Construir el sentido del cambio

Es frecuente escuchar la frase "La escuela ya no es lo que era". Una frase cargada de nostalgias por un sistema educativo del que los argentinos nos sentíamos orgullosos. Aunque comprensible, esta nostalgia parece pasar por alto que la escuela no es una campana de cristal y que ha sufrido el impacto de décadas de crisis y de desinversión. A pesar de la recuperación de los últimos años, todavía en muchas escuelas del país, la mayoría de las niñas y los niños son pobres.

Debemos trabajar con grupos marcados por la heterogeneidad y enfrentamos el desafío de igualar en la clase las condiciones de niños que provienen de hogares con condiciones muy desiguales. En este contexto, marcado por duras dificultades, la escuela sigue transmitiendo saberes y valores que posibilitan la ciudadanía y la integración.

Pero además de estos cambios -nacidos del empobrecimiento y las secuelas de la crisis- que la escuela no pudo evitar, existe otra dimensión: el cambio necesario si queremos construir una escuela capaz de formar sujetos con las idoneidades que exige el siglo XXI. La recuperación de un sistema escolar del que estemos orgullosos no es algo que podamos lograr mirando hacia el pasado, ni limitándonos a responder a las emergencias del presente. Necesitamos una escuela capaz de repensarse a sí misma de manera permanente, para poder detectar las nuevas demandas y ofrecer respuestas adecuadas.

Por supuesto que la escuela debe sostener un compromiso con nuestro pasado común, ofreciendo saberes sobre nuestros orígenes y valores que permitan forjar la identidad y proyectarnos al futuro.

Pero al mismo tiempo, en un mundo de cambios vertiginosos, en el que el conocimiento es el pilar central del desarrollo de las naciones y de la integración social, la escuela debe generar modelos pedagógicos capaces de dar cuenta de las transformaciones, y ayudar a los chicos y a las chicas a desarrollar su capacidad de reflexión y las destrezas que les permitan innovar y continuar formándose toda la vida. Es cierto que la escuela ya no puede por sí sola garantizar el empleo, pero sí la empleabilidad; es decir, las competencias necesarias para moverse en un mundo del trabajo cada vez más selectivo.

Tampoco la formación ciudadana es ya patrimonio exclusivo de la escuela, pero es allí donde primero aprendemos a convivir en la diversidad, a respetar al otro, a desarrollar prácticas participativas y a debatir con nuestros pares y nuestros maestros. Y si la centralidad del saber enciclopédico ha sido desplazada, nadie puede reemplazar a la escuela en la tarea de enseñar a los chicos las formas más adecuadas para encontrar la información, para desarrollar una lectura crítica que les permita orientarse y ser selectivos en el fárrago de información que ofrecen los medios. Hace poco, el semiólogo italiano Umberto Eco -en un artículo significativamente llamado Para qué sirve el profesor- decía: "Lo que hace que una clase sea una buena clase no es que se transmitan datos y datos, sino que se establezca un diálogo constante, una confrontación de opiniones, una discusión sobre lo que se aprende en la escuela y lo que viene de afuera.

Es cierto que lo que ocurre en Irak lo dice la televisión, pero por qué algo ocurre siempre ahí -desde la época de la civilización mesopotámica- y no en Groenlandia, es algo que solo puede decir la escuela".

En suma, a través de todos los cambios sociales o culturales, deseados o sufridos, superficiales o profundos, permanece -inalterable- el desafío fundamental de las maestras y los maestros: acompañar a los chicos en la formidable aventura de crecer y aprender a pensar. Es especialmente estimulante tenerlo presente en este mes, en que los argentinos homenajeamos, a través de la figura de Sarmiento, a todos aquellos que, en forma cotidiana, renuevan su apuesta a la esperanza educativa. A todos ellos, una vez más, gracias.

Daniel Filmus
Ministro de Educación, Ciencia y Tecnología.

   
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