Educación y construcción de una sociedad justa

Emilio Tenti Fanfani*

La escuela es una aliada estratégica en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria. Muchas familias argentinas confían en ella para que sus hijos e hijas "sean alguien en la vida" y tengan un futuro mejor que este presente tan cargado de dificultades.

Sin embargo, las múltiples desigualdades sociales son persistentes y en muchos casos tienden a reproducirse entre las generaciones,más allá de las buenas intenciones. En efecto, uno de los sociólogos contemporáneos más reconocidos del mundo escribe:"La educación universal, se sostiene, contribuiría a reducir las disparidades de riqueza y poder (..)". Y luego se pregunta hasta qué punto esto es cierto. La respuesta que ofrece es contundente: "Se han dedicado numerosos esfuerzos de investigación sociológica a responder esta cuestión. Sus resultados han sido claros: la educación tiende a expresar y reafirmar desigualdades ya existentes, en mucha mayor medida de lo que contribuye a cambiarlas" (Giddens A., Sociología, Alianza, Madrid 1997, pág. 466). Pero esto no es una gran novedad, ya que en los Estados Unidos, el célebre Informe Coleman de 1966 afirmaba que "Las desigualdades impuestas a los niños por su hogar, vecindario y compañeros se prolongan hasta convertirse en las desigualdades con las que se enfrentan a la vida adulta al finalizar la escuela".

Mientras algunos estudian las relaciones objetivas entre características de los alumnos y sus familias, variables de la oferta escolar y rendimiento académico de los niños; otros investigadores analizan qué es lo que sucede en lo que se llama "la caja negra" de las instituciones escolares. Aquí las representaciones, tipificaciones y expectativas de los actores juegan un papel fundamental. Diversos estudios mostraron que existe una cierta tendencia a "esperar menos" de los niños que tienen ciertas características sociales, culturales, étnicas, de género, etc. Muchas veces las relaciones entre las personas están mediadas por las imágenes que nos hacemos de los otros, y estas tienen una influencia variable sobre la construcción de las subjetividades. "Todos nos parecemos a la imagen que los otros tienen de nosotros", decía Borges. Lo que esta tradición intelectual viene a recordarnos es que la desigualdad y la exclusión no son fenómenos automáticos, sino que se producen a través de prácticas de sujetos que son parcialmente conscientes de lo que hacen.

Diversas investigaciones realizadas en la Argentina (y en otros países de América Latina) probaron que, si bien un mayor número de individuos accedió a una mayor cantidad de años de estudio, este aumento de la escolaridad no fue correlativo con el mejoramiento en la distribución de otros bienes sociales tales como el ingreso, la salud, la vivienda, etc. Por el contrario, este aumento de la escolarización fue acompañado por un incremento en la segmentación social del sistema (desaparición progresiva de las instituciones escolares "policlasistas" y fortalecimiento de ofertas educativas estratificadas y jerarquizadas). Por otra parte, las desigualdades persisten o se amplían en virtud del desarrollo más acelerado de las escuelas para las clases privilegiadas, siempre más dotadas, no solo en términos de infraestructura física, sino también en tecnologías complejas, vínculos sociales, dominio de idiomas extranjeros, etc.

Ante este panorama crítico y al igual que en otros campos de la vida social, es preciso combinar "el pesimismo de la inteligencia" (es decir, el conocimiento de las dificultades) con "el optimismo de la voluntad". Proponemos tres principios para estructurar una estrategia de lucha contra las desigualdades educativas:

a) La escuela sola no puede. Es obvio que si no se dan ciertas condiciones de igualdad y justicia social (crecimiento económico con inserción laboral, redistribución de la riqueza, ingreso básico para todos, etc.), la escuela no puede cumplir con su misión específica. En este sentido, la política educativa debe articularse en una política general de desarrollo para la integración social.

b) Sin la escuela no se puede. Hay contribuciones que solo la escuela puede hacer para construir una sociedad más justa y democrática, y estas cosas tienen que ver con el desarrollo de conocimientos y actitudes básicas, tanto para entender y juzgar el mundo en que vivimos como para transformarlo a través del trabajo socialmente productivo. Para ello es preciso recurrir a toda la voluntad y a todo el conocimiento, a todos los valores que distinguen la tradición republicana e igualitaria de la escuela pública argentina.

c) En última instancia, la construcción de una escuela mejor para una sociedad más justa es una cuestión de ciudadanía; en otros términos, es algo que excede el campo estrecho de la pedagogía y la política educativa. Es una cuestión de política con mayúsculas y sin adjetivos.

Una sociedad más justa nunca será el resultado automático de ningún mecanismo espontáneo del mercado. Por el contrario, es preciso construir una fuerte voluntad colectiva para la realización del interés general. Esta debe tener un sentido y un proyecto: la construcción de una Argentina para todos. A su vez, la política educativa deberá instrumentar los medios más adecuados para achicar desigualdades en la disponibilidad de recursos pedagógicos (dando más a quienes más lo necesitan). Al mismo tiempo, deberá intervenir para cambiar aquellas mentalidades (expectativas, prejuicios, etc.) y prácticas (tanto familiares como escolares) que a veces ponen en duda la capacidad de aprendizaje de muchos niños y adolescentes que viven situaciones de dificultad. Porque todas las niñas y los niños pueden aprender, si se les provee de las condiciones sociales y pedagógicas necesarias, suficientes y oportunas.

* Profesor de la Universidad de Buenos Aires, investigador independiente del Conicet y consultor en el IIPPE-Unesco en Buenos Aires.

   
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