El maestro que quiere forestar la Puna

En la Escuela Nº 80, Vicente López y Planes, a José Vedia lo conocen como "el maestro José". El hombre que les enseñó a cultivar hortalizas en huertas a sus alumnos y que sueña con llenar de árboles el paisaje puneño. Hace un cuarto de siglo que trabaja en la comunidad de Cangrejillos, un pueblo de 300 habitantes ubicado a cuarenta y cinco kilómetros de La Quiaca, en el norte de la provincia de Jujuy.

Iván Schuliaquer / ischuliaquer@me.gov.ar
Fotos: I.S. y Karen Klein

En La Quiaca, José Vedia es un vecino más de la ciudad fronteriza que limita con Bolivia. Pero todo cambia luego de recorrer cuarenta y cinco kilómetros hacia Cangrejillos, localidad ubicada en plena Puna jujeña. Allí se convierte en "el maestro José", referente ineludible para habitantes, docentes y alumnos del pequeño poblado.

De mirada profunda, con la cara curtida por la mezcla de viento, sol y frío característica de la región, José relata su experiencia. La calma no es solo una manera de hablar, es un estilo de vida. En 1982 llegó a la Escuela albergue Nº 80, de nivel primario, Vicente López y Planes, de este pueblo de trescientos habitantes, ubicado a 3.500 metros sobre el nivel del mar. Enseguida comenzó con un proyecto de huerta escolar que, con el tiempo, transformó la economía familiar de muchos hogares de la zona. Y, desde hace más de diez años, se encuentra embarcado en otro sueño: forestar la Puna.



Las huertas

Recién recibido de Agrónomo General, José salió a buscar empleo. Ya había abandonado su ciudad natal Palpalá -a ocho kilómetros de San Salvador de Jujuy- para mudarse a La Quiaca. Hace 24 años, y recién casado con una docente, su idea era ingresar en alguna cooperativa de trabajo o ingenio, pero la casualidad hizo que ese año en la provincia se decidiera que algunas escuelas tuvieran la materia Técnicas Agropecuarias. Entonces se presentó y le asignaron un cargo en la misma escuela donde trabajaba su esposa: la rural Nº 80. De manera que los treinta kilómetros por la Ruta 68, más los quince por camino de ripio, pasaron a formar parte del itinerario diario de la pareja.

"Cuando me inicié, hice un estudio del lugar, el clima, el terreno y, a partir de ahí, pudimos trabajar con los alumnos asuntos relacionados con la huerta. En esos años, las familias no sembraban ni utilizaban hortalizas para su dieta. La gente se dedicaba a la cría de ovejas, de llamas, y a comercializar la poca mercadería que conseguía", recuerda José.

La situación era similar a la de cualquier pueblo puneño, con terrenos desparejos y suelos pobres, pero en el caso de Cangrejillos tenían (y tienen) una ventaja inconmensurable: el agua que proviene de una vertiente de la cima de la montaña, que recorre tres acequias.

Junto con sus alumnos sembraron en los terrenos de la escuela. Comenzaron con habas y arvejas. Hoy cosechan todo tipo de hortalizas, con las cuales proveen al comedor escolar, y también a las familias que lo necesitan. También construyeron un invernadero -que mantiene una temperatura de alrededor de 30ºC- que permite cultivar ciertos vegetales característicos de climas más húmedos y menos fríos (en invierno las temperaturas llegan a los 15º bajo cero), como tomates, cebollines y acelga, entre otros. Lo hecho y aprendido en la escuela fue llevado por chicas y chicos a sus casas. Basta con echar un vistazo al pueblo para darse cuenta de los resultados que obtuvieron: la mayoría tiene huertas y varios, también, invernaderos.

Vida cotidiana

La Escuela 80 es el único establecimiento educativo de la zona. La mayoría de sus alumnos proviene de familias de entre ocho y diez miembros, varias con madre o padre ausente. Algunos viven en el pueblo y otros llegan desde parajes de hasta 15 km de distancia. La actividad principal de los pobladores es la ganadería o la agricultura, y muchos de ellos reciben el Plan Jefas y Jefes de Hogar.

Un día en la escuela albergue comienza a las siete de la mañana para los 15 chicos que duermen allí. Los otros 71 alumnos llegan a las 8.30, hora del desayuno. A la mañana dan clase los cinco docentes de grado y por la tarde, los maestros especiales. Aunque sus clases no empiezan hasta después del almuerzo, José llega con su mujer -Felisa, maestra de quinto y séptimo grado- todos los días en el horario del desayuno y comienza a trabajar en la huerta o en el invernadero. Además, como tiene guardias rotativas con sus compañeros, cada ocho días le toca dormir en la escuela.

Leonardo Vilte fue alumno de José, tiene 34 años y reconoce que aún hoy le "duran" sus enseñanzas. "Cuando terminé la escuela secundaria me fui a Buenos Aires. Pero allí, para conseguir verduras hay que comprarlas. En cambio aquí yo tengo mi tierra, cultivo y no necesito plata para alimentarme. Y, por suerte, hoy en día vivo de la cosecha de las hortalizas. El maestro José nos enseñó a no depender tanto de otros".

Por su parte, Catriel, diez años, cursa cuarto grado y se encarga de cuidar los cultivos de su casa hasta que su papá vuelve del ingenio en donde trabaja: "Lo que aprendo en la escuela después lo hago en mi huerta. Y me gusta porque sacamos las habas para las gallinas, el ajo para las milanesas, las papas, el choclo, la remolacha.", y sigue con su enumeración mientras con la pala y el rastrillo prepara surcos para la siembra.

"Es importante la repercusión que hubo en la comunidad a partir de lo que los chicos experimentaron -dice José con una sonrisa tímida-. Este es un proyecto solidario, porque se da a partir de lo que precisa la comunidad, y en aquel momento se necesitaban con urgencia hortalizas".

Forestar la puna

"Ahora nosotros tenemos otro sueño- asegura José- , a largo plazo, porque no es que esto se arma hoy y se termina mañana". Tal vez por eso llame "nuevo" al proyecto surgido en 1995. Su plan, que ya tiene gran apoyo de la comunidad, es ambicioso: forestar Cangrejillos.

El pueblo tiene una única calle en la que se encuentran la escuela, la comisión municipal, el local que posee el único teléfono de la localidad, los negocios y algunas casas, además de la mayoría de los árboles. En las dos montañas que enmarcan Cangrejillos se ven varios árboles más que modifican la imagen clásica del paisaje puneño. Hay olmos, churquis, pinos y tamariscos, son alrededor de 700 y fueron plantados en la última década. Además hay 1.500 árboles en los invernaderos, gracias al trabajo realizado por los alumnos y los padres.

"No se trata de plantar por plantar. Acá en el monte hay muchas erosiones eólicas. Entonces, entre otras cosas, los árboles nos permiten hacer una cortina de viento que protege nuestros cultivos. También nos sirven de sombra no solo para nosotros, sino también para nuestros animales", explica José, y agrega: "Todos sabemos que lo que se planta o siembra es un ser vivo. Los chicos aprenden a cuidarlo, a respetarlo y a quererlo, y eso quizás con el tiempo los forme como personas consideradas por los demás y por el medio ambiente".

Un padre comenta lo bien que le sentaría un árbol para tener una sombra que lo ponga a resguardo de la fuerza con la que golpea el sol. El comisionado nos cuenta sobre el trabajo de concientización que se viene haciendo a partir de las iniciativas de José: afiches esparcidos por todas las paredes de la escuela hablan de otros beneficios de los árboles tales como purificar el aire, en un lugar donde la altitud lleva a que no abunde el oxígeno. La directora relata su sorpresa ante los resultados que tuvo en la comunidad el trabajo del maestro de Técnicas Agropecuarias.

"Más que nada, lo que siempre enseñé es el respeto mutuo entre los docentes y nuestra gente. Por lo que ellos me transmiten, pienso que vamos a seguir adelante y bien", resume José.



Hacia el futuro

En los pueblos andinos, la madre tierra o Pachamama ocupa un lugar central. Como tributo, una vez por año se celebra su culto, tanto en la escuela como en el pueblo, aunque todos los días se repite la ceremonia de la ofrenda a la fuente de los frutos que cosechan, con ritos tales como darle comida, bebidas u hojas de coca a la tierra. José destaca ese vínculo insoslayable: "Las instituciones escolares tenemos que fortalecer el respeto por la Pachamama, no solo por lo que nos brinda sino también por cómo nos identifica a quienes somos de estos lugares".

Una madre se le acerca, compañeros suyos lo consultan, y todos lo llaman de la misma manera: "Maestro José". Su ex alumno Leonardo Vilte sintetiza el sentimiento de la comunidad: "La gente lo respeta, es un referente. El hecho de que sea profesional, aquí se valora mucho".

Pero José no se detiene y cuenta sus planes para el futuro: "Hay que preparar a la gente para que aproveche este lugar. Nosotros tenemos un sueño: que con el tiempo todo Cangrejillos esté lleno de árboles y, quizás, poder transformarlo en un lugar turístico. Tal vez nosotros no veamos estas cosas, pero sí dejaremos algo para que lo disfruten nuestros hijos y nietos. Es lo que siempre repito, y la gente de a poco está entendiendo".

Antes de irse de la escuela, en los ojos negros de José se adivina ese Cangrejillos forestado con el que sueña. Una mirada tal vez parecida a la de aquel joven de 24 años que imaginaba a sus alumnos cultivando hortalizas en huertas familiares.

En La Quiaca recuperará un anonimato que perderá cuando regrese la mañana siguiente a Cangrejillos y vuelva a ser el "maestro José".

Premio escuelas solidarias
Con el proyecto "Multiplicar árboles hace a la producción", consistente en la paulatina forestación del pueblo puneño de Cangrejillos, la Escuela Nº 80 recibió el primer Premio Presidencial de Escuelas Solidarias, consistente en 10 mil pesos.

José Vedia explica lo que hicieron con el dinero:"Nos propusimos hacer otro invernadero pero dedicado solo a la plantación de árboles, así como habíamos hecho con las hortalizas. Ya lo están por terminar. Por otro lado, necesitábamos una sala de lectura. Y había que equiparla bien y con buenas estufas porque aquí los inviernos son helados y los chicos ni se acercan a la biblioteca por el frío que hace".

El primer premio fue entregado, según describe el documento de Escuelas Solidarias, a la escuela "Vicente López y Planes" porque "durante los últimos 23 años, la escuela ha dado continuidad a proyectos de aprendizaje-servicio, orientados a mejorar la calidad de vida de la población local. Las actividades desarrolladas por niños y niñas han tenido impactos visibles en: la mejora de los hábitos alimentarios, el desarrollo de nuevas formas de ingreso en familias en situación de pobreza, la difusión de técnicas de invernadero y de cultivo en otras escuelas y poblaciones de la región, y la forestación y embellecimiento de una localidad antes árida y desierta".

   
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