|
|
|
|
La maestra de las maravillas
A mediados de los años 30, Leticia Cossettini
impulsó, junto a su hermana Olga, una de las
experiencias pedagógicas más interesantes de
nuestro país. A sus 100 lúcidos años, Leticia
evoca aquella aventura en las aulas de Rosario
donde la docencia era inseparable del arte. |
|
"De pronto una descubre
que lo que hizo alguna
vez, habla, dice". Con
estas palabras, pronunciadas desde
el umbral de su casa, Leticia nos
despidió emocionada. Un grabador
indiscreto, todavía encendido, hizo
posible que nos quedáramos con
ellas.
Durante los meses de mayo y junio
de este año las visitas a la casa
de la calle Chiclana, en Rosario, se hicieron
mucho más frecuentes. ¿El motivo? El 19 de mayo
Leticia cumplió cien años. Que una escuela
festeje su centenario, si bien es un hecho para
aplaudir, no resulta sorprendente: bronces y mármoles
se han inventado para resistir el paso del
tiempo. Pero que una maestra cumpla un siglo, en
verdad escapa de lo habitual. Si a esto le sumamos
que la maestra en cuestión es la menor de
las Cossettini, Leticia, quien junto con su hermana
Olga llevó adelante una de las experiencias pedagógicas
renovadoras más interesantes de nuestro
país, el júbilo será todavía mayor.
Leticia tiene el pelo blanco, finito, y lleva rodete.
Sus ojos algo achinados dan la impresión
de haber quedado así luego de tanto sonreír. Al
no usar anteojos, la emoción que transmite su mirada
es sin mediaciones. Leticia habla pausado,
pero la lentitud de su pronunciación no parece
venir de la mano de sus largos años de vida, sino
del placer que sienten aquellos que gustan de las
palabras. "El secreto de la lengua está en la melodía
que dan las palabras, no son palabras sueltas,
insignificantes", dice. Leticia frasea, pinta, entona,
juega, inventa con las palabras que, con
meticuloso cuidado, selecciona. "El lenguaje es
así una transformación bellísima del oído, de la
lengua, de la mirada, que atrae a los seres más
sutiles".
Con estilo inconfundible, la señorita Leticia
sortea las clásicas preguntas sobre la experiencia
de la escuela Carrasco para hablarnos, sencillamente,
de lo que tiene ganas. Con sutileza, además,
nos invita a escucharla: "Cuando el hombre
escucha, es capaz de tomar la lengua y dejarla que
se exprese, que vuele, que hable; es un bello ejercicio".
Leticia nos pide que la acompañemos en un
viaje por sus recuerdos, pero antes de relatarles
algunas de las escalas del ensoñador periplo queremos
contarles lo que ella no dijo: quién es Leticia
Cossettini y por qué su cumpleaños número
cien fue recibido con tanta alegría.
AULAS DE PUERTAS ABIERTAS
Leticia formó parte del equipo de maestras de
la escuela Dr. Gabriel Carrasco durante los 15 años
que duró la gestión de Olga. Corría 1935 cuando
Olga Cossettini fue designada directora de la Carrasco,
una escuela pública de la santafesina ciudad
de Rosario. A partir de una ajustada mezcla
de intuición, pero también de estudio e investigación
sistemática, constancia y trabajo, Olga Cossettini
y su plantel docente sostuvieron hasta 1950
una de las experiencias pedagógicas más interesantes
en la Argentina de la primera mitad del siglo
XX. Su adhesión explícita a los postulados del
movimiento educativo de alcance internacional
conocido como escuela nueva o
escuela activa motivó que las
autoridades estatales declararan
a este establecimiento como
experimental.
A la escuela de jornada simple,
ubicada en el barrio Alberdi -un barrio de casas bajas,
cercano al río Paraná-,
asistía una población diversa:
hijos e hijas de pescadores y
obreros, de comerciantes de
clase media y de familias acomodadas
de la zona. Sin dar la
espalda a los programas oficiales
y con muchos alumnos que
trabajaban fuera del horario
escolar repartiendo pan, como
lecheros o canillitas, la Carrasco
sufrió una verdadera transformación:
"No se trataba de
cambios de horarios y de programas;
era una reforma profunda
de la vida de la escuela
que, con espíritu nuevo, iba a
abrir de par en par las puertas
de las aulas a la vida", escribió
Olga en uno de sus textos que
lleva por título Sobre un ensayo
de Escuela Serena en la provincia
de Santa Fe.
Leticia, además de acompañar
a su hermana de manera
incondicional, le imprimió a la
cotidianidad de la escuela su sello particular: el
de una mujer que al mismo tiempo que maestra
era artista. El Coro de Niños Pájaros, el Teatro de
Niños y el de Títeres, la danza, así como los conciertos
fonoeléctricos quincenales donde sonaban
Mozart o Schubert y esas ilustraciones en acuarela
que desbordaban desprejuiciadamente los
márgenes y renglones de los cuadernos de clase,
tenían la impronta inconfundible de la señorita
Leticia. En la escuela Carrasco no había "hora de"
dibujo, artes plásticas o expresión corporal; la educación
estética era parte nodal de la formación de
los niños. Las asignaturas perdían sus contornos y
tanto la biología como la geografía podían invitar a recurrir al pincel o a la poesía. En la base de esta
manera de concebir el currículum estaba la convicción
de que la escuela debía ensanchar la capacidad
del niño de imaginar, de crear, de expresarse
y de elegir en qué lenguaje hacerlo.
Pero la fisonomía de esa escuela no solo se destacaba
por su costado artístico. Además del intenso
trabajo en el laboratorio, el estudio en la biblioteca
y las excursiones diarias, se realizaban las
llamadas Misiones de Divulgación Cultural que consistían
en sacar la escuela a la calle, contactándola
con el barrio y su gente. Muchas de las actividades
escolares eran organizadas por los alumnos desde
el Centro Estudiantil Cooperativo que, entre otras
cosas, editaba una revista: La voz de la escuela.
LETICIA MAESTRA
"Traigo un bello origen, vengo de una larga familia
de maestros. Mi padre era un maestro italiano
residente en la Argentina", dice Leticia explicando
un poco cómo nació su pasión por la
docencia. ¿Y dónde estudió para ser maestra? Con
sabiduría, Leticia construye una respuesta que
trasciende ampliamente la pregunta, y antes de
circunscribir el relato a sus años
mozos de formación en la Escuela
Normal Domingo de Oro,
de Rafaela -donde en 1921 se
recibió de maestra-, contesta: "Mis maestros no fueron los sabios, mis maestros
fueron la gente que tiene una sensibilidad encantadora
para transmitir no solo el pensamiento sino
lo otro, lo que está detrás de la idea. Eso para
mí cuenta muchísimo, por la gracia del
pensamiento, por la alegría de encontrarse".
Leticia quiere hoy hablar de gente que se encuentra
en las palabras, pero también en las ideas,
en el pensamiento. Varias personalidades de renombre
visitaron por aquel entonces la escuela
Carrasco y Leticia es atraída por el recuerdo de
dos de ellos: Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral.
"Juan Ramón Jiménez estuvo en la escuela
en dos circunstancias. Fueron encuentros felices,
había un enlace afectuoso de la lengua pero también
de las ideas. Era un ser espléndido, con ese
don de gentes que tienen ciertas personas que
transmiten la gracia del idioma". Comenta Leticia
que, para recibir a Juan Ramón Jiménez, los
chicos representaron con títeres algunas de las
escenas de Platero y yo. Al recordar a la chilena
Gabriela Mistral, Leticia dice: "Gabriela entraba
con un aire desprejuiciado, abierto, lleno de encanto.
Era sencillamente delicioso un encuentro
como ese".
LETICIA ARTISTA
Leticia necesita un breve recreo y salimos a conocer
su jardín. Al regresar, el elogio de las figuras
de chala y corteza que pueblan su living le da
un nuevo rumbo a la conversación. "A mí siempre
me gustó, desde pequeña, descubrir las formas de
las cosas. Cuando empecé a hacer esos trabajos
me parecían tan extrañas las figuras, pero sin embargo
empezaron a andar, a moverse, y resultan
curiosas. Todas las figuras de chala, todas las de
corteza son diferentes en la estructura, tienen un
ritmo completamente diferente; después viene el
despojo de las formas". De pronto, Leticia se detiene
frente a una de las figuras, la toma entre sus
manos y dice: "Yo las hago y después las dejo que
anden, cada una tiene su ritmo y eso es muy hermoso.
Las figuras se escapan de las formas, van
hacia otro sendero. Cada uno brilla con los ojos
que tiene". ¿Metáfora de lo que significa enseñar,
esto es, contribuir a dar forma a alguien para que
después ese alguien siga a su propio ritmo, brille
con su luz, se escape de la forma preestablecida?
Una de nosotras se anima a preguntar, despacito,
si acaso esa reflexión puede trasladarse a la enseñanza.
Leticia no contesta, el interrogante queda
flotando en el aire.
EL CIERRE DE LA ESCUELA
En 1950, Olga Cossettini fue exonerada de su
cargo. Es sabido que fueron las discrepancias
políticas e ideológicas con el Gobierno las que
desencadenaron este desenlace. En realidad, las
medidas oficiales contra la directora de la escuela
Carrasco comenzaron un tiempo antes y se señala
a Leopoldo Marechal -el conocido escritor
entonces presidente del Consejo General de Educación
de la provincia de Santa Fe- como el responsable
de firmar el primero de una serie de decretos
que conducirían al cese definitivo de la
experiencia. El episodio muestra que las palabras
y los escritos muchas veces pueden formar figuras
expulsoras y furiosas. Quizás de eso también
esté hablando Leticia al insistir con que las palabras
deben usarse para el encuentro y el enlace.
La partida de las Cossettini fue vivida con congoja
por los alumnos de la escuela, quienes a través
de cartas, composiciones y hasta carteles de protesta
manifestaron su enojo y su tristeza. Norma, de
12 años, alumna de 6º grado, escribió el 18 de noviembre
de 1950 una redacción que lleva por título
Recuerdo y dice así: "Me entristezco al pensar en
aquellas alegres excursiones que hacíamos con mis
compañeros y la señorita Leticia los días que acariciaba
el sol. Esos finos y bulliciosos cantos que
entonábamos para embellecer el paseo admirando
los arroyos, las erguidas espigas, las delicadas
margaritas silvestres con que tropiezo en el camino
polvoriento. Bajar escaleras, correr bajo los sauces
que mecen sus cabellos finos reflejados en una
laguna dormida; pisotear el yuyo dejando atrás las
huellas de la alegría. Todo esto ya no lo haré más
y no iré a recorrer esos lugares del brazo cariñoso
de la señorita Leticia y mis compañeras".
Estos días en que Leticia Cossettini cumple cien
años son una buena ocasión para reparar esta injusticia
y saludar en este mismo gesto a los maestros
y maestras que confían en las posibilidades
de la educación, en la importancia de la libertad
y de la creación en la transmisión de la cultura.
Es cierto: lo que ella hizo en la escuela Carrasco
hace ya más de 50 años sigue hablando. Nos alegra
saber que todavía tiene mucho por decir.
Ana Laura Abramowski |