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Entrevista a la pedagoga Justa Ezpeleta
"La implementación es un momento clave de una política educativa"
Justa Ezpeleta nació en la ciudad de Córdoba. Estudió
pedagogía y sociología en la Universidad Nacional de
Córdoba y trabajó en el ámbito del planeamiento educativo.
En los años setenta se exilió en México, donde
reside hasta hoy. Es profesora del Departamento de
Investigación Educativa (DIE) del Centro de
Investigación y de Estudios Avanzados (CINVESTAV).
En abril visitó la Argentina, invitada por el Ministerio
de Educación de la Nación, para dictar un seminario
sobre "Propuestas de educación rural".
Ana Abramowski
/ aabramowski@me.gov.ar
Fotos: Luis Tenewicki |
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A lo largo de las dos últimas décadas,
Justa Ezpeleta ha desarrollado
una sólida línea de investigación
sobre las escuelas y los
maestros. Al señalar la importancia
del cotidiano escolar y de la identidad
docente, produjo una mirada renovada
sobre el quehacer de las instituciones
educativas. En los últimos
años fue contratada para evaluar varios
programas educativos nacionales
y regionales en México, lo que la llevó
a pensar acerca de la relación entre
políticas educativas y las escuelas. Las
suyas no son evaluaciones que buscan
determinar la "eficacia" de un programa
en los términos clásicos, sino que tratan de pensar
cómo se vinculan los intentos de cambio del sistema
con los sujetos y las instituciones concretas. Sobre
esta experiencia habla en la siguiente entrevista.
-A partir de su desempeño como evaluadora de programas
educativos en el ámbito de la educación primaria,
¿nos puede contar cuáles son las características
centrales de los programas que ha estudiado?
-En general, los programas que son objeto de evaluaciones
suelen apuntar a problemas del sistema educativo.
Y una de las dificultades que he visto evaluando
estos programas es que, con frecuencia, vienen
excesivamente armados, reglamentados, tratando de
responder con un modelo más o menos racional al problema
que quieren enfrentar. Por diversos condicionamientos,
pero también por las maneras de hacer las cosas
desde la burocracia, terminan siendo modelos muy
rígidos. Y además suele entrar mucho el factor del financiamiento,
en función del cual hay que rendir cuentas
sobre distintos niveles de gastos. Este es un componente
que me parece importante incorporar. Pero
una cosa es incluir el criterio, el sentido ético que esto
implica; y otra cosa es burocratizarlo, formalizarlo.
Porque se rigidizan los procedimientos, las formas de encarar
las distintas realidades y se burocratizan muchas
de las acciones que se proponen como necesarias. En los
programas que he evaluado veo una cosa doble: una
propuesta interesante para enfocar un problema, y un
modo de implementar la propuesta que suele traer serios
inconvenientes para la realización.
-¿En dónde radican los inconvenientes a la hora de
implementar esas políticas educativas?
-Creo que la implementación es un momento clave
de cualquier política de cambio, y en particular de la política
educativa. Y hay una tendencia a darle poca imimportancia. Por implementación entiendo las formas
a construir para acilitar que las cosas se hagan. Lo que
he estado viendo es que, normalmente, estos programas
insisten mucho en los aspectos referidos a aquello
que se quiere lograr, al "deber ser", y se atiende mucho
menos al cómo hacerlo. Cuando se quieren implementar
programas en los que están implicados cambios de planes
de estudio, etcétera -que son en realidad cambios
de concepción relativos a cómo los maestros piensan-
, me parece que existe casi siempre la tentación de responder
a eso con las estructuras
habituales para bajar prescripciones
a los maestros.
-¿Cómo se hace para no quedarse
en la mera prescripción y
poder pasar al momento del
acompañamiento?
-Por ejemplo, estoy pensando
con qué equipos técnicos se realiza
el acompañamiento de estos
procesos. Tanto en la Argentina
como en México, existen regiones
donde hay equipos técnicos
y regiones donde no los hay, o
donde los equipos técnicos no
disponen de la capacidad profesional
necesaria para sustentar el
proceso que se quiere motorizar
en los maestros. Entonces, el
problema de disponer de equipos
técnicos, o de su capacidad
técnico-pedagógica, es un eslabón
muy decisorio en la posibilidad
de acompañar el proceso
de los maestros.
También creo que desde las estructuras
clásicas de los
Ministerios de Educación se pensaba
poco en acompañar, se pensaba
más bien en bajar línea, en
orientar hacia dónde caminar.
Lo cual no me parece mal, pero
no debe ser lo exclusivo de una
propuesta de cambio. Desde las
estructuras que motorizan estos
programas se encuentra con frecuentemente
la creencia implícita
de que solo insistiendo en el
nuevo discurso se va a lograr que el cambio empiece a
tener algún espacio.
En los últimos años, por ejemplo, en muchos países
de América Latina, se ha insistido muchísimo con la
autonomía del maestro, de la escuela, con la capacidad
de tomar decisiones, etcétera, dentro de estructuras escolares
donde los maestros y las maestras o los directores
no tienen muchas posibilidades de tomar decisiones.
Y no las tienen por la estructuración de sus trabajos,
de los controles, y por la estructuración de la propia administración. Entonces me parece que ahí hace falta
buscar un equilibrio entre el punto de partida, las metas
que se proponen y, sobre todo, el acompañamiento
para caminar hacia las nuevas metas a partir de lo que
somos y de lo que tenemos. Todo esto entra dentro de
lo que yo llamo las políticas de implementación que,
insisto, es un momento de la política, tan importante
como el momento de la formulación de la nueva política,
y que pienso que ha sido objeto de poca atención.
-Usted ha hablado de propuestas de cambio. ¿Cuál
es la concepción de cambio social y educativo subyacente
a los programas que ha evaluado? ¿Cómo piensa
usted el cambio educativo?
-En los programas que he evaluado me parece que
hay un notable desfase de tiempos en el control de los
procesos de reaprendizaje que hay que hacer en las escuelas
para que estas puedan funcionar de otro modo.
Que los maestros deban reaprender y, para ello, desaprender
prácticas y concepciones en las que se han formado
-en una institución que no cuestionaba estas formas
de hacer sino que más bien las orientaba-, es un
proceso que necesita mucho tiempo y, a la vez, mucho
acompañamiento. También necesita generación de condiciones
para que empiecen a rearticularse diferentes
modos del hacer cotidiano.
Entonces pienso que, cuando se lanza un programa
y se espera que al año no solo el proceso esté en
marcha sino que además haya resultados reflejados en
aprendizajes de los estudiantes, se trata de un despropósito
o de un desconocimiento serio de lo que son los
procesos escolares. Sabemos que se pueden implementar
muy buenas capacitaciones teóricas para los maestros,
pero también sabemos que esto no significa que al día
siguiente el maestro va a cambiar sus formas de hacer
habituales, sedimentadas, probadas en años de práctica.
La propuesta de cambio escolar que le exige al maestro
revisar las relaciones con sus colegas, cuando por ejemplo
le piden trabajo colectivo, es un replanteo profundo
de relaciones profesionales y sociales al interior
de la escuela. Entonces, construir otras formas de diálogos
profesionales entre los maestros supone una cierta
manera de instalar el problema de modo que la gente
le encuentre sentido. A veces precisa también, rever
las reglas de poder que están sosteniendo las formas de
relación vigentes. Este es un asunto un tanto complejo
porque, que logremos que haya un colectivo de maestros
discutiendo cada quince días alguna cosa sobre el
proyecto escolar, no necesariamente se va a ver reflejado,
al cabo de uno o dos años escolares, en los resultados
de aprendizaje de los estudiantes.
El cambio en la escuela es un proceso que afecta
las prácticas de las personas, que son prácticas sociales
en el marco de instituciones, que afecta a las prácticas
de gobierno sobre la escuela. Es decir, que afecta a aspectos
sustantivos de la propia organización de esa institución.
Por lo tanto, hay que esperar que esos parámetros
se rearticulen con cierta lentitud. Si se tiene
presente que esta rearticulación es lenta, quizás se puedan
acompañar mejor esos procesos, en lugar de estar
exigiendo metas que son excesivas para el corto plazo.
Porque en la medida en que se está poniendo como expectativa
que estas metas pueden lograrse en poco tiempo,
en realidad se está alimentando el descreimiento
de la gente acerca de la posibilidad que tiene esa meta
de realizarse. Los reformadores suelen estar imbuidos
de un sentido de la urgencia un tanto exagerado, y me
parece que si se enfoca el asunto desde la perspectiva
de los procesos de implementación se pueden aprender
muchas cosas que dicen las propias realidades que
se están queriendo cambiar.
-Con relación a ese descreimiento de los actores,
¿qué les diría a los directores y docentes de las escuelas
que reciben los programas? ¿Cuál es la mejor
manera de apropiarse de ellos, de hacer que sean parte
de la trama que sostiene la vida institucional?
-Les podría decir que seleccionen lo que les hace sentido
en función de la realidad que tienen. A veces la
realidad suele servir como pretexto para decir "esto no
funciona". Pero pensemos en la gente que con compromiso
sabe que tiene una realidad difícil pero responde
a la altura de sus obligaciones profesionales. Yo
creo que cuando las estructuras sobrepasan la capacidad
de hacer de una escuela, necesariamente hay que seleccionar
y trabajar a partir de lo que allí interesa. No
todas las escuelas presentan la misma base como punto
de partida, o la misma jerarquización de problemas.
Entonces me parece que tiene mucho sentido el criterio
de quien conduce la escuela para seleccionar, motorizar,
incorporar elementos que los programas no prevén,
suprimir elementos que los programas prevén pero
que en su ambiente de trabajo no son viables. Tener
conciencia del lugar donde se está parado y valorar los
elementos que aportan y los que condicionan. Hay cosas
que es imposible prever desde el nivel Nación o
desde el nivel provincia y que un director tiene claras
en función de lo que le plantea su medio inmediato.
Me parece que sería importante que los directivos aprendieran
a pelear o construir sus espacios de decisión
dándoles la relevancia que tienen a los componentes
locales que ellos están manejando.
-¿Y qué les diría a los Ministerios de Educación?
-Como decía antes, creo que no se trata solo de insistir
en el nuevo discurso sino de saber quién es tu interlocutor
y desde qué situación concreta está partiendo. Es
fundamental saber cómo se encuentran los maestros,
actores principales y decisivos, y cómo se encuentran las
estructuras de la organización escolar y de la administración
educativa para posibilitar que esto que se está
proponiendo como dirección pedagógica sea posible.
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