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EGB 3 y Educación Polimodal (2004-2007)


Todos a Estudiar
El Programa “Todos a estudiar” fue creado para dar respuesta a una de las problemáticas educativas más graves que hoy nos preocupan, como es la exclusión de muchos niños y jóvenes del sistema educativo. Ahora bien, esta problemática tiene que ser pensada en el marco de un escenario social sumamente complejo y desigual, marcado por los abruptos cambios en las condiciones de vida, en las actividades económicas, sociales y culturales que se han ido produciendo en las últimas décadas, agudizándose profundamente en los `90. Como consecuencia, miles de niños son parte de una sociedad donde la pobreza, la desocupación y la exclusión social expresan de manera desgarradora la enorme deuda que tenemos con ellos y con su futuro.

La educación, pese a los esfuerzos de muchos, no es ajena a esta injusticia. Frente a este panorama, ¿qué podemos ofrecer?, ¿cómo acercarnos a producir mayor igualdad educativa en esta sociedad, salvajemente injusta? Un importante historiador, Adrián Gorelik, señala que una de las cuestiones más importantes que se borraron del horizonte político en la década del ’90 fue el objetivo de la igualdad. Este cambio de mirada habla de una enorme transformación en una sociedad como la nuestra que se autorrepresentaba en un horizonte de expansión social inclusivo y que tenía como uno sus mayores orgullos ser una de las sociedades más igualitarias de América Latina. En el corazón de esta sociedad estaba la escuela pública, que era parte de esa posibilidad de poner juntos al rico y al pobre, no de eliminar la riqueza y la pobreza. Es decir, había un espacio donde esa igualdad se construía.

Así pues, no podemos olvidar que en la última década, paralelamente a las reformas estructurales del Estado y la economía, se desarrollaron en el terreno de las políticas educativas acciones compensatorias, que intentaron dejar atrás la idea de políticas más universales. En efecto, tenemos que revisar su herencia, en términos de cómo se pensaron las desigualdades sociales, qué concepciones de los sujetos construyeron, para discutir cómo desde este Programa podemos desafiar las exclusiones y desigualdades que desde ellas también se convalidaron.

Un filósofo español, Jorge Larrosa, dice que nuestro oficio es de palabras, que nuestro oficio es de ideas. Por ello no son menores las palabras que elijamos para nombrar, y no son menores, si con ellas captamos vida; si con ellas nos planteamos preguntas que interrogan la vida.
En este sentido, creemos que la “inclusión” merece ser pensada en el tránsito de la vuelta de los chicos a la escuela. Quienes dejaron la escuela, lo hicieron por motivos escolares y extraescolares. ¿Qué nos dice sobre la escuela que estos chicos la hayan abandonado? ¿Qué nos dice acerca de las inclusiones y exclusiones que ella misma produce? ¿Cuáles son los aportes y cambios que podemos hacer para mejorar esta situación? La escuela, especialmente la escuela media, fue erosionada por el peso de la crisis y su propuesta institucional continuó alentando prácticas tradicionales que no permitieron mejorar la trayectoria de los jóvenes. Las cifras actuales de repitencia, rezago y abandono dan cuenta, más allá del impacto de su análisis estadístico, de la gravedad de los procesos masivos de exclusión educativa que ponen en riesgo un futuro mejor para cientos de miles de jóvenes que abandonan la escolarización formal, año a año.

Estamos convencidos que la existencia de la oferta escolar, sumada a estímulos financieros y materiales para la escolarización es una condición necesaria pero no suficiente para la universalización y la inclusión de los sectores más desfavorecidos socialmente. La inclusión implica el desarrollo de políticas dirigidas al acceso y la permanencia escolar, pero también la necesidad de hacer del tránsito por la escuela una experiencia vital y significativa, en la que los niños y adolescentes le encuentren un sentido y un valor. Esta perspectiva política y pedagógica de la inclusión pone en el centro la presencia de sectores sociales que exigen ser valorados como sujetos de derecho y de herencia cultural.

En este sentido, un trabajo de inclusión justa deberá tender a desnaturalizar la pobreza que hoy habita en las escuelas, donde suelen convivir los esfuerzos por enseñar con presupuestos deterministas de todo tipo, que juzgan y cuestionan la capacidad de aprender de diferentes grupos de jóvenes, que producen “etiquetamiento” social y encierran a la pobreza en un círculo económico y social del cual pareciera que no se puede salir.

El paisaje de la escuela cambió mucho, cambiaron los jóvenes, aumentó la pobreza, se transformó la cultura, la sociedad, la tecnología, etc. ¿Cómo pelear contra la pauperización de las expectativas? Muchos docentes creen que “con estos pibes no se puede”. Es necesario preguntarnos entonces: ¿cómo reponer el concepto de igualdad?, ¿cómo reponer la posibilidad de que todos realicen una escolaridad plena?
Se trata de construir una “inclusión justa”. Es decir, una modalidad de inclusión que de ninguna manera puede restringirse a la acción de sumar alumnos -de hecho en la última década se logró incluir muchos más chicos en la escuela. Porque no basta con abrir las puertas de la escuela y expandir la matrícula, es necesario interrogarse también sobre qué pasa en su interior y, finalmente, qué puede ofrecer la escuela para que el pasaje de los jóvenes por ella los habilite a diseñar otros futuros posibles .

Una “inclusión justa” significa entonces garantizar no sólo la entrada de los jóvenes en la escuela, sino también que este “estar adentro” tenga una fuerte relevancia para ellos y para nosotros, sus docentes. En definitiva, se trata de lograr una mayor redistribución y apropiación de la cultura que contribuya a trayectorias enriquecedoras para todos.

Las propuestas institucionales reclaman la revisión de los modos en que los jóvenes son incorporados a la vida escolar transformando las prácticas que dan lugar a formas de pensar y decidir los agrupamientos, el uso de los espacios y tiempos escolares, entre otros aspectos de la propia cultura escolar.

Hay entonces una deuda que debemos comenzar a saldar y aquí radica la importancia del Programa “Todos a estudiar”. ¿Cuáles son los aportes y el trabajo que desde esta Dirección nos proponemos brindar al Programa? Creemos que una de las cuestiones fundamentales a abordar es la construcción de espacios de conocimientos y modos de posicionamiento que nos permitan a los educadores interrogar el trabajo cotidiano en las escuelas y acercar una educación más justa a nuestros niños, jóvenes y docentes.

En este contexto, se desarrollarán instancias de formación para los educadores facilitadores o tutores centradas en la reflexión pedagógica y su vinculación con los cambios que han alterado el paisaje de la escuela en muchos aspectos. Se trata de un trabajo que contribuya a mejorar la enseñanza y a producir cambios sustantivos en la propuesta escolar y en las múltiples dimensiones (curriculares, institucionales y culturales) que la atraviesan.

Nos proponemos también trabajar con los equipos jurisdiccionales en la recuperación de experiencias valiosas, así como en el diseño de instancias y alternativas escolares con diferentes posibilidades de reinserción, que no impliquen ofertas de calidad devaluada.

Estas propuestas se pondrán en diálogo con las particularidades locales para integrar esfuerzos conjuntos en dirección a superar los problemas señalados. La escuela no puede ni afrontar ni resolver sola esta problemática, lo debe hacer en conjunto con la sociedad civil, a través de una propuesta educativa que se abra a múltiples alternativas formativas.

Ahora bien, quisiera retomar una pregunta planteada más arriba y que desafía los aportes que podemos construir desde esta Dirección: ¿Qué le dice a la escuela media /secundaria los chicos expulsados, los chicos que no llegan, los chicos que la evaden? Creemos que nuestro principal aporte está allí: en fortalecer la escuela que tenemos, en ayudarla en su renovación y en la creación de otras formas escolares que habiliten otros modos de inclusión de los niños y los jóvenes, para que en el mediano plazo, no hagan falta programas como este.

En este marco, pensamos a la escuela como espacio de inclusión social y educativa, y como el lugar de la comprensión de este presente para diseñar mejores futuros. Construir colectivamente los mejores modos de trabajar en las escuelas contribuirá a recuperar una educación igualitaria, que supere las brechas educativas del presente, y permita a todos los niños y jóvenes contar con la posibilidad de elaborar proyectos en los que participen activamente como ciudadanos de un mundo cada vez más complejo y, es nuestro deseo, cada vez más justo.

 


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