|
|
|
Colegio Presidente Arturo Frondizi, en Corrientes
El desafío de la integración
Con casi seis años de vida,
el Colegio Polimodal Presidente Arturo Frondizi,
situado en la periferia de la ciudad de Corrientes, es un
ejemplo exitoso de inclusión social en el ámbito escolar.
En la institución conviven, aprenden, crean y
hacen deportes alumnos de clase media junto con los
hijos de los habitantes más humildes de los suburbios
urbanos.
Judith Gociol
jgociol@me.gov.ar
Fotos: Luis Tenewicki
|
Orgullo es una expresión
que, de tan repetida en el
imaginario escolar, terminó
por vaciarse de contenido; por
eso es que resulta tan conmovedor
notar recuperado su sentido.
Y más, si no es de boca de funcionarios
o de directivos -ni en
himnos ni en actos- sino que son
madres, padres y alumnos los que
se dicen orgullosos de pertenecer
al Colegio Polimodal Presidente
Arturo Frondizi, ubicado en
Corrientes capital. Localizada en
un área suburbana, la institución
ha logrado plasmar lo que no ha
podido la fragmentada sociedad
argentina en su conjunto: la integración
armónica y enriquecedora
de los hijos y las hijas de clase
media y de los habitantes de una
de las regiones más pobres de la
ciudad.
La escuela está ubicada en una zona llamada Molina
Punta, un entramado de barrios que va desde el residencial
Valencia (al que todos llaman Los Profesionales,
porque sus primeros habitantes eran médicos, abogados
y arquitectos, entre otros graduados universitarios)
hasta el precario Punta Taitalo.
No son muchas las cuadras que distan entre las construcciones
de varios ambientes, grandes ventanales,
jardines, cocheras, portones y rejas de los terrenos con
casas endebles, caballos, barro, pasto, aserraderos y ladrillerías,
aledaños al río Paraná. Sin embargo, un abismo
los separa.
En una misma tarde de sol y cielo inmejorable, de
un lado el ritmo es calmo y puertas adentro; del otro,
repiquetea el ir y venir de las manos que moldean a
velocidad increíble la tierra roja y
le dan forma de ladrillo.

La escuela es la única bisagra.
Los que trabajamos en esta escuela
estamos convencidos de que
nuestros alumnos pueden aprender,
dice un afiche enorme colgado a
la entrada de este EGB y
Polimodal. Y aunque la frase pueda
parecer obvia, hace casi seis
años, cuando se inauguró el colegio
en el que se inscribieron unos doscientos
chicos provenientes de familias
sin trabajo fijo, nadie en la
zona confiaba en que el proyecto
fuera a resultar.
"Por entonces me dolía ver alumnos
de los barrios residenciales esperando
el colectivo para irse a otra
escuela en lugar de elegir la nuestra
-recuerda la directora Silvia Dostal-.
De a poco fuimos ganando la confianza,
demostrando a la comunidad
lo que podíamos hacer. Tanto es así que ahora todos
los chicos y chicas de la zona se vuelcan a este colegio, y
de doscientos pasamos a ser mil: 660 alumnos en el EGB
y 340 en el Polimodal; sin contar los tres cursos del
EGB2, que funcionan en un anexo, sobre la ruta 12".
El plantel de docentes y no docentes está conformado
por 78 personas, algunas presentes desde el comienzo.
Y no les ha resultado nada fácil, según relata
la directora. "Al principio nos encontramos con
grandes problemas, de conducta y de aprendizaje y
sobre todo de violencia -verbal y física- que arrastraban
desde afuera, pero que estallaba en la escuela.
Fue un gran desafío, porque todos éramos profesores
que veníamos de trabajar en escuelas del centro y la
realidad en el aula era muy difícil".
Los docentes exigían y exigían hasta que la realidad
se les vino encima, cuando decidieron organizar unas visitas
a los domicilios de los alumnos. "Ahí nos dimos
cuenta de que los chicos no tenían un espacio donde estudiar
tranquilos en sus casas, que no tenían un hogar
conformado, que vivían en permanentes crisis, que había
familias enfrentadas en el propio barrio".
Fue entonces cuando la estrategia pedagógica dio un
vuelco y comenzó a tomar la fisonomía que tiene ahora.
El beneficio no solo redundó en la contención de
esos chicos en situación de precariedad, sino en la incorporación
de aquellos otros hijos de clase media a
los que la escuela hasta entonces no había logrado convocar.
La integración resultó un hecho.
El primer paso fue brindarles un espacio dentro del
edificio, para que pudieran acercarse a leer y a ejercitar
con comodidad, a contraturno, y así lograran desarrollar
el hábito de estudio y de lectura, del que carecían.
Poco después, el uso de las instalaciones de la escuela
fuera del horario escolar se expandió hacia actividades
deportivas y artísticas. La institución hizo las primeras
propuestas y luego fueron las alumnas y los
alumnos quienes empezaron a exigirles más.
Ahora funcionan talleres literarios, de apoyo escolar,
de inglés, de periodismo, de ajedrez, de cestería, de karate,
de bailes folclóricos, de percusión, de aerobic, de
teatro. Y un taller solidario con el barrio para el que los
chicos salieron a recuperar historias, de boca de sus
abuelos, y las filmaran. Además, se organizan viajes
educativos, fogones y desfiles.
La actividad más fuerte está nucleada en torno al
Club de Básquet Arturo Frondizi, que ya lleva cinco
años y varios encuentros y campeonatos en distintos
puntos del país y también en Chile. Nació a instancias
de la directora y un grupo de madres y padres. Con el
tiempo amplió su oferta al vóley, pelota al cesto y hockey,
entre otras disciplinas.
"Yo, hasta ahora no he visto en esta escuela profesores
de esos que vienen, cumplen con su materia y se
van -sostiene Patricia Serryn, que es ama de casa, y tiene
dos chicos en este colegio que queda a dos cuadras
de su casa-. Acá los maestros están hasta los sábados y
los domingos".
Integrante de la comisión directiva del Club, se define
a sí misma como una "mamá frondicista" y es parte del
grupo de adultos que apoya con su participación activa la propuesta institucional. Eso implica desde organizar
torneos y conseguir subsidios hasta preparar
empanadas y tortas fritas para vender. Las actividades
no se pagan, de modo que todo es -como sintetizan algunas
madres- "a base de imaginación".
La escuela está abierta a toda hora y así, tal como señala
la directora, "el alumno trae a su vecino, a su hermano,
a aquel que a lo mejor hace un tiempo dejó la escuela
y, gracias a los talleres, los vamos recuperando y
al año siguiente los vemos sentados en un aula".
La inclusión social
 |
|
Jonathan tiene puesto un gorro para protegerse del sol,
el cuerpo curtido y las manos veloces. Fabrica ladrillos
y los apila, en equilibrio, para que se sequen ante un
cielo celeste y abierto. Ya no va a la Frondizi: "Entré por
medio año nomás, porque tuve que dejar para ayudar
a mi viejo". Dice que "está linda" la escuela, que igual
mucho no le gusta estudiar y que a lo mejor vuelva más
adelante; pero por ahora, no.
Ese es uno de los retos más duros del colegio: lograr
que los chicos y las chicas puedan estudiar, que no se vayan,
que no deserten si repiten.
"Desde que comenzamos tenemos como idea principal
la inclusión, por eso más allá de que aprendan, intentamos
formar un marco de contención al alumno,
contemplar la situación familiar, hablar con los adultos
-explica Rina Olijavetsky, asesora pedagógica-. Hay
padres que, en algunos casos, obligan a los hijos a dejar
el colegio para ir a trabajar y, a veces, luego de hablar
con ellos, logramos que los chicos vuelvan".
Acercarse hasta las casas de los estudiantes es un camino
productivo para romper la distancia geográfica y simbólica
que a veces separa a las familias de la escuela.
"Cuando algún chico falta por algún motivo, sus compañeros
van y averiguan y les avisan a los profesores y
ellos mismos van a sus domicilios a ver qué pasó. Si dejó
de venir por problemas económicos, si tiene que cuidar
a sus hermanitos, porque son muchos los que no
pueden estudiar porque deben cuidar a los más pequeños
mientras sus padres trabajan o buscan empleo",
confirma Patricia, la mamá frondicista. |
Con el mismo sentido integrador, los docentes se preocupan
por hacer participar a sus propias familias en las
actividades especiales que organiza la escuela, de modo
que los universos personales y los sociales vayan ensamblándose.
"La reciprocidad es la que hace que sigamos adelante,
es la retroalimentación que tenemos la que nos nutre
-coinciden varias profesoras-, porque el trabajo de
contención es agotador, las realidades son muy distintas
y, más allá de todo lo atractivo que puedas plantear
desde lo educativo, resulta difícil enfrentar desde lo pedagógico
esta realidad".
Una parte importante del alumnado trabaja y, según
señalan los docentes, se les nota en la cara el cansancio
y el esfuerzo que hacen para no abandonar. También
se les nota, dicen, el brillo en los ojos cuando imaginan
un futuro.
"Tengo pensado terminar la escuela y embarcarme
en los pesqueros que recorren el sur para tener un salto
económico, como para poder comprar un terrenito
para construir mi casa y que a mi señora y a mi hijo
nunca les falte nada. Mi sueño es ser deportista profesional.
Ojalá pueda hacer todo esto que tengo pensado
para luego dedicarme al básquet, que es lo que más me
gusta", describe Gerardo Barrios, que cursa el tercer
año del Polimodal y habla agitado porque acaba de terminar
las clases de baile en uno de los patios del colegio.
Mientras se acomoda el pelo y la camisa, cuenta
que estudia, baila, juega al básquet y trabaja: es cobrador
de las cuotas del Club Frondizi, colabora en el
quiosco que tiene su familia y hace tareas como ayudante
de albañil. Es, además, un flamante papá.
"¿Qué espero de la escuela? -retoma Patricia- Para
nuestras expectativas, ya está. De algún modo estamos saciadas,
tanto es lo que recibimos. Pero todavía hay muchos
chicos que están afuera; entonces, como mamá que
tiene las oportunidades de que sus chicos pertenezcan
a esta escuela, creo que todos tienen que estar. Este es su
lugar de origen y eso es lo que nos falta para estar completos:
que los que están afuera puedan entrar".
Periferia
Corrientes, la capital de la provincia, tiene alrededor
de 921 mil habitantes y 145 escuelas, la pobreza abarca
al 46 por ciento de la población y la indigencia al
18 por ciento. Está fragmentada entre el centro, enmarcado
en cuatro avenidas y los barrios que conforman
el grueso de la fisonomía de la ciudad.
Se supone que la Frondizi está ubicada en una de las
llamadas zonas periféricas. Pero si hasta los arquitectos
abandonaron ya la concepción de que una ciudad es
un árbol que tiene un tronco central del que se desprenden
todas las ramificaciones, para los padres y
alumnos de la escuela, no hay duda de que ese es su
centro, porque allí tienen todo.
"Por el trabajo de mi esposo, con mi familia tuvimos
que trasladarnos muchas veces a distintas provincias.
Cuando llegué a la ciudad de Corrientes me aconsejaron:
'a la escuela del barrio, no'. Y a mí este colegio
me brinda más seguridad que una escuela del centro, a
la que los chicos deberían viajar para llegar y en las que
no tengo al alcance de la mano a los profesores que viven
en el barrio. Cuando, sea el momento que fuera,
mi hija me dice que se va para la escuela yo me quedo
tranquila porque sé que o está bailando o está jugando
al básquet o está en el taller de vóley. Además, todos
los chicos se conocen, vuelven juntos, se cuidan entre sí.
Lo que pasa es que es la misma comunidad la que separa
a los colegios", comenta María Ana Mónica de
Caballero, que tiene una hija en segundo año del
Polimodal y un hijo que recién ha ingresado al establecimiento.
Las madres que están a su lado asienten cuando María
señala: "Hay clubes del centro de Corrientes que no
quieren venir a jugar al barrio. Una vez dijeron que teníamos
que pagarles un colectivo para que subieran y bajaran
en la puerta y que además debíamos contar con
asistencia policial. Y acá no pasa nada, creo que es uno
de los barrios que menos salen en los diarios por cuestiones
de actos delictivos. Son cosas que a los chicos
los hacen sentir muy mal; a veces, cuando les preguntan
a qué escuela van yo noto que nos miran, porque no
saben si responder o no".
Pertenencia
Un chico lee en voz alta el poema que escribió. Unas
chicas se dejan caer sobre los brazos de sus compañeros
de danza. Unas nenas agitan las polleras mientras los
varones zapatean al ritmo de una chacarera. Un grupo
de mujeres se pasa la pelota y un entrenador hace sonar
el silbato mientras se escuchan unos sonidos aspirados
y guturales de los que practican artes marciales.
En la Frondizi siempre hay ruido y actividad. Hay
movimiento permanente hasta en los patios internos y
los pasillos. El edificio no es pequeño pero -compartido
con una escuela primaria- les queda chico igual.
La escuela ha alcanzado cabalmente el sentido de lo
público y del acceso cotidiano de todos a aquello que,
justamente, es de todos. "Es llamativa la forma en que
se integran por lo menos dos grupos sociales diferenciados
y conviven en armonía, en una mezcla de situaciones
sociales de las que ambas partes salen enriquecidas",
destaca el profesor Hugo Blasco.
El secreto es la pertenencia. Docentes, madres, padres,
alumnas y alumnos entran y salen de la escuela
como si estuvieran donde en realidad están: en su casa.
|