Las escuelas que siguen a los chicos

Las escuelas flotantes fueron creadas en 1983 y en la actualidad hay seis en funcionamiento. Su condición les permite trasladarse y, por lo tanto, acompañar las necesidades educativas en zonas con poblaciones migrantes y de difícil acceso por tierra. Aquí, la vida cotidiana de los maestros, las chicas y los chicos de dos escuelas de Entre Ríos.


No hace mucho tiempo, si se solicitaba a cualquier niño que dibujara una escuela era muy probable que esbozara las formas de un edificio, una especie de casita con bandera apoyada en una línea: podía ser verde, simulando pasto; marrón o gris, si la intención era representar una vereda. Pero desde hace algunos años, recurriendo a sus lápices y marcadores, los chicos vienen diseñando novedosos bocetos escolares. Al lado de las escuelas "nave espacial" o de los mástiles que elevan sus banderas a control remoto, es posible encontrar dibujos como los de Juan Pedro -a quien se conocerá en esta nota- en los cuales la escuela tiene cierto vaivén, se mueve, flota.

ESCUELAS FLOTANTES: ¿METÁFORA O REALIDAD?

Tal vez la expresión "escuelas flotantes" remita a muchos a Últimas imágenes del naufragio, del cineasta argentino Eliseo Subiela, o a alguna de las tantas películas de Pino Solanas, donde lo que predomina es el agua. Cierta costumbre de pasar primero por algún rodeo metafórico puede llevar a pensar que con "escuelas flotantes" se intenta nombrar "otra cosa"; con seguridad algo ligado ala supervivencia de la institución escolar en una realidad como la que se vive hoy en la Argentina, tan golpeada por la crisis. Sin desacreditar las metáforas, es posible afirmar que esta vez la cuestión resulta ser más sencilla: las "escuelas flotantes" son, literalmente, escuelas que flotan en el agua.

Un folleto titulado Escuelas del agua que siguen a los chicos explica a partir de una serie de planos, que las escuelas flotantes son construcciones montadas sobre plataformas, a su vez apoyadas en flotadores, que se amarran a la costa. No tienen propulsión propia -es decir, motor- pero pueden desplazarse con barcazas o lanchones.

La primera escuela flotante se construyó en 1983 y en este momento hay seis de ellas desperdigadas por las aguas del Predelta del río Paraná. Dos son los beneficios principales de este peculiar invento. Por su flotación, estas escuelas no se inundan pues la plataforma sube y baja con el nivel del río. Esta particularidad posibilita que haya escuelas allí donde los terrenos, al ser inundables, no resultan aptos para la edificación de escuelas permanentes. Por otra parte, la posibilidad de su desplazamiento permite que "las escuelas sigan a los chicos" y que se instalen en lugares donde hay niños en edad escolar. Por las características económicas de la zona, las poblaciones migran periódicamente, razón por la cual las escuelas construidas sobre pilotes en terrenos isleños, incluso si no son tapadas por las aguas, muchas veces quedan sin matrícula por el movimiento de las familias.

Las escuelas flotantes visitadas están ubicadas en el Departamento Victoria de la provincia de Entre Ríos, provincia que -vale la pena recordarlo- se constituyó en escenario principal de innovación pedagógica durante las últimas décadas del siglo XIX al erigirse, en 1869, la primera Escuela Normal en la ciudad de Paraná.

UN POCO DE HISTORIA

Unas décadas antes de que se inaugurara el primer instituto para la formación de maestros, Domingo Faustino Sarmiento -preocupado por distribuir la "mayor instrucción posible al mayor número de alumnos"- formulaba una pregunta sencilla pero crucial para que ese sueño se hiciera realidad: ¿Dónde? Y él mismo respondía: "Antes de pensar en establecer sistema alguno de enseñanza, debe existir un local de una forma adecuada. La fundación de una escuela requiere desde luego un espacio de terreno conveniente, que contenga el edificio y adyacencias suficientemente espaciosas, aire libre y extensión sombreada por árboles" (Sarmiento, Educación popular, 1849). Las escuelas deben ser "locales" apoyados en "terrenos", decía Sarmiento. Por mucho tiempo los promotores del sistema educativo argentino siguieron las directrices del "padre del aula" y buscaron tierras aptas para plantar escuelas.

La cuestión del dónde sigue aún hoy vigente y muchas veces irresuelta. Las escuelas flotantes entrerrianas son una singular respuesta a esa pregunta, que dialoga- como no podía ser de otro modo- con el mandato sarmientino.

EL VIAJE

Mediados de julio. Unos débiles rayos de sol otoñal evitan que el frío sea absolutamente implacable. Las escuelas 40 y 58 están a dos horas y media de la ciudad de Victoria. De aquí en más, en lo que queda del día, las distancias se medirán en tiempo. Al principio, la ruta de agua elegida corre paralela al puente Rosario- Victoria; sin embargo, luego se lo perderá de vista para internarse en el arroyo La Camiseta. No es un día particularmente ventoso, pero la velocidad de la lancha fabrica un viento helado que pega en los cuerpos sin clemencia.

La vegetación de las islas es baja; de vez en cuando se observa ganado vacuno pastando o alguna embarcación mediana transportando animales. Por momentos, el verdor del paisaje es cortado por una seguidilla de colmenas. El sustento principal de los hogares de la zona proviene de la caza -preferentemente de nutrias, cuando es la época- y la pesca -de dorado, pejerrey, boga, surubí. Pero en la actualidad muchos lugareños se dedican al cuidado de animales, dado que las tierras de las islas se utilizan para el arrendamiento.

Al hacerse visible una construcción blanca que sobresale de la isla como si fuera un pequeño muelle, la lancha comienza a aminorar su marcha. Unas manos alzadas indican que a menos de cien metros está la Escuela 40.


PRIMERA ESTACIÓN : LA ESCUELA 40, EL TEMPE ARGENTINO

De paredes de madera, pintada de blanco -con un toque de celeste verdoso en la puerta y las ventanas laterales-, la escuela tiene barandas con enrejado, también blancas pero algo despintadas, que dibujan el perímetro de la plataforma protegiendo a los "tripulantes" de posibles caídas. De afuera parece simplemente una casa -salvo por un detalle: la bandera celeste y blanca en lo alto-, pero al ingresar, lo que la intuición hacía suponer que iba a ser una sala de estar, se transforma en un aula: cinco o seis bancos dobles, un pizarrón, un mapa de la provincia de Entre Ríos, un planisferio, un esquema del cuerpo humano, una imagen de San Martín, los meses del año, un cuadro con las tablas de multiplicar, una estantería con manuales y libros; en fin, un salón de clases como tantos otros. Llama la atención una guitarra confeccionada con cartón corrugado, colgada en el ángulo superior derecho del pizarrón: "¿Quién hizo esa guitarra?". "Juan Pedro, para un acto de fin de año; también hizo un acordeón y unas galeras y aquel barco que está allí".

Juan Pedro tiene 12 años y está en 7°. Se levanta a las siete y media, por lo general desayuna en su casa -aunque también tiene la posibilidad de hacerlo en el colegio-, se pone el guardapolvo y, caminando, se dirige a la escuela. Pero a veces su rutina cambia. Esto ocurre aquellas mañanas en las que tiene que ayudar a su papá con la hacienda. De todos modos, sus tardanzas no le impiden seguir siendo uno de los "infaltables" cinco alumnos de Olga, la maestra.

La Escuela 40 y el resto de las flotantes deben cumplir con los mismos requisitos normativos que las escuelas asentadas en tierra firme, pero cuentan con algunas prerrogativas que les permiten contemplar tardanzas y compensar días perdidos: trabajar en contraturno o abrir sus puertas los fines de semana. El calendario de estas escuelas se altera como mínimo una vez por mes. Olga cuenta que necesita al menos un día hábil disponible para viajar a Victoria a buscar el gas, las provisiones para el comedor y cobrar su sueldo. Los maestros/directores de estas escuelas cobran un sueldo básico de 335 pesos, un plus por traslado de 19 pesos y otro de 120% por zona desfavorable.

La mayoría de las escuelas flotantes son de personal único y multigrado, y las llaman singulares porque tienen los tres ciclos de EGB. Pero la singularidad de estas escuelas excede por mucho este rasgo. Olga dice que ella se desempeña como una maestra particular, brindando enseñanza personalizada: "Cuando hay exámenes, muchas veces los chicos vienen a la tarde a estudiar acá, y yo les tomo la lección.También vienen a hacer la tarea porque no les gusta llevarse las carpetas. Después se quedan mirando la tele, leyendo o jugando".

Eliana es hija de Olga, tiene 14 años y está en 8º. Imitando los pasos de su hermano mayor, planea mudarse a Victoria el año próximo para poder seguir estudiando. No hay hasta el momento polimodal "flotante" y son contados los chicos que al finalizar 9º año tienen la posibilidad de continuar sus estudios trasladándose a Victoria, Rosario o Villa Constitución. La partida de Eliana dejará, literal y metafóricamente hablando, un espacio vacío: la cama que hoy ocupa será utilizada por un alumno que el año próximo comenzará primer grado. "Muchos padres están entre la espada y la pared -dice Olga-. No pueden mandar a sus hijos por la distancia, entonces vienen y te dicen: 'Señora, ¿no puede tener al nene durante la semana?' Y vos tenés que aceptar."

La Escuela 40 está instalada sobre el arroyo Barrancoso desde hace cinco años. Como si dibujara con gestos un croquis en el aire, la maestra reconstruye el recorrido que hizo con su escuela: “Estuve cuatro años dando clases en La Capilla. Después una familia vino para acá, otra fue para otro lado; entonces el papá de este chico (señala a Juan Pedro) me dijo: ‘Señora, en La Capilla ya no queda nadie, ¿usted no se podrá correr con la escuela? Para nosotros sería mejor’.Y así los padres me hicieron un ranchito para que yo empezara a dar clases y después me dieron esta escuela (se refiere a la flotante que actualmente utiliza) y ya me quedé en esta zona”.

La decisión de mover las escuelas la toma la Supervisión Departamental de Educación de Victoria, tanto a partir de la solicitud de los padres como de constatar la existencia de niños en edad escolar que no están recibiendo educación sistemática. “Donde se trasladan los papás con los chicos, ahí va la escuela”, dice la supervisora. Una política en la que resuenan ecos de aquel dicho: “Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma”.

LA ESCUELA 58, MARCOS SASTRE

Todos los alumnos llegan caminando o en canoa, excepto un nene y una nena que -en sentido estricto- no van a la escuela porque de lunes a viernes viven allí con Juan José, el maestro. Los padres de estos hermanitos se han establecido en el arroyo San Lorenzo, a dos horas y media de viaje de la escuela, un trayecto dificil de hacer todos los días para llevarlos e ir a buscarlos.

No es en la esquina donde se agrupan los chicos, minutos antes del ingreso. Tampoco el sonido del timbre es el que les avisa que ya son las 8 y media y que deben entrar a la escuela. Algo dormidos izan la bandera acompañando el acto con una oración; luego entran al aula y comienzan a organizarse.

“Un día común es bastante complicado –cuenta Juan José–, los nenes de jardín son muy revoltosos y hay que dedicarles mucho tiempo. Cuando estoy con un tema nuevo, por ejemplo en EGB 3, doy repaso en los otros ciclos. Los más chicos trabajan solos mientras me ocupo de los grandes. Después paso a trabajar con los demás, y los de EGB 3 se ponen a hacer actividades".

En letra cursiva, un afiche ensaya pronombres y saludos en inglés. Desde que la provincia decidió que las escuelas flotantes dictaran los 3 ciclos de EGB, los maestros debieron capacitarse para enseñar este idioma extranjero. Cuenta Juan José que es la materia que más entusiasma a los chicos.

La conversación con Juan José tiene un particular sonido de fondo: unas voces casi ininteligibles, saturadas de fritura y descarga, irrumpen en el salón de clases para luego cesar en forma abrupta, acompañadas de un ruido parecido al de un interruptor. La Escuela 58 tiene equipo de radio, el principal medio de comunicación entre las embarcaciones, las viviendas de las islas y la ciudad de Victoria. El único modo de contrarrestar las contingencias del aislamiento es la conexión a través de la radio. En la zona no hay dispensarios ni salas de primeros auxilios, y frente a cualquier accidente o urgencia los isleños tienen que trasladarse necesariamente a Victoria o a Rosario.

En la región no hay lanchas-colectivo ni ningún tipo de transporte público con frecuencia diaria. Las únicas embarcaciones que navegan estos arroyos y riachos pertenecen a particulares o a la policía de isla. Cada quince días pasan barcos recogiendo la pesca, y representan la oportunidad quincenal de trasladarse para muchos pobladores.

Juan José es de los afortunados que tienen movilidad propia. De todos modos, la llegada a la Escuela 58 no deja de ser una travesía. Si comienza el recorrido en la ciudad de Victoria: debe ir primero por la ruta 11, camino a Gualeguay, hasta el paraje Rincón de Nogoyá. Desde allí, por tierra, tiene que recorrer 10 kilómetros a caballo o en bicicleta hasta llegar al riacho Victoria. Recién en aquel lugar se encontrará con su canoa con motor fuera de borda, que deberá manejar hasta el arroyo Barrancoso donde está amarrada la escuela.

Al arroyo Barrancoso no llegan lanchas-colectivo, pero sí el desempleo. Y con él, algunos planes sociales. Las diferencias con las escuelas urbanas se desdibujan cuando se le propone a una señora, mamá de dos alumnas, realizar en la escuela trabajos administrativos como contraprestación del Plan Jefes y Jefas de Hogar.

La escuela 58 se creó en 1966 y en 1983 se hizo flotante. Hace diez años que está en el Paraje 4ta. Sección de Islas y hace seis que recibió una escuela flotante recién construida, lista para estrenar. Así como las escuelas de tierra firme sufren remodelaciones o se mudan de edificio, las escuelas flotantes también precisan refacciones, pero cuando ya están muy deterioradas se hace necesario un "cambio de modelo".

Ya se citó a Sarmiento y los requisitos para la instalación de una escuela: "adyacencias suficientemente espaciosas, aire libre y extensión sombreada por árboles". La Escuela 58 parece haber seguido al pie de la letra tales indicaciones, sumándole al paisaje extenso y arbolado un aro de básquet pintado de blanco. En los recreos, cuando el estado del tiempo lo permite, los chicos y las chicas aprovechan para jugar afuera, en este "patio" sin límites visibles, el más grande que alguien que pasó su infancia en patios escolares de cemento pudo haber visto.Y cuando el calor aprieta, a fines de la primavera, las clases también ocurren afuera, bajo la sombra de los árboles.

No muy lejos de la costa, unos pupitres desparramados le dan al entorno un toque especial. Se trata de los clásicos pupitres de otros tiempos, de madera robusta, ya añejos. Si bien no hay lugar más familiar para un pupitre que una escuela, en este cuadro su presencia suena rara. Juan José comenta que casi no se usan, pero aun así, o quizás precisamente por su desuso, transmiten una suerte de insistencia.

La escena de los pupitres condensa la sensación de familiaridad mezclada con extrañeza que acompañó este viaje. Las escuelas flotantes, por momentos, insisten en narrarse como escuelas comunes y corrientes; con actos, abanderados, asociación cooperadora. Pero la linealidad de este relato se interrumpe con los desplazamientos, las ventanas al río, el ruido del equipo de radio. Las escuelas flotantes, como todas las escuelas de nuestro país, intentan conjugar su particularidad irreductible con la presencia de lo común, con el halo de ser -y querer ser- parte de algo mayor.

Ana Laura Abramowski

   
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