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Carlos Iván García Suárez, investigador de Género y Educación
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"Hay que tener cuidado con la idea del 'somos distintos'"
Carlos Iván García Suárez nació en Colombia. Es periodista,
licenciado en Filología e Idiomas, especialista en
Comunicación y Educación, y actualmente es candidato
a Doctor en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud. Sus
investigaciones en sociolingüística y su interés por ver
cómo las personas utilizaban el lenguaje en diferentes
contextos, lo condujeron a interiorizarse en las perspectivas
de género. Desde allí fue que se acercó al ámbito
de la educación, para analizar lo que ha llamado
dispositivos pedagógicos de género. Es cofundador y
miembro, desde 1996, del "Colectivo Hombres y
Masculinidades". Afirma que no hemos alcanzado el
ideal coeducativo sino que hemos vivido, de manera
general, la educación mixta.
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Ana Abramowski / aabramowski@me.gov.ar
Fotos: Roberto Azcárate -Los estudios de género no están
muy difundidos en el ámbito escolar.
Además, muchas veces se asocia el
género directamente con el feminismo.
¿De qué se ocupan los estudios
de género?
-Hay muchos estereotipos y desconocimiento
sobre el feminismo.
Como ha movilizado varias de las
prácticas reivindicativas en el campo
del género -en muchos países ha
creado aparatos políticos, como oficinas
de la mujer u oficinas de los
derechos-, hay cierta mirada social
que piensa que cuando uno analiza
género está estudiando qué pasa con
las mujeres y cuáles son sus quejas.
Esa es una mirada precaria; nosotros
nos movemos en lo que llamamos
una perspectiva relacional del
género, eso significa entender que el
género es una forma del ordenamiento social, es una
forma de las relaciones de poder, que pone en una relación
sistémica tanto las feminidades como las masculinidades.
Un aspecto importante de la perspectiva relacional
del género es trabajar las relaciones entre
hombres y mujeres, pero también las relaciones entre
mujeres y entre hombres. Entender que hay desigualdades
intergénero y también intragénero.
-¿En qué consiste la investigación que ha llevado a cabo
sobre género y educación?
-La investigación sobre género y educación, la hicimos
a partir del Proyecto Arco Iris en la Universidad
Central de Bogotá, y está radicada en el Instituto de
Estudios Sociales Contemporáneos (IESCO) que publica
una revista muy prestigiosa llamada Nómades. Si
quisiera presentar una conclusión muy pequeña y burda
podría decir que hay desigualdades por género en la
escuela. Alguien dirá: pero eso ya se sabía, ¿para qué investigar,
cuál es el aporte? Pero lo que importó fue mirar
el detalle, es decir, sacar del marco de naturalización,
y por tanto de invisibilidad, una gran cantidad de
minucias, de elementos muy sutiles en las relaciones de
interacción en la escuela, tanto entre docentes y estudiantes,
como entre docentes y entre estudiantes. Para
ello estudiamos lo que llamamos dispositivos pedagógicos
de género.
-¿Me cuenta algunos de esos detalles "invisibilizados" y naturalizados que pudieron mirar?
-Con esta idea de dispositivos pedagógicos de género miramos
un gran número de mecanismos, tales como
las formas de interacción, el tono de la interacción, los
roles y formatos de la participación, los juegos del lenguaje. Por ejemplo, hay una mayor legitimidad a un
contacto más afectivo-emotivo entre mujeres, pero esto
no ocurre entre los hombres. Hay una alta naturalización
de la idea de que masculinidad va ligada a la rudeza,
a la competitividad. Otro detalle es la construcción
del cuerpo, la construcción del pudor femenino versus
una alta laxitud en lo que los hombres muestran o no
muestran. Hay una mayor regulación de los comportamientos
de los cuerpos de las niñas que de los niños.
Hay normativas que dicen que las niñas no pueden usar
maquillaje, o que la falda tiene que estar dos centímetros
por debajo de tal parte. También se usan expresiones
como "una niña no se sienta así", "una niña no
muestra las piernas".
Otro dato notable es que algunas funcionalidades se
inscriben de manera diferenciada en hombres o en mujeres.
Por ejemplo, los hombres tienen mucho más el
control disciplinario, mientras que en las celebraciones
escolares son las mujeres las que se encargan de la comida,
de atender a los invitados, cosas que pertenecen
más a un rol de domesticidad.
También examinamos las narrativas personales, cómo
niños y niñas se narran a sí mismos, qué autoatribuciones
tienen respecto de su mundo social, y también de
su cercanía o distancia con ciertas áreas del conocimiento.
Estudiamos cosas tan interesantes como el uso
del espacio. En nuestra investigación vimos que hay
una desigualdad bastante antidemocrática en el uso del
espacio en las escuelas, sobre todo en los recreos y en
las clases de educación física. Un ejemplo que recuerdo:
un grupo de niñas estaba haciendo unos lanzamientos
frente a un tablero de baloncesto, de repente
llegaron unos muchachos a la cancha y comenzaron a jugar
un partido y, obviamente, no pidieron permiso.
Entonces, cuando los chicos llegaban al extremo de la
cancha donde estaban las niñas, ellas se retiraban y dejaban
que ellos completaran su jugada; luego volvían y
se agrupaban. Todo el tiempo cedían el espacio. El espacio
se considera algo masculino, pero nadie lo ve porque
se convierte en algo del orden de lo natural y de lo
cotidiano. Hay muchos elementos como estos, difíciles
de evidenciar.
Con nuestra investigación nos dimos cuenta de que,
en realidad, no hemos alcanzado el ideal coeducativo
sino que hemos vivido, de manera general, la educación
mixta.
-¿Cuál es la diferencia entre educación mixta y coeducación?
-Sucede algo que yo he llamado el espejismo coeducativo.
Creo que en general hay una confusión social, y
por tanto escolar, en pensar que la simple copresencia de
los sexos en las aulas es ya un igualador de oportunidades
per se. Entonces, uno escucha en muchos padres
o en autoridades escolares un razonamiento de promoción
de la educación mixta -llamando equívocamente a
eso coeducación- que dice que hombres y mujeres tienen
que estar juntos en la escuela porque la sociedad
es así, que hay que ponerlos juntos porque en la sociedad
también se van a encontrar y es bueno que se preparen.
Lo que no se sabe es que eso no constituye por
sí mismo una coeducación. Y muchas veces no se visibiliza
de manera suficiente el gran costo que una nula intervención
coeducativa tiene en términos emocionales,
incluso en términos de sufrimientos físicos. La coeducación
es una intervención consciente, diseñada pedagógicamente,
planificada, que se pone a trabajar de manera
intencional y programada en el problema de la
igualación de oportunidades.
-¿Me puede dar algún ejemplo de intervenciones pedagógicas
coeducativas?
-Se podría pensar que el primer ámbito de intervención
es el aula, pero una escuela coeducativa no se restringe
a hacer coeducación allí, sino que piensa un conjunto
de intervenciones necesarias para la comunidad
educativa. Por ejemplo, aboliendo desigualdades de salario
entre hombres y mujeres, haciendo fluir mucho
más todos los roles entre el cuerpo docente, rotando
los roles directivos.
Por ejemplo, hay un colegio de élite masculina en
Colombia, que funciona desde el nivel del preescolar,
que tiene un proyecto de género muy interesante. En un
colegio masculino o femenino es muy útil un proyecto
de género; que no estemos juntos no quiere decir que
el género no sea un asunto necesario. Ellos han promovido
una política para que haya más mujeres en lo
que se consideran áreas duras del conocimiento; es decir,
docentes muy bien formadas en física, en química,
en cálculo; áreas que se han visto siempre como una
cosa masculina. También promueven la participación
de hombres como docentes en el preescolar, y con esa
propuesta transmiten la idea de que los hombres necesitamos
construir una ética del cuidado de los cuerpos,
tanto del propio cuerpo como también del cuerpo
de los otros y las otras. Muchas cosas necesitan hacerse
cuando se piensa en una escuela coeducativa.
-Hay quienes se oponen a algunas reivindicaciones de
género porque dicen que se pretende borrar la riqueza
de lo distintos que somos hombres y mujeres. ¿Qué piensa de esto?
-Una cosa es decir que somos distintos desde el punto
de vista fisiológico, por ejemplo, porque hay un hecho
determinante y es que los hombres no podemos
parir. Pero otra cosa es naturalizar, como supuestamente
proveniente de la biología, muchas actitudes del mundo
adulto que construyen la diferencia y la desigualdad.
Es lo que yo llamo la profecía autocumplida: suponer,
por ejemplo, que los cuerpos femeninos tienen
como único destino, en las clases de Educación Física,
elasticidad, ritmo y armonía, versus un destino masculino
de velocidad, fuerza y resistencia. Si tú en la socialización
en familia, y luego en la escuela, orientas los
cuerpos hacia allá los cuerpos se van a construir de esa
manera, y después es fácil decir "Esto siempre fue así,
o desde chiquito es así, o así tiene que ser".
Hay una forma típicamente occidental de pensar el
mundo en disyuntiva, de manera dicotómica, binaria: lo
masculino y lo femenino. Pero si para algo ha servido
la investigación antropológica es para darnos cuenta de
que, aunque las sociedades han coincidido en su obsesión
por marcar diferencias entre hombres y mujeres, no
lo han resuelto de igual modo. Hay una amplísima variabilidad
cultural e histórica en cómo cada sociedad
ha considerado los atributos de ser hombres o de ser
mujeres. Yo no creo que haya un universal de lo femenino
y un universal de lo masculino. Por eso creo que
hay que tener cuidado con la idea del "somos distintos".
Esta remisión a lo masculino y lo femenino siempre
hay que escribirla culturalmente. Entonces, sí, "somos
distintos", pero en este lugar y en este ahora, y hay
que ver qué significa eso en este momento y, sobre todo,
qué potencialidades o desigualdades puede conllevar.
Considero que la educación debe orientarse a propiciar
un despliegue pleno de las potencialidades humanas,
sin ningún menoscabo por razones de género. Las
verdaderas posibilidades de una educación más igualitaria
y democrática provendrán de hacer fluir mucho
más a los chicos y a las chicas por todos los rasgos que
culturalmente han sido considerados masculinos y femeninos,
y no por una demarcación obsesiva de las diferencias
entre los géneros.
-Usted es cofundador y miembro, desde 1996, del
"Colectivo Hombres y Masculinidades", ¿en qué consisten
los estudios sobre las masculinidades?
-Estos esfuerzos por la construcción de una escuela inclusiva
y coeducativa se han nutrido muchísimo del feminismo,
pero hoy en día hay una perspectiva muy interesante
y es el trabajo de nuevas masculinidades. Hay
un interés de mujeres y de hombres -y en particular de
hombres- por alejarse de los esencialismos, de renunciar
críticamente al ejercicio de la violencia, a la demostración
de una inexpresividad emocional, al no reconocimiento
del dolor. Hay muchos aspectos que
tienen innumerables costos para muchos hombres.
En cualquier país del mundo, los análisis por género de
la morbilidad y la mortalidad demuestran que, al contrario
del cuento que dice que somos el sexo fuerte, somos
en realidad el sexo débil: nos morimos y nos matamos
más y nos enfermamos más en razón de la
masculinidad. Creo que tenemos que pensar qué hacemos
los hombres y cómo desarrollamos modelos de pedagogía
social para transformar una masculinidad que,
en su versión hegemónica y violenta, es deshumanizante.
Por eso, como dije antes, considero que los hombres
necesitamos de manera necesaria, urgente e imperativa
pensarnos también desde la ética del cuidado, y la escuela
en eso tiene un papel determinante por realizar.
| Género y diversidad sexual |
-¿En la investigación sobre género y educación surgió el tema de la diversidad sexual?
-En la investigación fue un tema que no apareció mucho. Pero en la Secretaría de Educación de Bogotá se
está haciendo una investigación junto con "Colombia Diversa" -que es la ONG más importante en la defensa
de los derechos de personas gays, lesbianas, bisexuales y transgeneristas- que está mirando este
tema en lo coeducativo. Sus trabajos demuestran que este es un tema muy incipiente, con muchas dificultades
de manejo por parte de los maestros. Si en el campo del género hay actitudes naturalistas y esencialistas,
en el campo de la diversidad sexual mucho más. En muchas personas existe la convicción férrea de
que esto transgrede un orden de lo natural, muchas veces de lo divino, llegando incluso a ser una enfermedad.
Entonces no se alcanza a considerar que el problema -y por lo tanto el desafío pedagógico para las
escuelas- no es la homosexualidad sino la homofobia; eso es lo que hay que trabajar pedagógicamente en
un marco de diversidad. A mí me gusta poco el término de tolerancia porque muchas veces es como aceptación
a regañadientes, como diciendo "Me toca aguantármelos", o "Sí, yo respeto que haya homosexuales,
pero que no tengan nada que ver conmigo, que no estén en mi familia". A mí me parece mucho más interesante
hablar de una celebración de la diversidad, entendiendo que los grupos humanos, para que sean
verdaderamente democráticos, y esa es su ganancia, son entre diferentes, no entre homogéneos.
-¿Conoce alguna experiencia escolar que aborde el tema de la diversidad sexual?
-En Nueva York hay una escuela para gays y lesbianas que ha sido muy polémica porque mucha gente dice,
quizás con razón, que eso puede conducir a un mayor grado de segregación y de construcción de ghetto.
Pero me parece también interesante escuchar a los propulsores de esa escuela cuando dicen que nadie
imagina la magnitud de la violencia real, simbólica y física, que recibe por parte de todos sus compañeros
un chico gay o una chica lesbiana durante sus años de escuela. Ese es un tema de derechos humanos.
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