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Rafael Freda, docente
"No hay que trasladarle al docente lo que la sociedad no ha
podido responder"
Un histórico luchador por los derechos sexuales, Rafael
Freda cuenta cómo encara el curso de Introducción a la
Educación Sexual dirigido a profesionales y docentes
de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Silvia Pazos / espazos@me.gov.ar
Judith Gociol / jgociol@me.gov.ar
Fotos: Roberto Azcárate
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Rafael Freda -Profesor de
Letras en la UBA, Master of
Arts de Denver, Colorado,
EE.UU.- se inició como maestro de
primaria; a los 24 años fue nombrado
titular en la Escuela 1 del
Distrito escolar 19; a los 28 fue vicedirector
a cargo de la dirección de "una escuela de
chapa sin medianera, con un patio que se inundaba y,
mientras completaba el papeleo, cubría las ausencias
del jardín, del grado de recuperación, de la secretaría".
Interrumpió su tarea durante el período de la dictadura,
cuando decidió refugiarse en otras actividades
laborales. Realizó tareas como traductor -maneja cinco
idiomas y rudimentos de ruso, alemán y rumano-, y
también ejerció como profesor de Castellano y Latín
en escuelas secundarias. Durante doce años estuvo al
frente de cursos en la Escuela Normal Nº 3.
Militante tanto dentro como fuera del ámbito escolar,
peleó con igual énfasis por lograr un sistema de
convivencia en las aulas como por la difusión de campañas
contra el VIH: la AmFAR, Asociación
Norteamericana de Investigación del sida, le otorgó
una beca de acción para el proyecto "Sinsida".
En el año 2000 comenzó a trabajar con Juliana
Marino, en pro de una Ley de Educación Sexual: participó
en la normativa aprobada en la Ciudad de Buenos
Aires y, en menor grado, también a nivel nacional.
Además, participó en el desarrollo del programa de
formación de educadores sexuales, en la Federación
Sexológica Argentina, Fesea, donde se elaboró un plan
de dos años que fue presentado con Eva Waldman en
2004 y que hoy aplican diversas instituciones como
la Sociedad Cordobesa de Sexología, entre otras.
Freda está entusiasmado con el curso "Introducción
a la Educación Sexual" dirigido a profesionales y docentes,
que dicta en el Instituto Superior de
Capacitación con la financiación de la O.P.S.,
Organización Panamericana de la Salud, y que puede
ser solicitado por los Ministerios Provinciales; tal como
el Ministerio de Educación de Córdoba que lo ha contratado
para dictar el curso.
Se define a sí mismo como un "educador sexual" y,
lejos de cualquier retórica panfletaria, los cinco encuentros
semanales de su curso están estructurados a
partir de los criterios de un "cientificista darwinista".
-¿Cómo se abordaba la educación sexual en los
tiempos en que era docente de la Escuela Normal?
-Yo lo que veía era chicas que se embarazaban y dejaban
la escuela. Después, en algunos casos, las preceptoras
se enteraban de que alguna había sido abusada
en la casa. Y no se sabía qué hacer con ello. En el
año 2000, cuando empezamos a trabajar las leyes, era
evidente que constituía un reclamo social, y también
era evidente que la escuela no estaba en condiciones
de satisfacerlo. Los docentes no sabían cómo solucionar
esos problemas y lo que querían era poder responder
preguntas sin que madres, padres, los chicos o
la directora les cayeran encima...
¿Qué debe enseñar la escuela con relación a la sexualidad?
-La escuela debe enseñar contenidos conceptuales y
contenidos actitudinales mientras que lo procedimental
que lo enseñe el papá, la mamá, la hermana o el hermano
mayor, porque la escuela no tiene por qué solucionar
lo que la sociedad no resolvió. La escuela no
puede enseñar interrupción del embarazo; lo más que
puede decir es que existe. La sociedad tiene que solucionar
primero el problema de la interrupción del embarazo
y no trasladarle al docente lo que no ha podido
responder. Los procedimientos por los cuales un hombre
obtiene mayor o menor placer con una mujer, pueden
aprenderlos donde quieran, pero no en la escuela.
Eso lo podrá discutir con Sofovich en Polémica en el
bar o con el hermano o la hermana mayor. En cambio,
es importante que la escuela pelee contra el mito de la
idealización extrema del amor. Hay que enseñar los
componentes del amor y el ciclo que tienen. En toda relación
duradera hay dos grandes componentes. Uno
inicial que funciona como enamoramiento, y del cual se
desprende la idealización; la característica de ese amor
es la concentración de la atención -no se puede pensar
en otra cosa- , y eso une a la pareja lo suficiente como
para que cuando esa atención ceda, aparezca el apego.
Desde el punto de vista sexológico esto es un hecho
concreto, por lo menos para mí que soy cientificista
darwinista. Podría decirse entonces que, tal como ocurre
con las especies animales, el primer momento del enamoramiento
garantiza el embarazo y el segundo hace
que el macho se quede y ayude a la hembra a cuidar a la
cría. En los seres humanos esos dos momentos responden,
incluso, a diferentes neurorreceptores del cerebro.
-¿Cómo se habla del cuerpo en el aula?
- El peligro más grande de la educación sexual es el
de creer que hay que hablar el lenguaje de los chicos; eso
es feroz, es un grave error progresista. Los alumnos y las
alumnas necesitan niveles de lenguaje distintos; el asunto
es proporcionárselos. Elegir las palabras con que se
va a designar cada cosa es la primera gran tarea. Con relación
a la educación sexual, hay distintos niveles de
lenguaje: el del médico, el del docente, el del conductor
de tevé, el del chico de barrio. El maestro tiene que
encontrar un lenguaje medio, preciso y adecuado. Los
chicos van a decir cuáles son las designaciones vulgares
de las partes del cuerpo, la televisión en muchos casos
enseña las designaciones simpáticas; y los libros de biología,
la terminología culta. Pero, ¿cuál es la palabra del
docente? El maestro tiene que buscar un lenguaje tal
que impida la risa, que no sea eidético, que no traiga
imaginería. El vocabulario vulgar, por ejemplo, es tremendamente
impreciso. En la entrepierna de la mujer todo
tiene el mismo nombre; no hay diferencia entre clítoris,
apertura de la vagina, labios... Todo es lo mismo y
no se puede enseñar algo que no diferencia entidades.
-¿Qué lugar tiene la diversidad en la enseñanza de la
educación sexual?
-Si tomamos los cuatro pilares -sexo, género, orientación
sexual e identidad de género-, notamos que "género"
figura solo en la ley de la Ciudad de Buenos Aires,
y los tópicos "orientación" e "identidad de género" no
se mencionan en ningún lado. De modo que las leyes alcanzan
a cubrir, con esfuerzo, el cincuenta por ciento de
la cuestión; el resto hay que forzarlo desde lo académico.
Por eso lo primero que yo enseño tiene que ver con
lo actitudinal y es el concepto de "típico" y "atípico",
entendiendo por típico lo característico o representativo
de un grupo, una especie, una sociedad... Con ello
evito las connotaciones que tiene hablar de "normal" y
"anormal". La mayoría de los varones es heterosexual,
eso es lo típico; lo atípico es la homosexualidad. La diversidad
no significa que todo vale y todo es cualquier
cosa, sino que la mayoría existe y la minoría también y
que la mayoría es lo típico y la minoría lo atípico. Decir
que un homosexual es atípico no es decir que es un
anormal. Creo que no hay que empezar por estudiar a
un heterosexual, a un homosexual o a un bisexual sino
hablar de lo conceptual, de la atracción: atracción por
los hombres o por las mujeres. Lo típico en los hombres
es sentir atracción hacia las mujeres pero hay una minoría
que siente atracción hacia otros hombres. Cuando
empiezo mis cursos, hago una ronda con la siguiente
consigna: "Yo siento atracción por..." y cada uno de los
integrantes de la clase completa la frase.
-¿Cómo se aborda el tema del placer?
-¿Y para qué es necesario hablar del placer? Sobre todo
en la secundaria, donde todo funciona sobre el placer.
El tema del placer no se incorpora, el tema del placer
está. En todo caso hay que batallar contra el tema
de la culpa. El tema del placer es una obsesión de la
clase media. El placer sí se sabe, se supo siempre en la
clase baja; fue la clase media la que se enteró de que el
sexo era placer cuando lo dijo la televisión. Y ahora lo
sabe todo el mundo, por eso no creo que haya que enseñar
el placer. El placer está desde el vamos en la experiencia
de los docentes, es una dimensión que no es
necesario enseñar, porque es aquello atrás de lo cual
todos están corriendo.
-¿En qué consisten los cursos de Introducción a la
Educación Sexual?
-La idea es abordar, desde el inicio, la noción de que
la educación sexual es el conjunto de normas con las
que una sociedad regula las relaciones entre mujeres y
varones para poder transmitírselas a la siguiente generación.
Es un conjunto de conocimientos a los que se
puede acceder desde distintas perspectivas: desde las
ciencias de la educación, la medicina, la psicología, la sociología...
Yo lo hago como sexólogo.
-¿Y eso qué mirada supone?
-El sexólogo es un especialista que, proviniendo de
una ciencia particular, reúne conocimientos referentes
al conjunto de fenómenos que giran en torno al sexo.
Hay sexólogos clínicos, cuya tarea es curar disfunciones,
hay sexólogos dedicados a la investigación y estamos
los sexólogos educativos, o educadores sexuales; es decir,
aquellos que provenimos de la docencia, tomamos
elementos de la sexología y los transformamos en conocimientos
transmisibles. Pero hay que saber que la sexología
no es una disciplina ancilar de la pedagogía, ni de
la ciencia de la educación. Porque eso conlleva el peligro
de que la educación sexual se transforme, en manos de
alguien que no la vea como un instrumento de cambio social,
en un conjunto de recetas. Es lo que pasó con la calistenia
danesa. Eso viene de una tradición escandinava
en la cual se sostenía que el desarrollo y el ejercicio físico
no tenían un fin en sí mismo sino que permitían que
el varón pasase por la adolescencia y llegase al matrimonio
quemando energías. De ahí se desarrolló toda una
escuela de gimnasia que era excelente, pero su deontología
era absurda. Del mismo modo, cuando discutimos las
leyes de educación sexual, la mayoría de los legisladores
partían de la base de las recetas del siglo XIX: la educación
sexual era anatómica, genital y procedimental.
Mentalmente no habían pasado más allá de 1920, 1930
y por eso seguían pensando que la educación sexual era
el modo en que los varones evitan infectarse y las mujeres
se mantienen para tener hijos sanos.
-¿Qué significa que la educación sexual sea un instrumento
para el cambio social?
- Que se debe incluir dentro de educación sexual lo
que trajo el feminismo. La igualdad de trato y oportunidades
entre varones y mujeres implica un cambio social.
Desde que el peronismo sacó a la mujer de su casa
y la puso a trabajar, es evidente que hubo un cambio
social. Solo que no se hizo de manera organizada; de lo
contrario, el sida no hubiera causado tal desastre. La
igualación de mujeres y varones, la reforma en las costumbres
sexuales en pro de que cada uno tenga una vida
mejor, se ha hecho a los ponchazos y así quedamos:
expuestos a los desastres, el primero de los cuales fue
el embarazo adolescente.
-¿Por qué el cambio social se hizo a los ponchazos?
-Porque nadie condujo ese cambio. La única que intentó
manejarlo fue la Iglesia pero poniéndole freno,
volviendo para atrás. Ahora el cambio ya se hizo: las
mujeres ya están en la calle, y detrás de ellas los homosexuales
y las travestis. Los grandes grupos ya están
todos afuera. Ahora hay que pensar cómo se sigue.
-¿La educación sexual permitiría remedar esos ponchazos?
-Creo que la institución social más importante que
tenemos, la escuela, es la única capaz de traer a la conciencia
lo que hasta ahora no ha sido pensado. El cuerpo
docente está conformado, actualmente, por un conjunto
de gente de clase media baja o de clase humilde
en ascenso, y eso es muy interesante porque se trata de
un grupo social muy importante. El maestro actual no
es un emergente de la vieja y grandiosa clase media, hija
de Roca, que baja graciosamente a llevar el conocimiento,
sino que ha vuelto a ser el maestro de Lugones,
quien para rescatar a las mujeres de la calle creó el
Normal Nº 3, en Bolívar y San Juan. De modo que me
parece importante forzar a esa masa humana a pensar
acerca de los elementos básicos -sexo, género, orientación
sexual, identidad- y transmitir ese conocimiento.
Por ejemplo: estoy convencido de que en la actualidad
la prostitución está siendo bien vista socialmente, eso significa
que se desculpabiliza a la prostituta pero también
que no se ve como necesidad sacar a la mujer de
la prostitución. Si está allí, que se quede; y eso es un
retroceso social. Es necesario pensar qué vamos a hacer
con la prostitución y no estoy hablando de sacar la policía
a la calle. Estoy hablando de tomar una decisión:
¿habrá un esfuerzo social para disminuir la prostitución
mediante el enaltecimiento de la mujer? ¿O simplemente
vamos a presentarla en forma menos aterradora
para que haya más mujeres ahí? Todo lo que se ve en los
medios va derecho a dignificar la prostitución, no a dignificar
a la mujer. En este contexto, creo que el grupo de
maestros y maestras que viene de esa clase media baja,
o humilde en ascenso, vivió la prostitución a la vuelta de
la esquina, en la casa de enfrente; y no la quiere. Por
eso, en este momento, es el único grupo social capaz de
ir contra el modelo Nazarena Vélez.
-El lugar que usted les adjudica a los y las docentes
es clave...
-Claro que sí. Si la familia no lo hace -porque no quiere
o porque no puede- lo que queda, socialmente hablando,
es la escuela. El hospital podría ser otro espacio,
pero allí llegan las personas cuando están enfermas, no
cuando están en la plenitud, van a que les digan qué deben
hacer. En cambio, el chico llega rebelde a la escuela,
en pelea absoluta por autonomía e independencia.
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