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Ante el dolor
Quienes nos dedicamos a la educación sabemos que el
rol de la escuela no se limita solo a transmitir conocimientos.
Somos docentes porque aspiramos a formar
ciudadanos íntegros, creativos, solidarios y críticos.
Junto a las sumas y las restas, los alumnos y las alumnas
van aprendiendo -a medida que crecen- a transitar y
procesar sus experiencias de vida; tanto las individuales
como las colectivas. Sin duda, muchas de ellas son dolorosas.
Al acompañar, contener, actuar solidariamente ante
el dolor; maestros y compañeros se ayudan de manera
recíproca a aliviar angustias, y se transmiten afecto, valores
morales y pautas de comportamiento grupal y social.
Sin embargo, pese a lo difícil que resulta enfrentar estas
cuestiones y a lo inevitable que es tener que hacerlo
en algún momento de nuestra carrera, no es un tema de
debate habitual en el campo de la formación docente.
Cada docente lidia con el dolor lo mejor que puede,
aprendiendo sobre la marcha, apoyándose en su propio
sentido común, en la propia experiencia, en el debate entre
compañeros. Creemos que es posible plantear un camino
diferente, ofreciendo algunos puntos de apoyo.
Estamos convencidos de que es útil contar con más información,
acceder a la experiencia de otros, dar lugar al
debate y a la reflexión. Sin omnipotencia ni optimismos
ciegos, pero con la esperanza de sentirnos un poco menos
inermes y, sobre todo, menos solos.
En tanto comunidad, la escuela en su conjunto se conmueve
cuando uno de sus miembros enfrenta una situación
trágica. Y los lazos emocionales que se establecen,
la posibilidad del diálogo, la búsqueda conjunta del consuelo
son un soporte invalorable para lograr procesar
esas experiencias, ya sea que nos golpeen a nivel individual
o social.
Las tragedias de nuestra historia reciente continúan
atravesándonos y la dimensión de la memoria colectiva,
a los educadores nos plantea desafíos cotidianos: desde
las secuelas de la pobreza -que todavía afectan a más de
la mitad de la población escolar- hasta las heridas de la
última dictadura que no terminan de cicatrizar. Desde
las tragedias de Cromañón y Patagones hasta el reciente
asesinato del maestro Carlos Fuentealba.
Ya sea por haberlas sufrido en carne propia o por ser
testigos a veces impotentes del dolor de los demás, nos
tenemos que enfrentar cotidianamente con situaciones
que nos obligan a preguntarnos una y otra vez qué hacer
frente a lo irreparable.
Las tragedias colectivas siempre golpean con especial
dureza a los más chicos, y es nuestro el desafío de contenerlos
y acompañarlos en el duelo y dejarnos acompañar
por ellos. No se trata de caer en la omnipotencia de pretender
tener todas las respuestas, pero podemos sembrar
la esperanza, la íntima convicción de que -como decía
el poeta Horacio- "No ha de durar siempre la pena".
Hace muy poco, la comunidad educativa nacional -y el
país todo- se vio conmocionada por el asesinato del maestro
Carlos Fuentealba a manos de un policía. La violencia
irracional se cobró una nueva víctima entre los colegas
que reclamaban mejoras laborales. Nuevamente, al
desafío cívico de oponer a la violencia el diálogo; y ante la
irracionalidad, apostar a la serenidad y justicia, se suma
para los docentes -y en particular para los docentes de la
escuela...- la necesidad de honrar al colega con la íntima
convicción de que cuando el dolor se aquiete, quedará la
presencia luminosa del maestro. Para siempre.
Daniel Filmus
Ministro de Educación, Ciencia y Tecnología.
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