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Treinta ejercicios de memoria

Este volumen es una iniciativa que impulsa el Proyecto «A 30 años», con la intención de servir como disparador para trabajos sostenidos de reflexión, debate y producción entre docentes y estudiantes. Para construirlo, le pedimos a treinta escritores, poetas, educadores, psicoanalistas, periodistas, cineastas, artistas plásticos, fotógrafos y actores que eligieran una imagen significativa, aquella que le resultara más representativa de su propia experiencia durante aquellos años, ya sea una foto privada o pública, una obra plástica, un recorte gráfico, un objeto, lo que fuera. Y que a partir de esa imagen escribiesen un texto breve acerca de los porqué de su elección, realizando lo que llamamos un ejercicio personal de memoria. Como podrán advertirlo, quisimos garantizar que estos ejercicios aquí reunidos provinieran de distintas generaciones y lugares del país, y que, a su vez, dejaran entrever diferentes situaciones biográficas durante los años de la dictadura. A los treinta participantes, nuestro mayor agradecimiento por su generosa disposición a colaborar en este proyecto y a contribuir a la construcción colectiva de nuestra memoria, una tarea tan necesaria como ardua.

Toda selección es arbitraria y, por cierto, lo es aún más dadas la singularidad del tema frente al cual no hay quien no tenga algo valioso que contar. La decisión de restringir las colaboraciones a treinta —en alusión por supuesto al aniversario que se cumple este año 2006— funcionó, a su vez, como un límite y como un marco imprescindible para el libro. Nuestra invitación estuvo dirigida a un grupo de personas que tienen en común el hecho de dedicarse a la producción de representaciones que, a través de palabras e imágenes, recrean anhelos, pesadillas, dolores y alegrías que son individuales pero también colectivos. Su labor circula en libros, cuadros, películas, fotografías, así como también en un aula o en una sala de teatro, formatos y espacios que revelan el deseo de transmitir lo producido a otros. En este sentido, la selección de autores a la que arribamos no pretende reflejar a los distintos sectores sociales o profesionales que conforman nuestra sociedad, sino que prioriza la posibilidad de dar lugar a un intercambio entre generaciones, sostenido en trayectorias individuales que vienen inyectándole densidad a la trama de símbolos y representaciones que nos pueblan en tanto conjunto social.

El resultado de esta convocatoria, como podrá notar el lector al adentrarse en el libro, despliega una constelación de voces. Desde la imagen que no requiere palabras y las palabras que deciden no congelarse en ninguna imagen, aparecen una diversidad de tonos (de la confesión íntima al énfasis polémico, de la carta privada a un ausente querido a la reflexión teórica sobre la memoria y el olvido), de géneros (poesía, ensayo, memoria autobiográfica) y de registros de escritura. Desde la foto extraída del álbum familiar más atesorado hasta la representación universal del horror («El grito» del pintor expresionista noruego Edvard Munch), desde el conocido ícono publicitario del mundial de fútbol hasta la construcción deliberada de un nuevo signo. Las miradas sobre la experiencia colectiva argentina de las últimas décadas, que subyacen a cada ejercicio de memoria, no pueden ser sino disímiles. Nuestro posición, en tanto que Proyecto del Ministerio de Educación, fue la de abrir un territorio lo suficientemente amplio para que pueda contener incluso contrastes abruptos que, no obstante, se reconozcan en la valoración de la vida democrática y sus instituciones. Podría leerse este libro como un tenso collage que, a partir de fragmentos y de perspectivas disonantes, reclama articular sus historias en un cuerpo múltiple, multifacético.

En medio de esa diversidad, muchos de estos «ejercicios de memoria» eligen hablar de la dictadura evocando un arco común de emociones (el terror, la pérdida de alguien muy cercano, la persecución, la opresión en el pecho, la gama de grises del cielo, las miradas bajas, los susurros) que se instalaron en la vida cotidiana y son rememorados desde un registro personalísimo que se sitúa mucho más allá —o más acá— de la unanimidad de la condena. Asimismo se dan lugar en estas páginas resquicios de libertad, de resistencia o de lucha que pudieron idearse a contrapelo del terror. Lo que muchas veces se esconde en una cifra abrumadora —30.000 desaparecidos— se vuelve en varios de estos ejercicios un rostro preciso y una biografía concreta. Es de este modo que Treinta ejercicios de memoria colabora a desafiar el consenso extendido durante los años de la transición democrática, consenso que resaltaba que nuestra sociedad, fundamentalmente sus jóvenes, había sido blanco pasivo del terrorismo de Estado, imaginado como un cuerpo extraño que se hizo presente como un rayo en cielo sereno. El reconocimiento de distintas militancias (políticas, sindicales, estudiantiles, incluso armadas) es hoy una zona ineludible en la construcción crítica de una historia de la trama social desmantelada en aquella época.

Otros ejercicios aquí reunidos eligen exponer aristas complejas y habitualmente eludidas en los relatos sobre aquel difícil período: las complicidades, los silencios, el tácito dejar hacer, las actitudes ambiguas de gran parte de la sociedad ante lo que estaba ocurriendo. Se suceden así inquietantes referencias al conflicto del Beagle, al Mundial de Fútbol de 1978, a la guerra de Malvinas... Se formulan preguntas álgidas pero inexcusables sobre el rol de los medios masivos, de sectores de la Iglesia e incluso de las movilizaciones populares en el sostén de la dictadura. Para aproximarse a esa otra cara, la de la aparente «normalidad» del terrorismo de Estado, Pilar Calveiro sugiere que «el terror construye también esta 'normalidad' y esta 'bonhomía', sin la cual no se puede entender que muchos dentro de nuestra sociedad no quisieran o no pudieran ver».

Son varios los autores que señalan que todos —os que eran niños, jóvenes o ya adultos hace treinta años, los que participaban de alguna manera en la vida política y los que se mantenían al margen—, todos fuimos de alguna forma alcanzados por el terror. No sólo por la ausencia irrevocable y atroz de alguna persona querida, hermano, hijo, padre, madre, amigo, vecino o compañero de trabajo. Sino porque, en alguna medida, todos sabíamos lo que estaba ocurriendo. Así lo condensa en su ensayo María Pía López: «Fábula de la infancia: la inocente alegría del no saber. El problema es que se sabía, que esa niña que fui —que soy cuando recuerdo— sabía. Sabía que la tranquilidad de la siesta en el Barrio Obrero de una ciudad bonaerense podía rasgarse con un operativo militar».

Ministerio de Educación