Daniel Divinsky, editor
"Soy un escritor solapado"


En el mes de julio, Ediciones de la Flor cumplirá cuarenta años de vida. Un recorrido que acompaña la tumultuosa historia reciente del país. Su legendario fundador recuerda en esta entrevista el nacimiento del sello, y deja en claro por qué De la Flor es muchísimo más que "la editorial de Quino, Caloi y Fontanarrosa".

Judith Gociol
Fotos: Luis Tenewicki

Prólogo. En los años 90, la desmesura del mercado del libro argentino fue tal, que los libreros devolvían cerradas las cajas con novedades que les enviaban las editoriales. Por eso a Daniel Divinsky se le ocurrió mandar las suyas con un ruego: "Ábranme enseguida, traigo novedades de Ediciones de la Flor". El ingenio, cierta mesura, y una filosa ironía son parte de la estrategia de supervivencia de este sello que encontró su identidad sin doblegarse ante las leyes de la oferta y la demanda.

Dirigida por Divinsky y por Kuki Miler, su compañera, el seguimiento que ambos hacen de los libros es persistente y minucioso. El plantel de trabajo es un equipo pequeño, cuyo empleado más nuevo está hace tres años y el más antiguo hace veinte.

Pese a que los libros de humor gráfico no son más que el treinta por ciento de un catálogo de 600 títulos (que incluye también narrativa, teatro, psicología, infantiles), De la Flor es -sin duda- la casa de Quino, de Roberto Fontanarrosa y de Caloi, entre otros longsellers. Nacida en julio de 1967, "está por cantar las cuarenta", como dice entre risas su director.

Capítulo 1. El pequeño Divinsky es un niño aplicado, que lee precozmente la obra del escritor brasileño Monteiro Lobato, unos 32 tomos que le regaló su tía progresista, militante del Partido Comunista. En primer grado de la escuela pública Nº 2 del Consejo Escolar 7º Francisco Desiderio Herrera, donde cursa la primaria, las maestras lo ponen de ejemplo y lo llevan a sexto para que los chicos vean cómo se debe leer. Un certificado elaborado por su padre médico lo exime de tomar el mate cocido que dan en el recreo principal y que le parece horrible. Entonces, le adjudican la tarea de servirlo.

-¿Cuál fue el primer contacto con el libro?

-La nefritis. Estando en el Jardín de Infantes me enfermé de nefritis -una infección renal de lentísima curación- y mis dos tías solteras, maestras, se ocuparon de enseñarme a leer a los cuatro años. A partir de entonces desarrollé una especie de compulsión por lo escrito, que todavía se mantiene: no puedo pasar frente a un afiche callejero sin leer qué dice ni fijarme si está bien redactado. Es otra enfermedad, pero de las buenas.

-¿La escuela estimuló esa compulsión por la lectura?

-Creo que, en primera instancia, fue mi ineptitud para los deportes, nunca ocupé mi tiempo en esas actividades sanas que mucha gente ejerce. En la primaria, en los recreos, prefería quedarme leyendo. Algunas maestras me daban bolilla con eso y otras intentaban que mi formación física fuera paralela a la literaria. En el secundario, que cursé en el Nacional Mitre, hubo algunos profesores -unos con más placer y otros aun a pesar suyo- que incitaban a la lectura. Tuve una profesora de Castellano estupenda en primer año, Elvira Beltrán de Marcolini, que una vez nos hizo leer, entre otras cosas, la Antología apócrifa de Conrado Nalé Roxlo, que había escrito una cantidad de textos imitando el estilo de otros autores, que eran desopilantes... Entonces, por un lado me divertía mucho y por el otro me daban ganas de leer a esos autores para ver cómo eran. Y también hubo un profesor de Castellano en tercer año, el doctor Zambrano -un abogado cultísimo y muy gorila, que festejó con agudas ironías el derrocamiento de Perón-, que era de un rigor terminológico y de una claridad en la enseñanza tales que todavía hoy, cuando tengo que evitar el antidequeísmo, utilizo las reglas que él nos explicó.

-¿Utilizaban textos peronistas en las clases?

-Por supuesto. Yo era una especie de peronista espontáneo que cuando murió Evita llevé de mi casa floreros y otras cosas al altarcito que empezó a armar todo el barrio. Hasta que mi padre me paró y me dijo: "Vos hacé lo que quieras, pero nosotros no somos peronistas". El era un socialista aficionado, que no militaba, y yo era un experto en La razón de mi vida. Tanto era así que cuando a mi tía le exigieron presentar una especie de monografía sobre La razón de mi vida antes de otorgarle el título de kinesióloga, se la hice yo que estaba en primero o segundo año del secundario. Para mí fue una gran desilusión saber que ese libro no lo había escrito Evita.



Capítulo 2. El joven Divinsky se recibe de abogado en 1962 y durante algún tiempo ejerce "una de las más lamentables profesiones que se pueden tener para ganarse la vida", a su decir. Según recuerda, al comienzo atiende a las tres P: "putas, parientes y pobres", que son los clientes iniciales de todos los jóvenes letrados. Mientras estudia, tiene su primer contacto con la fabricación de un libro, como subdirector primero y director luego, de la colección Cuadernos del Centro de Estudiantes de Derecho. En la librería donde compra sus libros de Derecho lo atiende un empleado culto y generoso con los descuentos: Jorge Álvarez, un editor de los años 60, originalmente por la importancia y audacia de los títulos que publica, y más adelantepor el tendal de derechos de autor que deja adeudados.

De la editorial de Álvarez, De la Flor hereda a Mafalda de Quino y el aporte de dos escritores/periodistas/traductores/ lectores/amigos desaparecidos durante la última dictadura militar: Rodolfo Walsh y Pirí Lugones. Nieta del Leopoldo escritor e hija del inventor de la picana, es ella quien bautiza al flamante sello: "Pero, entonces, lo que ustedes quieren es una flor de editorial", dice en cuanto puede arriesgar alguna conclusión en medio de la seguidilla de propuestas de nombres y proyectos.

El primer gran éxito de Ediciones de la Flor es Paradiso, de José Lezama Lima que agota 3.000 ejemplares en una tarde. La aparición de los treinta títulos iniciales de la editorial se celebra en la confitería del Jardín Zoológico de Buenos Aires bajo la convocatoria: "No deje que los animales sean más".

-¿Cómo era la relación con Jorge Álvarez?

-Jorge era una especie de cafishio de las inquietudes intelectuales de todos sus amigos. Cuando nos convocó para trabajar, gratis por supuesto, en la editorial que quería abrir lo tomamos como un emprendimiento político- cultural que nos concernía. Para Jorge Álvarez hice traducciones, corregí pruebas de decenas de libros y tuve a mi cargo el cuidado de las ediciones del Diccionario de los lugares comunes de Flaubert, traducido por Alberto Ciria. También supervisé la traducción que hizo Rodolfo Walsh de El diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, que fue la primera vez que se editó en castellano y luego resultó pirateado hasta el cansancio, puse en orden alfabético las palabras que estaban en el orden que les daba su grafía inglesa. Fue justamente Álvarez quien nos ofreció poner una editorial en sociedad: él aportaba su crédito y mi entonces socio jurídico y yo, el capital que teníamos: 150 dólares que había aportado mi padre y 150 el padre de mi socio. Con eso pagamos tres o cuatro anticipos de derechos de autor. El primer título que compramos fue Adén Arabia, de Paul Nizan, que comienza con la frase "Yo tenía veinte años y no permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida", una cita que ha sido repetida hasta el aburrimiento pero que sigue siendo muy reveladora.

-¿Cómo se detecta a un nuevo autor?

-Con el criterio de que, si me gusta a mí, le va a gustar a otros dos mil tarados como yo. No hay ningún análisis de mercado, ni de tendencias. Felizmente toda la fuerza del capital aplicada a la promoción y la publicidad no es suficiente para imponer a unos autores ni para que se omita a otros. Como la editorial se sostiene por sus longsellers, que venden hace mucho tiempo -Quino, Fontanarrosa, Caloi, Rodolfo Walsh- nos podemos dar el lujo de apostar fichas a otros autores.

-¿Cómo se transformó de la Flor en la casa del humor gráfico?

-Así como Fontanarrosa dice que lo que a él le hace reír, hace reír; a mí me divierten los libros de humor. A eso debe sumársele también mi admiración por lo gráfico, a partir de mi negación absoluta para el dibujo. Fue la única materia que me llevé a examen, siendo que me gradué con medalla de oro en el secundario.

-¿El humor sirve como estrategia de supervivencia cuando el mercado se pone más duro?

-Es lo que se llama un nicho de mercado, que es una expresión muy fúnebre pero que alude a tener una especialización. Es una ubicación dentro del mapa.

-¿Le hubiera gustado escribir?

-Sí, sin duda. La edición empieza así, como un ejercicio vicario de la escritura que se reduce a la redacción de solapas y contratapas; por eso siempre digo que soy un escritor solapado.

Capítulo 3. A poco andar, la editorial conoce los efectos no deseados de su creciente florecimiento. Cansado del patrioterismo reinante en 1971, el periodista Alfredo Grassi publica una novela de título provocativo: Me tenés podrido, Argentina, cuyo éxito de ventas provoca las iras de una comentarista de televisión, la Tía Valentina, quien insiste hasta lograr que la dictadura de Lanusse prohíba el libro, medida luego revocada. En 1973, la División Moralidad de la Policía Argentina secuestra ejemplares de Orilla de los recuerdos, del brasileño Hermilo Borba y promueve un juicio por "publicaciones obscenas", que termina en sobreseimiento. También considerada una obra contraria a la moral pública, se desautoriza la circulación en la Ciudad de Buenos Aires de Feiguele y otras mujeres, de Cecilia Absatz. Ya producido el golpe militar del 76, ese es el antecedente de la prohibición de Cinco dedos: con la persecución a esta versión de la fábula según la cual "la unión hace la fuerza", publicada originalmente por un colectivo de libros para niños de Berlín Occidental, la censura toma una dimensión inusitada.

-¿Cómo se desencadenó la prohibición de Cinco dedos?

-Al parecer un coronel de la guarnición de Neuquén, cuya mujer había comprado el libro para sus chicos, fue a increpar al librero porque vendía un texto donde la mano que triunfaba era roja y la vencida era verde, el color del uniforme de fajina de las Fuerzas Armadas. Yo me había enterado de que alguien tenía el libro entre ojos porque, en la Feria del Libro de Frankfurt de 1976, me encontré con Osvaldo Bayer y él me comentó que un jefe de la Side lo había llamado para decirle que se tenía que ir urgente del país y como ejemplo de lo que estaba ocurriendo blandió un ejemplar de Cinco dedos. "Me parece que sería prudente que no volvieras", me advirtió Bayer. Efectivamente, la prohibición se produjo en los primeros días de febrero de 1977. El decreto decía que el libro "preparaba a la niñez para el accionar subversivo" y yo obré de la misma manera que con Me tenés podrido, Argentina: presenté un recurso de amparo para que la medida fuera revocada. A las 48 horas emitieron otro decreto que nos ponía a Kuki Miler, a Amelia Hannois -la entonces mujer de Roa Bastos, que era la directora de la colección pero ya estaba radicada en París- y a mí a disposición del Poder Ejecutivo. Nos vinieron a buscar a la oficina, nos llevaron a Seguridad Federal y nos pusieron juntos en una celda grande. Así terminó, o empezó, todo.

-¿Por qué fue atacada De la Flor?

-Ni mi mujer ni yo teníamos ninguna militancia política, éramos genéricamente progresistas y la editorial era, como se dice de los medicamentos, "de amplio espectro", de un eclecticismo que terminó por ser sumamente peligroso... Creo que la eligieron precisamente por eso, porque no era una editorial militante y tenía dueños visibles, entonces el efecto ejemplificador era mucho más eficaz.

Capítulo 4. Los editores pasan en prisión 127 días. Frente a la tragedia inconmensurable de la desaparición forzada de personas, Divinsky minimiza su encierro, entre chistes y risas intermitentes hace silencio sobre las partes más dolorosas de esos cuatro meses privados de libertad. Hay un núcleo de esa experiencia que se reserva para sí.

-¿Cómo fueron esos días?

-Al principio no teníamos ninguna relación con los carceleros y luego pensaron que éramos empresarios que estábamos por algún delito económico, y ahí empezamos a adquirir cierto respeto. Como todo, uno se acostumbra y se instauran las rutinas. No era un sitio de torturas sino el lugar por el que pasaban las personas antes de salir en libertad o donde eran alojados los presos legales, como nosotros. Un día nos presentaron a Adolfo Pérez Esquivel que siempre recuerda que llegó aterrado y nosotros le preparamos café, le dimos galletitas. Éramos una especie de comité de bienvenida. En ese lapso hubo una huelga de telefónicos, una de las primeras que se le hizo a la dictadura, y allí sí llevaron a gente que nosotros no podíamos ver por el estado en el que estaban. Entonces nos trasladaron al Departamento de Policía durante una semana, que fue mucho más dura para Kuki que para mí. Al cabo de ese lapso volvimos "a casa", es decir a la celda de Seguridad Federal que ya nos parecía un lugar amistoso. Un día nos anunciaron que nos iban a trasladar con lo cual nosotros sentimos, esa vez sí, que eso iba a ser para siempre. A mí me llevaron a la vieja cárcel de Caseros, y a Kuki a Devoto y luego a Humberto Primo. En todo ese tiempo no habíamos tenido contacto con nuestro hijo que tenía dos años y medio, y que había quedado en casa de unos tíos míos. Fue muy duro y cuando empezó a venir a visitarnos, no fue nada fácil.

-¿Leían en la cárcel?

-En el pabellón hacíamos largas partidas de scrabble, juego que ahora odio como el mate, y también leíamos muchísimo. Yo, cantidad de novelas policiales que me traía mi viejo. Leyendo el diario, estando preso, me enteré de que también habían prohibido Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro. Era un decreto disparatado que argumentaba que era un libro nihilista y contrario a los valores familiares y que, por ser la editorial contumaz en la publicación de este tipo de materiales, se le imponía una clausura por treinta días, que nunca se efectivizó. Mi papá, que me mandaba cartas muy prolijas, me aclaró que contumacia era la persistencia en el error. También por el diario supe que un decreto nos ponía en libertad, medida del 20 de junio, Día de la Bandera, fecha que cada vez respeto más.

Epílogo. El matrimonio consigue su liberación gracias a la concreta y solidaria presión de las asociaciones de editores internacionales, cuyo apoyo capitanea el periodista Rogelio García Lupo, y que le permite salir del país. Pasan la mayor parte del exilio en Venezuela. En la Argentina, no consiguen más que una carta firmada por ocho escritores: Silvina Ocampo, Eduardo Gudiño Kieffer, José Bianco, Ulyses Petit de Murat, Juan José Hernández, Héctor Yánover, Ramón Plaza, Luisa Mercedes Levinson y un nombre que se hace difícil de reconocer en el papel que Divinsky aún conserva. La editorial sobrevivió gracias a la fidelidad de Quino, de Fontanarrosa y de la madre de Kuki -Elisa Miler- que se hizo cargo de su funcionamiento.

-¿Cómo era el mercado cuando empezaron?

-Hace cuarenta años todo tenía una visibilidad mucho mayor, al haber menos editoriales y una menor cantidad de novedades y al competir el libro contra pocos puntos de entretenimiento, todo lo que se hacía era visible de inmediato, se convertía en tema de conversación. -¿Había menos editoriales entonces que ahora? -Menos que ahora sí, quizás más que hace cinco años. Actualmente, por suerte, hay una cantidad de editoriales medianas y chicas estupendas, cada una bien ubicada en lo que hace, que sobreviven razonablemente; no se vienen ricos, como decía Catita, pero no les va mal. Esto, de todas formas, se da en el contexto de la compra de sellos nacionales tradicionales por grupos editoriales trasnacionales. Nosotros mismos hemos tenido propuestas de compra que hemos rechazado diciendo: "No, por el momento".

   
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