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Adolfo Nigro, pintor y escultor
"Una obra de arte no se decide por voluntad"
Es uno de los artistas plásticos más reconocidos
y originales de la Argentina. Se
considera discípulo del uruguayo José
Gurvich, a su vez heredero de la tradición
constructivista de Joaquín Torres García.
Pero Adolfo Nigro sigue un camino propio
donde lo lúdico juega un papel esencial. En
esta entrevista habla acerca de las influencias
en su arte y de lo que significa ser un
buen maestro.
Laura Haimovichi
Fotos: Roberto Azcárate |
Adolfo Nigro nació en Rosario en 1942 y antes
de dedicarse de lleno a pintar, crear juguetes,
esculturas, tablas, móviles, entre otros objetos,
levantó bolsas en el puerto y en el mercado de
Abasto, hizo y vendió artesanías los fines de semana
en Montevideo. Su formación incluye las escuelas de
Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón
y los talleres de Diana Chaloukian y Víctor Magariños.
En la otra orilla del Río de La Plata, estudió con José
Gurvich. Además de vivir en Uruguay en los 60, residió
en Chile en los tiempos de Salvador Allende, y
en Barcelona durante la España posfranquista.
El inmejorable posicionamiento que alcanzó su
obra en el mercado de la pintura durante los últimos
años no ha modificado en absoluto los hábitos sencillos
de este singular artista que vive en el barrio porteño
de Constitución. Hombre lleno de amigos, entusiasta,
curioso, amante de todas las artes, ha trabajado
(y lo sigue haciendo) en colaboración con diversos poetas
generando bellísimos libros para leer y mirar.
-El artista, ¿nace o se hace? O, para decirlo de otra
manera, ¿se aprende a ser artista?
Pienso que una vocación artística empieza por una necesidad
de hacer algo, por una inclinación natural hacia
el arte. Desde los nueve años dibujé historietas. A
raíz de que en mi familia percibieron que mi hermano
mellizo Jorge y yo sentíamos una vocación espontánea
por el dibujo, nos mandaron a un colegio nocturno para
aprender a dibujar.
-Y allí, ¿qué le enseñaron?
Las técnicas tradicionales. Todo sobre la luz, la sombra,
los reflejos, el tratamiento del lápiz, cómo darles volumen
a los objetos. Pero la vocación por el dibujo de
historietas siempre estuvo presente. Con Jorge hicimos
una tira sobre la guerra, para una revista. El director
nos la compró, cambió el nombre del autor y la publicó.
Ese cambio de firma era algo que se hacía entonces.
-¿Y después seguiste haciendo historietas?
No, a los catorce entré a Bellas Artes, donde se repitió
la enseñanza tradicional con yesos, pero eso fue hasta
que tuvimos como profesores a Aurelio Macchi y a
Antonio Pujía, que trabajaban con modelo vivo. En el
57 conocí a Víctor Magariños que tenía otro método,
más cercano a la Bauhaus (la escuela de arte y tecnología
alemana que se formó luego de la Primera Guerra
Mundial), a Vasily Kandinsky y a Paul Klee. Pujía, un admirador
de Joaquín Torres García (creador del constructivismo
rioplantense), nos hizo conocer el pensamiento
del artista uruguayo y, de esa manera, nos
acercamos a los contemporáneos. Entonces, dejé de trabajar
con yesos y con modelos académicos. Luego de esa
primera época de copiar al Ratón Mickey, al Pato
Donald, los dibujos de Oski, y gracias a Magariños, salimos
del realismo y adoptamos a Cézanne y el primer
cubismo de Picasso.

-O sea que rompió con la academia.
Sí, en 1966, en Montevideo, Uruguay, me vinculé con
el Taller Torres García que dirigía José Gurvich. Allí, en
el cerro de Montevideo, conocí el arte moderno, el arte
prehispánico, todo lo que se había producido en la zona
cultural peruana con los paracas y los nazca y, más
al norte, con los mayas y los aztecas. Allí aprendí un
enfoque que resulta fundamental para mí, que es llevar
lo plástico al objeto funcional, como mesas, ceniceros,
cacharros, vasijas, platos, rejas y que es otro de los
aspectos que Gurvich, mi maestro, tomó del suyo, Torres
García. Hasta ese momento, mi vocación se manejaba
más por intuiciones. No conocía a Picasso, ni a Klee, ni
a Kandinsky. Recién a los veinte años accedí al conocimiento
de estos artistas. Llegué un poco tarde a las
bases de un lenguaje plástico de la modernidad. Mi propia vocación era un misterio entonces, porque no
había antecedentes en mi familia. Sí, me sentí estimulado
por mi familia para pintar, pero carecía de esa noción
de modelo, de una referencia a tomar para poder
después crear mi propio lenguaje.
-¿Cree que es necesario estudiar, formarse, para ser
un artista plástico pleno?
-Sí, claro. Yo creo que el arte se estudia. No se puede
ignorar el pasado lejano, las producciones de pueblos
como los de África y Oceanía, o el arte contemporáneo
con todos sus movimientos. Uno conoce y después
elige, decide qué camino va a tomar y hasta se pueden
elegir caminos opuestos en momentos diferentes de la
actividad. Lo que sí creo que hay que hacer es estar
alerta a las necesidades expresivas del momento de cada
uno, para que el oficio nos libere, para que la técnica
esté al servicio de nuestra expresividad, de nuestra
creatividad. Lo importante no es pintar sino crear y
mantener la especificidad del lenguaje: el plano, la línea.
Yo en mi camino me limité a desarrollar cuatro o cinco
elementos.
-¿Qué piensa que puede provocar un mal maestro?
-Un mal maestro puede llevar al alumno a que deje de
hacer. Las escuelas de Arte, en general, provocan la deserción
del alumno. No sé cómo son hoy pero las recuerdo
como lugares inhóspitos, a veces con ratas, con
modelos que se helaban porque hacía frío y no tenían
calefacción, donde no había barro para modelar ni agua
para que se lavaran las manos los estudiantes de grabado.
Los maestros pueden arruinar una vocación con
una metodología retrógrada, que lo retraiga en vez de
estimularlo a lanzarse, volviendo el trabajo rutinario.
Hay maestros que solo se ocupan de corregir las proporciones.
Gauguin les decía a sus alumnos que nos les
iba a corregir si el brazo era más largo que la pierna. Si
el alumno hace una línea tosca, rota, no se le puede pedir
que haga una línea armónica porque eso es ir contra
su singularidad. El estilo surge de cada ser humano.
¿Sabés qué decía Cortázar de Lezama Lima? Su estilo
es el asma. El cuerpo es el que manda, todo está adentro
del cuerpo por más que de afuera venga la información.
Uno no puede negarse a sí mismo para estar al
día, o para complacer a nadie. Hay que ser lo que se es,
aunque el producto que se haga no le interese a nadie.
Está el ejemplo de Van Gogh. De él solo se ocuparon
su hermano Teo, Pissarro, un par de artistas más y un
crítico francés, Aurier, que escribió una nota elogiosa.
Van Gogh, que tenía una modestia excesiva, dijo
"Prefiero ser zapatero antes que músico con los colores".
Fue en 1880. Lo primero es la fuerza de la creación.
Van Gogh viene de la tradición impresionista, de la holandesa
y de la fuerza sígnica de lo japonés, que él también
tomó para sus obras. El arte nunca es un fenómeno
aislado, siempre está dialogando con su tiempo, con
los otros. Claro que en los verdaderos artistas hay una
aceptación natural de lo que produjeron los otros, no un
injerto.
-Usted reconoce en José Gurvich a su maestro, ¿cómo
fue su relación con él?
-Sí, además de Magariños, Gurvich fue mi gran maestro.
Estuve tres años con él, en su taller del Cerro, en
Montevideo. Toda mi obra a partir del 70 está teñida por
esa relación. Pero yo no solo aprendí de Gurvich pintando.
Yo aprendí haciendo mandados en el Cerro, yendo
a buscar a su hijo a la escuela, cocinando, escuchándolo
tocar la flauta. En sus primeros años, cualquier
alumno está vinculado con su maestro, tiene influencias
suyas, quiera o no. Yo pinté como Gurvich cuando
no tenía respuesta a mis necesidades plásticas. Y me
parece bueno ese reconocimiento. La obra de Picasso
durante años estuvo relacionada con la de Van Gogh,
Gauguin, Cézanne, Toulouse Lautrec, el arte romántico.
Sin pensar en alejarse de sus maestros, de sus referentes,
con Las señoritas de Avignon Picasso comienza
a ser Picasso. Y su obra, a partir de allí, comienza a ser
singular. Una obra de arte no se decide por voluntad.
Yo, hoy en día, ya no sé qué es lo mío en mis obras.
-Muchas obras actuales aparecen en museos, galerías
y bienales internacionales de arte, o en los medios masivos
de comunicación promocionadas como obras de
vanguardia, innovadoras. Sus autores parecen desconocer
que siguen un estilo o una escuela que tal vez tenga
veinte, cincuenta o cien años. ¿Por qué ese desconocimiento
de la historia del arte?
-Yo siempre digo que hay que partir de algún lado.
Ningún ser vivo se engendra a sí mismo solo. Siempre
se necesita de dos que se unan para fecundar a un tercero.
Sin tierra y semilla no brota nada. Uno tiene que
conocer el arte del pasado, no solo en la práctica sino
en la teoría. Courbet participó en la comuna de París;
Pissarro era anarquista y tuvo que emigrar. El arte no está
aislado de un pensamiento, de los movimientos sociales
de su tiempo. Por eso creo que un artista no puede
no leer a Mondrian, a Breton. No alcanza solo con
ver las obras, hay que entender los procesos. ¿Por qué
el norteamericano Jackson Pollock pinta en el piso? Es
por su vínculo con las culturas de su país, con los navajos.
Hay que estudiar cómo comenzó ese proceso, no
solamente copiar y tomar lo exterior del hecho.
-¿En la materia Plástica de las escuelas primarias y
secundarias también hay que enseñar historia del arte?
¿Pueden hoy enseñar bien, de una manera estimuladora,
maestros que a veces trabajan en condiciones bastante
desfavorables?
-Mirá, a mí me echaban de las clases de plástica en
la escuela, me ponían bajo la campana porque yo era
muy revoltoso. ¿Cómo puede ser que yo me haya convertido
en artista plástico? Uno no puede pretender
crear pintores en todas partes. Y es comprensible que
haya que atender las condiciones de trabajo negativas
de los docentes, los bajos salarios, el hecho de que vayan
corriendo de escuela en escuela. Pero un docente
de plástica no puede ignorar a los contemporáneos,
tiene que articular el pasado con el presente sin caer en
la creencia de que todo tiempo pasado fue mejor. Vos
ves la obras de Velázquez y Tintoretto y los tamaños te
aplastan. Paul Klee pintó pequeñas obras y yo me siento
más cercano a él, a su sensibilidad. Pero una cosa es
la escuela, sea primaria o secundaria, y otra muy distinta
es Bellas Artes donde se tiene que enseñar a los artistas
no solo la práctica artesanal. El arte es oficio en
función de la creación. El individuo siempre expresa
una clase social, la historia de su país. Después, cada
uno toma partido por un camino u otro, por una ideología
u otra, teniendo en cuenta que la elección es siempre
relativa porque la libertad no es absoluta.
-¿Qué es lo que no se puede dejar de enseñar?
-Yo insisto en que lo que hay que enseñar es el lenguaje.
Sin lenguaje no hay obras. Un lenguaje se desarrolla
con una metodología que, a su vez, lleva al conocimiento
del lenguaje.
-¿Y qué libros cree que un docente no debe dejar de
leer?
Punto y línea sobre el plano, de Kandinsky, donde
plantea las enseñanzas de la Bauhaus; y los libros de
Paul Klee sobre el lenguaje plástico. Son libros sobre
la teoría de la práctica del arte. Un docente comprometido
con su tarea no puede dejar de leerlos.
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