Qué hay que saber hoy sobre historia
Una ciencia para comprender el presente
Ariel Denkberg *

De la antigüedad nos llegó la idea que la historia es una "maestra de vida", un reservorio de hechos y valores que deben guiar a las sociedades del presente, que deben atesorarlos sin modificarlos. En esta lógica, el pasado es una suerte de edad de oro perdida, un tiempo idílico de personas y hechos ejemplares, que la historia nos ayuda a recuperar. Esta concepción asigna al conocimiento histórico una función conservadora y restauradora.

En la edad contemporánea, en cambio, se comienza a proponer a la historia como una herramienta para predecir, al menos en sus rasgos generales, el futuro. Para ello, se postuló -apropiando el modelo científico positivista de las ciencias naturales- la necesidad de descubrir "las leyes de la historia". Analizando lo recurrente en los hechos del pasado, la historia podría develar la regularidad que organiza las relaciones y las acciones de las sociedades. Conocer estas leyes haría posible esbozar los rasgos del futuro y actuar en función de ellos. No hacerlo, supondría un esfuerzo vano, que puede retardar, pero no modificar, el "curso de la historia". Esta perspectiva determinista supone una función progresista, concibiendo al progreso como una trayectoria y un punto de llegada preestablecido y único. Qué hay que saber hoy sobre historia Una ciencia para comprender el presente.

Los estados nacionales que se fueron construyendo y consolidando en Europa y América hacia fines del siglo XIX promovieron la investigación, la divulgación y la enseñanza de la historia como herramienta fundamental para fortalecer la identidad nacional. Recuperando aspectos de las dos tradiciones antes mencionadas, la historia "nacional" destinará principal atención al conocimiento de hechos "ejemplares" y "fundadores" de la nacionalidad, por lo general ubicados en un pasado remoto, y cuanto más remoto, mejor. Dicho pasado habría signado el destino y la esencia de la Nación, que permanece inmutable hasta el presente y está destinada a perdurar eternamente. La historia, entonces, permitiría develar el "alma nacional" y ayudar a mantenerla "inmaculada" e "incontaminada" de factores exóticos.

Todas estas visiones suponen un pasado que determina el presente y por tanto el futuro de las sociedades, dejando escaso o nulo margen para la contingencia, la voluntad o la iniciativa. En esta lógica, los protagonistas de la historia cumplen su designio histórico y en ello radica su grandeza. Los seres humanos son objeto pero no sujetos de su propio devenir.

Herencia recibida

Estas visiones tienen aún un arraigo notable. Sin embargo, entre los historiadores hace ya varias décadas que se cuestiona la pretensión de que las sociedades del presente deban quedar atadas a la "herencia recibida". Es evidente que estas perspectivas tienden a imponer criterios homogeneizantes que niegan legitimidad y, por tanto, excluyen a quienes no se sienten convocados por esa herencia. Por otra parte, la investigación ha mostrado que las naciones, más que identidades atávicas, son construcciones identitarias y políticas modernas, que se apropian del pasado para su propia legitimación.

También está bastante desacreditada la capacidad predictiva de la historia y el intento de asimilar los procesos sociales a la regularidad de los fenómenos físicos y biológicos. No se trata tampoco de proponer a los procesos sociales como meros actos de voluntad. Es evidente que en cada sociedad, en cada época, hay relaciones de poder, estructuras socioeconómicas y visiones ideológicas que enmarcan la acción social y la condicionan, le establecen ciertos límites y posibilidades. Pero estas relaciones, estructuras y visiones son, a su vez, resultado de la acción social, que les da origen, las modifica y -por ejemplo en las revoluciones- les pone fin. Estas modificaciones son posibles, justamente, por el carácter contingente del accionar humano. La realidad en la cual actúan las sociedades y sus integrantes es un marco que condiciona su acción pero no la determina inexorablemente. Dicha realidad, a su vez, no es un producto de generación espontánea ni la concreción de una "ley natural" sino producto de la propia acción humana. Los humanos organizados en sociedad construyen su realidad y son modificados por ella. Por ello, la historia y otras ciencias sociales piensan a los protagonistas de la historia en tanto actores o mejor aún, sujetos de su propia experiencia.

La historia se presenta hoy como una disciplina que busca comprender el presente. En esto comparte la tarea con otras ciencias sociales, como la sociología, la economía, la ciencia política, la antropología, etcétera. La especificidad de la historia es que busca comprender el presente, tratando de conocer su construcción. Más que hurgar en el pasado por el pasado en sí, los historiadores formulan preguntas al pasado -desde el presente, con las preocupaciones del presente- para comprender cómo llegamos a la actualidad. La historia aspira a explicar cómo el mundo ha llegado a ser como es, sabiendo que mañana será distinto. Conocer el origen de nuestras sociedades, su devenir, las alternativas y opciones que tuvieron sus protagonistas, las motivaciones y resultados de su accionar, nos permite comprender los problemas del presente como producto histórico y no como destino inexorable. Para ello es preciso ubicar a los conflictos sociales como inherentes a la vida social, compuesta por la acción de individuos y colectivos sociales que actúan en función de intereses específicos, cuyo antagonismo no les resta a priori legitimidad. Lejos de una visión de la sociedad como un cuerpo orgánico y de los conflictos como señal de disfunción, la historia se pregunta por la razón de los conflictos, la identidad y motivaciones de sus protagonistas, las formas de procesamiento y su resolución. Esta conciencia sobre el cambio como vector de la vida social, y del conflicto como generador de nuevas realidades, permite reflexionar, imaginar y evaluar alternativas, opciones y caminos para el futuro.

Los protagonistas históricos

Una y otra vez se insistió en estas páginas sobre el lugar central del sujeto en la historia. De manera tradicional se consideró a los protagonistas de la historia exclusivamente en términos individuales. Por lo general fueron identificados como seres excepcionales, cuya misma excepcionalidad los hizo dignos de ser recordados. Se trata de hombres (rara vez mujeres), blancos (o blanqueados), de los sectores sociales altos o ilustrados (o que llegaron a formar parte de ellos por su excepcional esfuerzo o talento), que desarrollan su acción primordialmente en el campo político, diplomático y militar. Son los "próceres" de nuestra historia escolar.

Obviamente, hay individuos que han tenido una capacidad mayor que la de otros para intervenir y modificar la realidad. Sin embargo, es interesante preguntarse qué los dotó de esta singularidad. Aquí puede resultar relevante indagar qué colectivos sociales integraban y en qué medida sus motivaciones y opciones son resultado de dichas adscripciones sociales. La historia se interesa hoy también por los sujetos sociales colectivos, tratando de historiar su formación, los aspectos que los identifican como tales, su relación con otros sujetos colectivos, sus transformaciones y desapariciones del escenario histórico. Particular atención se le presta a la historia de los sectores socialmente desfavorecidos o marginados: los trabajadores, los sectores populares, las mujeres, los niños, los grupos étnicos, etcétera. Este listado es en sí mismo un producto histórico, donde los protagonistas que despiertan nuestro interés dependen del problema que deseamos entender.

El historiador es una persona de su tiempo, que piensa el pasado con las inquietudes y las esperanzas de la sociedad que analiza. El desafío de la historia es mostrar que el mundo que habitamos, con sus virtudes y miserias, no es el producto de un destino manifiesto, ni de una condena irreversible. Saber que el presente no es la repetición del pasado sino el pasado modificado, nos permite pensar en futuros diferentes. Pensarlos y hacerlos.

*Docente de Historia Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Coordinador de Ciencias Sociales de la Escuela de Capacitación CEPA, Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires.

   
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