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La escuela y la igualdad: renovar la apuesta
Inés Dussel - Myriam Southwell
La igualdad es un concepto querido por los educadores.
La escuela que conocemos se organizó como un medio
de distribuir conocimientos a todos, y de producir
una cultura común que garantizara la inclusión en una
sociedad integrada. Por ejemplo, las instituciones educativas
que diseñó la Revolución Francesa (una de las primeras
experiencias históricas modernas que se plantea
la formación de una sociedad igualitaria) se llamaban
casas de igualdad, y en ellas los niños debían acceder al
mismo vestuario, la misma alimentación, la misma instrucción
y el mismo cuidado. La idea de "escuela pública"
como un espacio común que proponía una igualdad en
el trato a cada uno de los alumnos y alumnas, colocaba
al sistema educativo en línea directa con la formación
de la ciudadanía y de la vida republicana.
La noción de igualdad moderna se planteó superar un
sistema de castas y jerarquías que establecía distintos
derechos y posibilidades para los distintos rangos sociales.
El establecimiento de la igualdad ante la ley, si bien
todavía hoy dista de ser una realidad efectiva, fue un paso
importante para instituir una sociedad basada en principios
igualitarios: todos los seres humanos nacen iguales
y tienen iguales derechos. Que eso no era así ni siquiera
entre los sectores más privilegiados de la sociedad, lo
muestra la historia de Mariquita Sánchez de Thompson.
Esta mujer valiente tuvo que pedirle al Virrey Sobremonte,
en 1804, que intercediera ante su madre para poder
casarse con su primo Martín Thompson, en una apelación
a la autoridad masculina -exterior a la familia-
frente a lo que consideraba una vulneración de sus "justos
y honestos deseos" por parte de su madre.(1) Las mujeres,
en ese entonces, no eran consideradas iguales a
los hombres; sus destinos eran decididos por sus padres
o maridos, o por los adultos a cargo de la familia. Tampoco
eran iguales los mulatos, los indígenas o las "castas
raciales", como se las llamaba entonces. La afirmación
de la igualdad como principio constitutivo de la
sociedad es uno de los principios de las repúblicas modernas,
un principio que no siempre se ha cumplido pero
que actúa como horizonte orientador de las prácticas,
y como un sentido de lo que es una "vida buena" para
todos.
Aunque esta noción de igualdad se fue naturalizando
en nuestras lógicas de pensar y de hacer, resulta necesario
recordar que la igualdad no fue ni es un concepto
unívoco; dicho en términos más precisos, se trata de un
concepto con gran densidad semántica. Podemos encontrar
dentro de él las implicancias de la igualdad ante la
ley, la prohibición en pos de la igualdad, la igualdad como
derecho, la igualdad como imposición, la igualdad
como punto de llegada o de partida, las experiencias históricas
concretas de construir la igualdad, entre otros.
¿Cuál fue nuestra experiencia con la igualdad en la escuela?
¿Cómo podemos pensar hoy en formas más complejas
de la igualdad? Quisiéramos, a continuación, empezar a responder estas preguntas, convencidas de
que la igualdad sigue siendo un valor fundamental para
una sociedad más justa y más plena.
La escuela sarmientina:
igualar es lo mismo que homogeneizar
Recordar que la igualdad no es un concepto unívoco resulta
útil para pensar la forma en que procesamos esta
voluntad de igualar desde el sistema educativo. En la Argentina,
la propuesta de Sarmiento y de otros miembros
de su generación implicó algo similar: la imagen de ricos
y pobres en el mismo banco de escuela y recibiendo
la misma educación, fue motivo de orgullo para muchas
generaciones. En el caso de la generación del ochenta,
la propuesta fue más suavizar las desigualdades que
construir una igualdad: "El amplio edificio de elegantes
formas y detalles a que asiste el niño pobre como el rico,
no solo tiene la ventaja de suavizar las diferencias de las
clases sociales por el roce frecuente y la común educación,
sino que es también una condición de nuestra democracia
que necesita del molde común de la escuela, para formar
la sociedad homogénea que, a la vez, haga posible el
régimen representativo de gobierno, evite las catástrofes
que la diversa educación y condición social han engendrado
en todos los tiempos y en todas las partes del mundo"
(Memorias del Consejo Nacional de Educación, 1887,
XLIV). Pero más allá de las proclamas, la escuela fue un
medio importantísimo para conformar una ciudadanía letrada
que se sintió parte de una comunidad inclusiva.
Sin lugar a dudas, la pretensión igualadora puso a la
escuela dentro de un canon de tradición democrática,
aunque también le dio las armas para excluir o derribar
todo aquello que sus parámetros ubicaban por fuera de
la igualación. Porque la igualación -a la vez que generaba
corrimientos para igualar- construía parámetros acerca
de lo deseable y lo correcto. La igualdad se volvió equivalente
a la homogeneidad, a la inclusión indistinta en
una identidad común, que garantizaría la libertad y la
prosperidad general. No solo se buscaba equiparar y nivelar
a todos los ciudadanos, sino también se buscó, muchas
veces, que todos se condujeran de la misma manera,
hablaran el mismo lenguaje, tuvieran los mismos
héroes y aprendieran las mismas, idénticas, cosas. Esta
forma de escolaridad fue considerada un terreno "neutro",
"universal", que abrazaría por igual a todos los habitantes. El problema radicó en que quienes persistían
en afirmar su diversidad fueron muchas veces percibidos
como un peligro para esta identidad colectiva, o
como sujetos inferiores que aún no habían alcanzado el
mismo grado de civilización. Eso sucedió con las culturas
indígenas, los gauchos, los pobres, los inmigrantes
recién llegados, los discapacitados, los de religiones minoritarias,
y con muchos otros grupos de hombres y mujeres
que debieron o bien resignarse a ser incluidos de
esta manera, o bien pelear por sostener sus valores y tradiciones
a costa de ser considerados menos valiosos o
probos.
En ese gesto de volver equivalentes la igualdad y la homogeneidad,
la escuela hizo muchas cosas: fusionó las
nociones de cultura, nación, futuro, territorio en torno a
la idea de nosotros, de algo en común; siempre y cuando
se adhiriera a los valores que ella consagraba. Si este "en
común" no existía, debía construirlo; aunque esa construcción
no estaba exenta de jerarquías y exclusiones.
El desplazamiento de la igualdad
a la diversidad
Este consenso sobre la necesidad de pedagogías homogeneizantes
como la vía hacia la igualdad comenzó
a quebrarse en la posdictadura, cuando se hicieron más
visibles las marcas autoritarias de esta forma escolar. A
partir de 1983, surgieron propuestas democratizadoras
y participativas que plantearon con fuerza la necesidad
de regímenes de convivencia más tolerantes en las escuelas.
Con el apoyo de las psicologías constructivistas,
también se empezó a valorar al sujeto de aprendizaje como
protagonista activo de la enseñanza.
La década de los '90 evidencia una impugnación más
fuerte de la tradición sarmientina, esta vez unificando
proclamas participativas y antiburocráticas con los nuevos
discursos sobre la eficiencia de los administradores
y el ajuste fiscal. Desde mediados de los '90, muchas de
las políticas educativas se han ejecutado con la premisa
de atender a la diversidad, partiendo del supuesto de
que es necesario realizar una desigualación provisoria o
un trato diferenciado, para lograr más tarde una igualdad
en el punto de llegada. El problema no es, a nuestro
entender, que se hayan focalizado las prestaciones, una
medida muchas veces necesaria en un contexto de pocos
recursos y de necesidades diferenciadas; lo que aparece
como preocupante es que, en esta situación, la igualdad
quede postergada a un futuro lejano, que será el
efecto de políticas y acciones bastante imprevisibles. Como
lo ha señalado Beatriz Sarlo "Nos acostumbramos a
que la sociedad argentina sea impiadosa. Ese es un verdadero
giro en un imaginario que, hasta hace no tantos
años, tenía al ascenso social como una expectativa probable
para casi todos." (2) Quizás uno de los legados más
pesados que ha dejado esa década en nuestro país es la
ruptura de un imaginario que se pensaba republicano e
igualador.
La aparición de la noción de diversidad en un contexto
fuertemente desigualador permite interrogarnos sobre
cómo se procesó la igualdad en nuestro país y cómo
se está pensando hoy. Por ejemplo, en otros países, las
propuestas del multiculturalismo y el reconocimiento de
la pluralidad cultural emergieron en situaciones de auge
de movimientos de derechos civiles, que pugnaban
por superar experiencias de marginación a minorías étnicas,
nacionales o religiosas. La diversidad tuvo en esos
casos el inmenso valor de afirmar política y culturalmente
los derechos de las minorías. En el escenario de una Argentina
en creciente empobrecimiento, en cambio, la diversidad
fue vinculándose a nuevos sentidos. La
"diversidad" es leída, a veces, como un indicador de extrema
pobreza o de discapacidad manifiesta; lejos de ser
un valor afirmativo sobre el que lo enuncia, parece referir
a una desigualdad total sobre la que hay poco por hacer.
"Yo sí que trabajo con alumnos diversos", se escucha
a muchos docentes cuando se plantea el tema, y allí inevitablemente
surgen relatos terribles y dolorosos sobre
la miseria y la exclusión.
En realidad, lo sabemos todos, la escuela siempre trabajó
con la diversidad. Históricamente, la escuela incluyó
a una población cuyos integrantes eran -por supuesto-
diferentes; pero su condición de diferente no se
anteponía a la posibilidad de educarse, sino que la educación
tenía por objetivo borrar la diferencia y superarla.
Hoy pocos estarían de acuerdo en que hay que borrar y
superar la diversidad. Pero si ella viene a ser un sinónimo
de desigualdad y de pobreza extrema, ¿quién no estaría
de acuerdo en borrarla de una vez y para siempre?
Y si borramos a "los diversos" así entendidos, ¿qué nos
diferencia de las propuestas tan autoritarias de la generación
del ochenta? ¿Qué impide que designemos como
"prescindibles", "desechables" o "imposibles de educar" a buena parte de los chicos y chicas que hoy recibimos
en las escuelas?
El problema puede empezar a aclararse si cuestionamos
esa equivalencia entre igualdad y homogeneidad,
y desigualdad y heterogeneidad. La igualdad debería empezar
a pensarse como una igualdad compleja, como una
igualdad que habilita y valora las diferencias que cada
uno porta como ser humano, sin por eso convalidar la
desigualdad y la injusticia. Es cierto que hay en esa relación
una tensión que no termina de resolverse nunca.
¿Cuál es el punto en que la diversidad se convierte en
desigualdad? ¿Solo la pobreza es una "diversidad injusta"?
¿Qué pasa con la discriminación por género, etnia,
religión o discapacidad? ¿Cómo se garantiza un trato
igualitario, a la par que se reconoce el derecho a la diferencia?
Estas son preguntas centrales de las sociedades
democráticas, que no se resuelven nunca del todo, sino
que retornan como interrogaciones sobre la justicia de
nuestras acciones y la calidad de nuestra vida en común.
Un ejemplo alejado de nuestros dolores cotidianos puede
ayudar a dimensionar esta tensión. Hace pocos meses,
en las escuelas francesas se pusieron algunas de estas
cuestiones en discusión cuando se prohibió a las
niñas musulmanas usar el velo islámico en las escuelas.
Las comunidades reclamaron mayor pluralismo religioso
y las autoridades invocaron la cualidad secular de la
escuela pública francesa. ¿En qué medida el velo atenta
contra la escuela laica? ¿Puede haber un sentido de la
inclusión que garantice mayor tolerancia a las creencias
y posturas de cada uno? Es cierto que, si algo es totalmente
diverso, ello significaría que no es posible establecer
con otros esa zona del "en común". Por otro lado,
si la sociedad no hace lugar a las diferencias, y supone
que todos tenemos que ser idénticos y pensar lo mismo,
se convierte en la pesadilla de Georges Orwell en
1984. ¿Cómo se combinan lo común y lo diverso en nuestras
sociedades? ¿Cómo pensamos esta combinación
desde un parámetro de igualdad de los seres humanos,
de igualdad de derechos a vivir sus vidas en condiciones
dignas y a realizarse plenamente? Pensando estas
preguntas desde la Argentina del 2004, ¿cómo combinamos
lo común y lo diverso en situaciones cotidianas
que parecen echar por tierra cualquier perspectiva de
igualdad?
Igualdad, diversidad y fracaso escolar
Uno de los ámbitos en que se manifiestan estas tensiones
es en la cuestión del fracaso escolar. El mirar lo
que aprenden los chicos, desde una u otra óptica determina
pronósticos acerca del éxito o fracaso en los aprendizajes,
y por lo tanto en el futuro que se les augura.
Entrar en esta dimensión nos pone frente a la pregunta
acerca de los alcances y los límites de nuestra acción
educativa, así como acerca del impacto en el fracaso escolar.
Esta pregunta se hace más aguda en la medida en
que se endurecen las condiciones económicas y sociales
de niños y jóvenes; las situaciones críticas y desgarradoras
que encontramos dan paso, a veces, a que se consolide
la presunción sobre la imposibilidad de una buena
experiencia educativa. En estos contextos, muchas veces
la denominación de diverso es una antesala a cuestionar
la capacidad (y el derecho) de ser educado de ciertos
niños, y a la ponderación de las diferencias como deficiencias
o déficits. En esa conceptualización, una diferencia
es significada como un retraso no deseable. Se
instala una sospecha que se ubica entre la capacidad del
alumno de ser educado o se desplaza hacia los familiares
como contexto que "incapacita". Frases como "qué
querés que hagamos, con la familia de donde viene" o "de
esta gente no se puede esperar mucho" señalan que se
expandió un cierto determinismo sociológico que cree
que es poco lo que la escuela puede hacer en un contexto
tan marcado por la desigualdad. Parecen decir que
aquellos nunca llegarán a ser tan iguales como estos: la
diversidad es sinónimo de desigualdad.
Frente a eso, hay otros que se inclinan por una visión
más idealizada de la pobreza que a veces se mimetiza con
"lo que hay" y que, sin quererlo, recae en una propuesta voluntarista de ir a reparar injusticias más allá del límite
de lo posible; porque, digámoslo, en la Argentina de
hoy, con tanto desamparo, a cualquiera esa tarea le queda
grande. En algunos partidos del conurbano bonaerense
ya se habla de los "docentes quemados": son quienes
apostaron durante años a trabajar en escuelas en
sectores urbano-marginales y terminaron agotados, frustrados
y desalentados. ¿Cómo protegerlos, y proteger las
experiencias interesantes y productivas que se hacen en
miles de escuelas que incluyen, educan y asisten a miles
de chicos en condiciones durísimas? Quizás una manera
es recuperar la especificidad de la escuela, algunos
límites sobre lo que puede hacer; y discutir más y mejor
el cómo lo hace, y cómo organiza y reparte las otras
tareas vinculadas al bienestar de los alumnos.
La igualdad como punto de partida:
condiciones para la escuela
Para no caer en la culpabilización de los niños y/o de
las familias, ni en el voluntarismo excesivo de la escuela,
es conveniente volver a plantearse el problema en
términos de la diversidad, en tensión con la igualdad.
Entendemos que la capacidad del otro que está siendo
educado se pone en juego en la relación educativa misma,
no previamente en el sujeto de aprendizaje; es decir,
esa capacidad es el resultado de una construcción
en el marco de una relación pedagógica, que posee una
historicidad y decisiones que la estructuran. Así, los desempeños
subjetivos, aun cuando se expresen en un
desempeño individual, constituyen el remate de un desarrollo
que es cultural y singular, propio de cada uno.
Esto es, el despliegue de las condiciones para el éxito o
el fracaso no son una propiedad exclusiva de los sujetos
sino, en todo caso, un efecto de la relación de las
características subjetivas y su historia de desarrollo,
junto con las propiedades de la situación que permite
que ellas se desplieguen. Que haya sujetos que pueden
educarse depende de lo que hagamos con ellos en la
escuela, no solo lo que haga la familia o la sociedad:
depende de cómo los recibamos y los alojemos en una
institución que los considere iguales, con iguales derechos
a ser educados y a aprender. Lo cual no quiere decir
abolir la asimetría de la relación pedagógica: tiene
que haber un docente con una voluntad y un deseo y
un saber que transmitir. Pero esa transmisión debe
pensarse como un acto de institución de la igualdad,
actual, efectiva, y no como la promesa de que alguna
vez aquel que tenemos enfrente se convertirá en un
igual.
Pensar a los niños y adolescentes desde un lugar de
iguales no significa considerarlos iguales porque están
inmersos en la misma intemperie que a veces sentimos
nos horizontaliza en el desamparo y la desprotección, sino
porque tienen un lugar de pares en esa sociedad
más justa que queremos. Es considerarlos tan iguales
que creemos que vale la pena prepararlos para esa tarea
de renovar el mundo en común, que es propia de
cada generación, como alguna vez lo definió la filósofa
Hannah Arendt; es darles las herramientas intelectuales,
afectivas y políticas para que puedan proceder
a esa renovación; y también es protegerlos en ese tiempo
de preparación. Es hacer lugar a los padecimientos
que atraviesan, ayudar a procesarlos intelectual y afectivamente,
y también establecer puentes con otras instituciones
sociales que fortalezcan esa protección. Considerarlos
iguales es no renunciar a enseñar; es enseñar
mejor, poniendo a los chicos en contacto con mundos
a los que no accederían si no fuera por la escuela, a
mundos de conocimientos, de lenguajes disciplinarios
y de culturas diferentes; es confiar en que ellos pueden
pero que solos -sin nuestra enseñanza y nuestro deseo
de que "sean alguien en la vida"- no pueden. Es volver
a creer que hay lugar para ellos en este mundo, no por
un acto caritativo o piadoso sino porque los creemos
iguales, capaces, valiosos para nuestras vidas y para la
sociedad toda.
(1) Véase Sánchez de Thompson, Mariquita (2003), Intimidad y política.
Diario , cartas y recuerdos, edición a cargo de M. Gabriela Mizraje,
Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editores, pág. 325-326.
(2) Sarlo, Beatriz, Tiempo presente. Notas sobre el cambio de una cultura.
Ed.Siglo XXI. Editores Argentina S.A., Buenos Aires, 2001. |