Ante el dolor, ¿qué puede la escuela?
Inés Dussel
Myriam Southwell

No son pocas las veces en que nos enfrentamos con el dolor en la escuela. Un alumno o alumna que se accidenta, una enfermedad, la pérdida de un ser querido, las catástrofes climáticas, los eventos políticos, o el dolor más persistente y duradero del hambre y la marginación social, son situaciones que nos confrontan, en distinta magnitud, con nuestros propios límites como educadores, el valor de nuestra tarea y la posibilidad de seguir apostando al día a día de la enseñanza.

Pese a que es cotidiano, no resulta fácil hablar de estos temas. Parece que los educadores solo pueden ocuparse de los finales felices, de mejorar las situaciones, de sostener a toda costa el optimismo. ¿Qué hace la escuela con esos dolores frente a los que parece haber poco que hacer? ¿Cómo encontrar la posibilidad de acción en una situación que nos marca límites claros?

La idea de este dossier surgió cuando entrevistamos a Norma Colombato, que en ese entonces era directora de la Escuela de Enseñanza Media Nº 4 de la Ciudad de Buenos Aires y hoy está jubilada. Colombato nos relató qué acciones encaró la escuela ante el asesinato de Ezequiel Demonty, que fue arrojado brutalmente al Riachuelo el 14 de septiembre del 2002 por policías.1 Este hecho impactó de lleno en la vida de la escuela, ubicada en una comunidad muy pobre, y sacudió el trabajo que lenta y pacientemente venían realizando los docentes para ayudar a sus estudiantes a pensar su futuro de manera más esperanzada e integrada a la sociedad.

La escuela (y por escuela entendemos a sus autoridades, pero también sus docentes, sus estudiantes, las familias de los alumnos) se planteó marchas de protesta, talleres de escritura, documentales audiovisuales, y sobre todo se unió a la lucha de los familiares para buscar justicia. De alguna manera, se insistió en que no había que bajar los brazos, y que no todo estaba perdido. La escuela recibió el impacto, se conmovió, y buscó qué hacer con eso.

Más cerca en el tiempo, a fines del año 2006, sucedió el terrible accidente en la ruta 14 en el que perdieron la vida nueve estudiantes y una profesora de la escuela secundaria Ecos, también de la Ciudad de Buenos Aires. Seguramente los lectores recuerden que el accidente ocurrió cuando volvían de un viaje solidario a una escuela en el Chaco que apadrinan desde hace años. El hecho de que el conductor del camión que los chocó (también fallecido) manejara alcoholizado, agravó la sensación de una muerte injusta y que podría haberse evitado.

Aquí también los miembros de la escuela se plantearon una actividad sostenida para hacerle lugar al duelo, tramitar ese dolor, y proteger a sus estudiantes. Se trató, y se lo sigue haciendo, de un trabajo cuidado por preservar la intimidad del duelo, y también por no cejar en la función de "ser escuela". Por un lado, defendió a sus estudiantes del acoso de los medios de comunicación, siempre listos para sacar la tajada morbosa a las tragedias. Por otro lado, ayudó y promovió la organización de la campaña por leyes viales más seguras (www.tragediadesantafe.com.ar), que llegó hasta el Presidente y el Congreso de la Nación. Al mismo tiempo, se siguió enseñando, tomando exámenes, sosteniendo la rutina y la apariencia escolar. Se buscó darle otra vuelta al dolor, que convirtiera lo irreparable en algo constructivo, una búsqueda de justicia, una acción reparatoria con mirada hacia el futuro.

Escuchando sus relatos, nos pareció importante proponer un espacio de reflexión sobre la cuestión del dolor en la escuela, que diera la posibilidad a otros docentes y a otras escuelas de pensar qué hicieron o harían en situaciones similares, quizás menos graves, quizás más individuales, pero no por ello menos importantes, y que permitiera aprender de, junto a, la experiencia de otros.

Hay algo del dolor que es intransferible: como veremos más adelante, se percibe individualmente, se reacciona individualmente, y es difícil, pese al lugar común,"ponerse en el lugar del otro" por completo. La empatía, ese sentimiento que permite sentir que lo que le sucede al otro podría sucederle a uno, no alcanza sin embargo para resolver el enigma y la distancia que nos separa de los otros humanos: nadie puede ponerse en el cuerpo de uno, ni sentir exactamente lo que uno siente. Pero estamos convencidas de que puede aprenderse de la experiencia ajena, para poder orientarse mejor en momentos en los que la brújula parece no funcionar.

Una famosa frase del filósofo Theodor Adorno planteó "cómo escribir poesía después de Auschwitz". De modo similar,muchos se han planteado cómo volver a dar clase, a enseñar una regla de tres, a tomar una prueba, a proponer un mundo que sea mejor, después de Cromanón, después de lo ocurrido en la escuela de Patagones, después de muertes generadas por el gatillo fácil, después de que los hogares fueron arrasados por fenómenos climáticos o naturales a los que se les sumó la imprevisión y la falta de atención, después de la muerte del profesor Fuentealba, después del abuso y de los padecimientos cotidianos.

Sin embargo, la frase de Adorno, lo mismo que la frase que cada docente y cada escuela debe haber mascullado ante tantas situaciones de dolor, no es una expresión de algo definitivo que cierra toda posibilidad. Por el contrario, es una pregunta por el cómo. Sobre eso quisiéramos detenernos en las notas de este dossier.



El dolor en la cultura

La experiencia del dolor es algo que compartimos todos los seres humanos, aun cuando cada uno lo viva a su manera. Desde el primer golpe cuando se sale del útero materno, y del grito que demuestra la vida, los humanos tenemos una convivencia diaria con el sufrimiento. Como dijimos, hay dolores de distinto tipo, más fuertes o más débiles, más momentáneos o más permanentes, pero en cualquier caso, los padecimientos nos atraviesan más temprano o más tarde, y tenemos que aprender a vivir con ellos. "Vivir con ellos" puede implicar, entre otras cosas, superarlos si es que se puede, o tolerarlos y aceptarlos si no podemos cambiar las condiciones que nos llevaron al sufrimiento.

David Breton, un antropólogo francés que estudia el tema desde distintos puntos de vista, señala que el dolor nos enseña "la prudencia necesaria que compensa la fragilidad nativa de la condición humana".2 Tiene la función de defendernos contra las "asperezas ineludibles del mundo". Pero no es solo eso: es desconcertante, es lacerante, es profundo. La irrupción del dolor habla dealgo que pone en cuestión nuestra relación con el mundo, que nos conmueve, nos moviliza y nos hace dudar de nuestras fuerzas para tolerarlo y vencerlo. En algunas situaciones dolorosas, hay una responsabilidad colectiva que revisar, por ejemplo cuando se trata de una violencia ejercida desde el Estado, o cuando se reiteran la postergación, la discriminación y la injusticia hacia ciertos grupos e individuos.

Aunque sea originado por un hecho colectivo, no hay que olvidarse de que el dolor se percibe y se tramita individualmente. Hay una sensibilidad que no es nunca igual para todos; la sensibilidad y la forma de reaccionar frente al sufrimiento es propia de cada uno, pero eso no quiere decir que se resuelva al interior de cada uno.

No es casual que sea la psicología, y en especial el psicoanálisis, la disciplina que más ha reflexionado sobre qué hacer con el dolor. Algunas de sus reflexiones son valiosas para pensarlas en términos de las instituciones educativas, y de las instituciones sociales, aunque no puedan hacerse traducciones inmediatas del registro personal al colectivo.

Por ejemplo, el psicoanalista Juan David Nasio plantea que la palabra y la escucha son fundamentales para que el dolor se vaya erosionando y pueda ir adquiriendo modos de ser simbolizado; es decir, formando parte de una trama de interpretación que permita darle lugar en el lenguaje y vaya perdiendo su carácter in-simbolizable, que no tiene sentido.

El dolor. es como un sobresalto final que da testimonio de la vida y de nuestro poder de recuperación. No se muere de dolor. Mientras hay dolor, tenemos también las fuerzas disponibles para combatirlo y seguir viviendo.3

Quizás no habría que asustarse tanto frente a la aparición de dolores, y pensar qué estrategias de "palabra" y "escucha" tenemos en las escuelas.

Los modos de "metabolizar", de permitirnos superar el dolor que arremete, implican poner en común y tender puentes para tramitarlo. Otro psicoanalista (esta vez alemán), Hans Stoffels, destaca que la dimensión decisiva de la superación del trauma es la experiencia de estar en condiciones de entregar algo a otros seres en un acto creativo y social.4 El legado social -en forma de lazo o de fragmentos de él, en forma de testimonio y de intervenciones y cuidado- puede servir entonces de ordenador, de dador de sentido de aquello que ha quedado roto o interrumpido. Hay, por ello, una elaboración de la experiencia traumática, que requiere muchas voces para unir lo traumático, con el pasado y el porvenir.

Los alumnos de la EMEM 4 escribieron poesías y relatos. Recientemente, los estudiantes de la escuela de la Cuenca XV, donde trabajaba el profesor Carlos Fuentealba, escribieron un hip hop que lo recordaba. La producción creativa es una manera de simbolizar el dolor, y habría que hacerle un lugar más explícito en los proyectos escolares.



La banalización del dolor cotidiano

Hasta aquí, hablamos de dolores por muertes imprevistas y brutales. Pero estos no son el único tipo de padecimiento que afecta a las escuelas; hay otros que son más cotidianos, y están muy extendidos. El dolor del hambre, de la pobreza, de la falta de horizontes, de la desesperanza, genera mucha impotencia. A veces ese dolor invade todo, al punto que se vuelve difícil insistir en que hay que sostener una función de "escuela" antes que nada. Otros dolores se derivan de las acciones y actitudes que generan etiquetamiento y discriminación, dentro y fuera de la escuela. La descalificación discriminatoria es generadora de profundos dolores que atraviesan a varias generaciones y que consolidan en el tiempo fuertes vivencias de dolor y de injusticia, y engendran resentimiento. Allí, se establece una relación en la que el otro ha dejado de ser un semejante y por lo tanto no es digno de nuestro acercamiento o consideración.5

¿Qué intervención puede realizar la escuela en estos casos? La no naturalización de esta injusticia es algo que les toca a las instituciones sociales y políticas, entre ellas a la escuela. Se trata de injusticias ante las cuales el Estado y la sociedad tienen responsabilidades y que por ello, pueden ser transformadas por la acción política, volviéndose mucho menos irremediables que la muerte. Pero también hay un trabajo que hacer, para no perder la sensibilidad ante estos dolores. Esa sensibilidad motoriza muchas de nuestras decisiones cotidianas buscando correr un poco más el límite -que a veces parece infranqueable- de lo posible, de lo necesario y de lo justo.

Hay que considerar que hoy nos movemos en una sociedad y una cultura donde las imágenes dolorosas proliferan por doquier. El "mundo como espectáculo" incluye la visión de numerosas tragedias humanas como un show más en la TV. La posición de espectador en la que nos ubica este espectáculo es ética y políticamente problemática: a distancia, desde el televisor de nuestra casa, aun cuando lo que suceda esté a la vuelta de la esquina, observamos las tragedias de los demás como parte de una grilla de programación; y cuando nos cansamos, cambiamos de canal.

En una nota que publicamos hace poco, Juan Vasen reflexionaba:

Los semejantes pierden consistencia ante esta mediatización. Un niño le dice a su padre cuando frena en una esquina:"Papá, si pisamos a la viejita ganamos un bonus de mil puntos". Una niñita resiste la orden de ir a dormir que le imparte su madre mientras mira desde la ventana de su casa a una pareja que pone pertenencias en el techo de su auto que está a punto de ser arrastrado por una inundación:"Mamá, esperá un poco que quiero saber cómo termina...!". Era el pedido de una espectadora curiosa, no de una niña angustiada por la suerte de los inundados."6

La extensión de la condición de espectadores hasta abarcar la propia vida seguramente tendrá impactos fuertes en la relación que niños y niñas tendrán consigo mismos, con los otros y con la realidad social. ¿Qué estamos haciendo en la escuela con esto? ¿Qué educación política, ética, ciudadana, estamos promoviendo, de manera de equipar mejor a los chicos para moverse en ese mundo? Parece haber un desfasaje entre las transformaciones tecnológico-culturales y las instituciones, contextos pedagógicos o lenguajes en común que sostienen "a la personalidad en tiempos de tragedia o de vulneración subjetiva."7 Podríamos agregar que no solo en tiempos de tragedia o vulneración; también en el día a día los humanos parecemos andar mal equipados para lidiar con las frustraciones, las ambigüedades y el carácter "no espectacular" de lo cotidiano.

Dice Susan Sontag: No debería suponerse un "nosotros" cuando el tema es la mirada al dolor de los demás. 8 El "nosotros" desde el que se mira y se interviene sobre el dolor, entonces, debe ser puesto en cuestión. Hablar de los dolores, y de lo que podemos hacer o no hacer frente a ellos, es un buen momento para discutir qué se hace con las palabras y testimonios de los otros, y desde dónde se enuncia la empatía, el enojo, la distancia o hasta la solidaridad. Poner en cuestión el lugar de espectador y plantear qué hacer frente al dolor de los demás, son elementos que también deberían empezar a incluirse en el currículum y en las propuestas escolares. No para organizar visitas "filantrópicas" que refuercen la distancia, sino para dejar conmoverse, para buscar lazos, para hacer lugar a la escucha y la palabra.

Un lugar ante el dolor

Cuando pensamos en hacer un poco menos áridos esos territorios que se nos muestran inmensos, imponentes y con poco lugar para el descanso, no dejamos de reconocer lo difícil que es ese intento por volverlo más digerible y más productivo. Sabemos además que no siempre puede llevar rápidamente a respuestas satisfactorias. Sin embargo, hay algunos sentidos que nos orientan y cuya búsqueda puede justificar que cometamos errores y que no tengamos certezas acerca de si las respuestas provisorias que vamos elaborando, son las mejores. Será cuestión, sí, de que esos sentidos -la memoria, la justicia, el futuro- no dejen de tensionarnos de manera cotidiana y ante los cuales comprometamos la sensibilidad.

Pensar que la escuela también puede ser un lugar en el que se tramite el dolor y dé algunas "pistas" para campearlo o sobrevivir a él y con él, implica darle lugar a un lenguaje que lo muestre y que también ayude a buscarle sentidos y claves de comprensión. Pero también hay una perspectiva que resulta indispensable y es la referida a recuperar una relación de semejanza con los semejantes. Se trata de pararnos frente al otro, ese que es distinto de nosotros pero cuya distinción no lo inhabilita, como no nos inhabilita a nosotros, sino que se establecen relaciones de mutua dependencia.

Lo que enseñan los casos que mencionamos y que nos presentan las notas incluidas en este dossier, es que no da lo mismo no hacer nada que hacer algo; y que ese "algo" que propone la escuela implica movilizar recursos, orientar acciones, y retomar la iniciativa en la acción escolar. ¿Qué recursos tienen a mano las escuelas? Son las redes sociales, los saberes acumulados, las personalidades de los actores, o la posibilidad de la jurisdicción de ayudar profesionalmente, las que definen esos recursos. Habría que tratar de que esas redes sociales, esos saberes, esos "reflejos" que aparecen en ciertas situaciones, estén más disponibles para todos. Quizás sea tiempo de darles más entidad, y de proponer una discusión y una reflexión a nivel del sistema educativo acerca de estas temáticas.

1 Véase la nota a Norma Colombato en El Monitor de la Educación Nº 4, septiembre de 2005, pág 4-9.
2 Breton, David, Antropología del dolor. Buenos Aires, Nueva Visión, 2003, pág. 15.
3 Nasio, J. D., El libro del amor y del dolor. Barcelona, Gedisa, 1999, pág. 24.
4 Stoffels, H., Efectos psicológicos de la impunidad de la represión política en América Latina y Alemania. Córdoba, Ed. Goethe, 1995.
5 Bleichmar, S., Dolor país. Buenos Aires, Ediciones del Zorzal, 2002.
6 Vasen J. "Niños, padres y maestros, hoy", en: El Monitor de la Educación Nº 10, Verano 2006/2007, pág. 31.
7 Ferrer, Ch., La curva pornográfica. El sufrimiento sin sentido y la tecnología. Logroño, Editorial Pepitas de Calabaza, 2006, pág. 31.
8 Sontag, S., Ante el dolor de los demás. Buenos Aires, Alfaguara, 2003, pág. 15.

   
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