Teresa Acosta y la Virgen de Fátima
Por Ana Caporale*

Cuando el Pancho me lo dijo yo no lo podía creer. No porque el Panchito fuera a mentirme, no, porque él no miente, pero a mí igual me parecía mentira. Después, enseguidita lomás, me puse contenta. Contenta y orgullosa. Y a la final, supe que no me había equivocado al dejar que a la Marta la criara la patrona.

Me quedé tranquila: la Marta había llegado a ser alguien en la vida. No como el Pancho, pobrecito ¡ese sí que las pasó! Pero siempre sin quejarse. En eso salió igualito que a mí. Parece que a los dos el de arriba nos tenía preparado este destino y cualquiera sabe, por menos estudio que tenga, que al destino hay que aceptarlo, porque por algo se llama destino.

Gracias a Dios quel Pancho me salió tan voluntarioso. A la fuerza, claro. Por lo menos, a mí se me hace que nadie nace con ganas de yugarla. Más mejor sería nacer con el pan abajo el brazo.Y a la Marta, cuando se la dejé a la patrona, fue como ponerle un pancito abajo el brazo.

Como San Cono. O San Cayetano, no me acuerdo bien. Porque yo, cuando voy al pueblo y me hago un ratito para llegarme hasta la Capilla, no me paro nunca delante de los santos. No es que no les tenga rispeto, no, pero yo voy derechito ahí, ahí donde está la Virgen de Fátima. De chica. Siempre siempre. Debe ser que siempre fui muy crestiana, aunque no vaya a Misa ni otras cosas que hacen a un buen crestiano.

Me acuerdo de que. ¿qué tendría yo? Cinco o seis años tendría, lomás, y de mientras le tiraba el mái a las gallinas, esperaba que se me apareciera la Virgencita como se le apareció a los pastorcitos. Yo quería que me aliviara de todos los cansancios. Pero lo que más quería de todo, era que me ayudara con las cosas de la escuela.


A mí en la escuela no me iba nada bien. Será que nací burra y la Virgencita no podía ayudarme aunque quisiera. O seguro que tenía cosas más importantes que hacer, que ponerse ayudarme a mí.

Igual lestoy agradecida, porque seguro que layudó a la Marta. Yo siempre le rezaba para que la cuidara por mí.Y me escuchó, la Virgencita me escuchó de tanto que le pedí. Capaz que cuando yo era chica no le rezaba tan bien y por eso no me pudo ayudar y entonces tuve que hacer dos veces el primer grado.

La verdad es que ya para esa altura, me había aprendido el nombre de todas las letras. ¡De todas toditas! Y podía escribirlas bien. Todas prolijitas, en imprenta y en manuscrita, ques la letra como las que usan las señoritas. Pero después, cuando ya las había escrito a todas, no las podía leer. La señorita me decía "Juntalas Teresa, juntalas". Pero no había caso.

En ese momento no me daba cuenta de que la eme con la a forman ma y que la ese con la a forman sa y que, todas juntas, forman masa. A todo eso lo aprendí después, cuando ya no iba a la escuela. Porque la señorita, al ver que conmigo no había caso, le dijo a mi mamá que no me mandara más, que la escuela no era para mí. Al principio lloré. No sé bien por qué lloré, pero me parece que me daba cuenta de que todo iba ser más difícil para mí si no iba a la escuela nunca más.

O capaz que lloré porque mi mamá se puso muy triste y siempre me contagiaba deya. Si estaba contenta, yo estaba contenta. Pero cuando estaba triste, a mí me agarraba una tristeza más grande. O capaz quera igual, pero como yo era más chiquita, no me cabía del todo en el cuerpo y entonces me parecía que mi tristeza era más grande. No sé bien. O capaz que.sí, seguro quera eso, seguro que cuando la señorita maestra le dijo a mi mamá que mejor que no me mandara más, le rompió la ilusión más grande que tenía quera que yo, su Teresita, no fuera analfabeta.

La señorita no lo hizo a propósito, lo hizo para hacerme un bien a mí y otro bien a mi mamá. Pero las señoritas maestras no saben el dolor que pueden causarle a una madre. Por lo menos la mía no lo sabía.

Entonces seguro que lloré por eso, por no haberle podido guardar la ilusión a mi mamá. Y no hay nada más pior para una hija, que no ser la hija que la madre espera.

Mi mamá, tan calladita y buena como era, ese día le dio las gracias a la señorita, me agarró la mano y los fuimos de la escuela para siempre. Cuando ya habíamos caminado como una legua, me acarició la cabeza y me dijo "No llore mija, no llore". Desdese día, otras veces que me agarran ganas de llorar, me acuerdo de lo que me dijo la mamá -Dios la tenga en la Gloria- y casi no lloro.

Seguro que otros en mi lugar se hubieran alegrado, porque a ningún chico le gusta mucho ir a la escuela. A mí, en cambio, me hubiera gustado seguir. Aunque la verdad es que sufría bastante cuando en el salón no volaba ni una mosca y yo estaba tan solita frente al pizarrón, quera tan grande, mirando, mirando y mirando todas esas letras que había escrito y que me ponía tan contenta de que me salieran tan bonitas ¿Qué importaba si no sabía qué decían? Para mí, lo importante era que me salían bonitas: todas parejitas, una aladito de la otra. Pero la señorita insistía con "Juntalas Teresa, juntalas". Entonces las letras empezaban a engordar y a enflaquecerse y a borronearse. Dejaban de ser bonitas y a mí me venían unas ganas bárbaras de llorar.Y la señorita, dale que dale con que yo las juntara ¿Para qué querría que las juntara si ya estaban todas apretaditas?

A la final, los chicos se empezaban a reír.Aunque la señorita les decía que no debían reirse, que no todos los chicos éramos iguales y que unos aprendían más rápido y que otros más lento. Pero a mí no se me iban las ganas de llorar.Y encima me daba vergüenza. Pero me parece que yo no era lenta, si hubiera sido lenta, Don Carlos no me hubiera dicho que yo era más rápida que una liebre. Porque a mí me gustaba mucho correr y una sola vez perdí una carrera con el Pedro ¡Y eso quel Pedrito tenía como dos años más que yo! Pero bueno, parece que con las letras tanía que ser más rápida todavía. ¡Cómo me gustaría encontrarme con la señorita ahora! Le diría "Señorita maestra, déame lo que quiera que yo se lo leo". Seguro queya no siba acordar de que yo era "Juntalas Teresa, juntalas", entonces iba estar orgullosa de mí. Y seguro de queya tampoco siba acordar de que le había dicho a mi mamá que mejor no me mandara más a la escuela. Y claro: las maestras le enseñan a tantos chicos que después no pueden acordarse de todos, por más que quieran.



Seguro que mi mamá jamás se olvidó dese momento. Yo creía que me lo había olvidado también ¡Y me lo había olvidado! Pero no sé. ahora me lo acordé todo de golpe. Así pasa muchas veces: uno ni se acuerda de todas las cosas que se olvidó y después risulta que se le vienen a la cabeza como si nunca se hubieran ido.

Pienso de ques mejor que todo haya sido así. Porque todo es como debe ser, aunque no lo entendamos todas las veces, aunque al principio nos dean ganas de llorar, de romper algo. pero después, con el tiempo, a uno se le olvida y después, cuando se lo recuerda, se lo ve de otra manera, de una manera que ya no dan ganas de llorar ni de romper nada.

Ah! También me acuerdo de que un día la señorita. Bueno, la verdad es quera señora, pero todos le decíamos señorita. Y entrellas, cuando estaban en el patio y los chicos no las escuchábamos, se decían ché Susana, escuchame Aurora. pero si no, se decían señorita. Aunque ahora que me acuerdo, a la diretora le decían señora. La verdad que no sé por qué sería. Nunca me había puesto a pensar en eso. Ahora, recién ahora quel Pancho me dijo que la Marta era maestra, me vinieron esas ideas.

Ahora mi Marta es la señorita Marta y capaz que algún día, si llega a diretora, vaser la señora Marta. Seguro que la Marta, bueno: la señorita Marta, tampoco vadejar que los chicos se rían del más burro del salón. Y claro, sería como si los dejara reírse de su propia madre.

Porque a la final yo soy la madre verdadera, aunqueya no lo sepa. No le quito mérito a la patrona, claro, después de todo ella la crió y le dio un estudio para que la Marta pueda ser alguien en la vida.

A mí no me importa que la Marta no sepa que yo soy la madre madre, me alcanza con saberlo yo misma. Y el Pancho, bueno.

Yo no iba decirle nada al Panchito, pero él se dio cuenta. Parece que fue ayer lomás que me preguntó que ándestaba el nene.Y yo le dije que qué nene. Y él me dijo quel que tenía en la panza. Y yo le dije quera muy mocoso pandar hablando desas cosas y con la propia madre. Y entonces él se puso todo colorado y a mí me agarró como una pena y entonces se lo dije.Y él no dijo nada.Y yo tampoco dije nada.

Así él fue creciendo calladito. Y yo también. Y también que mucho tiempo para hablar no teníamos: en el campo una habla más con los alimales que con las gentes. Y después, cuando venían los patrones, sí señor, no señor y a dormir temprano que hay que levantarse temprano. Y entonces hablábamos poquito. Y nunca nunca de la Marta.

Así que hoy, cuando vino el Pancho y me dijo que la Marta es maestra, no lo podía creer. Cuando me lo dijo, sestaba limpiando la grasa del trator que tenía hasta los codos, pero igual me di cuenta de que se había puesto todo colorado, como esa vez quera chiquito. Pero después me miró. Y yo lo miré.Y los dos nos reímos.Y entonces supe que no me había equivocado y que, a la final, la Virgencita de Fátima me había ayudado. Entonces agarré y le pregunté al Pancho si no quería tomar unos matecitos. Y él me dijo que sí.


* Ana Caporale nació en Roque Pérez, provincia de Buenos Aires, en 1963. Ejerce la docencia desde 1998 y actualmente enseña en el Centro Educativo Complementario nº 801 de Saladillo, provincia de Buenos Aires. Publicó Por el bien superior de los niños. Relatos antipedagógicos, libro de cuentos al que pertenece "Teresa Acosta y la Virgen de Fátima".
   
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