Pedro Cahn, médico especialista en HIV
"La población de mayor riesgo es heterosexual y de los sectores más pobres"


Como pionero de la lucha contra el sida en la Argentina, Pedro Cahn es una de las voces más autorizadas para hablar de la epidemia. En esta entrevista, traza un panorama desolador sobre el desarrollo de la enfermedad en el país, y también enfrenta los prejuicios, las trabas burocráticas y la desinformación. Considera indispensable difundir cambios de conducta sociales desde adentro y desde afuera del sistema educativo.

Judith Gociol
Fotos: Luis Tenewicki

En 1971, cuando Pedro Cahn -actual presidente de la Fundación Huésped y de la Sociedad Internacional de SIDA- se recibió de médico, no podía imaginar que diez años después iba a descubrir los primeros síntomas del HIV, la epidemia más cruel de las últimas décadas. Hoy está al frente del Servicio de Infectología del Hospital Fernández, y los avances que se han logrado para combatir la enfermedad son muchos. La sala de espera del Hospital desborda de pacientes y -aunque Cahn ya está bastante curtido- el panorama diario al que se enfrenta es durísimo.

-¿Por qué eligió dedicarse a las enfermedades infectocontagiosas?

-A mí me interesa la confrontación inteligente, y las infecciosas son el único tipo de enfermedad en el que no se trata un síntoma o un mecanismo de enfermedad, sino un agente vivo: una bacteria, un virus, un parásito o un hongo. Eso determina que sea el juego del gato y el ratón, los microorganismos desarrollan mecanismos de adaptación y de resistencia que hacen que haya que aguzar el ingenio. Creo que por eso me atrajo. Por otro lado, en las enfermedades infecciosas interviene un alto componente social. Son epidemias que hacen llover sobre mojado, porque los sectores más desfavorecidos son los que más las padecen y eso constituía también un desafío para mí.

-¿Cuáles eran las enfermedades infecciosas que se trataban por entonces, cuando empezó a trabajar?

-La tuberculosis, el Chagas y la hepatitis. Era una especialidad en la cual, en general, se lograban altas tasas de curación,no había -casi- gente que se muriera de enfermedades infectocontagiosas. El primer caso de sida en el mundo apareció en 1979, y en la Argentina en 1982. Recuerdo que durante los primeros 15 años de expansión de la enfermedad, la época negra, tenía un colega oncólogo que me decía: "Qué especialidad brava la tuya, a vos se te mueren todos". Afortunadamente, esa época pasó y hoy estamos en una situación totalmente distinta.

-¿Cómo enfrentó el primer caso de HIV?

-Al principio fue curiosidad, aparecían pacientes con enfermedades raras. La primera idea era juntar algunos casos para ver de qué se trataba y publicar esas experiencias, pensábamos que serían una docena de situaciones a lo largo del tiempo. Pero a lo que nos estábamos enfrentando era a la peor epidemia contemporánea.

-¿Qué sintió cuando percibió esa gravedad?

-Que tenía una responsabilidad social. Cuando uno se ha formado en la educación pública, llega un momento en el que se está obligado a devolver ese esfuerzo a la sociedad, y uno se puede negar. En esa época había muchos profesionales que se negaban a atender pacientes con HIV. Era muy común que yo fuera a una charla y que me preguntaran si, como médicos, podían negarse a atender la enfermedad. "Sí, claro que pueden negarse -contestaba yo- pero entonces lo que tienen que hacer es cambiar de profesión". Ningún médico admitiría que si se le está incendiando la casa, un bombero le dijera: "Mire, a mí el fuego me da un miedo bárbaro". Los que trabajábamos con HIV sufrimos la discriminación de los médicos. Por ejemplo, cuando llegábamos al bar y nos decían "Ahí viene la patota rosa". Hubo un jefe, que ya se jubiló, que me dijo: "Esto no es nada personal, vos disculpame, pero entre estos pacientes hay muchos homosexuales y drogadictos y yo tengo hijos". A lo que le respondí: "Quedate tranquilo, ni la homosexualidad ni la drogadicción son enfermedades infectocontagiosas". A nosotros, la Secretaría de Salud de la Nación nos llegó a prohibir la internación de pacientes con sida en el Hospital Fernández, a pedido de los profesionales. Eran señores con título de médico y educación universitaria, lo que prueba que tener un diploma colgado en la pared no necesariamente indica un cerebro en funcionamiento.



-¿Se refiere a la época de la dictadura?

-Estoy hablando de la democracia, del año 1986, durante la administración radical. Por entonces teníamos un archivo, queguardábamos en un locker, con las 400 historias clínicas de los pacientes que estábamos siguiendo. Ese archivo fue violado y desaparecieron las historias clínicas. De todas formas, nos quedamos en el Hospital Fernández y seguimos internando pacientes clandestinamente: cuando teníamos confirmado que era un caso de sida, no lo escribíamos en la historia clínica. Esa prohibición nunca fue levantada pero se diluyó con el tiempo, a partir de dos elementos: la aparición de mujeres embarazadas con HIV -que requerían de la misma ternura que cualquier mujer con panza- y la aparición de personal del Hospital, o de familiares del personal, con HIV.

-¿Qué momentos le resultan más arduos?

-Hay dos tipos de momentos. Uno es el de la exasperación a la que uno llega cuando se encuentra con la ineficiencia del sistema. En el hospital dedico un tercio de mi tiempo a lidiar con estupideces, con papelerío, con trámites que no se hacen y entonces dejan a la gente sin medicación. Es, además, un sistema de características darwinianas porque si bien es un sistema de puertas abiertas, solo está dirigido al que llega al hospital; al que no llega, no se lo va a buscar. Y a lo mejor ese enfermo no llega porque no tiene las monedas para el colectivo o porque tiene que trabajar en el horario en que están los médicos, o porque se trata de una mamá con cinco chicos que no tiene con quién dejarlos. La ineficiencia del sistema de salud es catastrófica. Y nosotros tratamos de paliarla como podemos. Lo otro que me pone mal es cuando, a pesar de los esfuerzos, un paciente se muere.

-¿Los prejuicios médicos siguen presentes?

-Creo que funcionan todavía en algunos médicos, no tanto en los hospitales públicos pero sí algunos odontólogos o ciertos médicos privados. "Yo a usted no lo puedo atender porque no tengo las condiciones en mi consultorio", es uno de los argumentos que dan. Y las condiciones no son más que guantes y materiales descartables. Hay enfermedades que se transmiten mucho más fácilmente que el HIV, como la hepatitis B, por ejemplo. En general, socialmente, si alguien dice que tiene HIV el resto de inmediato piensa en su conducta sexual, o en la drogadicción. A nadie se le ocurre pensar que la mitad de las mujeres que nosotros asistimos son mujeres que han contraído el HIV por transmisión heterosexual, porque han tenido sexo no protegido. Una encuesta realizada en Kenya mostró que el 40 por ciento de las mujeres infectadas había tenido una sola pareja sexual en su vida: su marido.
La discriminación hace que muchos pacientes se conviertan en enfermos clandestinos. Hoy, año 2006, tengo historias terribles de pacientes que esconden la medicación en su casa para que sus hijos no se enteren. Eso hay que combatirlo, porque no hace sino aumentar la gravedad de la epidemia. Si alguien se entera de que a otro le hicieron un vacío porque tenía HIV, no va a querer enterarse si tiene o no el virus. La sociedad argentina es mucho más discriminadora de lo que se permite admitir. La característica de homosexual se utiliza en las canchas de fútbol como un insulto. "Puto" es un insulto, "negro villero" es un insulto, cuando en realidad no deberían ser adjetivos calificativos sino, en todo caso, sustantivos.

-¿Cuál es el mapa del sida en la Argentina?

-La población de mayor riesgo es heterosexual -particularmente mujeres jóvenes-, localizada en la periferia de las grandes ciudades, sobre todo en los sectores de mayor pobreza. Como sucede con todas las epidemias, el más castigado es el sector económico y social más excluido. Es el colofón natural. Porque estos sectores no están solo excluidos del trabajo sino también de un ingreso, de una educación adecuada, del contacto social, de la información. Y aun cuando algunas de estas personas finalmente acceden a la información, es decir que saben que tienen que usar preservativo, se les presenta otra encrucijada: tienen solo ocho pesos hasta fin de mes, y entonces o compran comida o compran preservativos. A la persona que no tiene ingresos, o le damos la información junto con el preservativo o simplemente no los van a usar. Es siempre lo mismo, llueve sobre mojado. El problema con el sida, como con tantas otras epidemias, es que resulta muy difícil decir que se la va a erradicar si no se modifica el tejido social. Yo me pregunto qué razón puede encontrar para cuidarse un chico de 15 años, que vive en una villa, en una casucha con siete hermanos, con un padre sin trabajo y un abuelo que cobra una jubilación miserable. Un médico llega y le dice: "Cuidate, que hay que defender la vida". ¿Qué vida? ¿Qué futuro? Por ahí le da más satisfacciones fumar un porro o consumir paco, porque es lo inmediato. Del mediano plazo ya no tiene dimensión.

-¿Por dónde se empiezan a revertir estas situaciones?

-Es difícil si hay quienes piensan que no hay que dar educación sexual, que no hay que distribuir preservativos, que no hay que legalizar el aborto. La consecuencia es así de sencilla: si una chica de clase media tiene la mala suerte de quedar embarazada y quiere abortar, se interna en una clínica privada con diagnóstico de biopsia de endometrio y se le hace un raspado. En cambio, si es pobre se mete un perejil y termina en la terapia intensiva de un hospital con insuficiencia renal y tal vez habiéndole tenido que sacar el útero. Y casi mejor, porque así nacen menos pobres, ¿no? Es de una perversidad social enorme. Hay situaciones dramáticas. Chicas que, luego de su primera relación sexual, resultan sometidas a una triple situación: quedan embarazadas, con HIV y terminan abortando. Y lo peor es que tirios y troyanos saben que en la Argentina va a haber Ley del Aborto. Lo que se está discutiendo es cuándo. Y no es un tema de discusión teórica, cada día que pasa se cobra vidas. Todos los días mueren mujeres en la Argentina por abortos clandestinos. No creo que nadie en su sano juicio esté a favor del aborto, yo estoy profundamente en contra del aborto, pero para que no lo haya tiene que haber planificación familiar y la mujer tiene que tener el derecho a decidir cuándo quiere tener un hijo. Entonces, evitemos los abortos con una amplia difusión de la educación sexual y un amplio acceso popular a los medios de planificación. Nadie ignora que el tabaco hace mal, y sin embargo mucha gente fuma. Los motociclistas saben que tienen que usar casco, y sin embargo los índices de fractura de cráneo son altísimos. La información es necesaria pero no alcanza: hay que promover cambios de conducta. Y eso hay que hacerlo desde adentro y desde afuera del sistema educativo.
   
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