Marcela, a horario

Mercedes Pérez Sabbi


Para Marcela lo único importante en ese momento era llegar a horario a la oficina. En la parada del 22 se sopló el flequillo y sacudió su pelo rubio y lacio. Una viejita coqueta, con una luna carmesí en cada pómulo, le preguntó la hora. Marcela casi se muere cuando le dijo que eran las 8 y 40. Si llegaba un minuto tarde quién iba a soportar la cara de sapo amargo de su jefe y la filípica de siempre: Señorita Marcela,¿no sabe cuál es su horario? Señorita Marcela, no se lo digo más. ¿Oyó señorita Marcela...? ¡Basta! Paró un taxi. Abrió la puerta y subió. Sintió que el pantalón elastizado le apretaba las caderas y le gustó. El taxi olía a desodorante dulzón; un asquete. El chofer, un flaco morocho, pulsó el reloj y empezó el tiqui- tac, tiqui-tac.

-A Piedras y Rivadavia -le ordenó, mientras buscaba el esmalte de uñas.

Sacudió el frasquito y empezó a pintarse: pulgar, índice. hasta terminar con las uñas de la mano izquierda. Cuando iba por la uña del mayor, pero de la otra mano, levantó la vista y se encontró con que, en vez de un chofer flaco y morocho, había uno rubio de cuello grueso. De perfil, le resultaba más que familiar. Los ojos de Marcela buscaron en el espejo la cara del hombre. ¿Pero?, ¿cómo?, ¿qué hace mi papá aquí?, pensó. El chofer, o mejor dicho su papá, con una voz gruesa, de fumador, le reprochó:

-Siempre apurada, Marcelita., ¡Jm!... desde chiquita te vengo diciendo que te ordenes con los horarios -y encendió la radio.

Un golpe de música sacudió a Marcela; ocupó su cabeza, le acarició el cuerpo y buscó una salida por la ventanilla que Marcela había empezado a abrir; de puro nerviosa que se había puesto. Porfiada, la música se quedó y se mezcló con el tiqui-tac.

Fija la mirada en el espejo, su padre la observaba. Tiqui-tac. Y más nervios.

Se cruzó un camión y el taxi frenó. Marcela desvió la mirada. El chofer, ahora con la voz aflautada, lanzó una serie de recomendaciones al camionero:

-¿Por qué no vas a aprender a manejar...?

Y si bien siguió con la cantinela un poco más, para Marcela fue suficiente; ya no era su padre quien estaba ahí, sino su hermano: el mayor, el único, el perfecto Rudy; que dejó de insultar al camionero para dirigirse a ella que estaba visiblemente aturdida por la situación.

-¿Así que tenés que llegar a horario, hermanita? Te hubieras levantado más temprano, no me vas a decir que por mi culpa llegás tarde...

Morite. No pienso aguantarte aquí también. ¿Escuchaste Rudy? Mo-ri-te, le hubiera gritado Marcela, pero ni mu le dijo. Una gota del pincelito de las uñas se derramó sobre su pantalón. Marcela ni se dio cuenta; sí su hermano, que la retó diciéndole:



-Tonta, no me ensucies el auto, ¿oíste? (...).

Boquiabierta y muda. Tiqui-tac. Tiqui-tac.

De la nada, un recuerdo se asomó tímido: el aula de tercer grado, con las celosías siempre cerradas porque daban a la calle. La voz de la madre superiora flotaba persuasiva: "Que dios ordene tu vida y tus pensamientos". Marcela tragó saliva y la sintió amarga. Un recuerdo más se cruzó con otro; el primero se borroneó y el segundo se perdió en el tumulto. Un Peugeot que frenó adelante le cortó el trance. Estaba empapada en transpiración, con la blusa pegada al cuerpo y los pantalones elastizados, más adheridos. La música también se le había pegado, tanto, que no la escuchaba.

Apenas Marcela pestañeó, sus oídos recibieron la sinuosa voz de su mamá que, ubicada al volante, empezó a decirle que Rudy tenía razón, que lo que él le reprochaba era por su bien, que ella era una chiquilina que no aprendía más, y que., en fin, estaba un poco harta de sus idioteces.

Marcela también estaba harta, aunque muda.

Al cruzar Piedras, como si con un cerrar de ojos pudiera cambiar la realidad, Marcela apretó bien fuerte los párpados. Fue cuando oyó una voz de mujer, parecidísima a la suya, que le dijo:

-Son las 8 y 50; tendrías que haber salido diez minutos antes.

Marcela abrió los ojos y se encontró con que ella misma estaba al volante; rubia, sí, pero con el pelo más corto y prolijo, como si fuera a la escuela, como le exigían las monjas, como le gustaba a su mamá, a su papá.

El taxi se detuvo frente a un semáforo en rojo. De un empellón Marcela tomó su chaqueta, abrió la puerta y saltó. Bocinazos. La otra Marcela, la del pelito corto, también bajó del taxi. Refinada, silenciosa.

Ambas cruzaron la avenida.

Marcela lo hizo a ciegas. Más bocinazos, gritos.

La otra lo hizo a su debido tiempo, por la línea peatonal.

Marcela encaró hacia la oficina.
La otra, también.

Marcela, al verla ahí adelante, se deslizó segura entre el bullicio y la gente, corrió para alcanzarla; pero al dejar pasar a un 29, la perdió. Siguió transpirada, empapada, llevando su pelo rubio como cintitas amarillas y húmedas que se movían a su antojo, como haciendo tiqui-tac. Y tropezó con una baldosa; con un muchacho que la miró raro; con el aire que la engullía, caliente y pesado.

Y allí, en el umbral de la planta baja de su oficina, se le cortó una tirita de su sandalia roja, la del pie derecho, que tuvo que arrastrar.

Y la hora corría.

Saludó a un señor de traje azul que salía del ascensor. Ella subía. Tensa, sin sacar la vista de los números luminosos -segundo, tercero, cuarto, .-, en el sexto, bajó.

Y la sandalia rota.

Y los pelos chorreando.

Y las uñas a medio pintar.

Y el pantalón manchado con esmalte.

Pesada.

Al entrar a la oficina, por el movimiento de la gente, supo que había llegado tarde. ¡Otra vez!

Parada, ahí, a pasos de la entrada, se vio sentada en la silla de su escritorio, concentrada entre una maraña de papeles blancos y amarillos. Con el pelo corto y prolijo. Ocupada en resolver cuentas y numerar boletas. Y lo vio a su jefe, que la miraba trabajar casi orgulloso. Tenía la expresión dura de su papá, los gestos precisos de su mamá y la soberbia de su perfectísimo hermano. Verle la cara de sapo feliz, le dio risa. Y así, a carcajada limpia, Marcela se dio vuelta, se sacó las sandalias que le molestaban para caminar y, con la chaqueta al hombro colgándole del pulgar, se fue sin saludar, volátil, muerta de risa, con una risa contagiosa. Contoneándose, salpicando música con las caderas. Descalza.


La bestia
Un encuentro hoy entre un torturado y un torturador

Anja Brant Alumna de 4º2º del CEM 96, Dina Huapi, Río Negro

- ¿Cómo?
- ¿Cómo qué?
- Y. ¿cómo pasó? -
Y. así.
- ¿Así cómo?
- Sólo sucedió.
- ¿Así?
- Sí, nosotros lo comenzamos, estábamos disconformes; era la situación, no queríamos seguir así. Entonces continuamos lo que habíamos comenzado. Luego se puso peor, pero igual continuamos. Ya no había cómo detenernos, no había vuelta atrás. Éramos nosotros en contra de la bestia, aunque nunca nos echamos atrás. y luego.
- ¿Luego, qué?
- La bestia me encontró; su olfato era muy bueno.
- ¿Y luego?
- Luego, todo.
- ¿Todo qué?
- Todo por lo que rezo cada noche para olvidar.
- ¿Aún lo recuerdas?
- Cada segundo.
- ¿Y luego escapaste?
- Exacto.

Un silencio glaciar inundó la sala de espera. Era capaz de oírse hasta el zumbido de la más mínima mosca, aunque ninguna mosca zumbó y la conversación continuó.

- Y tú . ¿dónde estabas??
- Yo veía todo desde otro punto de vista.
- ¿Te habías ido del país?
- No exactamente. En ese entonces . yo era la bestia.

Ilustraciones: Alberto Pez


Mercedes Pérez Sabbi nació en Acassuso, Pcia. de Buenos Aires. Es docente y escritora de literatura infantil y juvenil. Entre sus publicaciones se cuentan: Sopa de estrellas; Carmela y Valentín, Ed. Sudamericana, destacado por ALIJA en 2004; seis títulos de la Colección "Verde limón" de Ed. Sigmar. Y, recientemente, la novela Florinda no tiene coronita, Ed. SM. "Marcela, a horario" fue finalista Docentes GCBA, Fundación Ciudad de Arena.
   
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