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La novia del futbolista
Cuando la muchacha vampiro
vio que el sol asomaba entre las nubes,
una infinita tristeza anegó su corazón
y de sus ojos cayó una lágrima.
El futbolista yacía con el cuerpo desnudo en su regazo;
lo acarició lánguida, calladamente
y dejó guardado un beso en el labio superior.
El joven despertó con la conciencia aún velada por el sueño.
Hizo esfuerzos desesperados por levantarse,
pero de momento parecía dominar la modorra.
Esta, con imaginarias cuerdas, lo sujetó hasta el mediodía.
Es cosa sabida en la naturaleza que al tomar el sol
mayor altura,
mayor es la temperatura que proyecta con su luz.
Los animales, enterados de la situación,
aguardaban en sus madrigueras.
Las plantas doblaban los tallos para buscar protección.
Y las piedras indefensas,
¿a quién esperaban en medio del calor?
El futbolista dejó que la tarde se extinguiera
y salió con la pelota hacia el campo enemigo.
Pasaban a su lado árboles de pasto a gran velocidad.
Lo que producía fricción con el viento,
sacaba viento a los costados.
El césped, así, onduló suavemente.
Una torcaza silbó compañera.
El cielo se cubrió de blanco.
Un sol parecido a una torta
y un niño que parece que se lo come.
Es dios,
está contento e inventa una nube.
El viento mostró en harapos lugares del cielo.
En su lastimadura titilaron plateadas las estrellas.
La luna, trepada al alambrado,
no sabía cómo hacer para bajar.
Para manifestarse el sentimiento requiere de sus partes.
Entraron en uso,
fueron abandonadas a la espontaneidad
que la vida se cuida de guardar en sus criaturas.


El agrónomo Balvorín

Hace muchos, muchos años, vivió en el pueblo de Mar del Plata un ingeniero agrónomo llamado Balvorín. Ocupaba una cabaña de piedras a doce kilómetros de la capital, junto a sus dos hijas, Yani y Capdevila. Su esposa había muerto durante la última epidemia de fiebre amarilla y Balvorín debió refugiarse en el laboratorio para olvidar.

Yani era una graciosa niña de ocho años. Capdevila, la mayor, se acercaba a los quince y ya en ella se desarrollaban las marcas que el hombre suele atribuir a la belleza.

Producto de un tormento similar el pespir acorrala a su presa, hace la dicha de esta y asegura a la especie su vigencia en la total redondez del planeta.

Pero en el destino del hombre feliz la piedra de la desgracia se alzaba monolítica frente a él. Si no podía esquivarla, al menos con los escombros construiría una vida nueva. Se recluyó en su laboratorio y halló en el trabajo una pasión semejante a la del amor.

Los girasoles miraron al sol como cada mañana. El más viejo despertó a los otros, pero al ver que Balvorín no estaba, subió corriendo a su habitación.

El agrónomo dormido entró al laboratorio arrastrado por el girasol. Sobre la mesa de disección el nuevo injerto empezaba a florecer y las plantas festejaron dando confusos alaridos.

Cuidaron del injerto con las raciones de agua y luz que necesitaba. Los días se sucedieron con pareja indiferencia y al cabo de tres semanas un fruto hizo su aparición. El agrónomo lo arrancó del tallo: era un cítrico azul, que cuando se lo apretaba, salía pepsi. Sirvió en un vaso y convidó a las niñas y a los girasoles.

Pronto en los campos aledaños se difundió el experimento. Era habitual descubrir en los árboles campesinos trepados, que a la sombra de sus ramas, no sabían cómo hacer para bajar.



La tregua marciana

Ojalá que un día los animalitos dejen de morir
y termine su piel para servir de alfombra de los burgueses.
Salgo a la calle tapizada de un fulgor imposible.
Los marcianos han tomado el palacio municipal.
Parte de la gente observa en sus terrazas;
el resto será sustento de los pordioseros.
Han descendido hacia los despojos del hombre o la mujer.
Hace rato que se alimentan de la náusea caída en el piso.
Qué infantil emoción la del marcianito que, subido a
un trompo,
pide que lo hagan girar.
Rauda, la gente, y predispuesta con el invasor
ensaya todo tipo de ademán con morisqueta.
Es general la algarabía que el grupo contagia a otros:
la rana, el gusano y el bombero Juan Manuel.
El temor produjo un estrago cíclico en la historia.
Veremos repetirse el abandono de las fortalezas
del que los imperios debieron replegarse y huir.
A su paso la publicidad sembró los frutos de su embrujo.
El hambre y el resentimiento fueron los carteles
de las tolderías para avanzar.
De lejos supimos por el polvo que dejaban
que era abultado su número.
Nuestras chicas buscaron refugio en cada hueco
donde el cuerpo cabía sin chistar.
El del hombre se adaptaba con el miedo,
pero ¿era éste el argumento que usaríamos en el porvenir?
Se suben las huestes a caballito de los otros,
nosotros nos dispersamos en los flancos de estrategia.
En el campo de batalla una espina de los fanáticos
lanza bengalas por el cielo multicolor.

Sebastián Bianchi
Ilustraciones: Alberto Pez


Sebastián Bianchi es profesor de Lengua y Literatura en escuelas de Nivel Medio en Morón y Castelar, Provincia de Buenos Aires. Sus libros publicados son: Atlético para discernir funciones (1999) y El resorte de novia y otros cuentos (2002). Otros textos suyos se encuentran disponibles en www.revistaatmosfera. com. Para contactarlo: bianchiseb@yahoo.com.
   
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