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Tres ejercicios de memoria


«Todos los días»
María Pía López

Todos los días. Todos los santos días: de lunes a viernes. La escuela esperaba. Estaba ahí, había que llegar a ella, aceptar su acogedor abrazo. Darle su alimento: nuestra obediencia y nuestra indisciplina. Darle los cuadernos.

Todos los días cuadernos pintados. Con pequeñas banderas -pintadas con lápices de colores- de los países que ese día jugaban un partido. Creo recordar que un gauchito dibujado era parte de los dones cotidianos a la escuela.

Todos los días, dibujar y pintar. Una y otra bandera. Razones pedagógicas, quizás: un presunto interesado camino hacia el saber histórico y geográfico. El fútbol sería el camino apasionado hacia ese anaquel de conocimientos. Pero la pedagogía fracasó conmigo.

Todos los días, la pedagogía de los lápices de colores produjo odio. Sólo eso: no recuerdo ninguna bandera. Apenas, por reiteración, la de Argentina. Quizás se debió a que no quería levantarme de la cama para hacer los deberes. Sin saber que evocaba a Onetti, pretendía que la escritura y la horizontalidad eran compatibles. Quizás se debió, también, a que la ociosidad alcanzaba, con peculiar insistencia, al acto de sacar puntas a los lápices. La horizontalidad y las puntas rasposas imposibilitaron todo placer y cualquier aprendizaje.

Todos los días, odio al mundial. Si había partidos, había banderas. Si había banderas, había que pintarlas. Y encima, el gauchito. Varias desconfianzas deben provenir de esos días: frente al festejo futbolístico, frente a la escuela, frente a la infancia. Porque la infancia no es bella. Tanto que no puedo recordar con alegría a esa niña de segundo grado, con cuadernos que solían ser acreedores de la demanda de mayor prolijidad, que nunca supo peinarse ni sacarle punta a los lápices.

Por esos días la revista Para Ti —¡recién ahora percibo el arcaísmo de ese nombre en el país del voseo!— traía postales. Era un servicio patriótico: había que enviarlas al exterior para contrarrestar la campaña antiargentina. Recuerdo una, tan inocente como el gauchito. Niños rubios agitando banderitas nacionales. La frase: los argentinos somos derechos y humanos. Quizás me gustaba la foto, o querría haber sido una niña rubia bien peinada. Por algo la recuerdo. Pero no la mandé.

Banderas y niños. Un infante gaucho como símbolo mayor: inocencia y alegría. Fábula de la infancia: la inocente alegría del no saber. El problema es que se sabía, que esa niña que fui —que soy cuando recuerdo—, sabía. Sabía que la tranquilidad de la siesta en el Barrio Obrero de una ciudad bonaerense podía rasgarse con un operativo militar. Sabía que Navidad no era nombre de la espera de un gordo vestido de rojo, sino el momento de la frustración por otro blanqueo no efectuado, el fin de otra espera. Sabía que ningún festejo dejaba de estar amenazado por los relatos sobre el sonido de un tren arrollando autos.

Todos los días sabía y todos los días ignoraba. Porque sabía quería ser una niña rubia -bien peinada- agitando una pequeña bandera celeste y blanca; porque ignoraba creía que el problema era el áspero sonido de los lápices sin punta en un papel. Los cuadernos habrán sido tirados como restos poco memorables. La escuela está allí, todavía a la espera de las ofrendas que cada generación debe sacrificarle. Richard nunca tuvo legalización ni amnistía navideña. Mi abuela esperó, hasta su muerte, escuchar que su nieto golpeara a su puerta. Casi en secreto me contó que cada noche despertaba sobresaltada, imaginando esos golpes.
Yo: todavía huyendo de eso que fue juego e infierno. Todos los días.


«Biblioclastas»
Alejandro Kaufman

¿Produjeron esta foto?
La produjeron.

¿Es original?
¿O: tiene antecedentes?
Genealogías biblioclastas.

Esto lo sabían.
¿Lo sabían?

¿Creían que se saldrían con la suya?
¿Se salieron con la suya?
¿O: juego de suma cero?

¿Sabían lo que hacían?
¿Sabían que lo hacían?

¿Podían creer lo que creían?
¿Sabemos qué creían?
¿Creemos que lo sabemos?

¿Nos formulamos las preguntas necesarias al respecto?
¿Estamos en condiciones de formularlas?
¿Cuáles son esas condiciones?

¿Qué fue lo que destruyeron?
Lo que destruyeron,
¿fue llorado?
¿Fue reconstruido?

¿Qué creían que estaban haciendo?
¿No sabían que las voces más fuertes son las más débiles, las acalladas, humilladas, desaparecidas?

¿No habían visto aquellas otras fotos, de épocas anteriores?
Las habían visto, claro.
Fueron su matriz, su modelo, su inspiración.

¿Esta foto suele ser reproducida, recordada, reiterada?
Acaso, incluso, ¿banalizada?
(Como sucede con aquellas otras)

¿O, en cambio, se deja echar de menos?
(Como no sucede con aquellas otras)

Y si eso se deja echar de menos, ¿cuál es el problema?


«Planificación»
Adrián Paenza

Piense lo siguiente: en algún lugar de nuestro país, a principios de la década del '70 se juntaron y asociaron un grupo de argentinos para planificar una masacre. Pero no una masacre cualquiera. No. Una masacre con la impunidad garantizada (o eso creyeron).

¿Dónde fue? ¿Quiénes estuvieron? ¿Quiénes lo elaboraron?

Se juntaron para planificar cómo secuestrarían personas. Las detendrían, las asfixiarían, las torturarían, las desaparecerían. Las obligarían a hablar, a decir, a perder su dignidad (o eso creyeron).

Trajeron a la más alta jerarquía eclesiástica para decir que lo hacían «en nombre de Dios, en su lucha contra el Diablo». Y sus miembros asintieron en silencio (algunos) o adhirieron con entusiasmo (muchos otros), pero terminaron involucrándose (con las excepciones conocidas) vergonzosamente.

Planificaron cómo robar, cómo quedarse con las posesiones de aquellos a quienes mutilarían inescrupulosamente.

Se filtraron en todas las organizaciones gremiales y planificaron cómo desactivarlas, desaparecer y matar a quienes defendieran los derechos de los trabajadores.
Se filtraron en las facultades y los colegios, y planificaron cómo habrían de delatar, para detener y desaparecer.

Se filtraron en la prensa digna, generando una trama de censura y autocensura sólo equiparable con las peores épocas del nazismo. Aunque claro, también contaron con un grupo poderoso y entusiasta, dueños de medios que colaboraron con pasión y sin escrúpulos en la «fiesta de la propaganda».

Planificaron cómo robarían bebés, cómo torturarían a madres embarazadas pero con el cuidado de que no murieran los chicos, para poder secuestrarlos luego y repartírselos como si fueran un verdadero «botín humano».

Planificaron en dónde ubicarían los centros clandestinos de tortura, mutilación y desaparición.

Planificaron los vuelos de la muerte, en donde empujaron a quienes drogados e indefensos, morirían sumergidos en las profundidades de nuestras propias aguas.

Planificaron cómo enterrar personas en forma clandestina y cómo simular fusilamientos para ocultar verdaderas masacres.

Planificaron cómo montar campañas de prensa que los mostraran «derechos y humanos».

Planificaron un mundial de fútbol en connivencia con el propio presidente de la FIFA y con fuertes sospechas de ofrecer estupefacientes a nuestros jugadores y sobornos a los rivales.

Planificaron la entrega sistemática de todos los derechos de los trabajadores y la entrega también, de nuestra economía, que vendieron al vil precio del «deme dos».

Planificaron como asesinar monjas indefensas e infiltraron a sus «astices» por todo el país
Y lo hicieron con la prepotencia de quien se siente impune. Peor aún: no es que «se sintieron impunes». Sabían que eran los dueños de todo y de todos.
Planificaron con la precaución de firmar virtuales «pactos de sangre», en donde todos tendrían las «manos manchadas» para evitar delaciones posteriores.
Planificaron como si alguien les hubiera otorgado el poder de poner «pulgares para arriba o para abajo».

¿Puede uno suponer que esto fue cierto? ¿Puede uno imaginar una confabulación semejante? ¿Habrá habido tantas personas involucradas sin denunciar semejante locura?

Bueno, sí, las hubo. Pero hoy, a treinta años del comienzo del más cruel holocausto que haya vivido el país, mi más profundo respeto a aquellos que entregaron su vida, a sus familiares y a todos aquellos que siguieron y siguen aún hoy, peleando por la verdad y la justicia. Y para que Nunca Más.

 

Ministerio de Educación