Señorita, señorita
por Rudy

La señorita Silvia no se sentía del todo bien. A decir verdad, no es que le doliera algo en especial. Tampoco tenía gripe, o un resfrio, angina, empacho, picazón. Nada de eso. Era más bien un malestar conceptual, una desazón actitudinal, un estado intermedio entre el ataque de pánico y la urticaria de origen alérgico, o viceversa.

-Seguramente comí algo que me hizo mal -pensó la señorita, camino al aula-, aunque en general como bastante bien; nada de "comida basura" ni grasas ni colesterol malo ni hidratos de carbono refinado, ni exceso de proteínas, ni alimentos transgénicos, ni fritos, ni dulces. ¡Uy, cuánto hace que no como algo rico!

Y siguió pensando:
-¿Habrá sido algo que leí en los diarios? Porque la verdad es que el mundo se está volviendo un lugar bastante difícil de habitar, y a veces una tiende a somatizar. Una colega necesita tomarse un antiácido antes de leer el diario; otro comentó que puede soportar tranquilo la sección local, pero cada vez que lee las internacionales le agarra una puntada que ni él sabe exactamente dónde; otro comentó que cada vez que lee algo sobre economía le sube el colesterol; y no falta quien se descompone al leer los chistes porque, según afirma "si esto es lo que dicen los chistes, no quiero ni pensar lo que deben decir las páginas en serio".

Sea como fuera, la señorita Silvia tomó, como todos los días, el camino que la conducía, lenta pero inexorable, al aula. Allí se resolverían sus conflictos. O no. De todas maneras, pensó que no le vendría mal algún tipo de calmante pero, al no tener conciencia de qué era lo que le molestaba, decidió esperar hasta el final de la clase, o del día, o de la semana, o del año lectivo, o del siglo. Ya vería.

Así entró al aula, así escuchó el "Buenos días, señorita" luego de haber pronunciado, con la misma voz de siempre, "Buenos días, chicos". -¿De qué vamos a hablar hoy? -se preguntó. Pero no tuvo tiempo de hurgar ni en su memoria ni en su agenda. la voz de Joaquín apareció:

-¡Seño, Tomás me está doliendo!

- ¿Qué? -la señorita Silvia se quedó dudando si había escuchado mal, o qué.

-¡Que Tomás me está doliendo!

-No, seño -dijo Tomás-, yo no le estoy doliendo a Joaquín! ¡Yo le agarré el cachete y se lo dejé bien colorado, pero ¡a él lo que le duele es el cachete, no yo!

La señorita Silvia estaba entre castigar a su alumno por la agresión, o felicitarlo por el conocimiento de Lengua. Antes de decidirse, la dulce Julieta hizo oír su vocecita:

-Señorita, ¡me duele el alma!

-¿Qué, Juli, qué es lo que te pasa?

-¡Que Ariel no quiere ser más mi novio, y a mí me duele el alma!

-Eso no es cierto, seño, yo NUNCA fui novio de Julieta.

-Ay, Ari, ¡no digas eso que me duele más todavía!

-¡Seño, me duele acá! -ese fue Gonzalo.

-¿Dónde, Gonzi?

-¡Acá!

- Pero ¿dónde?

-¡Acá, seño, acá.! ¿A usted nunca le dolió "acá"?

Y seguía sin decir, o señalar dónde.

Y así, todos.

Y así, horas.

Y la señorita Silvia de pronto se dio cuenta de que su propio malestar se había ido. Por completo. Quién sabe dónde.


   
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