueño recurrente: sus hijos y los hijos de sus hijos se encargarían de legarlo a la historia como prueba de legitimidad de una nobleza. Este sueño era una escena nocturna, con una medialuna alegre y relumbrante coronando la bóveda del cielo, y el mismo Calfucurá que entre sombras lo nombraba sucesor. Y por eso ahora desde la Tierra del Fuego, Namuncurá traía un gesto de desesperación y de furia, como si el viejo al enfermar en su ausencia hubiera faltado a una cita o traicionado un pacto; como si hubiese quebrado un antiguo compromiso que había dado sentido a todos los pesares y trabajos del hijo, a todos los tormentos del terrible confín. Pero como acaso sólo vemos la realidad a través del cristal de nuestros propios sueños, tan pronto Namuncurá comprobó que su padre dormía, sí, y hablaba soñando; tan pronto lo oyó nombrar estas mismas cosas que él veía, comprendió también, deslumbrado, que esta realidad y el sueño de su padre, con sus toldos y sus cardos y sus cielos y sus hijos libres y poderosos e invencibles por el blanco, habían llegado a ser absolutamente idénticos. Que Calfucurá nunca había soñado con un Dios o un conjuro mágico capaces de dale poder, sino con una perdida armonía que al fin, gracias a años y años de lucha, los araucanos habían logrado restaurar en esta Patagonia. El poder de su sueño no estaba en lo soñado. Su sueño revelaba, simplemente, del poder de soñar.

"Namuncurá", dijo entonces el viejo, como si hubiera estado esperándolo desde el mismo momento en que empezó su enfermedad. Y el hijo elegido comprendió que así lo ungía. Y que en lugar de conquistar el Paraíso le tocaría defenderlo. "Namuncurá", repitió. Era ya medianoche en aquel pago del Carhué. Calfucurá pareció por fin callar disponiéndose a morir, abandonar su sueño para que se concretara el sueño de su hijo y heredero. Namuncurá, sólo entonces, como con pudor, salió del toldo, y algo en su apostura denunció lo sucedido, porque allá a lo lejos los indios que lo veían gritaron y lloraron de fingido dolor y corrieron, consternados, a dar caza a las esposas. Pero Namuncurá miró sonriendo el paisaje en torno, glorioso en ese instante en que su sueño y el de su padre eran uno y el mismo. Y al mirar el arco de la Luna le pareció que también, por esa boca de luz, le sonreía Dios, el que une todo; Gnechén, como ellos lo llamaban, "el gran hacedor de sueños".



ANCIANO. Abandonado por la caravana, según la tradición, de pronto la enfermedad comenzaba a envararle el cuerpo, cada anciano apenas si notaba la diferencia: todo a su alrededor, el desierto seguía cambiando tan incesantemente como en cada día de su vida, cuando la tribu dejaba atrás médanos y valles, cañadas y polvaredas, zanjones y bañados y cangrejales y talas, y bandadas y noches y combates y pueblos y lagunas e incendios y manadas y lunas. Y a la misma velocidad, empecinada y secreta, su mismo cuerpo quieto comenzaba a mutar sin salirse del sitio, cada ceja un gusano, cada ojo una flor, cada mano una hoja, y el regazo era un nido y médanos los pies, y riachos las venas y cardos las dos piernas y el pelo escaso al viento uno de esos copos que llevan las semillas.

"Si te quedaras con él", decían los indios a los deudos, "pronto lo verías disolverse en el mundo, y es seguro que no podrías decir cuándo murió, ni si murió siquiera o si sigue viviendo simplemente en otro estado. Y del mismo modo, ¿quién sabe si el alma del viejo, al ver llegar ahora la Caravana de los Muertos, al conchabarse por fin a su cabalgata por la pampa aciaga de nuestra memoria, podrá incluso distinguirla de nosotros, de esta turba de seres irreales que un día lo perdimos? ¿Quién sabe si no sentirá, como quien se duerme sin tiempo de decir 'me duermo', que ha cruzado el umbral de otra existencia?".

Abandonada por la Caravana de los Muertos, según la tradición, cuando moría el último de los vivos capaz de recordarla, cada alma vagaba hasta encontrar a dos amantes y se albergaba en su abrazo y reencarnaba en su hijo. Por eso no hay heroísmo alguno en su falta de miedo a la muerte; en los nómades el arrojo es, en más de un sentido, una inconsciencia, una ignorancia de fin o incluso de dolor verdadero. De ahí aquella maldición: "Cuando nos mates a todos, oh enemigo, cuídate del pájaro y del río, y del viento y del agua: eso también somos nosotros". De ahí la frase del general Roca: "Sólo los matamos verdaderamente cuando los encerramos en cárcel, misión o cementerio". Porque lo único comparable a nuestra idea de la muerte era, para ellos, la de dejar de derivar.


© Leopoldo Brizuela
Ilustraciones: María Delia Lozupone

* Hoy Temuco, en el Sur de Chile.

   
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