Una "plurisala" en el valle catamarqueño

El Jardín de Infantes Nº 226 -ubicado en la localidad de Villa Capayán, a 45 kilómetros de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca- es una plurisala. Allí, niños y niñas de cuatro y cinco años comparten todas las actividades con una sola maestra, un recurso que permite sortear la baja matrícula escolar de la zona. A su vez, la escuela forma parte de un JIN, Jardín de Infantes Nucleado, cuyo equipo directivo itinerante recorre las salas pertenecientes a un radio geográfico determinado.

Ana Abramowski
Fotos: Luis Tenewicki


Mientras los niños y las niñas del Jardín de Infantes Nº 226 arrastran carretillas llenas de hojas secas, cargan pequeños baldes con agua o, junto con sus padres y madres, visten con una camisa a cuadros y un enterito celeste al espantapájaros que se encargará de custodiar la huerta, las docentes hablan, con absoluta familiaridad, de Jardines de Infantes Nucleados (JIN), equipos directivos itinerantes y plurisalas. Mientras los chicos a simple vista juegan -disfrutando y aprendiendo a la vez muchas cosas-, los adultos que integran el Nivel Inicial de la provincia de Catamarca se preocupan por buscar nuevas formas institucionales que sostengan la oferta educativa.

¿Qué es nuclear e itinerar? ¿Y una plurisala? Este Jardín -ubicado en la localidad de Villa Capayán, a 45 kilómetros de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca- es una plurisala. Esto significa que niños y niñas de cuatro y cinco años comparten todas las actividades con una sola maestra: Liliana Canelo. En algunos pueblos, la baja matrícula impide la apertura diferenciada de salas de 3, 4 y 5 años. La plurisala es el recurso que permite sortear esta dificultad y hacer que todos los pequeños puedan ir a la escuela.

En 1997, cuando se inició el proceso de nuclearización, este Jardín dejó de pertenecer a la EGB Nº 226 para pasar a depender del JIN Nº 15. A partir de ese momento, tuvo un equipo directivo y una supervisión propios. Pero los vínculos con la EGB continúan: además de participar en los actos escolares y en algunas actividades de articulación, los niños y las niñas del Jardín almuerzan en su comedor todos los mediodías.

Un JIN (Jardín de Infantes Nucleado) es una institución escolar que, como su nombre lo indica, nuclea un conjunto de salas de Jardín de Infantes distribuidas en un radio geográfico más o menos cercano. El JIN Nº 15 está en el Departamento de Capayán y nuclea 26 salas, con un total de 430 alumnos.

Desde 2001, Graciela Heredia es la directora; y Clelia Miranda, la vicedirectora, y si bien ejercen su función directiva itinerando, su sede está en la escuela Nº 490, en Miraflores Este: "Hoy recorrimos 30 kilómetros para llegar hasta este Jardín. El estado de las rutas, los caminos de tierra, de cornisa y de cuesta, hacen que tengamos que movilizarnos en vehículos particulares, porque no hay buenos servicios de transporte", cuenta la directora. La tarea de ambas es visitar cada sala entre una y dos veces por mes. "La escuela más alejada está a 95 kilómetros, sobre la Ruta Nº 33, y tenemos que cruzar tres Departamentos para visitarla", concluye Clelia.

A la escuela Nº 226 se accede por la Ruta Nacional Nº 38, que conecta la provincia de La Rioja con Córdoba. Se la considera ARU (Alejada del Radio Urbano), pues se toma como centro urbano a Chumbicha, la capital del Departamento.

Pero no solo las directoras se desplazan. Muchas familias se trasladan por la cosecha de mandarinas y del tomate. Por su parte, la cosecha del olivo hace que algunos pobladores viajen por temporadas a La Rioja. En ese ir y venir, los padres retiran a los chicos de la escuela y luego de unos meses vuelven a mandarlos. Muchas salas del JIN Nº 15 tienen alumnos y alumnas que provienen de familias golondrinas de este tipo.

Villa Capayán

En Villa Capayán viven entre 800 y 1000 habitantes. Está emplazada en una zona rural, productora de citrus y olivo. La mayoría de los pobladores son empleados del Municipio o tienen planes Jefes y Jefas de Hogar. Unos pocos trabajan en empresas agropecuarias de la zona. Todas las familias tienen huertas para consumo doméstico y crían animales: cerdos, conejos, gallinas.

En Villa Capayán hay una EGB con jornada completa. Para cursar el nivel medio es necesario viajar 10 kilómetros, hasta Huillapima: "Los que pueden van, pero sería lindo que hubiera una escuela secundaria acá, porque hay muchos que no estudian porque no tienen plata para el boleto; además, está el gasto del material", explica Aída, que es una Jefa de Hogar que trabaja como ordenanza del Jardín.

"Los padres, a pesar de las dificultades y las distancias, procuran que sus niños asistan a la escuela. Hay chicos necesitados; veces les falta ropa o zapatillas, pero a pesar de eso los padres son muy responsables y muy colaboradores, están cuando se los necesita. Si queremos hacer alguna salida, festejo o proyecto, ellos participan. Si hace falta dinero para alguna actividad, organizan beneficios, rifas y empanadas", relata Liliana Canelo y agrega que están organizando un paseo a la Ciudad -se refiere a San Fernando del Valle de Catamarca- para ir al cine.

Dirigir itinerando

Graciela y Clelia cuentan que el grupo de docentes del JIN "es joven y demandante, con muchas ganas de aprender". Desde la gestión directiva han implementado tutorías personalizadas para las maestras que tienen dificultades pedagógicas: "Trabajamos en contraturno, porque cuando visitamos las salas, las maestras están con los alumnos y cuesta hacer bien la apoyatura en ese momento". Y continúa la directora: "Las dificultades que encontramos se refieren sobre todo a la metodología de trabajo. Por ejemplo, en el JIN no usamos fotocopias, el niño hace su propia producción, la pinta, la recorta. En una oportunidad, se incorporó una docente recién recibida y trajo fotocopias, entonces tuvimos que hacerle ver cuál era la metodología que usamos y por qué. El trabajo con fotocopias es muy esquematizado y estructurado, al niño no le queda otra que pintar. Nosotras empezamos a ver que aquellos que usaban fotocopias empezaban a hacer otros dibujos en la misma hoja; había una necesidad de expresión que no se estaba contemplando".

El JIN Nº 15 tiene, además, un proyecto de co-capacitación. "En la itinerancia -narra la vicedirectora- detectamos ciertas problemáticas comunes, y a la vez algunas fortalezas en varias docentes". Y explica Graciela: "Les proponemos a las maestras que trabajan bien un tema, que lo preparen y se lo expongan a sus colegas. Se trata de valorar lo que saben y sus experiencias. Nosotras les damos bibliografía y hacemos monitoreo de lo que van a presentar". Clelia continúa: "Veíamos que, si bien las maestras nos escuchaban cuando les decíamos que trabajaran de determinada manera, nuestro mensaje no tenía mucho impacto y, al momento de llevarlo a la práctica, no funcionaba. Entonces implementamos estas co-capacitaciones".

"A partir del proyecto 'Nos despedimos del jardín', los chicos y los padres tienen la oportunidad de conocer a todas las maestras y darle dimensión a lo que es el JIN", relata Graciela Heredia y agrega: "Realizamos tres actos de cierre en distintas zonas: sur, centro y norte. Y se movilizan las docentes, el equipo directivo y las salas cercanas. Preparamos una obra de teatro, y a veces hay salitas que presentan algún número". Entonces se suma la maestra:"Todas las docentes colaboramos en los tres cierres y a mí me toca trasladarme con mis niños a Huillapima".

El Departamento Capayán fue uno de los más golpeados por el sismo ocurrido el 7 de septiembre de 2004. A partir de ese momento, en el JIN se trabaja el tema de la prevención. "La idea es que todos sepan cómo tienen que salir, que puedan detectar cuáles son las zonas más seguras alrededor de la escuela para refugiarse", explica la directora. "Después del sismo quedamos muy marcados: pasaba un camión, los chicos sentían la vibración en la ventana y ya estaban con miedo", cuenta la maestra.

El pluritrabajo en la plurisala

Liliana Canelo está al frente del Jardín de la Escuela Nº 226 desde hace seis años: "Yo vivo en la Capital y viajo todos los días. Antes iba y venía a dedo, ahora tomo un colectivo a las 6.10 de la mañana y llego a las 6.45. Cuando vuelvo a mi casa, casi siempre viajo a dedo. Hace poco pusieron un colectivo, pero a veces llega muy tarde o no cumple bien el horario. Entonces salgo a la ruta y veo".

Agrega que el tema del transporte también es un problema para las familias: "Hace dos meses pusieron un vehículo que trae a todos los niños y niñas. La mayoría vive en zonas alejadas; en el barrio Estación que está a dos kilómetros, o en el barrio Mataderos que queda a un kilómetro y medio. Años atrás, la inasistencia era importante porque los chicos que no tenían alguien que los trajera, no venían al Jardín".

La plurisala a cargo de Liliana tiene alrededor de quince alumnos: "Este año vienen chicos de cuatro años. Al principio me preguntaba si iba a tener que hacer actividades diferentes, pero estoy trabajando con los mismos diseños curriculares, y con los meses he visto que colaboran entre ellos, los más grandes ayudan a los más pequeños. Estos, a su vez, imitan a los mayores. Es hermoso verlos trabajar".

La huerta

Cuando finaliza la unidad sobre la huerta, las familias son invitadas a participar en la actividad de cierre. La maestra pone música y los nenes y las nenas se acurrucan para hacerse tan chiquitos como las semillas que usaron para armar la huerta. La mamá de Rodrigo se acerca y hace el ademán de tirarles tierra para cubrirlas. Luego, los chicos despliegan los brazos y se transforman en los pájaros que intentarán comer las semillas recién sembradas. Para evitar que esto suceda, hace falta un espantapájaros que los asuste. "¿Cómo se imaginan la cara del espantapájaros?", pregunta la maestra, y los chicos ensayan morisquetas de malicia.

"Soy Roberto, el papá de Juliana. La huerta la hicimos en conjunto con los chicos. La idea surgió porque esta es una zona rural y todo el mundo tiene una huerta en la casa, de la cual se vive también", comenta un padre. La mamá de Rodrigo agrega: "Rodrigo sale con el abuelo, a él le gusta andar sembrando".

Al rato, los niños y las niñas dejan de ser semillas, pájaros y plantas y se ponen a trabajar junto con sus padres en la huerta. Algunos riegan, otros ayudan a remover la tierra y a hacer más surcos, varios transplantan los plantines que habían hecho primero en un telgopor. Los papás y las mamás les indican cómo utilizar las herramientas. Un grupo de chicos se dedica a armar el lombrizario: "Se echan las hojas, un poco de tierra, y se humedece para que se descomponga; después se le ponen lombrices. También se pueden usar cartones y desechos de comida; lo único que no hay que agregar son hojas de pino y laurel porque contienen azufre y eso mataría a las lombrices. Luego se cubre con un plástico para que no pierda la humedad y el proceso de descomposición sea más rápido", describe con precisión Aída, la ordenanza del Jardín.

Casi al ras de la tierra se ven carteles escritos por los nenes: "tomates", "sandías", "acelga", "lechuga". La huerta, además, llevará un nombre. Una nena propone que sea "La huerta infantil"; otra, "La huerta de plantas". El espantapájaros también será bautizado. La propuesta es llamarlo "Asusta pájaros".

"A esta altura del año, la mayoría de los niños ya conocen las letras. En este caso, para escribir "huerta" no sabían la H y la identificamos en el abecedario", dice la maestra. El abecedario está pegado debajo del pizarrón y tiene espacio suficiente como para que los chicos escriban con fibra algunas palabras: en la T pusieron "tierra" y "tomate". En la S dice "semilla".

La huerta fue trabajada desde todas las áreas: "En lengua leímos un cuento; en artística hicieron dibujos con semillas; en música elaboramos instrumentos, sonajeros, maracas. Ellos tenían que diferenciar el sonido que producen las distintas semillas, las de porotos, las de lechuga. También las contamos y las clasificamos por el color, la forma y el tamaño. Los niños y las niñas vieron que además de sembrarlas se podía jugar con ellas a la lotería. La finalización del proyecto sería poder cosechar lo que se ha sembrado y preparar alguna comida, por ejemplo, una ensalada", cuenta Liliana Canelo.

"Los chicos son muy inquietos, todo el tiempo están demandando hacer cosas. A principios de año recorrimos el pueblo: vimos la policía, el municipio, la posta sanitaria, la iglesia y la plaza. El otro día me estaban pidiendo ir a trabajar a la plaza, así que ese será nuestro próximo tema", promete la maestra del Jardín de Villa Capayán, y admite con una sonrisa: "Hay que saber escuchar a los chicos".


   
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