3 cuentos

¡Se aceleró la plaza!

Mirá. hay chicos . bajan. suben. ¡el perrito! ¡Mirá papá! ¿Dónde estás?¿Me subís a la calesita?,¿me das plata para un helado? Cruzo solo, dale dejame, vos me mirás desde acá, enseguida vuelvo, uy no preguntes, dentro de dos horas más o menos, estoy jugando al fútbol allá en la cancha más chica, esa mirala, esa es la chica que me gusta a mí , el próximo fin de semana le hablo, de eso se trata, de hablar si estamos dispuestos a arriesgarnos por algo, una idea, los amigos, vivir, pero en serio, comprometerse, sí yo también creo que ya es momento de vivir juntos, mirá ese departamento justo enfrente de la plaza no está mal, no podemos continuar así mal, siempre lo mismo, es mejor separarse, cada uno por su lado y del otro lado había allá, donde ahora jugamos a las bochas una calesita azul, me parece verla. todo pasó tan rápido.

Walter Rago


La fiesta del abecedario

En el mapa, la ruta parecía un espinel que sembraba de puntos el recorrido. El último era obra de Don Zoilo. Él había fundado el pueblo. No se sabe si por falta de imaginación, o por pura gana de hacerse notar, le puso por único nombre, su inicial.

Como la zona solía ser zarandeada por el viento zonda y Don Zoilo comprobó que no era difícil pescar buenos zurubíes, se convenció de que el zodíaco en pleno le había señalado ese lugar como el indicado. Al no encontrar ningún prócer que pudiera hacer honor al nombre del pueblo, y como la plaza central requería de una estatua capaz de brindar la sombra necesaria para el paseo del domingo, erigió el monumento al zaparrastroso. Si bien no resultaba elegante, le daba al lugar un espacio para reunirse.

Al pie plantaron un cantero de zapallos y zanahorias que si no atraían por sus hermosas flores, lo hacían por sus sabrosas raíces.

Lo que empezó como un juego, se le transformó en una obsesión y Don Zoilo, muy fiel a su iniciativa, no permitía hablar más que con la zeta.
Hasta la construcción de las casas fue reglamentada: zócalo, techos de zinc y, por jardín, una zanja. Las calles se diagramaron en zigzag, lo que produjo que los chicos se marearan tanto en el camino a la escuela, que llegaban con más ganas de zoncear que de aprender.

Los deportes que se practicaban eran: la zambullida, en verano, y la zancadilla en las demás estaciones. Bailar era una verdadera fiesta. Zambas por aquí y por allá. Disfrutaban cada zarandeo y zapateo porque si algo les sobraba, era el calzado. Podían elegir entre zapatos, zapatillas, zuecos y hasta zancos. Es verdad que estos últimos eran de lo más incómodos para bailar, pero los reservaban para alguna ocasión importante.

A pesar de la gran demanda de calzado, comenzaron a sobrar los zapateros. Es que en este pueblo tan particular, eran pocas las profesiones que se podían ejercer además de la de zurcidora y zoólogo. Eso sí, de su zoológico estaban orgullosos. Era un tanto pobre en variedad de animales: solo zorros, zorrinos y algún ave zancuda, nada más, pero no todas las ciudades tenían uno.

El día que echaron a las abejas obreras y solo conservaron a los zánganos, fue el comienzo del fin y hasta los zorzales lo notaron.
En el afán de zetaizar todo, comenzaron a hacer trampas.
Primero fueron la s y la c, luego la f y hasta la p. Todas sonaban como z. Se armó una zafacoca terrible entre los más apegados a las costumbres y los jóvenes, que tenían la lengua dolorida de tanto estar prisionera entre los dientes.

Lo curioso fue que las poblaciones vecinas, por imitar o por oponerse, habían elegido cada una, una letra distinta como guía para comunicarse.
Los más próximos criaban yeguas, usaban yerba en el desayuno y la merienda, navegaban en espléndidos yates y hablaban sin cesar de los yankees.

Siguiendo el espinel, se llegaba a un pueblo donde era casi imposible entender una palabra. Solo hacían sonar su xilofón.

Los del whisky y el week-end, preferían entenderse en otro idioma.

Cada uno se mantuvo aislado de sus vecinos hasta que la situación se tornó insoportable. Entonces, los más sabios y valientes se arriesgaron a un encuentro. ¿Qué pueblo sería la sede de la reunión?

En algo estuvieron todos de acuerdo: H era el más indicado. Por lo menos, en cinco oportunidades, con las representantes de las vocales, gentilmente dejaron hacerse oír a sus compañeras.

No todos acudieron bien dispuestos. Por ejemplo, Don Zoilo se calzó sus zancos y causó comentarios de desaprobación por pretender mirar a todos desde arriba.

Uno a uno, los representantes de las distintas localidades intentaron explicar sus dificultades, pero era imposible entenderse. Tanto trampear las palabras para no usar más que la propia inicial, produjo un desconcierto total.

Entre el griterío y la impaciencia, se escuchó un xilofón. Los que se sabían más débiles para explicarse, propusieron con este gesto, una solución que fue útil a todos.

A los primeros sonidos respondió un violín, una trompeta, un saxo; acompañó un ruiseñor, las vocales insertaron un coro y el piano donó un pentagrama. No faltaron el arpa, la guitarra. Las manos aplaudieron al compás de una música compartida.

Uno a uno se fueron incorporando. Todos tenían algo para aportar al improvisado concierto. Si no era su instrumento local, era su ritmo preferido. Tango, milonga, carnavalito.

Asombrados, descubrieron que juntos sonaban mejor. Don Zoilo bajó de sus zancos. Estar arriba no le permitía disfrutar de la fiesta.
La riza, perdón, la risa le resultó contagiosa. Habían encontrado un lenguaje común. Habían bailado juntos, ya no eran extraños.
Luego vendría la tarea de escucharse, entenderse y ayudarse, pero el primer paso ya estaba dado, o mejor dicho, bailado.

Graciela Resio


Mañanismo

También llamado "síndrome de atención temporal adelantada", el mañanismo consiste en una pulsión por la cual los afectados viven solo en el tiempo por venir. Desde el día lunes a la mañana por ejemplo, solo piensan en que llegue el fin de semana, pero el viernes a la noche ya comienzan a angustiarse por la llegada del próximo lunes.

Esta relación con el tiempo se traslada a otras situaciones, suelen cambiar de pareja cada dos meses (siempre puede haber alguna persona que les brinde más placer o cariño, dicen) y renuevan sus electrodomésticos cuando los últimos que compraron aún conservan el típico olor a nuevo. Los casos más graves desarrollan una fobia por la que les resulta insoportable la quietud de máquinas preparadas para el movimiento: escaleras mecánicas rotas o semáforos en rojo les provocan un fuerte deseo de agarrarlos a martillazos.

Durante todo el año, su único objetivo son las vacaciones, pero ya en el mar o la montaña,sus mentes se concentran en planear el verdadero descanso, que según ellos, solo llegará con la jubilación.
Al morir, los herederos encuentran entre sus pertenencias muchísima vida sin usar y una cantidad enorme de días intactos, que indefectiblemente se vuelan sin dejar rastros al ventilar la casa.

Walter Rago
Ilustraciones: Alberto Pez


Graciela Resio nació en 1958, vive en la Provincia de buenos aires, es profesora de ESB y Polimodal y especialista en investigación educativa. La fiesta del abecedario lo escribió cuando su hija "comenzó a luchar con la ortografía".
Walter Rago nació en Buenos Aires en 1957. Es profesor en Psicología y Ciencias de la Educación en la Escuela Media "Rodolfo Walsh". Este es el primer cuento que publica.
   
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