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La escuela y las nuevas alfabetizaciones
Lenguajes en plural
Inés Dussel Myriam Southwell
La alfabetización en la lectoescritura fue durante muchos
años la tarea central, y casi única, de la escuela. Entendida
como su corazón y su razón de ser, ella ocupaba buena
parte de las expectativas sobre los logros de la escuela primaria.
Desde fines del siglo XIX, la escolaridad elemental
amplió esa propuesta para incluir lo que consideraban los
conocimientos básicos necesarios para la vida en sociedad.
Estos contenidos básicos fueron definidos desde diversas
perspectivas: contenidos para la formación moral,
contenidos para el trabajo, contenidos para la inclusión
en la sociedad nacional y la ciudadanía, entre otros.
En el último tiempo, empezó a formularse la necesidad de
incluir otros saberes básicos como igualmente importantes
para considerar que la escuela ha cumplido con éxito
su misión. Se habla de alfabetizaciones emergentes, y también
de alfabetizaciones múltiples, para referirse a la adquisición
de un conjunto de saberes que abarcan otras
áreas. Entre esas alfabetizaciones, se menciona a la alfabetización
digital y la alfabetización mediática, pero también
a la alfabetización ciudadana, la económica, e incluso
la emocional. Algunos critican este uso desmedido de la
metáfora de la alfabetización, y argumentan que ella debería
restringirse a la adquisición y competencia en ciertos
lenguajes.
En este artículo, y en las notas que integran el dossier, nos
gustaría referirnos a distintos saberes que aparecen cada
vez como más necesarios. ¿Qué significa hablar hoy de
nuevas alfabetizaciones? ¿Se trata solo de renovar las alfabetizaciones
clásicas? ¿Supone solo cambios en el soporte
de los textos o también implica otra serie de destrezas
y operaciones? Los saberes considerados
indispensables deberían ampliarse para incluir los saberes,
relaciones y tecnologías que hoy son dominantes en
nuestra sociedad, y formar a las nuevas generaciones para
que puedan vincularse con ellas de maneras más creativas,
más libres y más plurales. Creemos que para desandar,
aunque sea en parte, la brecha que se instaló entre la
escuela y lo contemporáneo, sería deseable que la organización
pedagógica y curricular de las escuelas se estructurara
como un diálogo más fluido, más abierto, con
los saberes que se producen y circulan en la sociedad.
¿Cuáles son los nuevos lenguajes que deberían ser incluidos
en la propuesta escolar, y cómo sería más productivo
hacerlo? Sobre estas preguntas reflexionaremos
en las páginas que siguen.
La escuela de las alfabetizaciones básicas del siglo XIX
Como sabemos, cada época produce y reproduce cultura,
genera crisis de sus expresiones previas, renueva sus formas
y echa a andar nuevas posibilidades. ¿Cómo ha resonado
esa dinámica propia de la cultura dentro de las paredes
de la escuela? A veces la escuela genera culturas
nuevas: así lo hizo cuando creó un público lector, un público
letrado, a principios del siglo XX, y ayudó a estructurar relaciones,
identidades, sentimientos e incluso industrias como
la del libro y el periódico masivos sobre esa base. Un hecho
no menor en esa dirección es la incorporación masiva
de la mujer a la cultura, tanto en su rol de alumna como
en el de educadora, primer escalón de un ingreso al mercado
de trabajo que transformaría definitivamente a la
sociedad y a la familia.
¿Cómo se fue dando la incorporación de las nuevas formas
de producción cultural en nuestras escuelas? En la
historia de más de dos siglos de escuelas elementales y
superiores en el país, el diálogo con la producción cultural
que se producía fuera de ella fue enriquecedor pero, a la vez,
casi siempre problemático. Más de una vez en estos siglos,
los cambios tecnológicos, los nuevos lenguajes y lo que
producían las vanguardias artísticas, culturales y políticas
era vivido como una amenaza ante las cuales la escuela
debía construir paredes más altas. Un ejemplo de ello puede
encontrarse en las expresiones sumamente preocupantes
de educadores como Víctor Mercante que desconfiaba
de avances tecnológicos como la mecanización, los
tranvías eléctricos, como así también de expresiones culturales
tales como el cine, el tango y el fútbol. Constatando
que la mayoría de los espectadores de cine eran jóvenes de
entre 12 y 25 años de edad, se preguntaba horrorizado en
1925: "¿Quién abre un libro de Historia, de Química o de
Física, a no ser un adulto, después de una visión de Los piratas
del mar o Lidia Gilmore de la Paramount?". La mayoría
de las películas eran, en aquella época, de cowboys y
de amor, cuyos héroes eran, para Mercante, "grandísimos
salteadores y besuqueadores". Todo eso llevaba a que los
jóvenes "solo quieran gozar, gozar, gozar"; por eso, él sostenía
que el cine era una escuela de perversión criminal, y
que había que organizar comités de censura en todas las
ciudades para que solo se exhibieran películas "moralmente
edificantes". Su propuesta fue la de establecer comités
de censura en los pueblos, y cerrar las escuelas a los
nuevos lenguajes y estéticas.
En un sentido similar, algunos educadores encabezaron
fuertes discusiones acerca de qué podía considerarse cultura
y qué quedaba relegado a lugares menores y despreciados,
y por lo tanto, qué expresiones escritas, visuales o
sonoras podían introducirse en la escuela y podían ser parte
del trabajo escolar, y cuáles no. De este modo, esa escuela
fue autorizando determinados saberes, voces, expresiones
y lenguajes y decidió dejar afuera otras formas
culturales que luego la historia fue incorporando dentro del
canon de cultura legítima. Lo que debe prendernos una
luz de alerta es que esas formas fueron "entrando por la
ventana", imponiéndose por la demanda social de familias
y alumnos, por la presión del mercado, o por decisiones
inconsultas. Quizás esta vez deberíamos ser capaces de
dar una discusión pública rigurosa y profunda sobre cuáles
de estos nuevos saberes deben entrar a la propuesta escolar,
y cómo deben hacerlo.
Las alfabetizaciones clásicas hoy
El surgimiento mismo de la escuela se consolidó en torno
a las tecnologías ligadas a la lectura y la escritura disponibles
a fines del siglo XIX: el libro, la pizarra, el pizarrón,
el cuaderno, el lápiz. Como muchas de estas prácticas
y tecnologías venían de lejos, se favoreció una idea de inmutabilidad
de los saberes y unidireccionalidad de su enseñanza.
Sin embargo, cabe plantearse si es la misma enseñanza
la que debe desarrollarse cuando se trata de
trabajar con pantallas, a veces muy pequeñas, y cuando
las tecnologías se transformaron radicalmente.
Por un lado, hay que considerar que en los siglos XVIII y
XIX, la escritura, junto a la pintura y el dibujo, era una de las
pocas maneras de registrar y conservar el saber para su
transmisión. Pero hoy las posibilidades tecnológicas de
"capturar" una imagen y hacerla perdurable a través de la
fotografía y el cine/video, de guardar una voz, o de registrar
un movimiento, rompieron ese monopolio. La escritura
sigue siendo fundamental para representar al mundo,
para acceder a otros mundos de significados, para
encontrarse con la experiencia de otros humanos y para acceder
a otros cuerpos de saberes, pero ya no es la única
forma posible.
La otra cuestión a tener en cuenta en torno a la enseñanza
de la lectura y la escritura es que hoy está organizada
por diferentes supuestos y principios que hace un siglo. Si
antes importaba el manejo competente (el dominio fluido)
de la ortografía y la sintaxis, actualmente hay otros
discursos que la configuran. Se busca que los alumnos se
expresen, que se apropien de los códigos lingüísticos, que
produzcan textos propios y que se vinculen a la lengua y
literatura de maneras más productivas y libres.
También se plantea que hay que promover que los alumnos
se acerquen a las situaciones reales de comunicación,
se jerarquiza el lugar de la oralidad y se promueven formas
menos rígidas de enseñanza, que plantean trabajos en
grupo, interacciones directas entre los alumnos, y autocorrecciones
o evaluaciones de los pares. La relación con el saber
que se promueve y el vínculo con la autoridad (a través,
por ejemplo, de la relación con las normas lingüísticas,
del énfasis que se pone en la ortografía y la sintaxis, y de
las formas de trabajo con el error) son muy diferentes a
lo que se planteaba a fines del siglo XIX. Las "alfabetizaciones
clásicas" hoy implican prácticas y sentidos bien distintos
a los que a veces se evocan en la visión nostálgica
de la escuela tradicional. No es suficiente, entonces, con
seguir haciendo bien lo que se hacía hace un siglo: nos
encontramos con otros sujetos, con otras estrategias, y
con otras prácticas sociales que demandan otro tipo de
enseñanza.
Una tercera cuestión que se plantea es que hay que repensar
el lugar monopólico de la escritura en la transmisión
de la cultura. La escritura es un "modo de representación",
es una de las formas en que los seres humanos
construimos el sentido sobre nuestra experiencia y nos
comunicamos (Kress, 2005). La escritura es un modo importantísimo
de representación, y su aprendizaje es difícil,
y debe ser eje fundamental de la escolaridad; pero no es necesariamente
cierto que es el más completo o el que debe
"dominar" a todos los otros, que incluyen a la imagen,
el sonido y el lenguaje gestual o corporal. Esta jerarquización
excluyente de la escritura más bien habla de una sociedad
que valora y jerarquiza ciertas prácticas sobre otras,
y que desprecia otras formas de comunicación y de saber.
¿Eso quiere decir que son igualmente importantes, o que
la escuela debe incorporarlas todas al mismo nivel? De
ninguna manera. La escritura requiere una inducción larga
y cuidadosa en sus reglas y formas de procedimiento,
y la escuela sigue siendo el mejor lugar para hacerlo (y,
para muchos, el único). Pero también debe reconocerse
que ya no es posible sostener que las otras formas de representación
de la experiencia humana no deben tener
lugar en la escuela. Kress propone, acertadamente, reconocer
que ninguna forma de representación es total, ni
logra atrapar al conjunto de la experiencia humana y que
si bien la escritura y la lectura tienen enormes beneficios
como prácticas de conservación, producción y transmisión
de la cultura, no son las únicas dignas de enseñarse y de
aprenderse masivamente. Unas y otras pueden potenciarse y beneficiarse mutuamente, expandiendo nuestra capacidad
de expresarnos, de comunicarnos, de aprender sobre
nosotros mismos y sobre el mundo.
Pensar en los "modos de representación" ayuda también a
analizar los medios tecnológicos por los que se representa.
Kress señala que la escritura en la época de la pantalla
tiende a adoptar aspectos de la gramática visual de la pantalla
antes que de la página del libro1 como sucedía hasta
hace poco tiempo. Los libros de texto son buenos indicadores
de estos cambios: actualmente, la organización
visual de las páginas de esos libros asume formatos hipertextuales,
con ilustraciones, profundizaciones, resaltados;
y muchas veces la escritura viene a cumplir una función
subsidiaria de la imagen -el texto escrito se introduce
para explicar y desarrollar la imagen-, que reacomoda la
economía textual de la página. Antes, la organización de la
página no constituía un problema complejo, y se decidía de
acuerdo con las posibilidades técnicas y gráficas disponibles;
hoy "esa organización se ha convertido en un recurso
para el significado de los nuevos conjuntos textuales".
Como veremos más adelante, empieza a ser cada vez más
necesario que la escuela proporcione otros conocimientos
para moverse mejor, más fluidamente y de forma más
rica y relevante, en los saberes que proporcionan las nuevas
tecnologías, básicamente la computación y el lenguaje
audiovisual. Quizás valga preguntarse: si no es la escuela
la que proporciona estos saberes, ¿quién lo hará?
Por ejemplo, ¿puede imaginarse una televisión que enseñe
a reflexionar críticamente sobre sus contenidos, contra
sus propios intereses? Dejarlo librado al mercado, o a las
experiencias actualmente disponibles -que en su gran
mayoría están organizadas por pautas mercantiles- implica
renunciar a incorporar otras lógicas, otros plazos,
otras orientaciones.
La alfabetización como metáfora
Hablar de nuevas alfabetizaciones, alfabetizaciones múltiples
o alfabetizaciones emergentes, requiere discutir también
si vale la pena referirse a esos nuevos saberes en los
mismos términos que las alfabetizaciones clásicas. Algunos
autores (Kress, 2005; Braslavsky, B., 2004) señalan que no
es conveniente usar el término de "alfabetización"como metáfora.
Kress destaca dos razones: por un lado, que esta
extensión provoca una extensión de los supuestos y prácticas
de la lectura y de la escritura a otras formas de representación
(por ejemplo, la imagen o los gestos), lo que
no necesariamente ayuda a ver las profundas diferencias
que las estructuran; por el otro, denuncia una especie de
"colonialismo cultural" que está dado por la extensión del
uso anglosajón de literacy a otros contextos en los cuales
las nociones específicas (por ejemplo "alfabetización" en el
caso del español) no se adecuan demasiado estrictamente
al original inglés. Buckingham (2007), partidario de usar
el término, señala que introducirlo implica darles legitimidad
a estos saberes, e incorporarlos a un curriculum básico
que deben aprender todos los ciudadanos.
Sin desconocer las críticas mencionadas, consideraremos
que es más lo que se gana que lo que se pierde en esta
adopción de la metáfora de "alfabetizaciones" para hablar
de los saberes básicos que hoy debe transmitir la escuela
primaria. Hablar de alfabetización permite referirse a la
necesidad de aprender lenguajes, y estos lenguajes no son
solamente, ni deben serlo, los del lenguaje oral u escrito.
Buckingham señala que la alfabetización hace referencia
a la posibilidad de acceder a un código o lenguaje y también
de comprenderlo y usarlo creativamente. Creemos
que en torno a esas tres acciones (acceso, comprensión y
creatividad) podrían estructurarse contenidos interesantes
y relevantes que aporten a la formación intelectual, ética
y estética de los estudiantes.
En este dossier hemos incluido notas que apuntan a poner
en discusión dos alfabetizaciones "nuevas" que han ido
incorporándose al trabajo escolar y tienen aún un fuerte
potencial para seguir profundizando esa incorporación.
Por un lado, Flavia Pascualini y Rosalía Pasini cuentan la
experiencia sobre alfabetización digital llevada adelante
en la escuela donde trabajan y Emilia Ferreiro nos ofrece
su reflexión sobre la producción de textos y la interacción
con ellos en las nuevas condiciones de la cultura contemporánea.
Por otro lado, nos ocuparemos de la alfabetización
audiovisual o mediática a través de la nota de Ana Laura
Abramowski.
Alfabetizados y enredados
Otro punto sobre el que nos gustaría detenernos es el de
la relación entre la incorporación de nuevos saberes y la
visión que tenemos de lo nuevo, y de los nuevos, en la cultura.
Es frecuente que los adultos intercambiemos impresiones
acerca de si las operaciones de comunicación, lingüísticas,
expresivas, etcétera, que se realizan con el celular,
el chat, las weblogs son formatos culturales restringidos o
empobrecidos, un uso devaluado del lenguaje, e incluso
una deformación que no educa. En estas valoraciones hay
distintos elementos. Por un lado, aparece una preocupación
por brindar y velar por el acceso a la cultura letrada, que es
legítima y se basa en una posición responsable como educadores.
Pero también suele haber un cuestionamiento
hacia los jóvenes, porque sus modos de vivir en el mundo
y en la cultura se perciben distintos al que los adultos creemos
recordar que vivimos nuestra juventud. Una mirada
frecuente sobre los jóvenes suele verlos como menos
creativos, menos cultos, menos lectores, menos políticos
de lo que los adultos recordamos haber sido.
Es necesario considerar, como apuntan algunos especialistas,
que la mayor flexibilización de las normas que organizan
la lengua escrita se ha producido en todos los momentos
del desarrollo humano en que se fueron
pluralizando las formas de registro de lo escrito. Desde la
oralidad a la escritura, de la escritura sobre tablas a la escritura
sobre papel, etcétera, en todas esas transiciones
hubo modificaciones en la norma que organizó la lengua
escrita; y por lo tanto, fue parte del derrotero de su crecimiento
y afianzamiento. Por otro lado, varios siglos atrás,
escribir y leer eran actividades profesionales que llevaban
adelante personas que desempeñaban un oficio específico.
Pero la evolución de la sociedad posibilitó que ya no
fuera un oficio que desempeñaban algunos pocos por obligación,
sino una marca de ciudadanía (Ferreiro, 2001) y
gracias a ese desarrollo esas prácticas están hoy fuertemente
extendidas entre nosotros. Una mirada a lo largo de
la historia, desde el siglo XII hasta nuestros días, podría
listar una enorme cantidad de "deformaciones" y transformaciones
en ese lenguaje.
En una entrevista incluida en el Nº 3 de El Monitor, Daniel
Link nos recuerda que los chicos y jóvenes jamás se caracterizaron
por el buen uso del lenguaje y que no deberían
ser estigmatizados por ello. Las nuevas tecnologías
de la información y de la comunicación y su creciente uso
entre todos los que habitamos este mundo contemporáneo,
traen nuevos interrogantes a la escuela y requieren
diversificar aquellos soportes sobre los que se alfabetiza.
Una posibilidad es que la escuela se abra a considerar como
legítimas las formas de lectura y escritura que desarrollan
los alumnos y docentes en tanto internautas, posibilitando
la consideración de esas prácticas que los
alumnos llevan adelante en entornos virtuales. Por esos y
otros motivos habría que evitar la actitud de desconfianza
o desvalorización de las interacciones que se producen
en los entornos virtuales, ya que ellos implican el conocimiento
de nuevos lenguajes que entran en un capital cultural
más amplio que la alfabetización entendida de modo
más clásico.
Otro elemento importante que podría abrirse con las nuevas
tecnologías es la capacidad de crear recorridos y producciones
originales de cada uno de los alumnos. Eso implica
pensar a chicas y chicos como "productores culturales
por derecho propio" (Buckingham, D., 2002:225), lo que
tendrá consecuencias tanto en la manera en que encaren
su propio proceso de aprendizaje y su capacidad de proyectarse
hacia el futuro, como en ocupar un lugar distinto
como sujetos políticos con igualdad de derechos. Algunas
experiencias realizadas con la creación de páginas web,
instalaciones virtuales o CD muestran las enormes posibilidades
que abren estas experiencias.
Al mismo tiempo, habría que proponerles espacios para
reflexionar, investigar y producir alternativas sobre quiénes
y cómo producen saberes en estos nuevos espacios. No
debe ignorarse que ellos están movidos, antes que nada,
por intereses comerciales y empresarios. La mayoría de los
buscadores, por ejemplo, tienen espónsores o publicidades
que orientan en ciertas direcciones y no en otras; nos
instalan programas que juntan información sobre nuestro
perfil de consumidores, y buscan interpelarnos antes que
nada como posibles compradores (de bienes o de información).
Nuestros alumnos tienen el derecho, y el deber, de
saber en qué se están metiendo cuando acceden a estos sitios,
qué cuestiones se les facilitan y cuáles se obstaculizan,
para decidir cómo y con quiénes se vinculan.
Preguntas por el cómo
Como suele decirse, lo importante no es la tecnología sino
lo que hagamos con ella, lo que enseñemos sobre sus
usos y posibilidades, y también sobre sus límites. También
es importante pensar en una introducción de las nuevas tecnologías
que no las consideren solamente un recurso didáctico
que amplía las posibilidades materiales del aula, sino
también, y sobre todo, formas culturales importantes de
esta época, ámbitos productivos y recreativos de la cultura,
la política y la economía contemporáneas, que tienen
muchos efectos sobre nuestras propias vidas, las de los
docentes y las de los alumnos. En ese sentido, creemos
que no es suficiente con "enseñar computación" y los programas
de software (como si fueran técnicas asépticas y
neutrales), ni tampoco considerar a la internet solamente
como una gran fuente de información, sino que deberían
sumarse otros saberes, disposiciones y sensibilidades que
permitan enriquecer la vida de los alumnos, que los ayuden
a plantearse preguntas y reflexiones a las que solos no
accederían, y que les propongan caminos más sistemáticos
de indagación, con ocasiones para compartir y aprender
de y con otros.
Es fundamental, por ejemplo, enseñar la noción de red y su
extensión en muchas actividades humanas, y ayudar a develar
las jerarquías, desigualdades y subordinaciones que
siguen operando pese a su apariencia horizontal e igualitaria.
También, en este punto, sería interesante enseñar
sobre las transgresiones, sobre la creatividad y la productividad
de muchos emprendimientos individuales o de pequeñas
asociaciones que elaboran otras cadenas de noticias,
o de solidaridades, o de creaciones artísticas o sociales.
Es fundamental también hacer lugar a otros conocimientos
y experiencias que circulan en internet, o que se
almacenan en CD, estudiando por ejemplo cómo cambia
el conocimiento cuando se archiva en uno u otro formato,
discutiendo qué se transformó de las viejas bibliotecas de
papeles a las nuevas formas virtuales, e indagando sobre
las posibilidades y los límites que ofrecen los buscadores
actuales para rastrear información, experiencias, relatos;
ayudarnos a pensar qué encontramos y qué no encontramos
con esos buscadores, y pensar criterios con los que
leer y organizar (poner en relación, dar sentido, interpretar)
aquello que hallamos. Podemos proponernos, también, estudiar
los videojuegos: las estrategias que proponen, sus
formas de producción, sus narrativas, sus presupuestos
epistemológicos y políticos. Podríamos proponernos estudiar
con nuestros alumnos, con menos prejuicios pero sin
celebrar acríticamente todo lo nuevo, qué emociones y
sentimientos movilizan, qué sociabilidades se establecen,
qué estrategias resultan exitosas y por qué, y qué otras
formas de interacción podrían proponerse.
También sería interesante ponernos y poner a nuestros
alumnos a investigar acerca de usos diferentes de las nuevas
tecnologías en distintas regiones, sectores sociales, y distintos
países, que los ayuden a reflexionar sobre los condicionamientos
económicos, culturales, geográficos, políticos
y sociales que tiene la relación con la tecnología y que no
se dejan simplificar en la presencia o ausencia de una máquina
(Snyder y otros, 2002). Esa indagación también les daría
una experiencia valiosa acerca de las diversas maneras
de ser niños o jóvenes en distintas sociedades, en distintos
sectores sociales y hasta en distintos barrios o circuitos
socioculturales.
Creemos que es fundamental que las escuelas propongan
una relación con las nuevas tecnologías de la comunicación
y la información significativa y relevante para los sujetos
que las habitan. Las nuevas alfabetizaciones deberían ayudar
a promover otras lecturas (y escrituras) sobre la cultura
que portan las nuevas tecnologías,
que les permitan a los sujetos
entender los contextos, las lógicas y
las instituciones de producción de esos
saberes, la organización de los flujos
de información, la procedencia y los
efectos de esos flujos, y que también
los habiliten a pensar otros recorridos
y otras formas de producción y circulación.
En la búsqueda de respuestas,
seguramente la enseñanza se convertirá
en algo más interesante y más valioso.
Y es en esa búsqueda donde podemos
intentar aproximar el mundo
de la escuela y la sociedad contemporánea,
desde lugares intelectualmente
más productivos y políticamente
más auspiciosos que los que produce
hoy la irrupción de la crisis y la fragmentación
social. Todo ello hace a la
relación con el saber, con la lengua, con los otros, con el
conocimiento acumulado; y hace a nuestro lugar en una sociedad
humana que se forma de muchas herencias, lugar
que debería permitirnos dejar una huella propia para que
otros la retomen más adelante.
Blibliografía
Braslavsky, Berta, ¿Primeras letras o primeras
lecturas? Una introducción a la alfabetización
temprana. Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica, 2004.
Buckingham, David, Crecer en la era de los
medios electrónicos. Madrid, Morata, 2002.
Buckingham, David, Beyond Technology.
Children´s Learning in the Age of Digital
Culture. Cambridge. UK, Polity Press, 2007.
Dussel, Inés, "De la primaria a la EGB: ¿qué
cambió en la enseñanza elemental en los últimos
años?", en:Terigi, F., Diez miradas sobre
la escuela primaria. Buenos Aires, Siglo XXIOsde,
2005.
Ferreiro, Emilia, Pasado y presente de los verbos
leer y escribir. Buenos Aires, Fondo de
Cultura Económica, 2001.
Kress, Gunther, El alfabetismo en la era de los
nuevos medios de comunicación. Granada,
Ediciones El Aljibe-Enseñanza Abierta de
Andalucía, 2005.
Mercante,Víctor, Charlas pedagógicas. Buenos
Aires, Gleizer, 1925.
Snyder, Ilana; Angus, L & Sutherland-Smith,W.,
"Building Equitable Literate Futures: Home
and School Computer-Mediated Literacy
Practices and Disadvantage", Cambridge
Journal of Education,Vol. 32, N° 3, 2002, págs.
367-383.
1, La página del libro, obviamente, también
tenía una gramática visual, pero esta era decidida
por mecanógrafos, linotipistas, impresores.
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