Porque es un buen
compañero

Como alumno no era lo que se dice un modelo. Y abandonó los estudios con el secundario a medio hacer. Eso sí: le queda el orgullo de haber sido elegido mejor compañero durante tres años seguidos. Las memorias escolares de un gran actor, autodidacta de vocación.

Ricardo Darín nació en Buenos Aires en 1957, cursó parte de la escuela primaria bajo el gobierno de Juan Carlos Onganía y abandonó el colegio secundario en los tiempos convulsionados previos al regreso de Perón a la Argentina. Hoy es un actor reconocido que suplió la formación académica con innata habilidad, intuitiva simpatía y una enorme observación de ese mundo de escenarios al que lo integró su familia desde muy chico. Ha hecho un trato con Ricardo, su hijo mayor: "Vos llegaste en la escuela hasta donde yo no llegué -le dijo- por eso te pido un favor, todo lo que te parezca que yo tengo que saber, avisámelo, y yo a cambio te cuento algunas experiencias". Su otra hija, Clara, está en sexto grado. Cuenta su padre: "Es una excelente alumna y un ejemplo para toda la familia. Se preocupa cuando se saca un ocho, mientras nosotros la miramos como si tuviera fiebre".

 

-¿Qué recordás de la escuela?

-Yo soy un personaje medio raro porque tengo la memoria relacionada con cosas muy básicas y esenciales, como el olfato, por ejemplo. Lo que recuerdo es el olor de la escuela. Es decir, no un olor específico, sino una atmósfera, una mezcla química que combinaba el olor de las aulas, de la goma de borrar, y del buffet donde pasábamos la mayor parte de los recreos. En realidad le decíamos "la cantina" y era una especie de quiosco de avanzada porque vendían pizzetas calientes -muy ricas, aunque quizás no del todo saludables-, pebetes de salame y queso... Supongo que era una concesión hecha a alguien que llevaba años en el colegio. Me acuerdo de casi todos mis compañeros, de las alianzas que se tejían, de los enamoramientos, de las fraternidades... Me he ido encontrando con algunos de ellos en forma aislada, después de muchísimos años, y esos encuentros siempre me produjeron conmoción.

-¿Recuperaste algunas de esas amistades?

-No las recuperé, porque no las había perdido. Están donde ya las tenía alojadas: en mi cabeza y en mi corazón. No retomamos la cotidianidad pero no importa porque, como dije, mi memoria funciona de manera sensorial: por ahí alguien dice una frase al pasar e, inmediatamente, esas palabras me desatan un viaje hacia treinta años atrás.

-¿Qué más aparece en este "viaje" escolar?

-Ciertos maestros, más precisamente las actitudes de ciertos maestros en los que vos notabas que se apasionaban por lo que hacían, por ayudar a moldearte como persona. Porque, además, la docencia estaba muy prestigiada por entonces en nuestro país, los maestros estaban mejor pagos y no necesitaban repartirse entre tres o cuatro empleos. Se los veía mucho más relajados que ahora, más abocados a la formación de cada uno de nosotros. Recuerdo en algunos de ellos una actitud de devoción que me conmueve. Supongo que hoy también debe existir, pero el esfuerzo que tienen que hacer en la actualidad los maestros para que esa mística no se pierda, es mucho mayor. Puede parecer que no tiene nada que ver, pero yo asocio a esa escuela con el policía al que podías recurrir si te pasaba algo, con una sociedad donde los chicos y los ancianos eran privilegiados y no las primeras víctimas, como ahora. En cierto modo asocio a la escuela con otro modelo de vida. Mi colegio primario, el Mariano Acosta, quedaba en Urquiza y Alsina y era solo de varones, mientras que al lado funcionaba uno que era únicamente de mujeres; de modo que esa gran manzana era el pulmón de formación de todo el barrio y a partir de allí se estructuraban nuestras actividades barriales: jugar en la calle, vaguear en las esquinas... porque, ¿dónde empieza o dónde termina la formación de uno? Yo creo que es una continuidad entre la escuela, la familia de uno, las casas de los amigos... Es una combinación mágica de componentes y de actitudes.

-Mientras hablás, ¿pensás en algún maestro en particular?

-Sí (se ríe). Fue en la escuela Tejedor, en la que estuve antes que en el Mariano Acosta. Estaba en primero inferior -estoy hablando de la prehistoria, mi compañero de banco era Sarmiento- y un día tuve una de esas desgracias escolares. Me cagué, bah. Aún me acuerdo de la amabilidad con la que el vicedirector -Gomar era su apellido- me ayudó,me limpió y me cambió mientras un maestro llamaba a mi casa. Esa dedicación es la que me resulta admirable.

-¿En todos los maestros encontraste esa misma dedicación?

-No, me acuerdo de un profesor que tenía una carga muy grande de violencia que le costaba controlar. Una vez, un alumno llegó tarde por enésima vez y, cuando entró, el maestro le agarró el portafolios y lo estrelló contra la puerta. Teníamos 9 o 10 años y quedamos impresionados.

-¿Qué situaciones difíciles se te presentaron en la escuela?

-En el colegio se empieza a probar también el poder, a conocer la estructura social: los más grandes con los más chicos, los fuertes con los débiles... Situaciones de choque, donde se empiezan a medir fuerzas. Y yo tenía un gran problema con la agresividad, con eso de que se hicieran los guapos, con esos intentos de sometimiento físico e intelectual. Por entonces desarrollé una fobia, que me dura hasta hoy, a la prepotencia verbal o física, quizás porque yo era muy chiquito y muy flaquito.

-Y por eso evitabas las situaciones violentas.

-No, al contrario, si detectaba un despelote con alguien, me metía e intentaba pararlo. Una de las cosas que más orgullo me hizo sentir en la vida -más allá de lo profesional- pasó en la primaria.Yo era un alumno medio, tirando a vago, con cierta capacidad pero no mucha devoción escolar, de modo que nunca llegué a abanderado. Pero durante tres años seguidos fui elegido mejor compañero y eso me produjo un orgullo que mi papá se encargó de destacar.

-¿Actuabas en las fiestas patrias?

-Empecé a actuar desde muy chico; de manera que en la primaria, yo ya era actor. Pero tanto los maestros como mis compañeros lo tomaban con naturalidad. Yo mismo lo tomaba así. Nací en una familia de actores, o sea que para mí estar con mis padres en un escenario era lo mismo que para otro chico ayudar a su papá en la farmacia. Y en la escuela actuaba cuando actuaban todos o nos integrábamos todos al coro.

-¿Qué rincones de la escuela preferías?

-Muchos rincones, porque el colegio Mariano Acosta era gigantesco. El laboratorio de química, que estaba medio vedado para nosotros porque era para los del secundario; el patio de deportes donde jugábamos al handball, que terminaba en un gallinero con patos y gallinas. Ahí estaba la casa de alguno de los porteros. Desde el patio se iba también al vestuario para deportes, que habían dispuesto en lo que era el microcine, y en donde hacíamos torneos de toda índole.

-Casi todos tus recuerdos están asociados con lo que pasaba afuera del aula.

-Nooo (entre risas). También me acuerdo de las clases de francés con madame Suzanne, de una calidez insuperable y de la que todos estábamos perdidamente enamorados. No me olvido la especie de shock que sufrí cuando me enteré de que estaba embarazada. Es que, hablando más en serio, a veces uno siente un interés natural por determinadas materias y otras veces es el profesor quien lo provoca con su magnetismo. Mi hijo me contó que uno de sus maestros asocia todo el contenido de su materia con lo futbolístico: "Es un capo", me dijo.

-Hablaste mucho más del primario que del secundario...

-Es que tengo afectivamente más presente la primaria. Hice el secundario en el Sarmiento, que era el camino obligado de los rebotados del Buenos Aires y del Pellegrini. Recuerdo con claridad la decepción que me produjo no entrar al Buenos Aires: fui a ver la nota y allí estaba un chico gordito que había ido por lo mismo. Los dos nos habíamos sacado 81 y festejamos porque era una nota alta, sin ver que había un cartel que decía que, dada la gran cantidad de inscriptos, el puntaje mínimo se había elevado a 82. Además, mi entrada a la secundaria coincidió con una época muy movilizada políticamente y con la separación de mis padres, y eso produjo un quiebre en mi vida. Me acuerdo en particular de la profesora de Geografía, Lescano, porque ella valoraba mucho que yo trabajara y ayudara a mi familia; entonces me perdonaba los incumplimientos y me ponía siempre como ejemplo: "Por qué no hacen como Darín que..." y los demás se morían de risa porque sabían que la cosa no era tan así. Y me usaban de intermediario cuando querían conseguir algo de ella.

-¿Alguna vez te hiciste la rata?

-¿Me estás cargando?... (risas). Deberías preguntar si hubo algún día en que entré a la escuela. El proceso de deterioro de mi atención escolar fue notable y no me parece muy digno de ejemplo. La calle empezó a llamarme mucho y mi interés por la secundaria era inversamente proporcional a mi pasión por el teatro. En la primaria hacerte la rata no tenía sentido, porque la pasábamos bien y, pese a ciertos días plomizos, me gustaba. Empecé a dejar de ir al colegio cuando dejó de gustarme. A veces la educación debería ser más entretenida, no estar tan encapsulada.

-¿Por qué abandonaste el secundario?

-La verdad, no sabría decirte exactamente. Lo dejé después de repetir tres veces tercer año, porque me quedaba libre por las faltas. Había empezado a trabajar con mayor fluidez y ese mundo me atrapó, además en casa necesitábamos de ese ingreso. Pero es una espina que me quedó atravesada; así que como Ricardo, mi hijo mayor, está pasando por la etapa en la que yo me quedé, hicimos un trato: " Te pido un favor -le dije- de acá en más, todo lo que te parezca que yo tengo que saber, avisámelo, y yo a cambio te cuento algunas experiencias".

-¿Experiencias con la actuación?

-No, le hablo de algo mucho más fácil: la vida.

-¿Qué es para vos la educación?

-El aprendizaje es un proceso que cruza la información con la constatación y eso no se produce necesariamente en un mismo lugar; puede empezar en uno y completarse en otro. Por eso creo en un proceso acompasado entre el colegio y las familias. Se puede ayudar a que el alma entre en armonía, y en eso la escuela tiene mucho que ver. Porque la educación no debe estar teledirigida hacia algún lugar; confío en los estímulos y en la confianza en uno mismo que te transmite alguien generoso. Todos tenemos capacidad y dependemos de cómo nos estimulan.

-¿Y la formación teatral?

-Yo no asistí nunca a ningún taller, seminario ni escuela de teatro. No tuve un aprendizaje basado en lo formal ni en lo técnico; sino a partir de la observación de aquellos que, con mayor o menor generosidad, me participaron del oficio. Yo siento como maestros a todos aquellos que alguna vez me permitieron aprender, aunque más no sea mostrándome algo o hablándome de lo que les pasaba. Mis padres eran muy queridos en el oficio, pero no me refiero a la farándula sino a los laburantes y justamente, fueron esas personas las que me dejaron respirar el oficio, muy pegadito a ellos. De modo que mi aprendizaje fue dándose de manera imperceptible, más bien sensorial. Así aprendés de las actitudes generosas y también de las que no lo son. Hay que agradecer a esas personas con las que no coincidís, porque te evitan perder tiempo, ya que te muestran rápida y claramente lo que no querés ser.

Judith Gociol

   
Subir