Un análisis de la obra de J. K. Rowling
Harry Potter y el niño argentino
Por Ana María Shua

Por estos días, ante el estreno de Harry Potter y la Orden del Fénix, centenares de miles de niños y niñas verán en todo el país la película basada en la quinta novela de la saga del joven mago más famoso del mundo. Una reconocida escritora argentina analiza los valores literarios que hay detrás de ese exitoso fenómeno global.

 
Es difícil leer Harry Potter como se leería un libro cualquiera. No es un libro cualquiera. Su éxito internacional ha sido arrollador, descomunal. Su fama lo precede. Cuando llegamos al texto en sí, ya estamos cargados de información, de prejuicios y también, por qué no admitirlo, de envidia. Su "madre", Joanne Rowling, es una de las personas más ricas y famosas del mundo gracias al pequeño Harry. Cada uno de los libros de Harry Potter viene acompañado por un despliegue de publicidad, promoción y merchandising que tienen mucho más que ver con el marketing que con la literatura. Y que merece un análisis sociológico más que una crítica literaria.

Hay que despegarse, entonces, de esa carga, para poder entrar al texto como si nada supiéramos de él. Debo admitir que leer hace unos años el primer volumen de Harry Potter me produjo una gran felicidad y una pequeña tristeza: la de no poder ser chica otra vez para disfrutarlo todavía más. Además del éxito, le envidio a su genial autora el talento, la comodidad con que maneja el suspenso, la firme tradición anglosajona de novela que la respalda, la libertad y la promoción.

Pero pongamos las cosas en su lugar: la promoción hay que ganársela. Mucha gente tiene la fantasía de que Harry Potter, como otros best-sellers, son éxitos "inventados". Que se construyen con una cierta receta y varias toneladas de publicidad. Si esto fuera cierto, tendríamos una nueva Rowling todos los años: qué más quisieran las editoriales que "inventar" autores capaces de producir ventas extraordinarias.

La verdad es que Rowling empezó como todo el mundo, buscando casa para su primer libro y recibiendo rechazos y negativas, hasta que encontró una editorial dispuesta a publicarla. La novela, que no había ganado ningún premio, se lanzó con la promoción común y corriente que recibe un autor novel. El resto lo hizo el público. Contra lo que supone la mayoría, no es la promoción lo que hace un éxito, sino el éxito lo que desencadena la promoción. Cuando un autor empieza a valer mucho, tiene sentido para la editorial invertir todavía más para defender lo que está en juego. El dinero va donde el dinero está.

Con respecto a la libertad, el mercado editorial argentino todavía tiene mucho que aprender en cuanto a lo que se puede y no se puede en materia de literatura infantil. Los autores argentinos estamos encorsetados por las buenas intenciones de la censura, que empieza siempre por ser autocensura. Mucho más de lo que parece a primera vista, tanto que a los autores de mi edad ya ni siquiera se nos ocurren ciertas ideas, no nos permitimos ni pensarlas porque estamos automáticamente condicionados a rechazarlas antes de que se filtren.

Por ejemplo, en nuestros libros no puede haber adultos odiosos, que maltraten a los chicos y que no se rediman de ningún modo: gente sencillamente mala, estúpida o incompetente, como los parientes de Harry Potter o algunos de sus profesores. Los grandes deben ser siempre bondadosos o al menos tener buenas intenciones: en el peor de los casos, nada que no se pueda arreglar con una psicoterapia. Es fundamental que los protagonistas tengan buenos sentimientos aun con respecto a sus enemigos. Por más supuestamente realista que sean nuestros textos, ninguno de nuestros personajes puede hablar con el vocabulario que usan hoy en la realidad los chicos argentinos.

La literatura infantil argentina tiene una amiga maravillosa: la escuela. Y un terrible enemigo: la escuela. Gracias a que el libro infantil entró en la escuela, la literatura para chicos está viviendo en el país un florecimiento como el que no tuvo nunca en la historia. Constantemente aparecen nuevos autores, nuevas editoriales y colecciones, nuevos textos. Pero entonces, las editoriales quieren estar seguras de que los libros van a ser aceptados por los docentes, que se convierten así en el primer y principal público de los autores infantiles. Ya no se concibe la lectura infantil fuera del ámbito escolar. Atención: la escuela argentina cambió mucho en los últimos años. Se renovó, amplió sus expectativas, se volvió mucho más inteligente y permisiva. En fin, la escuela deja un espacio bastante amplio para que pase la literatura infantil pero, como es lógico, pone sus límites. Y después las editoriales reducen un poco ese espacio, para asegurarse de que el libro realmente va a pasar. En ese contexto, celebro la aparición de Harry Potter, que vino en buena hora para recordar a los padres, maestros, escritores y editoriales que existen chicos que leen por placer. Que leen aunque no los obliguen. Que quieren comprar un libro aunque no se lo pidan en la escuela. Increíble pero cierto.

Por otra parte, es notable y positiva la capacidad de la escuela para aprovechar y absorber aquello que despierta el interés de los chicos. Todos hemos visto libros de Harry Potter en inglés en la lista de best-sellers. ¿Tanto inglés saben los chicos argentinos que no se molestan en esperar la traducción? No: es que todas las escuelas bilingües han incorporado a Harry a sus programas.

Hablemos de la tradición de novela anglosajona. Desde ese punto de vista, Harry Potter es una historia de aventuras en serie, muy clásica en su desarrollo, con una técnica impecable. Tiene misterio, magia y suspenso. Y un gran conocimiento del mundo de los chicos de hoy. En los extremos, tiene buenos y malos netos, como los de antes. En el medio, tiene seres humanos confusos e impredecibles como los reales. No ha aportado ninguna revelación en el arte de contar historias, no es experimental, no juega con el lenguaje, no es de vanguardia. Tiene la estructura clásica de la novela que suele llamarse "del siglo XIX" pero que en realidad aparece ya perfectamente delimitada por Defoe un siglo antes. Quienes consideran un pecado atenerse a esa tradición, se indignarán. Como no tengo ningún prejuicio contra el clasicismo, Harry Potter me parece una serie perfecta y encantadora. Me recuerda al Príncipe Valiente, a Tarzán, a Bomba, el niño de la selva. O, por qué no, a las muy clásicas novelas de Stephen King.

Harry Potter, bienvenido seas.

   
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