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Ricardo Vilca, músico
El hombre que
escuchaba a las piedras
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El pasado 19 de junio, en una clínica de
San Salvador de Jujuy, murió Ricardo Vilca.
Lo habían internado dos semanas antes
a causa de una neumonía, complicada por un
cuadro hepático. Tenía 53 años y guardaba aún
cantidades de sonidos por descubrir y regalar.
La entrevista que sigue fue realizada en los primeros
meses de este año. Es la síntesis de varias
conversaciones ocurridas antes, en medio
o después de actuaciones de Vilca en diversos
lugares de la Quebrada. Porque a Ricardo le
gustaba conversar, evocar sus tiempos de maestro
rural, explicar cómo y de dónde salían sus
melodías.
Últimamente estaba algo preocupado porque
le costaba componer. El trabajo como maestro
y las actuaciones lo mantenían entre San
Salvador, Tilcara y Humahuaca. Y andaba sintiendo
la necesidad de salir, ir "para arriba", a la
Puna, a los pequeños pueblos, donde las comunidades,
el paisaje y la quietud le daban el
material imprescindible para parir música.
La última vez que lo vimos tocando en Tilcara
estaba resfriado. Los fríos de mayo le habían
pegado duro, y entre tema y tema pedía disculpas
por tener que sonarse la nariz. Pero allí
estaba, como siempre, gozando de la posibilidad
de compartir su música con la gente.
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"A Ricardo lo querían todos", se escuchó por
estos días una y otra vez. "Era un grande de
verdad", agregaron algunos."Es injusto que se
haya ido", coincidieron todos. Injusto para él,
que aún tenía tanto para dar. Injusto para nosotros,
que esperábamos encontrarlo cada tanto
para dejarnos llevar de su mano por los caminos
de la música, o quizás simplemente de
la conversación.
En las grandes ciudades, en muchos rincones de
la Argentina, mucha gente aún no había llegado
a conocer a Ricardo Vilca. Que todos sepan
que acabamos de despedir a uno de los músicos
argentinos más importantes de los últimos
tiempos. Allí están sus melodías y sus discos,
que dan testimonio. Pero sobre todo está su
presencia en el recuerdo de los que tuvieron
-tuvimos- el privilegio de conocerlo. Y está él,
a su modo, transformado definitivamente en
duende, sobrevolando la Quebrada de
Humahuaca y la Puna jujeña, entre vicuñas y
piedras, acompañando a los changuitos que
hacen sonar las cañas en las esquinas.
Habrá que prestarle atención al viento.
Gabriela Tijman
Apenas había cumplido diez años y el humahuaqueño
Ricardo Vilca andaba pidiendo música. Un acordeón,
quería. El abuelo, el ferroviario, le prometió que le
regalaría uno, a pesar de que no le alcanzaba la plata. Un
comerciante amigo le recomendó una guitarra. "Si suena
igual", trató de convencerlo. Pero el abuelo estaba decidido
a cumplir con su promesa. Eran los primeros
años de la década del sesenta.
-Después, le avisaron a mi abuelo que un señor de
Bolivia tenía un acordeoncito, chiquitito. En realidad
era una concertina, que sonaba más o menos parecido.
Había también una guitarra hermosa, nuevita, y el señor
me dio a elegir. Yo quería el acordeón.
"Pero la guitarra está adornada,
está curada, y el que la toca se va a hacer
famoso", me dijo el señor. Era el
destino, porque además del acordeón
yo también quería ser famoso.
-Un sueño que se realizó.
-Sí. Yo elegí este camino. Se sufre,
se aguanta mucho, pero con paciencia y
con caídas se logra mucho también.
Los martes toca acá, los jueves allá, los
miércoles suele pasar con su guitarra al
hombro, camino de la escuela donde lo
esperan sus alumnas y sus alumnos.
Puede ser Tilcara, Humahuaca o San
Salvador de Jujuy. A veces uno se lo cruza
en un camino de "más arriba", rumbo
a alguna escuelita de los cerros. O en
El Caminante, su casa-peña de Humahuaca.
Alguna vez estuvo frente a la posibilidad
de instalarse en la gran ciudad,
actuar en salas importantes, entrar en
contacto con músicos consagrados y hasta
aparecer en televisión. Pero eligió volver;
o quedarse, simplemente. "Me dijeron de
ir, pero yo no.", dice Ricardo Vilca sin
terminar la frase -porque no es necesario-,
bajando aún más la voz -si esto fuera
posible-, como pidiendo disculpas por
no haberse ido a vivir a Buenos Aires.
Fue maestro rural. De esas jornadas
en parajes aislados de la Quebrada y de
la Puna guarda recuerdos que le iluminan
la mirada. Vilca los pone sobre la
mesa sin orden ni precisiones de tiempo
ni de lugar. Porque no hace falta.
-Una vez había que hacer el censo. A los docentes
nos pagaban cincuenta pesos, ¿ha visto? Yo tenía cuatro
casitas para censar. Llegaba y decía "Yo vengo a
censar". La gente me regalaba lo que sembraba, papa
oca, habas, todo, y yo me llevaba las cosas colgadas en
cintas, de los hombros y del pantalón. Las cuatro casas
me llevaron más de un día. Yo tenía que buscar un
responsable de cada casa para que respondiera el censo,
pero por ahí me contestaban "Mi tío se fue a buscar
las cabras y las ovejas". Me acuerdo de que había una
niña, de 13 años, y la tuve que poner de tutor, porque
así se decía, era el tutor de esa casa. Me contaba que
hacía la comida, que hacía todo en la casa. Tengo recuerdos
lindos de la docencia. De cosas que a veces no
se ven cuando uno está tranquilo en casa.
Su primera y más importante experiencia como maestro
rural fue en Cangrejillos, en plena Puna jujeña.
-Yo no era titular. Trabajaba en Coctaca, Rodero y
Ronque (pueblos cercanos a Humahuaca) desde el 87,
más o menos, como maestro de música. Enseñaba en tres
escuelas. Viene una ley, me hacen titular y me dan lugar en
Cangrejillos. La primera sorpresa fue porque yo pensaba
que quedaba muy lejos de mi casa, de Humahuaca. Estaba
a unas tres horas por la ruta, y de ahí tenía que irme a pie
o agarrarme una movilidad.
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-¿Iba en colectivo?
-En ese tiempo estaba el tren, y yo me llevaba una moto.
El primer día llegué, a eso del mediodía, y me fui a
buscar el lugar. Yo esperaba que fuera más lejos, pero estaba
más o menos a media hora de la ruta. Incluso me pasé
de largo y me tuve que volver. Ahí trabajé como cuatro
años.
-¿Cómo fue ese primer día?
-Fue un día lunes. Los chicos eran como 250 más o menos,
porque era una escuela albergue, de jornada completa.
Entre los cuatro maestros nos turnábamos para atender
el comedor. La primera clase fue una experiencia muy
linda. Yo siempre cuento del chico que tejía. Yo no aceptaba,
porque cómo puede tejer un niño, esas eran cosas para
las niñas. Pero al final me di cuenta de que son otras formas
de vida, y al chico el padre lo deja todo el año ahí, y
entonces aprende de todo, por las necesidades que tiene.
Yo también aprendí a tejer en esa escuela, porque el tiempo
sobra allí.
-¿Había instrumentos musicales?
-No había. Yo llevaba siempre una guitarra, pero al mismo
tiempo, por estar cerca de la frontera con Bolivia, se
podían conseguir las zampoñas y los sikus. Enseñaba con
eso, o con las botellas.
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-¿Con botellas con agua?
-Sí, con botellas con agua. Era lo más accesible. Por
suerte en ese tiempo todavía no había llegado el plástico.
-¿Y qué música les enseñaba?
-Canciones que ellos conocían. Ojos azules, Naranjitay,
los carnavalitos. Y el Himno Nacional Argentino, para
hacerlos sentirse más patriotas, más del lugar. Porque
Bolivia siente mucho su himno, y al estar en la frontera es
importante que los chicos sientan el suyo, digamos.
En sus actuaciones, Vilca evoca aquellos tiempos y
comparte sus recuerdos con el público. Como en un
juego, ofrece temas del primer rock, como Jugo de tomate
frío ("esta es la música de mi juventud", aclara risueño
en tono de disculpa) o, precisamente, el Himno.
-Esta es una región donde la música tiene una presencia
permanente en la vida cotidiana, de un modo
muy natural. Hay quienes dicen que esto se está perdiendo.
¿Qué opina?
-Cosa que he visto muy notoria es lo de las coplas
en el norte (de la provincia). Por más cumbia que haya,
en un cumpleaños, por ejemplo, siempre hay una
pieza aparte donde chicos y grandes cantan coplas. Es
así. A veces me da bronca, pucha, porque en
Humahuaca no es lo mismo; ahí terminan bailando la
cumbia o el baile de moda, pero coplas no.
-¿Y qué piensa del gusto de los chicos y adolescentes
por la cumbia?
-Bueno, a mí me pasó algo parecido. Es por la difusión
de las radios, de la tele, y por ahí los padres van perdiendo
sus costumbres, y eso hace que el chico adopte
todo eso. Es que se te borran todas tus cosas.
-¿La enseñanza de la música es una manera de contrarrestar
eso?
-Claro, lo que pasa es que en muchas escuelas no
hay maestro de música.
-¿Por qué?
-Porque no hay cargos; prefieren trabajar más bien
la parte física, que también sirve, desde luego, pero la
música es fundamental para revalorizar sobre todo lo
que es la identidad. Si el chico escucha radio, nomás,
y no ve el instrumento en vivo, se interesa nada más
que por lo que escucha, porque no sabe. Un instrumento
como un charango, por ejemplo, que es chico,
se puede llevar a todos lados. Los niños se sorprenden
cuando lo ven. A veces tienen un oído que te admira,
y nada más han despertado a un instrumento que
no habían visto nunca antes.
-¿Qué música usa para enseñar?
-Siempre aprovecho lo que el niño tiene a su alrededor,
en eso me apoyo. Hay muchas formas para
enseñar. La cuestión es que pueda reconocer los ritmos,
los tonos, los acordes, una escala mayor, menor.
-¿Y la música clásica?
-El Cumpleaños feliz es una música clásica; el Arroz
con leche, también. Por ahí cambio las letras, pero les
hago seguir el sentido del ritmo, que es fundamental
para que el chico pueda decir que el Arroz con leche
no tiene un ritmo de carnavalito, por ejemplo.
Empezó a tocar de oído y llegó a dominar la guitarra,
que se convirtió en su instrumento. Imitaba a
otros músicos, recorría géneros y se alejaba de los
carnavalitos. Pero no se había puesto a estudiar. A
los 25 años, con más de una década de sacar música
en su guitarra, tenía un conjunto que se llamaba
Sonido Libre. Tocaban en fiestas y el repertorio incluía
folclore, chamamé, tango y bailanta. Entretanto,
el rocanrol iba también sembrando lo suyo. Tanto,
que Vilca suele advertir a su público que su tema
Quebrada de sol y de luna tiene "algo de Deep Purple".
Vilca recuerda un viaje a Córdoba y se ríe al confesar
que en ese tiempo creía que tenía "el futuro hecho".
-Ya había compuesto Guanuqueando y estaba seguro
de que iba a triunfar. Pero ahí conocí a otros músicos
que me hicieron ver lo muy equivocado que estaba.
Claro, uno se cree superpoderoso y al final vuelve
con la guitarra al hombro. Entonces dije qué puedo
hacer. Hasta llegué a pensar en otra cosa que no fuera
la música, mirá vos. Al volver, me encontré con una
profesora que me enseñó a leer música. Ella me conocía
muy bien, había sido mi maestra en primer grado
y profesora de secundaria, y me dijo: "Lo que vos más
querés es estudiar música". Y ahí empecé a valorar las
obras sencillas de piano, de Bach, Beethoven.
Esa profesora se llamaba Leonilda Mondino. Y ese es
hoy el nombre que lleva el salón de la Escuela Normal
de Humahuaca en su honor. Fue la mujer que advirtió
los sonidos que dormían dentro de Ricardo Vilca y lo
dejó crear, poner sus adornos a las composiciones de los
grandes músicos, jugar con las partituras y probar. "Me
abrió la cabeza", sintetiza Vilca. Como no tenía piano,
le pidió prestado al cura el armonio de la iglesia
de Humahuaca, para practicar. Ahí empezaron a aparecer
los sueños.
-Cuando llegué a Cangrejillos empecé a soñar. Yo
soñaba música clásica, te digo, ¿eh?, pero no había
compuesto nada. Entonces mientras caminaba para llegar
a Cangrejillos, después de la ruta, me imaginaba
que era un director de orquesta, ¿ha visto?; me sonaban
violines, chelos, y veía el paisaje, las llamas, la gente
del lugar. A mí me parece tan fantástico que después
de soñar con eso se ha ido creando la música.
Hace como cuatro años, cuando llegué al Teatro Colón
con chicos de toda la provincia haciendo Misachico en
Cangrejillos, no lo podía creer. ¡Estaban tocando lo
que yo había soñado! Me acordé de cuando caminaba
y soñaba violines.
Pero no fue solo la señorita Mondino. Por entonces
ya empezaba a armarse una movida musical norteña
de la que participaban Gustavo Patiño, los Kjarkas y algunos
otros artistas. Vilca quería armar un conjunto
de folclore pero la experiencia de Córdoba -"una lección
de vida", como la llama- terminó de decidirlo a ponerse
a estudiar. Como les pasa a sus propios alumnos, el joven
Vilca necesitaba que le mostraran la música.
-Yo veía a la profesora ahí, al lado mío, tocando las
piezas de Bach, y pensaba: yo quiero tocar así. Entonces
empecé a comprarme partituras. Y jamás me hubiese
imaginado que un solfeo, eso que te dan en séptimo
grado, tenía sonido.
Quienes tienen la fortuna de cruzarse con él en la vida
cotidiana y compartir una que otra sobremesa, saben
que Ricardo Vilca encuentra sonidos y música en cualquier
parte. Incluso en las piedras. Y se divierte golpeando
dos trozos de rocas de colores y sorprendiendo a
los amigos al encontrar, por ejemplo, un sol mayor.
-Me acuerdo de una experiencia muy linda, de saltar
al cielo, digamos. Por mi casa pasaban todos los
días una propaganda en un parlante, que era de don
Arsenio Zuleta. Sonaban Ojos azules y Naranjitay. Yo
la esperaba con la guitarra y trataba de coincidir la nota
con el parlante, y si no lo conseguía tenía que esperar
hasta el otro día. Doce menos cuarto pasaba, más
o menos. Y después de una semana, coincidía con
el acorde y pegaba el grito: ¡Lo he descubierto! Así es
que se desarrolla más el oído y empezás a investigar.
También las campanas de la iglesia de Humahuaca,
con las que se pueden hacer melodías. Y las piedras.
Porque al no tener otro recurso había que buscar una
referencia, y fueron las piedras. Entonces descubrí que
las piedras también tienen sonido, ¿no?
-¿Todo tiene música?
-Todo tiene música. Todo. Hasta el silencio.
| Tributos de Gieco, Mollo y Spasiuk |
Si a alguien se le ocurriera compararlo con Piazzolla,
no estaría cometiendo ningún pecado. Porque, según
el mismo Vilca cuenta, el maestro Piazzolla le hizo ver
que era posible cambiar, experimentar y renovar la música
primera con las valiosas herramientas del género
clásico. Y así, los sonidos andinos tradicionales se enriquecieron
y mutaron de la mano de Vilca como el
tango de los suburbios se tiñó de otros colores gracias
a la audacia y el talento de Piazzolla.
En el año 2000 compartió con Divididos el escenario
montado en el Pucará de Tilcara. Tras aquel encuentro,
Guanuqueando se convirtió, definitivamente, en un
clásico del repertorio de la banda de Ricardo Mollo.
León Gieco, por su parte, le puso letra a su tema Plegaria
de sikus y campanas, lo rebautizó Rey Mago de las nubes
y lo incluyó en su álbum Orozco.
-¿Cuánto hay de Ricardo Vilca en esas versiones?
(Piensa la respuesta, como si repasara mentalmente
esos sonidos uno a uno).
-La verdad es que a mí me reconforta mucho, por la
gente que escucha, porque ahora veo que la juventud
puede sentir el folclore a través de los Divididos. Hay
mucha gente que escucha rock y dice "Quiero conocer
a Vilca", y eso es una satisfacción muy grande. Hace
poquito, con el Chango Spasiuk tocamos Guanuqueando,
así medio con su identidad, y lo hicimos en las dos
formas.
-¿Y le gustó?
-Uh, fue genial. Creo que lo vamos a hacer juntos
pronto.
Discografía
El grupo se llama Ricardo Vilca y sus amigos, y está integrado
por José Toconás en charango, Raúl Tolaba en
bajo y José González en vientos. El primer CD fue La
magia de mi raza (1992), al que le siguieron Nuevo día
(1998) y Majada de sueños (2003). El año pasado Vilca
relanzó Sueños de mi tierra, una selección de viejos temas
que solo habían sido publicados en casete en 1989.
Página web:www.ricardovilca.com. |
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